E-Book, Spanisch, 216 Seiten
Reihe: Ensayo
Hodges / Fanning Tiro de larga distancia
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-122264-8-5
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Triunfos y luchas de un activista negro en la NBA
E-Book, Spanisch, 216 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-122264-8-5
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Jugador de baloncesto profesional estadounidense, Hodges fue dos veces campeón de la NBA, en una carrera que le llevó a equipos como los San Diego Clippers, Milwaukee Bucks, Phoenix Suns y Chicago Bulls. Recordado principalmente por su etapa en los Bulls de 1991 y 1992, es el segundo jugador, tras Larry Bird, en ganar tres concursos de triples consecutivos: 1990, 1991 y 1992. En la edición de 1991 logró anotar diecinueve seguidos, un récord vigente hasta hoy. También posee el récord de puntos anotados en una ronda: veinticinco. En 1991, en una visita a la Casa Blanca llevó un dashiki (vestimenta tradicional africana), para protestar por el trato del Gobierno estadounidense a las personas negras, y le entregó personalmente una carta a George H. W. Bush. Pero, terminada la siguiente campaña, ningún equipo quiso contratarlo, a pesar de ser uno de los mejores jugadores de la liga. La NBA tardaría más de diez años en volver a abrirle sus puertas.
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Prólogo
La carta
La carta me miraba de reojo en los días previos a la visita a la Casa Blanca. Abierta sobre mi escritorio, en casa, parecía estar diciendo: «Asegúrate de hacerlo bien porque solo tendrás una oportunidad». Eran ocho páginas a doble espacio. Había sufrido decenas de reescrituras en mi esfuerzo por expresar las lecciones que me habían enseñado mi familia, mis profesores y mi comunidad. La primera línea decía:
El objetivo de esta nota es hablar en nombre de los pobres, los nativos americanos, las personas sin hogar y, muy especialmente, los afroamericanos, que no pueden entrar en este gran edificio y encontrarse con el líder de la nación en la que viven.
El 1 de octubre de 1991, cuatro meses después de que mi equipo de baloncesto, los Chicago Bulls, ganara su primer campeonato de la NBA, visitamos el número 1600 de la avenida de Pensilvania para recibir la felicitación oficial del presidente George H. W. Bush. Los Bulls serían el primer equipo de la NBA en lanzar a canasta en una pista exterior instalada en el recinto de la Casa Blanca.
Decidido a aprovechar al máximo esta oportunidad para enfrentar al poder con la verdad, pretendía informar al presidente de Estados Unidos de que no solo era deportista profesional, sino también descendiente de esclavos, hijo del movimiento de liberación negro y un hombre decidido a luchar para hacer del mundo un lugar mejor para el pueblo afroamericano. Utilizaría esta visita para contribuir a fomentar el debate sobre las crecientes tasas de encarcelamiento, las reparaciones por la esclavitud, las causas de la violencia en las calles y la difícil situación de la población negra en Estados Unidos, todo ello ante el máximo responsable del país y en nombre de la comunidad que me crio.
Había sido un año espantoso aquel 1991: el fin de la Unión Soviética; la primera guerra de Estados Unidos en Irak; y, en marzo, las imágenes de Rodney King recibiendo una paliza a manos de cuatro agentes de policía de Los Ángeles repetidas sin descanso en las pantallas de televisión de todo el país. Y además, en mi entorno, en mi ciudad natal, Chicago, el lugar donde crecí y donde jugaba al baloncesto, novecientas veintidós personas fueron asesinadas solo en 1991.[5] El 32 por ciento de los afroamericanos de Illinois vivía bajo el umbral de la pobreza y Estados Unidos albergaba en sus cárceles más presos negros que Sudáfrica durante el apartheid.[6] Las condiciones de mi pueblo se deterioraban a gran velocidad. Sabía que difícilmente tendría ocasión de hablar con el presidente en el jardín de las rosas de la Casa Blanca. Y aunque pudiera, no se darían las circunstancias para decir todo lo que pretendía.
Pero tenía mi carta. En el autobús, de camino a la residencia presidencial, le conté a Tim Hallam, el director de relaciones públicas de los Bulls, que había escrito algo para entregárselo al presidente. Me miró como si se me hubiera ido la puñetera cabeza. Luego me dijo que lo mejor sería que fuera él quien entregara la carta al secretario de prensa de Bush. Yo había previsto dársela en mano al presidente, pero quería asegurarme de que la leyera, por lo que seguí el protocolo y se la pasé a Tim.
También se lo conté a algunos de mis compañeros de los Bulls en el autobús. Por entonces ya estaban acostumbrados a los pocos pelos de mi lengua en cuestiones políticas y, como era habitual, la respuesta fue algo como: «Tío, estás loco, Hodge». En la NBA (a pesar de que el 75 por ciento de los jugadores eran negros) uno no podía defender abiertamente que ayudar a la comunidad negra era parte de su misión personal. La actuación en términos raciales o la acción política tenían que suceder en secreto. Sutiles y no tan sutiles presiones desde los gestores y los medios de comunicación impedían que muchos de nosotros pudiéramos tener algún impacto en la estructura corporativa de la liga. Muchos jugadores sabían que teníamos que hacer más por las comunidades de las que proveníamos la mayoría, pero el miedo a perder nuestra posición siempre superaba a la urgente necesidad de combatir el racismo y la pobreza estructural. No en mi caso.
