Harding | La joven que no podía leer | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 497, 308 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

Harding La joven que no podía leer


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-19207-57-9
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 497, 308 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

ISBN: 978-84-19207-57-9
Verlag: Siruela
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UNA PERFECTA INTRIGA CRIMINAL, UNA PERTURBADORA NARRACIÓN GÓTICA. «Harding conoce perfectamente la tradición literaria en lengua inglesa y sus estructuras y recursos narrativos. Los domina y es capaz de ofrecernos una historia apasionante que mantiene la tensión en todo momento. Unas veces el lector va por delante del texto y otras, como es el caso, te agarra de las solapas y te arrastra; entonces es cuando lamentas que te vayan quedando pocas páginas».  Sur «Sorpresas, misterios y giros a la vieja usanza guían la trama de esta dinámica y deliciosamente tenebrosa novela».  Daily Mail «Un elegantemente oscuro tour de force».  Independent «Imaginen Otra vuelta de tuerca de Henry James reelaborado por Edgar Allan Poe».  The Times Nueva Inglaterra, década de 1890. Un hombre que se presenta como el doctor John Shepherd llega a un apartado manicomio de mujeres para trabajar como ayudante del director de la institución, el doctor Morgan. Shepherd, que lucha por ocultar sus más oscuros secretos, no tarda en descubrir que el centro también guarda una buena cantidad de ellos: ¿quién es esa mujer que recorre los pasillos al caer la noche? ¿Por qué lo odia tan encarnizadamente la enfermera jefe? Y ¿por qué no le permiten visitar la última planta del hospital? Sorprendido por la dureza con que Morgan trata a sus pacientes e intrigado por una de ellas, Jane Dove -una joven amnésica que adora los libros pero no sabe leer-, Shepherd se embarcará en un arriesgado experimento para intentar ayudarla... Un apasionante relato de intriga criminal que, mediante una habilidosa vuelta de tuerca, homenajea las narraciones más inquietantes de clásicos como Edgar Allan Poe, Henry James o Charlotte Brönte, manteniendo, con firmeza y hasta la última página, toda la tensión narrativa.

John Harding (1951) es uno de los novelistas contemporáneos más versátiles de Gran Bretaña. Nació y creció en un pequeño pueblo del distrito de Fenland, en el condado Isle of Ely (Cambridgeshire), y estudió Literatura Inglesa en el St. Catherine's College de Oxford. En sus inicios fue reportero y redactor de periódicos y revistas, pero pronto se centró en la literatura como ocupación única. También es profesor de escritura narrativa y mentor de novelistas jóvenes a través de la iniciativa The Writing Coach.
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1


—El doctor Morgan le espera en su despacho dentro de diez minutos. Yo misma vendré a buscarle, señor.

Le di las gracias, pero ella se quedó en la puerta con la mano en el pomo, mirándome como si esperara algo más.

—Recuerde: diez minutos, señor. Al doctor Morgan no le gusta que le hagan esperar. Es muy tiquismiquis con el tiempo.

—De acuerdo. Estaré a punto.

Me lanzó una última mirada cargada de recelo de la cabeza a los pies y en ese momento no pude evitar preguntarme lo que estaría viendo. Quizá el traje no me sentaba todo lo bien que yo creía. Me vi de pronto cerrando los dedos sobre los puños de las mangas de la chaqueta y tirando de ellos hacia abajo, consciente de que quizá eran demasiado cortos, hasta que reparé en que ella estaba en ese momento mirándolos, de modo que desistí.

—Gracias —dije, inyectando en mi respuesta lo que esperé fuera una nota de finalidad.

Había ejercido de señor en bastantes ocasiones como para saber cómo hacerlo, aunque también me había tocado asumir el papel de criado más de una vez. Ella se volvió de espaldas, aunque con la nariz en alto, y en ningún momento dando muestras de la humildad propia de una sirvienta que acaba de ser invitada a salir, y se marchó, cerrando tras de sí la puerta con un perentorio chasquido.

