E-Book, Spanisch, 304 Seiten
Reihe: Ensayo
Kara Cobalto rojo
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-127563-4-0
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 304 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-127563-4-0
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Knoxville (EE.UU.), 1974. Escritor, investigador, guionista y activista contra la esclavitud moderna. Es profesor global de la Academia Británica, científico visitante en la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard, profesor asociado de Trata de Seres Humanos y Esclavitud Moderna en la Universidad de Nottingham, y forma parte del Rights Lab's Measurement and Geographies Programme. Es autor de tres libros sobre la esclavitud moderna: Sex Trafficking: Inside the Business of Modern Slavery (2009); Bonded Labor: Tackling the System of Slavery in South Asia (2012); y Modern Slavery: A Global Perspective (2017). Kara adaptó su primer libro a una película de Hollywood, Trafficked, y es autor de los reportajes: Tainted Carpets: Slavery and Child Labor in India's Hand-Made Carpet Sector (Harvard, 2014), y Tainted Garments: The Exploitation of Women and Girls in India's Home-Based Garment Sector (UC Berkeley, 2019). A lo largo de veintiún años de investigación, viajando a más de cincuenta países, ha trazado el mapa de las redes mundiales de trata de seres humanos, ha explorado la peligrosa clandestinidad de las esclavas sexuales víctimas de la trata y ha rastreado las cadenas mundiales de suministro de numerosos productos básicos contaminados por la esclavitud y el trabajo infantil. Kara asesora a varias agencias de la ONU y Gobiernos sobre política y legislación contra la esclavitud. Ha participado en medios como CNN, BBC, The Guardian, CNBC o National Geographic.
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Para entrar en el infierno hacen falta cinco palabras. Cada amanecer, Mbuyu Alain e Idi Kamango bajaban al averno a trabajar, una mina artesanal de cobalto entre Kimpese y Mukumbi, en el este de la República Democrática del Congo. Una mañana del año 2021 me dejaron acompañarlos. Aquel día, Alain, de cuarenta y ocho años, y su padre, Idi, de sesenta y cuatro, no hicieron nada excepcional, solo su rutina diaria: jugarse la vida. Cogieron sus herramientas, dejaron atrás su casa de ladrillos revestidos de adobe y descendieron decididos por un tajo en la tierra ocre. Del agujero surgía un viento racheado como si la tierra expulsara una bocanada de aire de advertencia y susurrara que aquellas profundidades no eran lugar para los hombres. Ninguno llevaba casco ni guantes y no había ninguna medida de seguridad o de rescate en caso de accidente. Ellos no dudaron, yo sí. Justo antes de desaparecer en la oscuridad, Alain se giró hacia mí. «Estamos en manos de Dios», dijo.
Cinco palabras para entrar en el infierno.
Y entramos.
En los tramos anchos había que inclinar la cabeza para avanzar por el túnel y en los más estrechos había que gatear casi a tientas o incluso arrastrarse. Idi iba primero y desapareció detrás de unas rocas negras. El aire pronto se hizo pesado y oprimía el pecho, como si una garra de calor te apretara las entrañas. De pronto, el clong-clong del martillo de Idi contra el cincel de hierro retumbó en las paredes y recorrió los túneles como el rugido de una bestia. Alain se revolvió feliz y aceleró la marcha: cobalto.
La última herida del Congo es de color azul teñida de rojo sangre. El cobalto, un extraño metal que se utiliza en casi todas las baterías de litio recargables, ha cambiado la vida de nuestros aparatos electrónicos, que se cargan antes, funcionan durante más tiempo y se calientan menos. A cambio, ha hecho más miserable y desgarrada la vida de miles de personas en el Congo, donde se encuentran las mayores reservas mundiales del llamado oro azul.
Este libro de Siddharth Kara, como ya hizo en su trilogía sobre la esclavitud en el mundo, ofrece una aproximación amplia y rigurosa sobre la explotación descarnada de un mineral presente en las baterías de casi cada smartphone, tablet o portátil y que será clave para la próxima revolución tecnológica: el coche eléctrico. En su investigación en el terreno —este es un libro con polvo en las botas—, Kara no solo desentraña el horror al recorrer las minas artesanales donde miles de personas, niños incluidos, se juegan la vida por unas migajas en condiciones deplorables, también apunta alto: desenmascara la hipocresía de un sector tecnológico que se lava las manos ante el sufrimiento ajeno, desgrana el sistema internacional de abuso y de una cadena de explotación que condena a los más pobres y dispara hacia las autoridades congoleñas corruptas. Leer este libro es viajar por las sombras del Congo y el deseo de encender una luz.
En mi caso, la lectura del trabajo de Kara ha sido rememorar una navegación. En el año 2021, después de más de doce viajes al Congo como corresponsal en África, emprendí el mayor reto de mi vida como reportero en el continente: navegué a bordo de barcas destartaladas, canoas inestables y barcazas atestadas los 4.700 kilómetros del río Congo desde sus fuentes a su desembocadura. Mi intención no era la aventura o un reto personal: quería explicar, mediante la travesía por la arteria líquida que recorre el país, la historia, la economía, la cultura y las tradiciones de los pueblos que habitan sus orillas. Durante más de dos meses de ruta por las sabanas del sur, en tierras atestadas de grupos rebeldes o a través de una selva impenetrable, que cristalizaron un año después en mi libro Quijote en el Congo, constaté que probablemente no hay otro país en el mundo donde el pasado explique tanto las profundas cicatrices del presente.
