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E-Book, Spanisch, 256 Seiten

Reihe: Ensayo

Jones Desastres

Cómo las grandes catástrofes moldean nuestra historia
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-123242-6-6
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Cómo las grandes catástrofes moldean nuestra historia

E-Book, Spanisch, 256 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-123242-6-6
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Los terremotos, inundaciones, tsunamis, huracanes, volcanes provienen de las mismas fuerzas que dan vida a nuestro planeta. Los terremotos nos dan manantiales naturales; los volcanes producen suelos fértiles. Solo cuando estas fuerzas exceden nuestra capacidad de resistirlas se convierten en desastres. Juntas han moldeado nuestras ciudades y su arquitectura; han aupado líderes y derrocado Gobiernos; han influído en la forma en que pensamos, sentimos, luchamos, nos unimos o rezamos. La historia de los desastres naturales es nuestra propia historia. Jones ofrece una mirada vigorizante a algunos de los desastres naturales más importantes del mundo, cuyas reverberaciones seguimos sintiendo hoy: desde la erupción volcánica en Pompeya en el siglo I d. C., hasta las inundaciones de California de 1862, el tsunami del océano Índico de 2004 o los huracanes estadounidenses de 2017. Con el crecimiento de la población en regiones peligrosas y el aumento de las temperaturas en todo el mundo, los impactos de los desastres naturales son mayores que nunca. Los peligros naturales son inevitables, pero las catástrofes humanas no lo son.

Sismóloga y reconocida autoridad en temas de ciencia y seguridad sobre terremotos en California. Ha trabajado con el Servicio Geológico de Estados Unidos y ha sido investigadora asociada en el Laboratorio de Sismología de Caltech desde 1983. Actualmente trabaja como asesora científica para la reducción de Riesgos en el área de Peligros Naturales del USGS. En 2014, se asoció en nombre del USGS con la ciudad de Los Ángeles para servir como asesora de riesgo sísmico del alcalde Eric Garcetti.
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01

Una lluvia

de fuego y azufre

Pompeya, Imperio romano, año 79 d. C.

«Entonces tembló y se tambaleó la tierra;

vacilaron los fundamentos de las montañas,

y se conmovieron a causa de su furor».

Salmo 18

Todo el mundo conoce la historia de Pompeya. Una erupción de gases venenosos y un manto de cenizas enterraron la ciudad romana hace casi dos mil años, sepultando a la gente en sus casas, borrando la ciudad del mapa por completo en cuestión de días. Echamos la vista atrás y vemos la inevitabilidad de la destrucción y nos compadecemos de la insensatez de sus habitantes. «¿Quién levantaría una ciudad en la ladera de un volcán activo?». El yacimiento que visitan a diario los turistas puede considerarse una parábola de lo que sucede cuando se construye una comunidad, un lugar para habitar y disfrutar, sin reparar en las amenazas del entorno. Nos convencemos de que nunca cometeríamos el mismo error.

El Vesubio es un clásico volcán cónico que se alza más de mil doscientos metros sobre el golfo de Nápoles. Su forma proporciona a los geólogos mucha información de lo que sucede en su interior. El enorme cono demuestra que la lava sale a más velocidad de aquella con la que actúa la erosión, de modo que está activo, y las erupciones futuras son una certeza en la escala geológica del tiempo. Para elevarse y formar una montaña de este tipo no basta con que la lava fluya líquida sobre el paisaje, también debe ser bastante pegajosa (o viscosa, usando el término correcto). La lava viscosa puede contener gases, al menos de manera temporal. Eso significa que las erupciones pueden ser explosivas. Cuando se alternan capas de ceniza volcánica, resultado de las erupciones explosivas, con capas de lava fría, aparecen las montañas más elevadas: se llaman estratovolcanes.

Entonces, ¿por qué construir aquí una ciudad, donde el peligro es tan evidente? Por la misma razón que Seattle se asienta a la sombra del monte Rainier, Tokio junto al monte Fuji y Yakarta está rodeada por cinco volcanes activos, incluido el Krakatoa: cuando no está en erupción, un volcán es un gran hogar. Los suelos volcánicos son porosos, ricos en agua y nutrientes y muy fértiles. Es frecuente que la deformación de las rocas en torno a los volcanes cree puertos naturales y valles fáciles de defender. La tectónica de placas te garantiza que volverá a producirse un episodio, pero qué generación sufrirá la erupción de mayor envergadura es cosa del azar. Y la mayor parte de los seres humanos, al igual que la mayoría de habitantes de Pompeya en el año 79 d. C., pensarían lo mismo: «Si no me ha sucedido a mí, entonces no ha sucedido».

La erupción del Vesubio del siglo VI a. C. provocó que las tribus oscas de esa región y, más tarde, los conquistadores romanos lo identificaran con el hogar del dios Vulcano. El vapor que despedía periódicamente era un recordatorio de que Vulcano dirigía la fragua de los dioses y forjaba sus armas en un horno celeste. Pero el suelo volcánico era fértil, tenía agua en abundancia y producía algunas de las mejores cosechas del Imperio romano, por eso floreció la civilización. Seiscientos años sin una erupción habían convertido el Vesubio en la definición de seguro.

