Hadjadj | Lobos disfrazados de corderos | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 135, 146 Seiten

Reihe: 100xUNO

Hadjadj Lobos disfrazados de corderos

Pensar sobre los abusos en la Iglesia
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-1339-538-8
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Pensar sobre los abusos en la Iglesia

E-Book, Spanisch, Band 135, 146 Seiten

Reihe: 100xUNO

ISBN: 978-84-1339-538-8
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



La noticia es terrible: sacerdotes y líderes católicos, venerados por su fe, alabados por su apostolado, practicaban en secreto una mística perversa. Las víctimas de sus abusos hablaron. Los periodistas investigaron sus abusos y encubrimientos. Los historiadores empezaron a investigar los embrollos eclesiásticos de los que se beneficiaron. La sociedad entera se escandalizó. Pero, ¿cómo interpretar espiritualmente el hecho de que semejantes crímenes fueran encubiertos con apariencia de sacralidad? Utilizando todos los recursos de su aguda mente y estilo, el filósofo y teólogo más original de su generación, Fabrice Hadjadj, nos sumerge en las raíces del mal, donde, según el Evangelio, «los lobos se disfrazan de corderos», sin minimizar nada de lo grave que tiene, sin descuidar lo que esconde de gracia. Una denuncia de la mentira, la impostura y la credulidad. Un alegato a favor de la fe. Un ensayo vigorizante, ejemplar por su lucidez y sobriedad. Si hay un buen uso para el abuso, es conseguir que nos cuestione personalmente.

Fabrice Hadjadj (Nanterre, 1971) es escritor y filósofo francés, director del Instituto Philanthropos (Friburgo, Suiza). Ha recibido por su obra el premio Montherlant de la Académie des Beaux-Arts y el premio Cardinal Lustiger de la Académie française. Fue miembro del Consejo Pontificio para los Laicos. Autor prolífico, han sido traducidos al español algunos de sus títulos como La fe de los demonios (2010), La suerte de haber nacido en nuestro tiempo (2016) y A mí toda la gloria (2020).
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Pero nuestros padres se entregaron a la soberbia...

Reflexiones sobre el «affaire» de los hermanos Philippe y de Jean Vanier

Pero nuestros padres se entregaron a la soberbia y no obedecieron tus mandatos. No quisieron escuchar y no se acordaron de las maravillas que habías realizado para ellos.

Nehemías 9,16-17

1. Lo que se ha convenido en llamar el «Affaire» ha suscitado, con razón, una consternación generalizada en la Iglesia, y aún más el asombro. Altas figuras de la renovación, en el orden religioso o en las obras de caridad, personas que para muchos aparecían como santas y daban abundantes frutos, resultaron ser personas de doble vida, manipuladoras, perversas, que se justificaban con una doctrina reservada a los «iniciados» que se hacían llamar entre ellos los «pequeñines» —apóstoles de los últimos tiempos, hijos elegidos y preferidos de la «Madre admirable»—.

Si nos fijamos en la materialidad de los hechos, no entran necesariamente dentro del terreno del derecho penal civil. No tienen la gravedad manifiesta de un «acto de barbarie contra un menor de quince años». Solo están implicados adultos, y el modus operandi nunca implica violencia física, sino una cierta dulzura, una amabilidad envolvente e incluso pueril. Lo que significa que el drama, en este caso, es ante todo espiritual. Su gravedad, posiblemente menor en lo que a los hechos se refiere, no es menor en cuanto al fondo de los mismos.

Esta gravedad nos plantea interrogantes sobre ciertos desarrollos de la espiritualidad contemporánea, e incluso sobre la esencia del cristianismo, planteando cuestiones radicales, tan radicales que nos encontramos apresados por la tentación de la negación, dado que estas cuestiones resuenan como otras tantas objeciones: ¿cómo es posible que frutos como El Arca o la comunidad de San Juan, que han servido a verdaderas conversiones y siguen prodigando inestimables beneficios, hayan podido madurar en ramas tan enfermas? ¿Cómo han podido convertirse en inveterados los delirantes desvaríos de tal o cual padre, teólogo «muy importante para el enderezamiento doctrinal» de nuestro tiempo?10. ¿Cómo pudo semejante duplicidad ser obra de personas íntimamente convencidas y paradójicamente sinceras? Por último, ¿cómo es posible que la dulzura e incluso el «espíritu de infancia», con un innegable sentido de la fragilidad y un amor por los débiles absolutamente efectivo, hayan podido llevar a semejantes violencias psicológicas?

2. Mi reflexión no se propone centrarse en la detección, tan necesaria por otra parte, de fallos individuales o institucionales ni en desentrañar lo adventicio y lo sistémico. No tengo ni el mandato ni la competencia necesarios para hacerlo. Me propongo hablar como un cristiano entre otros. Y por esta misma razón, que es también la de mi fe, debo decir que la palabra «affaire» me parece menos adecuada que «enigma»: el enigma del ahogamiento dentro del arca, el enigma de los pequeñines que se vuelven aplastantes... Y más allá del enigma, hay algo que remite al misterio de la iniquidad (2 Tes 2,7), por lo mucho que lo admirable y lo execrable se mezclan y nos exponen a la perplejidad: los lobos no solo se disfrazan de corderos, sino que se comportan, en ciertos momentos, como buenos pastores, y se lo creen11.

