E-Book, Spanisch, 600 Seiten
Reihe: Ensayo
Immerwahr Cómo ocultar un imperio
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-126200-4-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 600 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-126200-4-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Historiador estadounidense, profesor y director del departamento de Historia de la Universidad Northwestern. Me licencié en la Universidad de Columbia, donde estudié historia y filosofía. Luego, financiado por una beca Marshall, obtuve una segunda licenciatura, esta vez en el King's College de la Universidad de Cambridge. Me doctoré en historia en la Universidad de California, Berkeley. Mi tesis ganó el Premio Allan Nevins de Historia Económica Americana de la Asociación de Historia Económica, y recibió una mención honorífica para el Premio Betty M. Unterberger de la Sociedad de Historiadores de las Relaciones Exteriores Americanas. En otoño de 2012, me incorporé al departamento de historia de la Universidad Northwestern, donde ahora soy profesor. Mi primer libro, Thinking Small (Harvard, 2015), ganó el Premio Merle Curti de Historia Intelectual de la Organización de Historiadores Americanos y fue el co-ganador del Premio Anual de Libros de la Sociedad de Historia Intelectual de Estados Unidos. Además, en 2015 recibí el premio Stuart L. Bernath Lecture Prize de la Society for Historians of American Foreign Relations.
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Introducción
Más allá del mapa
del logotipo
«El único problema es
que no piensan mucho
en nosotros
en Estados Unidos».
ALFREDO NAVARRO SALANGA, Manila.[1]
7 de diciembre de 1941. Aparecen aviones japoneses sobre una base naval en Oahu. Arrojan torpedos aéreos que se sumergen bajo el agua para dirigirse hacia sus objetivos. Cuatro golpean el USS Arizona y el enorme acorazado sufre una sacudida. Vuelan por el aire acero, madera, gasóleo y cuerpos humanos. El Arizona, en llamas, se inclina hacia el mar mientras la tripulación se lanza a las aguas cubiertas de petróleo. Para un país en paz, es un despertar violento. Para Estados Unidos, es el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
No hay muchos episodios históricos que estén tan firmemente incrustados en la memoria nacional como este, el ataque contra Pearl Harbor. Es uno de los pocos acontecimientos cuya fecha se sabe la mayoría de la gente (7 de diciembre, «la fecha que vivirá en la infamia», en palabras de Franklin Delano Roosevelt). Se han escrito cientos de libros sobre él: la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos posee más de 350 títulos. Y Hollywood ha rodado películas como De aquí a la eternidad (1953), protagonizada por Burt Lancaster y ensalzada por los críticos, hasta la denostada Pearl Harbor (2001), con Ben Affleck.
Pero lo que no muestran esas películas es lo que sucedió a continuación. Nueve horas después de que Japón atacara el territorio de Hawái, aparecieron más aviones japoneses sobre otro territorio estadounidense, las islas Filipinas. Tal como habían hecho en Pearl Harbor, arrojaron sus bombas, que cayeron en varias bases aéreas con consecuencias devastadoras.
La historia oficial de la guerra según el Ejército considera que el bombardeo de Filipinas fue tan desastroso como el de Pearl Harbor.[2] En Hawái, los japoneses hundieron cuatro buques de guerra y dejaron otros cuatro con grandes daños, de manera que la flota estadounidense del Pacífico quedó renqueante. En Filipinas, los atacantes causaron estragos en la mayor concentración de aviones de combate que poseía Estados Unidos fuera de Norteamérica, la base de la defensa aérea de los aliados en el Pacífico.
Y Estados Unidos no perdió solo aviones. El ataque contra Pearl Harbor no fue más que eso, un ataque. Los bombarderos japoneses arrojaron sus bombas, se retiraron y no volvieron. En Filipinas fue distinto. A los primeros ataques aéreos siguieron otros, la invasión y la conquista. Dieciséis millones de filipinos —ciudadanos estadounidenses que honraban las barras y estrellas y para quienes Franklin Delano Roosevelt era su comandante en jefe— se encontraron en manos de una potencia extranjera. Vivieron una guerra muy diferente de la de los habitantes de Hawái.
Pero la agresión no se quedó ahí. Lo que todos conocemos como «Pearl Harbor», en realidad, fue un ataque relámpago y sin cuartel contra las posesiones estadounidenses y británicas en todo el Pacífico. En un solo día, los japoneses atacaron los territorios norteamericanos de Hawái, Filipinas, Guam, la isla de Midway y la isla de Wake. También atacaron las colonias británicas de Malaya, Singapur y Hong Kong e invadieron Tailandia.
Fue un triunfo espectacular. Japón nunca conquistó Hawái, pero, en cuestión de meses, Guam, Filipinas, Wake, Malaya, Singapur y Hong Kong cayeron en su poder. Incluso se apoderó de la punta occidental de Alaska y la retuvo durante más de un año.
Cuando se piensa en todo lo que sucedió, hay que preguntarse si «Pearl Harbor» —el nombre de uno de los pocos objetivos de los que Japón no se apropió— es verdaderamente el mejor nombre para designar los acontecimientos de aquel día.
No fue «Pearl Harbor» el nombre que se usó para referirse a los bombardeos, al menos al principio.[3] De hecho, no estaba nada claro cómo designarlos. ¿Había que centrarse en Hawái, el objetivo más próximo a Norteamérica y el primer territorio estadounidense que había atacado Japón? ¿En Filipinas, mucho más extensas y más vulnerables? ¿Guam, que se rindió casi de inmediato? ¿Todas las posesiones en el Pacífico, incluidas Wake y Midway, que estaban deshabitadas?
