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E-Book, Spanisch, 168 Seiten

Heisig En busca de la bondad colectiva

Elogio de la civilidad
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-254-4980-2
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

Elogio de la civilidad

E-Book, Spanisch, 168 Seiten

ISBN: 978-84-254-4980-2
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection



A través de reveladoras historias, esta obra pretende provocar una reflexión sobre los efectos de la incivilidad en nuestras vidas, convirtiéndose en una concisa guía para sobre cómo vivir mejor. Tenemos muchas palabras para describir cualquier acción de incivismo, pero pocas para explicar lo contrario. El autor propone el término «civilidad», una manera de mejorar la convivencia y con ello la calidad de nuestra vida. Este pensamiento va más allá de la de nuestra dimensión individual, crea un pensamiento colectivo. Con estas historias, confeccionadas a raíz de experiencias propias y cuentos de diversas culturas, Heisig apela al lector mediante ejemplos de civilidad en acción para promover el pensamiento colectivo en el que florece la civilidad, y con ello la bondad colectiva.

James W. Heisig (Boston, 1944) es doctor en Filosofía de la Religión por la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y pasó varios años dedicado a la docencia en los Estados Unidos y Latinoamérica antes de unirse al equipo del Instituto de Religión y Cultura de Nanzan, en Nagoya (Japón) como miembro permanente en 1979. Durante los años que ha pasado en el marco del Instituto, del que fue director durante diez años (1991-2001), ha trabajado activamente para fomentar el diálogo entre religiones y filosofías de Oriente y Occidente, tanto en Japón como en todo el este asiático. Su obra publicada como autor, traductor y volúmenes editados asciende a un compendio de más de 55 títulos en diez idiomas.
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Uno


Después de más de cinco siglos, el Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam sigue siendo una lectura aleccionadora. Página tras página, esbozamos una sonrisa y asentimos con la cabeza, casi a nuestro pesar, cuando carga contra los intelectuales porque olvidan que por cada gramo de razón alojada en su cerebro hay un kilo de pasiones que recorren a sus anchas la totalidad de su cuerpo. Cuando se trata de ser útiles para el mundo, escribe Erasmo, quienes gustan de considerarse eruditos corren a consultar sus libros y sus silogismos, y mientras ellos se aferran a los libros y los silogismos sin dejar de pensar y repensar las cosas, los necios, a ciegas, se apresuran a dar un paso adelante y hacen lo que hay que hacer. Erasmo nos recuerda que, por mucho que los doctos dejen escapar una sonrisa disimulada ante la locura del amor, saben tan bien como el resto de nosotros que sin esa locura la sociedad perdería su cemento y su cohesión. Erasmo agarra de las solapas a las personas nobles y les sacude el moralismo, culpándolos de olvidar que nosotros, los seres humanos, somos tan frágiles y tan obstinados y nos dejamos adular con tanta facilidad para pensar que siempre tenemos razón, que ni siquiera podemos mantener una amistad ordinaria sin que los unos seamos condescendientes con las faltas de los otros. Erasmo reserva su elogio de la ruptura de la pasión con la razón para rebelarse contra lo que está mal, para disfrutar de las cosas de la vida con la inocencia de los niños, para pasar por alto los defectos de los demás.

Despojado de la sátira, por no decir de la ironía de que un sabio tan magnífico se burle de la importancia del conocimiento, el tono bromista del libro no pretendía hacer daño a sus colegas y compañeros clérigos. Cuanto más leemos a Erasmo, más fácil es comprender cuáles son sus verdaderos motivos: alentar a sus lectores a que dejen escapar una buena carcajada al contemplarse a sí mismos y a que confíen más en la mejor parte de su yo.

Me gustaría abordar el elogio de la civilidad con ese mismo espíritu; aunque es evidente que lo haré sin el talento para la retórica y sin el ingenio que Erasmo incorporó a su prosa. Para quienes se toman demasiado en serio su indignación moral ante los males de la sociedad, para los críticos sociales que tienen la sensación de que nada se experimenta verdaderamente hasta que se ha convertido en un juicio acerca de lo que está bien y lo que está mal, tal vez la civilidad pueda parecer una virtud de rebaño propia de quienes son demasiado tímidos para defender sus derechos y aquello en lo que creen. Hasta el lector más sosegado y optimista puede resistirse a la llamada de la civilidad porque la entiende como la ilusión romántica de un loco que no tiene los pies en la tierra. Más adelante tendremos que volver sobre ello para hacer frente a estos recelos. Sucede únicamente que me parece que empezar por ahí sería hacerlo por el lugar equivocado.

Hay que reconocer que, a simple vista, una muestra de la propagación casi epidémica de la incivilidad que ha acabado por infectar cada vez más a nuestra ciudadanía cada vez en más lugares podría colocarnos en una posición mejor. Para empezar, la incivilidad es una faceta mucho más fácil de detectar que la civilidad. Cuando Tolkien se detuvo en mitad de El Hobbit para reflexionar acerca de cómo iba progresando su relato, encendió una luz para iluminar nuestra oscura disposición a fijar la atención sobre determinadas cosas de la vida y pasar por alto otras:

Ahora bien, parece extraño, pero las cosas que es bueno tener y los días que se pasan de un modo agradable se cuentan muy pronto y no se les presta demasiada atención; en cambio, las cosas que son incómodas, estremecedoras y aun horribles, pueden hacer un buen relato, y además lleva tiempo contarlas.*

Los malos modales son siempre más fáciles de diagnosticar que los buenos. No hay duda de que proporcionan material para una conversación más estimulante. Cuando se trata de elogiar la virtud de los demás, tenemos un vocabulario bastante más limitado en comparación con el profuso tesauro del que disponemos para censurar sus fechorías. Los principios que rigen la buena conducta son más transparentes cuando se quebrantan y tienden a empañarse cuando se respetan. En cualquier caso, parecería que la forma más sencilla y directa de presentar la civilidad sería definiéndola como la ausencia de incivilidad y el modo más seguro de elogiarla, dando una buena reprimenda a su contraria.