Por eso, en este libro, Kara hace algo indispensable: revisa la historia. Al fin y al cabo, el cobalto es solo el último eslabón de una cadena de abusos que ha marcado la piel de cada uno de los habitantes de esta región en el corazón de África. A lo largo de la historia, la conexión de los habitantes de esta región con el mundo exterior fue sinónimo de sufrimiento. La esclavitud, llevada a cabo por árabes primero y europeos después, marcó a fuego una tierra que vio pronto como su riqueza natural se convertía en maldición. El Congo ha tenido la desgracia de tener siempre y en abundancia el elemento clave que demandaba la economía mundial del momento. Si primero fueron los esclavos, mano de obra necesaria para las plantaciones de café, azúcar o algodón de América o Asia, luego fue el marfil que llenó las iglesias europeas de crucifijos o estatuas de vírgenes y santos. Cuando en Europa se popularizó el uso del caucho para los neumáticos o instalaciones eléctricas, la brutalidad se extendió por los bosques del Congo, donde los enviados del despiadado rey de Bélgica Leopoldo II establecieron un sistema de explotación sin piedad: quien protestaba o no cumplía con la cantidad de caucho exigida recibía castigos inhumanos, como decenas de azotes de chicotte, un látigo de castigo creado con tiras de piel de hipopótamo, o la amputación de una o ambas manos. A veces, para evitar perder mano de obra, se amputaban las extremidades a los hijos de quienes osaban alzar la voz.
Durante décadas, el Congo fue el escenario de la explotación más feroz y mostró la oscuridad más profunda del ser humano. Cuando el Viejo Continente se vio sacudido por las guerras mundiales, el cobre para el armamento o el uranio de las bombas nucleares también surgieron del sudeste congoleño. La lista es larga y recorre todo el siglo pasado hasta nuestros días: el níquel, la plata, el zinc, los diamantes, el oro, la madera o el cobalto para móviles o videoconsolas forman parte de un sistema de explotación sistemática que ha condenado a la pobreza a quienes viven en un vergel y caminan sobre un tesoro incalculable de recursos naturales.
Como bien subraya en el libro el autor —la pobreza en el Congo no es desgracia; es avaricia—, quienes intentaron cambiar el sistema desde dentro y soñaron con un país más justo, como el primer ministro Patrice Lumumba, sirvieron de mensaje de advertencia a los demás: el único resto que queda hoy de Lumumba es un diente, que le fue arrancado como prueba de su fusilamiento, antes de que deshicieran su cuerpo en ácido.
El tiempo ha pasado y, varios dictadores cleptómanos y gobernantes corruptos después, el Congo avanza por el siglo XXI como tablero de las nuevas pugnas mundiales, con nuevos actores, por los recursos naturales. La posición de China es hoy clave para entender la sangre derramada allí. Es imposible no percibirlo cuando se visita el país. Durante mi travesía por el gran río africano, un policía me hizo una advertencia que define el cambio de los tiempos. Cuando me disponía a subir a bordo de una barcaza de madera para recorrer el primer tramo navegable de seiscientos cincuenta kilómetros entre Bukama y Kongolo, en el corazón del Cinturón del Cobre, aquel uniformado fue tajante: «No subas a ese barco o te matarán». El policía me explicó que en los últimos meses se había propagado el falso rumor de que los chinos raptaban a niños y vendían sus órganos. Al rebatirle que yo no tenía rasgos asiáticos, se echó a reír. Si me veían en el barco, decía aquel hombre, los habitantes de las aldeas más aisladas a lo largo del río me verían como una amenaza y podían reaccionar con violencia. «Te confundirán con un chino, seguro». Su aviso ilustraba otra realidad: la expansión de China como principal explotador de un mineral clave para la economía mundial. Pese a ser una zona de difícil acceso, antiguamente dominada por minas belgas, la presencia de trabajadores u hombres de negocios chinos en la región era tan habitual que, cuando mi barcaza de madera pasaba junto a aldeas remotas de pescadores, los niños agitaban sus manos al viento a modo de saludo al extranjero blanco y gritaban en coro un saludo significativo: «¡Ni hao! ¡Chinuá! ¡Ni hao! ¡Chinuá!».
La exhaustiva investigación de Cobalto rojo para desentrañar el negocio cruel de este mineral en el Congo tiene una arista indispensable más: Kara escucha a los congoleños. Las conversaciones que salpican este libro, llenas de injusticia, rabia y desesperación, forman la espina dorsal de este viaje a las sombras del cobalto.
Ese dolor también me resulta familiar. Hace unos años, en mi primera visita a la ciudad de Likasi —junto a Kolwezi, los centros neurálgicos de la explotación del cobalto congoleño—, me contaron una historia en la barra de un bar donde cada noche hombres de negocios europeos, americanos y asiáticos pugnaban por las mesas más oscuras para hacer tratos con hombres congoleños de poder, algunos incluso vestidos con uniforme militar.
Hace décadas, me explicaron, un camión Toyota se salió de la carretera a las afueras de Likasi, y se quedó junto al camino, volcado y roto. Con el tiempo, la ciudad creció y atrajo a miles de...