Eché una somera mirada a la habitación: una cama con una mesita de noche, un armario donde colgar la ropa, un destartalado sillón que parecía haber sobrevivido a más de una pelea, un escritorio profusamente desgastado por el uso y una cómoda sobre la cual vi una jarra de agua con una palangana y un espejo que colgaba de la pared, justo encima. Todo ello había visto tiempos mejores. Aun así, era un lujo comparado con aquello a lo que últimamente había estado acostumbrado. Me acerqué a la única ventana, levanté del todo la persiana y miré fuera: mis ojos recorrieron unos agradables parterres de césped y alcancé a vislumbrar unas distantes vistas del río. Miré directamente abajo. Dos pisos y una caída en vertical. No había escapatoria alguna en el caso de que una persona tuviera que salir de allí apresuradamente.

Me sacudí de encima la chaqueta, aliviado de poder desprenderme de ella durante un rato y dándome cuenta, en cuanto me la quité, de que me iba un poco ajustada y me tiraba de la sisa, allí donde tenía la camisa empapada de sudor. La olisqueé y decidí que tenía que cambiármela antes de mi encuentro con Morgan. Saqué y releí la carta con su oferta de empleo. Luego levanté la maleta del suelo, donde la había depositado la criada, y la puse encima de la cama antes de volver a intentar abrir las cerraduras, aunque sin éxito. Miré en derredor en busca de algún implemento, quizá unas tijeras o una navaja, aunque no habría sabido decir por qué esperaba encontrar esas cosas en un dormitorio, sobre todo allí, donde seguramente existía la norma de no dejar esa suerte de cosas a la vista. Como no encontré nada, decidí que era inútil, tendría que conformarme con mi camisa.

Fui hasta la cómoda, vertí un poco de agua en la palangana y me refresqué la cara. Estaba fría como el hielo y metí en ella las muñecas para enfriarme la sangre. Me miré en el espejo y al instante comprendí fácilmente a qué se debía la actitud que la sirvienta había mostrado conmigo. El hombre que me miraba fijamente desde el espejo tenía una expresión feroz y atormentada, y cierto aire de desesperación. Intenté peinarme el pelo sobre la frente con los dedos y lamenté no llevarlo más largo, porque no sirvió de nada.

Llamaron con suavidad a la puerta.

—Un momento —grité.

Volví a mirarme en el espejo, negué con la cabeza ante la inutilidad de todo y me arrepentí con todas mis fuerzas haber ido allí. Por supuesto, siempre podía huir, pero ni siquiera esa resultaría una alternativa directa. Una isla, por el amor de Dios. ¿En qué había estado pensando? Supongo que en un refugio, un lugar apartado y seguro, aunque también —y eso lo entendí entonces— un lugar del que fuera difícil salir con rapidez.

Llamaron nuevamente a la puerta, esta vez con golpes rápidos e impacientes.

—¡Ya va! —grité con un tono que pretendía ser despreocupado.

Abrí la puerta y me encontré con la misma mujer de antes. Me miraba con una expresión que sugería sorpresa al ver que había invertido tanto tiempo para tan pobre logro.

Encontré a Morgan en su despacho, sentado delante de su escritorio, que estaba situado delante de una gran ventana que daba a los espaciosos parterres de césped del hospital. Enseguida comprendí por qué a alguien podía gustarle levantar la vista de lo que tenía entre manos para disfrutar de un panorama excelente como aquel, pero se me antojó cuanto menos peculiar que un hombre que debía de tener muchas visitas eligiera darles la espalda cuando estas entraban.

Me quedé junto a la puerta, mirando esa espalda, claramente incómodo. Morgan había oído cómo la criada anunciaba mi presencia y sabía que estaba allí. Se me ocurrió que esa debía de ser la función de la ubicación del escritorio: imponer cierta sensación de superioridad sobre las nuevas visitas. A fin de cuentas, el tipo era psiquiatra.