Y por eso, en nuestra visita a la Casa Blanca, todos mis compañeros, por una cuestión de respeto, llevaban traje. Mi indumentaria también tenía su motivación en el respeto. Vestía mi preciado dashiki.
Mis compañeros estaban muy familiarizados con este dashiki, una prenda ancestral africana blanca y amplia. Lo llevaba a los partidos antes de enfundarme el uniforme y me dedicaba a insistir como un moscardón en los oídos de Horace Grant y Scottie Pippen, las jóvenes estrellas de los Bulls, para que también lo utilizaran. Se reían (sin crueldad) y me decían: «Eso es para ti, tío». Pero mientras estuve en la NBA, defendí mi decisión de ser representante de mi herencia africana. Me educaron para entender que mi historia no estaba escrita, por lo que si los libros no iban a defenderla, yo lo haría. Consideraba que si iba a ir a la Casa Blanca, tenía que comunicar mi historia como negro incluso sin hablar. No cabía duda de que iba a presentarme en el 1600 de la avenida de Pensilvania vestido con un dashiki.
Cuando llegamos a la Casa Blanca, una de las primeras personas en saludarnos fue un fanático de los deportes, hiperactivo y con más cafés en el cuerpo de la cuenta, que pronto supimos que era el hijo del presidente: George W. Bush. Se movía a nuestro alrededor como un niño, pero cuando me vio con mi dashiki se quedó helado y tuvo que mirarme dos veces (reconocí de nuevo esta mirada años más tarde, cuando, ya presidente, tuvo que esquivar un zapato que le lanzó un periodista iraquí).
—¿De dónde eres? —me preguntó George W. Bush pronunciando las palabras muy despacio y a gritos, como si no hablara su lengua.
—De Chicago Heights, en Illinois —le respondí.
Parecía pasmado.
—Vaya, ¡qué ropa tan impresionante! —exclamó Bush hijo.
Le sonreí, le di las gracias en inglés y me dirigí con el resto del equipo al jardín sur de la Casa Blanca, donde nos esperaban Bush padre y su mujer, Barbara.
Había una ausencia notable en el equipo aquel día. Durante la final contra los Lakers, cuando estaba más que claro que no se nos escaparía el campeonato, Michael Jordan —considerado por todos desprovisto de una sola gota de sangre política en el cuerpo— dijo en el vestuario: «No voy a ir a la Casa Blanca. Que le den por culo a Bush. Yo no lo voté». Fiel a sus palabras, no nos acompañó aquel día. El Chicago Tribune y el New York Times publicaron artículos ligeramente críticos sobre la decisión de Jordan de desairar al presidente, pero la mayor parte de los medios ignoraron la cuestión.
¿Por qué? Jordan recaudaba quince millones de dólares al año en publicidad, era un invitado popular en el programa de televisión Saturday Night Live y tenía autopistas en Carolina del Norte bautizadas con su nombre. Jordan había transformado el baloncesto hasta el punto de que había quien estaba dispuesto a pagar miles de dólares por una entrada a pie de pista para ver a un puñado de negros correr de un lado para otro por una pista pintada y meter una pelota por un aro. Lo mejor era no llamar mucho la atención sobre cuestiones como que la gallina de los huevos de oro de la liga boicoteara una visita a la Casa Blanca. Las «reglas de Jordan» no eran solo la fórmula secreta de los Detroit Pistons para parar a M. J. Eran también las normas de la propia competición que no se aplicaban a Jordan.
El equipo se dirigió a la media pista verde que ocupaba la esquina suroeste del jardín sur. El presidente Bush había inaugurado esa media cancha el mes de abril anterior, después de asistir a un partido de liga de medianoche en Maryland. Estaba tan impresionado que designó la liga de baloncesto de medianoche, con su objetivo de sacar a los jóvenes negros de las calles durante la hora punta de la delincuencia (entre las 22:00 y las 02:00), uno de sus «mil puntos de luz»[7] (las ligas de baloncesto a medianoche son magníficas, pero, sinceramente, no son un enfoque serio para reducir la violencia pandillera).
B. J. Armstrong fue el primero en coger una pelota. Metió doce tiros a tabla seguidos desde unos tres metros, decidido a batir el récord de Grant Hill, que encestó diez seguidos cuando participó en la inauguración del pabellón de la Universidad Duke unos meses antes (el récord no podía quedar en manos de un «Dukie», esa es la verdad).
—Tira muy bien —le dijo Bush padre a nuestro entrenador, el Maestro Zen: Phil Jackson.
—Sí, tira muy bien, pero no es nuestro mejor tirador —contestó Phil señalándome.
—Voy de punta en blanco, entrenador —respondí con una sonrisa y señalándome...




