Howard | Como cambia el mar | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 458, 428 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

Howard Como cambia el mar


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-18436-37-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 458, 428 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

ISBN: 978-84-18436-37-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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LA MEJOR NOVELA DE LA AUTORA DE LAS CRÓNICAS DE LOS CAZALET. «Una construcción inmaculada, una observación impecable y una convincente e inexorable técnica narrativa».  HILARY MANTEL «Cuando se publicó por primera vez, Como cambia el mar fue recibida por los críticos como lo que realmente es: una novela hermosa y muy poco común».  SYBILLE BEDFORD Catorce años después de su muerte, el recuerdo de su hija Sarah persigue aún al famoso dramaturgo Emmanuel Joyce y a su esposa Lillian. Acompañados siempre por Jimmy -el devoto representante de Emmanuel-, el matrimonio viaja continuamente de ciudad en ciudad, recurriendo a distintas estrategias para sobrellevar la pérdida: él seduce a todas sus secretarias y ella coloca las fotos de su hija en el tocador de cada nuevo hotel en el que se alojan. Hasta que, la víspera de su partida a Nueva York para seleccionar el reparto de su próximo montaje, un incidente con la última conquista del dramaturgo les obliga a encontrar de inmediato una sustituta. Cuando Alberta Young, hija de un clérigo de Dorset, llega a la entrevista con un ejemplar de Middlemarch bajo el brazo, las vidas de todos ellos no volverán a ser las mismas nunca más... Narrada por sus cuatro personajes principales, la acción de Como cambia el mar se desarrolla entre Londres, Nueva York, Atenas y la evocadora isla de Hidra. Elizabeth Jane Howard, la indispensable autora de Crónicas de los Cazalet, despliega de nuevo en esta novela toda la inteligencia y la elegancia estilística que hicieron de ella una de las más grandes escritoras de la literatura inglesa del siglo XX.

Elizabeth Jane Howard (Londres, 1923-Suffolk, 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida de público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la televisión y a la radio por la BBC. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico.
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1
Jimmy

Podría haber pasado en cualquier sitio, en cualquier momento, y desde luego podría haber sido mucho peor. En París, pongamos por caso, o incluso en Nueva York, antes de un estreno; con el corazón de Lillian haciéndonos pasar a todos un mal rato, Emmanuel en pleno ataque por la primera representación y yo rebotando de un drama a otro, recogiendo los platos rotos y recomponiéndolos mal. De hecho, ocurrió en Londres, dos semanas después de haber estrenado la obra, a eso de las doce y veinte de anoche, en el cuarto de baño de la casa alquilada de Bedford Gardens. Podría haber sido en un hotel, podría haber sido en un bloque de pisos... De hecho, podría haber sido mucho peor. Mucho peor: en realidad, podría haber muerto. Ciñéndonos a los hechos, sin embargo, Emmanuel llevaba días posponiendo el despedirla; creo que incluso había dejado que ella pensara que iría a Nueva York con nosotros. Siempre viajamos con una secretaria, de modo que habría sido bastante razonable que lo creyera. Ayer por la mañana, cuando le saqué el tema, intentó que lo hiciese yo; incluso salió con el chiste de que, si a él le pagaban por hacerse cargo de los problemas sentimentales de otras personas, ¿por qué tenía que afrontar además los suyos propios? Pero entonces supe que él iba a hacerlo. Lloró mucho, pobre Gloria; es de lágrima fácil. Emmanuel estuvo muy amable con ella durante todo el día, Lillian se dejó convencer para mantenerse apartada, que era la mayor atención que ella podía tener, y yo hice lo que pude. Ella le llevó el correo a Emmanuel cuando ya íbamos a salir para tomar algo con Cromer, antes de ir a ver actuar a una chica en la que Emmanuel estaba pensando para el montaje de Nueva York. Él le ofreció una copa de jerez y bebimos todos juntos de mala gana. Entonces parecía estar bien, un poco callada y con los ojos hinchados, la pobre, pero en general me pareció que estaba muy contenida. En el taxi, Emmanuel soltó de pronto: «¡Qué pena que las mujeres no estén bonitas, como el campo, después de la lluvia!», y entendí que se sentía mal por ella. Luego Lillian le dijo: «Yo estoy maravillosa después de llorar, probablemente más que en cualquier otro momento», un comentario inteligente por su parte porque le hizo reír y es cierto.

