Halík | Paciencia con Dios | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 248 Seiten

Halík Paciencia con Dios

Cerca de los lejanos
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-254-3374-0
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

Cerca de los lejanos

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Tomá? Halík, uno de los autores religiosos más reconocidos internacionalmente en la actualidad, Premio Templeton (2014), plantea en esta obra su interesante posición ante el diálogo entre fe y ateísmo en la sociedad actual secularizada. Para Halík, la paciencia es la principal diferencia entre la fe y el ateísmo. La fe, la esperanza y la caridad son las tres formas que asume la paciencia con Dios, tres modos de hacer frente a la experiencia del silencio y el ocultamiento de Dios, que los ateos interpretan como 'muerte de Dios' y los fundamentalistas religiosos no toman suficientemente en serio. Recurriendo a la historia bíblica del encuentro de Jesús con Zaqueo, Halík se dirige a todos los buscadores que permanecen al margen de la comunidad de creyentes -curiosos, pero sin compromiso-, invitándoles a practicar la paciencia como lugar de encuentro con los creyentes. En la hoy tan bulliciosa feria de la mercancía religiosa, [...] a veces me parece que con mi fe cristiana estoy más cerca de los escépticos, los ateos y los agnósticos. Con cierto tipo de ateos puedo compartir la percepción de la ausencia de Dios en el mundo. Considero, sin embargo, que su interpretación de ese fenómeno es una expresión de impaciencia.

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Prólogo

Con los ateos coincido en muchas cosas, a menudo casi en todo, salvo en su creencia de que no existe Dios.

En la hoy tan bulliciosa feria de la mercancía religiosa, llena de géneros de todas clases, a veces me parece que con mi fe cristiana estoy más cerca de los escépticos y de los críticos de la religión –ateos o agnósticos– que de mucho de lo que allí se ofrece con tanta impertinencia. Con cierto tipo de ateos puedo compartir la percepción de la ausencia de Dios en el mundo. Considero, sin embargo, su interpretación de ese fenómeno como demasiado apresurada: como una expresión de impaciencia. También me oprime a menudo el silencio de Dios y el peso de la lejanía divina. Me doy cuenta de que el carácter ambivalente del mundo y la multitud de paradojas de la vida también permiten explicar el ocultamiento de Dios con frases como «Dios ha muerto». Pero puedo encontrar aun otras interpretaciones posibles de la misma experiencia y otra actitud con respecto al «Dios ausente». Conozco tres formas de paciencia (profundamente interconectadas) frente a la ausencia de Dios: se llaman fe, esperanza y caridad.

Sí, la paciencia es lo que considero la principal diferencia entre la fe y el ateísmo. El ateísmo y el fundamentalismo religioso o el entusiasmo de una fe demasiado fácil se parecen de manera llamativa en lo rápido que consiguen dar por resuelto el misterio al que llamamos Dios. Y precisamente por eso todas esas posturas son para mí igualmente inaceptables. El ser humano no puede permitirse nunca dar el misterio por resuelto. El misterio –a diferencia del problema– no puede ser conquistado; es preciso esperar pacientemente en su umbral y permanecer en él. Guardarlo dentro, en el corazón –como, según el Evangelio, hizo la madre de Jesús–; dejarlo madurar allí y a través de él permitir que uno mismo madure.

Tampoco a mí me pudieron conducir a la fe las «pruebas de la existencia de Dios» sobre las que leemos en muchos libros devotos. Si las señales de la presencia de Dios estuviesen tan banalmente al alcance, sobre la superficie de la tierra, como piensan algunos entusiastas religiosos, la fe no sería necesaria. Sí, existe también una fe que mana de la simple alegría y el mero encanto porque el mundo existe y por cómo es. Una fe a la que podemos poner bajo la sospecha de simpleza, pero de la que no podemos negar su pureza y su autenticidad. Esta forma de fe clara y alegre acompaña con frecuencia al enamoramiento inicial de los convertidos o centellea inesperadamente en momentos preciosos de la senda vital, a veces incluso en el fondo del dolor. Quizá sea una cata de esa envidiable libertad de la fase cumbre del camino espiritual, el momento final de plena afirmación de la vida y el mundo descrito como «vía unitiva» o «amor fati», como unión mística del alma con Dios o como asentimiento comprensivo y alegre al propio destino en el sentido de las palabras del Zaratustra de Nietzsche: «¿Que ESTO era la vida? Pues... ¡otra vez!».

Estoy convencido, sin embargo, de que a la maduración en la fe pertenece también la aceptación y el aguantar momentos –y a veces largos periodos– en los que Dios parece estar lejos, en los que permanece oculto. Lo patente y demostrable no requiere la fe, después de todo; la fe no la necesitamos en la luz de las seguridades inconmovibles, accesibles a la fuerza de nuestra razón, nuestra imaginación o nuestra experiencia sensorial. La fe está aquí precisamente para esos instantes de penumbra en los que la vida y el mundo están llenos de inseguridad, durante la fría noche del silencio de Dios. Y su función no es saciar nuestra sed de certeza y seguridad, sino más bien enseñarnos a vivir con el misterio. La fe y la esperanza son expresiones de nuestra paciencia, precisamente en esos periodos. Y lo mismo el amor: un amor sin paciencia no es un auténtico amor. Diría que esto vale tanto para el amor terreno como para el amor a Dios, si no estuviese seguro de que el amor es solo uno, de que su esencia más propia es solamente una, indivisa e indivisible. La fe –como el amor– está inseparablemente unida a la confianza y a la fidelidad. Y la confianza y la fidelidad se hacen patentes mediante la paciencia.