Transcurrió más de un minuto y a punto estuve de carraspear para recordarle mi presencia, aunque sé reconocer una pausa dramática cuando me cruzo con ella y sé también esperar a que me den la entrada antes de hablar cuando no me toca. De modo que no me moví de donde estaba, plenamente consciente de las gotas de sudor que me caían de los sobacos y que había empezado a preocuparme de que terminaran por empaparme la chaqueta. No sabía si disponía de otra de recambio. El silencio era absoluto, salvo por el eco ocasional de una puerta lejana golpeando descuidadamente y el pausado rasguño de la pluma del doctor, que seguía escribiendo en su silla. Decidí que contaría hasta cien y que luego, si él todavía no había hablado, yo mismo rompería el silencio.

Cuando había contado hasta ochenta y cuatro, Morgan dejó la pluma a un lado, se volvió hacia mí en la silla giratoria y se puso en pie de un brinco casi en el mismo instante.

—¡Ah, el doctor Shepherd, supongo! —Vino hacia mí con paso firme, me cogió la mano derecha y la estrechó dando muestras de un vigor sorprendente para un hombre gallardo, y con ello me refiero a un hombre a la vez bajo y escrupulosamente elegante: llevaba un pequeño bigote fino y ornamental, como uno de esos acicalados franceses, y parecía llevar peinados con exquisito cuidado cada uno de los canosos cabellos de la cabeza.

Había dedicado mucho más tiempo a su aseo personal del tiempo y el modo que yo había tenido para hacerlo con el mío y me sentí avergonzado a la vista de tamaño contraste.

—Sí, señor.

Me vi de pronto sonriendo a pesar del nerviosismo que me embargaba ante la inminente prueba de selección, con los sobacos empapados y el lamentable estado de mi rostro. Imposible no hacerlo, pues él sonreía a su vez de oreja a oreja. Su alegre semblante me animó un poco. Estaba en claro contraste con el pesimismo que reinaba en el edificio.

Supuse que se refería a las vistas del exterior; así que, dedicando una mirada apreciativa desde la ventana, dije:

—Sin duda es una vista espléndida, señor.

—¿Vista? —Bajó los brazos y, por el modo en que le colgaron inertes sobre los costados, entendí que había cierta decepción en el gesto. Siguió entonces la dirección de mi mirada como si acabara de darse cuenta de que la ventana estaba allí y se volvió luego hacia mí—. ¿Vista? Nada comparable con la que teníamos cuando estábamos en Connecticut, y jamás la apreciamos.

No supe qué pensar, salvo que había llegado a un manicomio y que si las internas superaban en algún grado de locura a los médicos, o al menos al médico en jefe, debían de estar realmente chifladas.

—No me refería a la vista, hombre —prosiguió—. No está usted aquí para disfrutar de la vista. Me refiero a este lugar. ¿No le parece magnífico?

Me estremecí ante mi propia estupidez y me vi de pronto balbuceando de un modo que no hizo sino confirmar ese déficit de inteligencia.

—Si he de serle sincero, señor, acabo de llegar y todavía no he tenido oportunidad de echarle un vistazo al lugar.

Morgan no me escuchaba. Se había sacado un reloj del bolsillo del chaleco y lo miraba fijo, negando con la cabeza y chasqueando impacientemente la lengua. Volvió a guardarse el reloj y alzó la vista.

—¿Cómo dice? ¿Que no ha echado un vistazo por ahí? Pues deje que le diga que le va a impresionar en cuanto lo haga. Máxima funcionalidad, señor. Contamos con las más modernas instalaciones para tratar a enfermas mentales que cualquier doctor podría desear. La Facultad de Medicina está muy bien, pero es en la práctica donde uno aprende los gajes del oficio. Y, créame, esta es una gran profesión para un joven que empieza. La psiquiatría es el futuro, lo que se impone… —Se calló de pronto y me miró fijamente—. Santo cielo, hombre, ¿qué le ha ocurrido en la cabeza?

Me llevé la mano a la sien, pues mi inclinación natural era ir con ella cubierta. Ya tenía mi historia preparada. Siempre me ha parecido que la mentira que más probabilidades tiene de ser creída es la más extraordinaria.

—Tuve un accidente en la ciudad de camino hacia aquí, señor. Un desafortunado encuentro con un cabriolé.

Morgan siguió...



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