La chica de la obra parecía apropiada, pero no lo era; Emmanuel dijo que su voz le deprimía y, por supuesto, Lillian pensaba que era perfecta, de modo que entre la discusión y la cena no volvimos hasta después de las doce. Nos pusimos una copa y Lillian empezó a hablar otra vez de aquella muchacha: es curioso que, a la gente a la que le encanta discutir, casi siempre se le da mal. Para cambiar de tema, Emmanuel se preguntó en voz alta por qué estarían todas las luces encendidas. Y lo estaban: las del salón, cuando llegamos, y las de la escalera. La mayoría de la gente se desanima o se altera de forma muy evidente cuando cae en la cuenta de algo, pero Emmanuel no: él nunca deja de fijarse en las cosas, pero solo las menciona si se aburre. Lillian exclamó: «¡Qué raro!» y subió a toda prisa diciendo no sé qué sobre ladrones. Emmanuel y yo nos sentamos, cada uno en el brazo de un sillón, y él me miró por encima de su zumo de lima, arqueó las cejas, volvió a bajarlas con un rápido gesto y me dijo:

—Jimmy, estamos aquí sentados en las sillas de otros, bebiendo en sus vasos. Me gustaría ser al menos uno de los tres osos. Prefiero un hotel a que todo sea prestado.

—Dentro de tres semanas, estarás acomodado en el New Weston —repuse.

Emmanuel alzó el vaso.

—No veo la hora.

Tenía ojeras; cuando más quiero confortarlo, parece que siempre acentúo su desesperación. Bueno, quizá no sea desesperación, pero es algo tan mudo y persistente, y a menudo hace que parezca tan triste, que no se me ocurre otra palabra. Y entonces, cada vez que me siento así, me hace reír. En ese momento, con los ojos iluminados por una jocosidad que aquellos que no lo conocen toman por malicia, empezó a decir:

—Si hay ladrones ahí arriba, Lillian está haciendo muy buenas migas con...

Pero un grito lo interrumpió —si es que puede llamársele así—, un sonido de lo más espantoso. No sé cómo describirlo: un grito, un alarido, un lamento de terror con una estela de asombro... y luego un golpe sordo y el silencio. El rostro de Emmanuel se congeló de inmediato, con tal aire de resignación ante el desastre que pensé que no iba a poder ni moverse, pero llegó a la escalera antes que yo.

La vimos cuando subíamos corriendo: Lillian estaba tirada en el suelo, en el umbral de la puerta abierta del baño. Las luces estaban encendidas. Emmanuel se arrodilló junto a ella.

—Se ha desmayado. Mira en la bañera.

Aunque no hizo falta que me lo dijese. En la bañera estaba Gloria Williams. Había dejado los zapatos al lado, bien colocados, como cuando uno los deja al pie de la cama al acostarse, pero aún llevaba ese horrible jersey malva y la falda negra ajustada y parecía la sobrecubierta de una novela policiaca. Por un momento, pensé que estaba muerta.

—No está muerta, ¿verdad? —dijo Emmanuel.

Más que preguntar casi afirmaba y ni siquiera alzó la vista. Entonces me di cuenta de que la respiración áspera y quejumbrosa que se oía no era la de Lillian, sino la de Gloria.

—No.

Le tomé el pulso sin demasiada maña. El latido era vacilante e irregular. En la bañera no había agua.

—Ayúdame a llevar a Lillian a su cama y llama a un médico.

Así lo hicimos. Emmanuel empapó un pañuelo con un líquido de una botella del tocador y se lo puso a Lillian en la frente mientras yo hablaba con la mujer del doctor. Cuando terminé, el aire apestaba a agua de Colonia y Emmanuel no estaba.