La fe, la esperanza y el amor son tres aspectos de nuestra paciencia con Dios; son tres formas de asumir la experiencia del ocultamiento de Dios. Ofrecen, por ello, un camino completamente diferente tanto del ateísmo como de la credulidad superficial. Son, sin embargo, al contrario que estos dos atajos que se ofrecen con frecuencia, un camino realmente largo. Este camino –de modo similar al éxodo de los israelitas– recorre también el desierto y la oscuridad. Sí, a veces el sendero también se pierde, es parte de esta peregrinación la búsqueda incesante, igual que perder en ocasiones el camino; a veces tenemos que bajar muy hondo al abismo, al valle de las sombras, para encontrarlo de nuevo. Pero, si no fuese por ahí, no sería un camino hacia Dios: Dios no vive en la superficie.

La teología tradicional afirmaba que la razón humana es capaz de llegar al convencimiento de que existe Dios a través de la simple contemplación del mundo creado, y por supuesto es posible estar de acuerdo con esta afirmación (o, dicho con mayor precisión: el mundo está abierto a la posibilidad de esta interpretación y la razón es capaz de llegar a esta conclusión, pero el mundo, no obstante, es una realidad ambivalente, que no obliga a esta interpretación y permite teóricamente otras perspectivas; y el mero hecho de que la razón «sea capaz» de algo no implica que la razón de cada ser humano particular deba usar necesariamente esta potencialidad). Sin embargo, esta misma teología tradicional sabía bien y enseñaba que la convicción humana de la existencia de Dios es algo distinto de la fe. El convencimiento humano reposa en el reino de lo «natural», mientras que la fe trasciende sus dominios, es un don –«virtud divina infusa». Según Tomás de Aquino, la fe es un don de la Gracia, que Dios infunde en la razón humana, posibilitándole superar su capacidad natural y, de un cierto modo limitado, participar del perfecto conocimiento con que Dios se conoce a sí mismo. Aun así, sigue habiendo una enorme diferencia entre el conocimiento que la fe hace posible y el conocimiento de Dios cara a cara, la «visión beatífica», que está reservada a los santos en el cielo (o sea, también a nosotros, si damos testimonio de la paciencia de nuestra fe peregrina y de esa ansia que no puede ser perfectamente saciada durante todo el tiempo que dura nuestra vida, hasta el umbral de la eternidad).

Si nuestra relación con Dios estuviese fundada solamente en la convicción de su existencia, a la que es posible llegar sin padecimientos por medio del aprecio emocional de la armonía del universo o del cálculo racional sobre la cadena de las causas y los efectos, entonces no sería eso que tengo en mente cuando hablo de la fe. Según los antiguos doctores de la Iglesia, la fe es un rayo de luz con el que Dios penetra en la oscuridad de la vida humana; Dios mismo está de esta manera, con el roce de este rayo de su luz, presente en ella, de modo parecido a como el sol inmensamente lejano toca la tierra y nuestros cuerpos, calentándolos con su calor. Pero también hay momentos de eclipse en nuestra relación con Dios.

Es difícil decidir si hay más de esos momentos de eclipse en nuestra época de los que había en el pasado, o si es que estamos mejor informados y somos más sensibles ante ellos. De igual manera, es difícil decidir si esos tenebrosos estados del alma, la angustia y la tristeza, que sufre hoy tanta gente en nuestra civilización y a los que hoy describimos con nombres procedentes del campo de la medicina clínica, que los estudia y se esfuerza por eliminarlos con sus medios y desde su perspectiva, son más abundantes que en el pasado, o si las generaciones precedentes les dedicaban menos atención, afanadas en otras preocupaciones, o acaso tenían otros medios –posiblemente más eficaces– con los que superarlos o enfrentarlos.

Esos momentos de oscuridad, caos y absurdo, fuera del recinto seguro del orden racional, recuerdan llamativamente lo que profetizaba Nietzsche por boca de su «loco», que traía el anuncio de la muerte de Dios: «¿Adónde se dirigen ahora nuestros movimientos? ¿Lejos de todos los soles? ¿No caemos incesantemente? ¿Hacia adelante, hacia atrás, de lado, de todos lados? ¿Hay aún un arriba y un abajo? ¿No vamos errantes como a través de una nada infinita? ¿No nos persigue el vacío con su aliento?».

Momentos semejantes, «lejos de todos los soles», que en el gran escenario de la historia designamos con símbolos como «Auschwitz», «Gulag», «Hiroshima», «11 de Septiembre» o «civilización de la muerte», y en el plano cotidiano de los destinos individuales con las palabras depresión o crisis, son para muchos «el cimiento del ateísmo». Son la causa de su convicción de que, dicho con las palabras del Macbeth de Shakespeare, «la vida no es más que una historia sin sentido balbucida por un idiota» y el caos y el absurdo tienen en ella la primera y la última palabra. Pero hay también gente –y el autor de este libro se cuenta entre ellos– para la cual precisamente la vivencia del silencio de Dios, del ocultamiento de Dios en este mundo, es el punto de partida y uno de los aspectos fundamentales de su...



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