Esta fue la estrategia que empleó Erasmo, pero no será la nuestra. Él redactó su elogio de la locura pasando por la quilla la racionalidad de un extremo a otro de la costa con el fin de realzar el uso de la razón, no para sustituirla por la sinrazón. No tengo la menor intención de tratar de devolver a la incivilidad al lugar que le corresponde exponiendo los límites de la civilidad. Al igual que cualquier otra tentativa de tomar una acción «correcta» por «incorrecta» dando la vuelta a su apariencia, perseguir la civilidad evitando su ausencia acaba rindiéndose a la opinión pesimista de que hacer lo correcto empieza por resistirse a la tentación de hacer lo que es incorrecto. O a la inversa, a menos que podamos encontrar el camino para recuperar el instinto primigenio de vivir en armonía con nuestro entorno, cualquier elogio de la civilidad que podamos hacer está condenado al fracaso desde el principio.

Dicho con pocas palabras, la búsqueda de la civilidad tiene que prestar más atención a su práctica real que a su descuido. Y eso es lo que me propongo hacer en estas páginas: contar historias sobre civilidad que nos hagan pensar sobre los efectos que la incivilidad tiene en nuestra vida y en la de quienes nos rodean. Pero antes de empezar preguntando cómo reconocer la incivilidad y como enfrentarla, debemos tener alguna idea de cómo plantear la cuestión con civilidad. Responder a una incivilidad con otra es como tratar de curar una enfermedad propagándola. Elogiar una virtud condenando su descuido carece de sentido, a menos que primero podamos describirla en sus propios términos.

Estamos profundamente equivocados si contemplamos la civilidad como una virtud personal que nos sirve de poca ayuda para hacernos cargo de las situaciones de la vida. Como los escuetos arrebatos de indignación moral desbordan cada vez más nuestra conversación «civilizada», el lento caminar del pensar y el actuar con civilidad queda atrás fácilmente como una pintoresca e ingenua distracción de la tarea de defendernos o no dejarnos pisotear. Este es justamente el prejuicio al que me gustaría dar la vuelta y no se me ocurre ningún otro modo mejor de hacerlo que recopilando ejemplos de civilidad en acción.

En un momento u otro, he sido culpable de muchas de las incivilidades que se critican en estas páginas. De modo que cuando digo «nosotros» no estoy recurriendo a un modo elegante de señalar con el dedo al lector. Estoy siendo riguroso. Por supuesto, la proporción de humanidad e inhumanidad es diferente en cada uno de nosotros, pero los ingredientes básicos son en buena medida los mismos para el santo y para el pecador, para el sabio y para el necio. Es más, ninguno de nosotros está libre de actos y pensamientos al acecho en la sombra arrojada por las brillantes creencias y los ideales que profesamos a los demás.

La sabiduría al uso es que no deberíamos imponer a los demás principios que no ponemos en práctica nosotros mismos. El rabino Hanina Ben-Dosa, un famoso erudito del siglo I, lo dice con estas palabras:

Cuando los actos de una persona superan su sabiduría, su sabiduría sobrevivirá; pero cuando la sabiduría de una persona supera a sus actos, la sabiduría no resistirá.

Esto me parece completamente equivocado. Nuestros ideales son siempre más elevados que nuestras tentativas de cumplirlos. Incluso cuando mejor lo hacemos, no hacemos más que deslizarnos sobre el delgado filo de nuestros ideales. Si no lo creyera, si tuviera la sensación de que debería deshacerme de toda hipocresía antes de hablar de mis ideales, apartaría las manos del teclado ahora mismo y me las llevaría a la boca para tapármela. Si nos tomamos al pie de la letra el adagio «predica con el ejemplo», la única opción que nos quedaría sería menospreciar la poca sabiduría que tenemos o, al menos, guardárnosla para nosotros. Es preferible que inspiremos y espiremos nuestros ideales en la práctica lo mejor que podamos, como si fuéramos un acordeón que se llena de aire sin emitir ningún sonido y solo hiciera música cuando el canal de aire se abre hacia el exterior. Las melodías que producimos nunca se igualan a la mejor que podemos imaginar, pero esta es una triste excusa para no dar voz a nuestros ideales. Con el debido respeto al santo rabino, la única sabiduría que perdura es aquella que no queda silenciada por su fracaso en la práctica. Mis palabras son siempre mucho mejores que yo, pero no puedo subestimar esta idea considerándola un simple fallo mío. Es parte de la vida, uno de los roles que desempeñamos (que es lo que en la antigua Grecia significaba la palabra «hipocresía»), y no un veneno que infecta la totalidad del conjunto de roles que conforman nuestra existencia.

Tal vez esto explique de algún modo por qué preferimos las historias con final. Sabemos muy bien que este no es un final real, que hasta la muerte nos sorprende con un pie todavía en el aire, a punto de dar el paso siguiente. Pero nos gusta creer en los finales porque no podemos obligarnos a reconocer que nunca nos acercamos siquiera a vivir de acuerdo con...



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