Estaba en el cuarto de baño, arrodillado junto a la bañera, echándole agua fría a Gloria en la cara y dándole palmaditas en las manos, pero no parecía que sirviese de mucho.

—Fenobarbital —dijo— y Dios sabe cuánto jerez. ¡Jerez! —repitió luego entre perplejo e indignado—. ¿Viene el médico?

—En cinco minutos. Le he contado a su mujer lo de la respiración mientras él se vestía. Suerte que conocemos a uno bueno.

—Siempre conocemos a un buen médico.

—¿Cuánto ha tomado?

—El bote está vacío, pero no sé lo que quedaría. Vamos a llevarla a la cama del vestidor.

Era mucho más pequeña que Lillian, pero pesaba más de lo que me esperaba, y su forma de respirar estaba empezando a asustarme.

—Deberíamos incorporarla —aseguró Emmanuel.

Y lo hicimos, pero la cabeza se le cayó hacia un lado y oí cómo le chascaba el cuello.

—¿Café? —propuse vacilante—. En fin, ¿no se trata de despertarla?

—Se trata de que eche las pastillas, y a ver cómo haces eso. ¿Cómo haces vomitar a alguien que está inconsciente?

—No está del todo inconsciente, mira.

Gloria había entreabierto los ojos, pero solo se le veía lo blanco y tenía peor aspecto que antes. Parpadeó con dificultad y volvió a cerrarlos. Emmanuel exclamó: «¡Lillian!», como si solo de pensar en ella se sintiera culpable, y desapareció.

Intenté que Gloria apoyase mejor la cabeza, pero se le seguía cayendo. Avergonzado e inútil, le aparté el pelo fino y seco de la frente y me pregunté por qué demonios había tenido que llegar a esos extremos, ¿porque estaba enamorada de Emmanuel?, ¿por desesperación?, ¿por rencor?, ¿solo para fastidiar?, ¿o por seis meses decisivos junto a uno de nuestros dramaturgos más destacados? Estaba pensando en lo espantoso que era no ser capaz de compadecerme más de ella cuando sonó el timbre y oí bajar a Emmanuel. Había llegado el médico y, de inmediato, empezó a darme pena: pobre Gloria, tenía un color horrible y el maquillaje no lo disimulaba nada...

El doctor parecía cansado, pero inspiraba confianza. Emmanuel entró tras él en la habitación y me dijo:

—Quédate pendiente de Lillian, Jimmy. Está bastante confusa.

La encontré tumbada en la cama con los ojos cerrados. Tenía el cutis —como lo tiene siempre— de una palidez que en otra época podría haberse descrito como «sobrecogedora». Emmanuel le había echado por encima su abrigo de visón, lo cual en cierto modo la hacía parecer aún más abatida y frágil porque, aunque es alta, está extremadamente delgada. Tiene el pelo rubio ceniza, como seda tornasolada, y no se parece en absoluto a la pobre Gloria. Dormida, tenía un aspecto dulce y delicado, pero no estaba dormida: abrió los ojos con la suavidad de un mecanismo bien engrasado y casi me sonrió.

—Anda, Jimmy, sé bueno y enciéndeme un cigarrillo.

Su bolso estaba en la banqueta del tocador y, por el espejo triple, vi que me miraba. Tiene una de esas caras que son todo ojos y boca, con la piel blanca, muy atractiva de lejos.

—Ha venido el médico —anuncié.

Le di un cigarrillo y encendí una cerilla; las enormes pupilas negras se le contrajeron a la luz de la llama. El agua de Colonia y el cigarrillo de hierbas eran una combinación espantosa. Se le nubló la expresión.

—¿Y por qué no entra?

—Está atendiendo a Gloria, que no se encuentra muy bien —añadí con cautela.

Lillian me agarró de una manga y sus dedos largos y finos se me clavaron en el brazo.

—¡Gloria! ¡No! ¿Está...? ¿Se ha...? Pero ¿qué diablos está haciendo Em?

—Ayudar al médico, creo. —Estaba decidido a no darme por enterado y ella lo sabía, porque no me soltaba—. Si te encuentras bien, será...



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