Al principio del siglo I d. C. había varias ciudades construidas en la ladera del volcán, como Pompeya, Herculano y Miseno. La región había sido conquistada por Roma en el siglo III a. C. y se había convertido en una comunidad próspera y floreciente. Las excavaciones han descubierto las ruinas de un pujante centro comercial. Los frescos celebran a los artesanos que tejían y teñían paño, una industria local importante. Ha quedado al descubierto un extenso mercado al aire libre, con restaurantes y bares incluidos. Los registros de impuestos muestran que los viñedos de Pompeya eran mucho más productivos que los de los alrededores de Roma y su vino se vendía por todo el imperio (el primer nombre de marca conocido basado en un juego de palabras procede de Pompeya, de un ánfora de vino con el nombre de «Vesuvinum»).[4]

Los romanos acaudalados construían villas para disfrutar de la costa. Grandes mercados públicos, templos y edificios oficiales dan cuenta de una comunidad que vivía muy por encima de la simple subsistencia. Muchas de las casas excavadas en Pompeya son espaciosas y elegantes. Han sido halladas camas talladas en mármol. Algunas viviendas tenían sus propios baños y los baños públicos daban servicio a toda la comunidad con el agua que transportaba el acueducto. Situada en un extremo de la costa amalfitana, Pompeya, ya entonces, era un destino predilecto de las celebridades.

De esta cultura procede la palabra desastre, que literalmente significa «mala estrella». Los romanos creían que los desastres sucedían porque su destino estaba escrito en las estrellas. Su naturaleza aleatoria en relación con la escala humana crea tal pánico que todas las culturas han ideado sistemas para dotarla de significado. Cuando Shakespeare, en Julio César, pone en boca de Casio: «La culpa, querido Bruto, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros mismos», lo hace en contra de la norma cultural que da sentido a lo inesperado a expensas de nuestro destino.

Los romanos no solo se ponían en manos del destino, también en las de sus caprichosos dioses. Como la griega, la mitología romana los presentaba como seres egoístas y despreocupados, aunque muy poderosos. Los desastres le sucedían a un determinado individuo porque se entrometía en una disputa entre las divinidades. Vulcano, el dios del fuego, no era atractivo físicamente, pero le habían entregado a Venus, la diosa del amor, como esposa. Así, las erupciones volcánicas eran una muestra de su ira cuando descubría alguna de las infidelidades de Venus.

Puede que esto funcionara a modo de explicación de los episodios volcánicos, pero no era particularmente tranquilizadora. Dejaba a las personas indefensas ante la mezquindad de los dioses y sus riñas. Por eso intentaban apaciguar a Vulcano —actuaban como si tuvieran el control— con una fiesta anual en su honor. Vulcano representaba el fuego tanto en sus aspectos beneficiosos —como la forja— como en su poder destructivo —como los volcanes y las tormentas ígneas (la amenaza más común para las reservas de grano con el calor estival)—. Con las vulcanalias, que se celebraban todos los años el 23 de agosto, se aplacaba al dios con hogueras y sacrificios para que mantuviera sus cosechas a salvo de la destrucción.

En el año 79 d. C., mientras los inconscientes habitantes de Pompeya celebraban las vulcanalias, el Vesubio entraba en la última fase de lo que sería una de sus mayores erupciones. Lo que sabemos de la erupción procede de dos fuentes. Una es, por supuesto, los vestigios que se han preservado en la misma ciudad de Pompeya, a unos veinticinco kilómetros de Nápoles.

La ceniza de la erupción sepultó la ciudad en el transcurso de unas pocas semanas, destruyendo por completo aquella comunidad. El 90 % de sus habitantes escaparon con vida, si bien abandonaron la región y la existencia de la ciudad cayó en el olvido. El yacimiento fue redescubierto y excavado en el siglo XVIII, incluidos los cadáveres de los residentes que no lograron escapar.

La segunda fuente es un joven escritor, Plinio el Joven, autor de unas cartas que han llegado hasta nuestros días en las que describe la muerte de su tío, Plinio el Viejo, durante la erupción. Los dos Plinios procedían de la región del lago Como, al norte de Italia, y formaban parte de la pequeña aristocracia de Roma y también de la orden ecuestre, lo que les permitía ser caballeros en el Ejército. Plinio el Viejo sirvió en el Ejército romano, sobre todo en Germania, durante las dos primeras décadas de su edad adulta. Nunca se casó, pero su hermana viuda se marchó a vivir con él después de que se licenciara del Ejército, acompañada por su hijo pequeño. El tío adoptó al sobrino y este tomó su nombre, por eso lo conocían por Plinio el Joven. Plinio el Viejo era famoso en Roma por sus obras literarias y por su relación cercana con el emperador Vespasiano. Mientras estaban en el Ejército, escribió una historia de las guerras germánicas, donde pormenorizaba, por ejemplo, cómo aprovechar los movimientos del caballo para mejorar el manejo de la jabalina. A posteriori desempeñaría una carrera diplomática como procurador en varias provincias, donde recopiló información sobre la historia de las distintas regiones y su flora y fauna.

Dos años antes de la erupción, Plinio el Viejo publicó los treinta y siete volúmenes de su Naturalis historia, o Historia natural, a menudo considerada como la primera enciclopedia. Recoge las observaciones fruto de sus viajes por el imperio, y es una de las obras literarias más prolijas que se conservan de la época romana. En el prefacio, indica que «vivir es velar», y vemos reflejada esa pasión en la amplitud de temas que cataloga.[5] Desde la perspectiva de la ciencia moderna puede parecernos un poco crédulo (como, por ejemplo, cuando describe razas monstruosas de personas con cabeza de perro). Pero también muestra la sed científica por el conocimiento. Termina su último volumen con las siguientes palabras: «Salve, Naturaleza, madre de toda la creación, muéstrate...



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