El libro de Tangi Cavalin, L’Affaire, subraya el carácter parcial —incluso inoperante en lo esencial— de las categorizaciones ordinarias y de las interpretaciones sociológicas o psicológicas: «La cuestión de las relaciones entabladas con mujeres en el marco de la dirección espiritual o de la confesión no puede reducirse a los pares de términos opuestos que se esperan en este tipo de casos: masculino/femenino, dominante/dominado, abusador/víctima. Estas oposiciones binarias no carecen, ciertamente, de pertinencia. En su misma simplicidad, contribuyen a poner nombre a lo indecible, a denunciar la violencia, a darle la vuelta a la vergüenza. Pero son insuficientes para comprender lo que está en juego en estas relaciones»12.

En cuanto a la explicación familiarista —dado que la desviación era compartida por dos hermanos, una hermana y un tío, todos religiosos, lo que indica un poderoso anclaje en el clan Philippe-Dehau—, Cavalin también la rechaza, al igual que rechaza toda causalidad «mecanicista». Otros miembros de la familia no han seguido la misma pendiente y se han esforzado en denunciar las acciones de Thomas Philippe, aunque fuera hermano o primo. Este simple hecho basta para «poner en duda cualquier interpretación mecánica de los efectos de la socialización recibida desde el nacimiento»13.

De este modo, se deja, implícitamente, todo su espacio al enigma, y las audiencias del affaire pueden llevarnos a lo inaudito. Algo que adelantaba Jacques Maritain ya en 1951: «El diablo y la psicología humana han liado las cosas... En mi opinión, el padre Thomas está loco. El padre Marie-Dominique conoce los hechos y declara que, puesto que su hermano es un santo, todo está bien así. Otro loco. El diablo se ha desatado en este asunto inaudito»14. Algo inaudito que requiere, en consecuencia, nuestra escucha más atenta que podamos, a fin de que, tras el mazazo, recuperemos nuestras mentes y pasemos de la estupefacción a la consideración.

3. El enfoque que aquí se propone no se sitúa en el registro de la indignación, ni de la acusación, ni siquiera de la explicación. Puede parecer chocante porque no parece muy escandalizado. No cabe duda de que estoy sujeto a cierta deformación profesional. Como escritor y dramaturgo amante de Dostoievski, Bernanos y Flannery O’Connor, mi primera reacción tiende con frecuencia a ser más estética que moral. Personas cercanas a mí han sorprendido en mi boca este tipo de exclamaciones: «Comparada con este affaire, La Colina inspirada de Maurice Barrès es cerveza ligera... una bluette15 para la Biblioteca Verde...».

Si tengo poca propensión a denunciar a los demás o, pretendiendo tirar una piedra al estanque, a tirarle piedras a la mujer adúltera, no es por virtud, sino por tropismo teatral: me intereso primero por la intriga, por la complejidad de los personajes, por la fuerza dramática de los acontecimientos. Por eso consulté primero las miles de páginas del expediente Philippe-Vanier porque me parecieron fascinantes —desde el punto de vista de la novela o de la tragedia—. Lo que no quiere decir que me las tomara a la ligera, convirtiéndolas en entretenimiento o en alimento para mi curiosidad. La tragedia, como género dramático, es una forma antigua y venerable de abordar las cosas más serias, e incluso de dejarnos abordar por ellas, hasta no disponer ya de otro recurso que un desgarro vertical interpelando a los dioses. Somos ante todo espectadores, pero es para hacer imposible la posición de espectador y juez, y para recordarnos la precariedad radical de nuestra condición.

El motivo personal de mi enfoque puede resumirse en esta frase: la historia de los hermanos Philippe y Jean Vanier me ha edificado más que sus enseñanzas. Se trata de una edificación ex negativo y no ex exemplo. Si bien a veces he quedado fascinado por los opúsculos del padre Thomas Dehau, los libros de Marie-Dominique Philippe siempre me dejaban frío, y los testimonios de Jean Vanier me parecían demasiado sentimentales. Una vez más, son mis limitaciones, no mi sagacidad, las que me han hecho impermeable al encanto, y no prejuzgo la inteligencia de nadie que pueda ser sensible a él. Lo cierto es que hoy su caso, más que sus escritos, me da verdaderamente que pensar, me confronta con una realidad que resiste, en el extremo opuesto las cantinelas teóricas o moralizantes, y, con ello, me invita a adentrarme más en el misterio de la Redención, es decir, también a una mayor vigilancia.

4. En la encrucijada del enigmático affaire y de mi apetito dramático, me parece que lo mejor que puedo hacer es realizar una lectura bíblica. Para decirlo mejor, se trata de mostrar que el escándalo de los hermanos Philippe y Jean Vanier corresponde perfectamente a los relatos de la Biblia, sobre todo a los de Jueces y Reyes. Es cierto que este escándalo ensucia a la Iglesia, y hiere tanto más a la Madre por el hecho de que fue en su propio nombre como hirió a sus hijos. En otro aspecto, sin embargo, se trata de una tragedia típica, que atestigua la verdad de la Revelación. Dicho esto, no lo minimizo. Intento abrirlo al abismo, ensancharlo hasta las profundidades insondables de las Escrituras.

Que este ensanche de la perspectiva sea una tarea dice mucho de ella. Nosotros nos pretendemos cristianos, pero hemos perdido el relato bíblico. Los preceptos y dogmas que hemos extraído de él los hemos alejado de su trama para insertarlos en esquemas heroico-paganos o tecno-compasionales. Nos olvidamos del método del Verbo encarnado tal como nos lo presentan los Evangelios, incluso después de su resurrección, para leer el Evangelio: Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras (Lc 24,27).

No cabe duda de que hubiéramos estado mejor prevenidos contra los abusos espirituales si no hubiéramos sustituido por completo la lectura del Antiguo Testamento por las guías espirituales y las hagiografías. El Antiguo Testamento, por oscuro que sea, sigue...



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