«Los sucesos de ayer hablan por sí solos», dijo Roosevelt ante el Congreso, el famoso «discurso de la infamia». ¿Seguro? «Los japoneses bombardean Manila, Hawái» fue el titular de un periódico de Nuevo México; «Aviones japoneses bombardean Honolulú y la isla de Guam», otro diario de Carolina del Sur.[4] Sumner Welles, subsecretario de Estado de Roosevelt, dijo que había sido «un ataque contra Hawái y las Filipinas».[5] Eleanor Roosevelt utilizó una fórmula similar en su discurso radiado la noche del 7 de diciembre, cuando dijo que Japón había «bombardeado a nuestros ciudadanos de Hawái y las Filipinas».[6]
Lo mismo decía el primer borrador del discurso de Roosevelt. Presentó el suceso como un «bombardeo en Hawái y Filipinas». Pero Roosevelt estuvo todo el día retocando el texto, añadiendo cosas a lápiz y tachando otras. En algún momento borró las referencias destacadas a Filipinas y decidió cambiar la descripción. Según la versión revisada, el ataque había sido un «bombardeo sobre Oahu» o, en una parte posterior del discurso, «sobre las islas Hawái».[7] Siguió mencionando Filipinas, pero solo como un elemento más de la breve lista formada por los objetivos de Japón: Malaya, Hong Kong, Guam, Filipinas, la isla de Wake y Midway, por ese orden. Los territorios estadounidenses y británicos mezclados, sin indicar de cuál de ellos era cada uno.
Borrador del día 7 de diciembre del «Discurso de la infamia» de Roosevelt. «Unos escuadrones han empezado a arrojar bombas en Hawái y Filipinas», en la séptima línea, se cambió a «Unos escuadrones han empezado a arrojar bombas en Oahu».
¿Por qué restó importancia Roosevelt a Filipinas? No lo sabemos, pero no es difícil adivinarlo. Roosevelt quería transmitir con claridad una cosa: Japón había atacado Estados Unidos. Pero se topó con un problema: ¿los objetivos de Japón eran «Estados Unidos»? Desde el punto de vista legal, por supuesto que eran territorio de Estados Unidos. Pero ¿el público tenía esa percepción? ¿Y si a quienes iban a escuchar a Roosevelt no les importaba que Japón hubiera atacado Filipinas o Guam? Las encuestas hechas algo antes del ataque demuestran que en la parte continental de Estados Unidos había poca gente que apoyara la defensa militar de aquellos territorios remotos.[8]
Recordemos qué sucedió en época más reciente con unos acontecimientos similares. El 7 de agosto de 1998, Al Qaeda llevó a cabo atentados simultáneos contra las embajadas de Estados Unidos en Nairobi, Kenia, y Dar es Salaam, Tanzania. Hubo cientos de muertos (sobre todo africanos) y miles de heridos. Pero, aunque las embajadas eran representaciones estadounidenses, hubo poca sensación entre los ciudadanos de que era el propio país el que había sufrido los daños. Hicieron falta otros atentados simultáneos cometidos tres años después, en Nueva York y Washington, DC, para provocar una guerra abierta.
Una embajada no es lo mismo que un territorio, desde luego. Pero la lógica fue la misma. Roosevelt comprendió, sin duda, que Filipinas y Guam, aunque en teoría pertenecían a Estados Unidos, para muchos eran el extranjero. En cambio, les costaba menos ver Hawái como parte de su país. Si bien no era un estado, sino un territorio, estaba más cerca de Norteamérica y era mucho más blanco que los otros. Por eso se hablaba de que se le acabaría concediendo la condición de estado (mientras que Filipinas se encaminaba de forma provisional hacia la independencia).
No obstante, incluso en el caso de Hawái, Roosevelt sintió la necesidad de reforzar el argumento. Aunque el territorio contaba con una numerosa población blanca, casi las tres cuartas partes de sus habitantes eran asiáticos o de las islas del Pacífico. Al presidente claramente le preocupaba que sus oyentes pudieran considerarlo extranjero. Por eso, la mañana de su discurso, hizo otro retoque. Alteró la frase para que se entendiera que los escuadrones japoneses no habían bombardeado «la isla de Oahu», sino «la isla estadounidense de Oahu». Se había hecho daño, continuó, a «las fuerzas navales y militares de Estados Unidos» y se habían perdido «muchas vidas de estadounidenses».
Una isla estadounidense en la que se habían perdido vidas de estadounidenses: ese era el dato que quería destacar. Mientras que las Filipinas quedaban rebajadas a la categoría de extranjeras, Hawái ascendía a la de «estadounidense».
«Ayer, 7 de diciembre de 1941, una fecha que vivirá en la infamia, Estados Unidos de América fue atacado de forma repentina y deliberada por las fuerzas aéreas y navales del Imperio de Japón», comenzaba el discurso de Roosevelt. Es destacable que, según sus palabras, Japón es un «imperio», pero Estados Unidos no. Y también el énfasis en la fecha. De todos los objetivos de Japón, Hawái y Midway fueron los únicos en los que los caprichos de la línea internacional de cambio de fecha hicieron que el bombardeo se...




