E-Book, Spanisch, Band 3, 440 Seiten
Reihe: Trilogía de las Cruzadas
Guillou Regreso al Norte
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17683-21-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 3, 440 Seiten
Reihe: Trilogía de las Cruzadas
ISBN: 978-84-17683-21-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Periodista y escritor sueco (Södertälje, 1944), Jan Guillou es uno de los escritores más vendidos de su país. Después del éxito alcanzado con su serie de novelas de espías, se sumergió en el mundo medieval para comenzar a escribir su ambiciosa trilogía sobre las Cruzadas, una obra ambientada en el norte de la Europa del siglo XII y que terminó de encumbrar a su autor en las listas de los más vendidos tanto en su país como en el resto del mundo.
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2
Eskil no estaba de muy buen humor, y se le notaba mucho, aunque se esforzase en no demostrarlo. No solamente le molestaba tener que ir a las canteras y volver, cosa que le ocuparía toda la calurosa mañana y parte de la tarde, sino que además tenía la sensación de no ser el dueño de su propia casa, a lo que se había acostumbrado durante varios años.
Ya estaban colocados los andamios a lo largo de la muralla de Arnäs y había gente ocupada en ir a recoger más troncos del bosque sin pedirle permiso. Era como si Arn se hubiese vuelto un extraño en muchos sentidos. Parecía que no entendiese que un hermano menor no podía ocupar el lugar del hermano mayor y que tampoco comprendiese por qué un Folkung del consejo del rey debía cabalgar con una escolta considerable a pesar de que reinase la paz en el país.
Detrás de ellos cabalgaban diez hombres armados hasta los dientes y, al igual que Arn, llevaban cotas de malla terriblemente calurosas debajo de los mantos. Eskil se había vestido como si fuera a cazar o a una celebración, con un manto corto y un sombrero emplumado. El viejo monje montaba vestido con su hábito de gruesa lana blanca, que debía de hacer más duro soportar el viaje, aunque su cara no diese muestras de ello. Sin embargo, tenía un aspecto algo cómico, puesto que había tenido que remangarse el hábito hasta las rodillas dejando así las pantorrillas desnudas a la vista. Al igual que Arn, montaba uno de esos caballos extraños, pequeños y nerviosos.
En las primeras laderas del Kinnekulle les refrescó la agradable sombra al entrar bajo las altas hayas. Enseguida, Eskil se sintió de mejor humor y pensó que ya era hora de comentar si esas construcciones eran sensatas o no. Durante los muchos años de comercio había aprendido que era sabio no discutir ni siquiera sobre pequeñeces cuando hacía calor, se tenía sed o se estaba de mal humor. En el fresco debajo de los árboles sería más fácil.
Espoleó al caballo para acercarse hasta la altura de Arn, que parecía cabalgar muy ausente en sus pensamientos, probablemente mucho más lejos que en las canteras.
—Debes de haber cabalgado en días más calurosos que este —empezó diciendo Eskil con tono inocente.
—Sí —contestó Arn, enfrascado en pensamientos muy distintos—. En Tierra Santa, durante el verano, el calor a veces era tan intenso que nadie podía poner su pie descalzo encima de la tierra sin quemarse. En comparación, cabalgar aquí en la sombra es como si se tratara de los campos del Paraíso.
—Pero insistes en vestirte con la cota, como si aún te dirigieses a una lucha.
—Es mi costumbre desde hace más de veinte años. Tal vez tendría frío si montase vestido como tú, hermano —respondió Arn.
—Sí, puede ser —admitió Eskil, que ya había llevado la conversación al terreno que deseaba—. ¿No has visto más que guerras desde que nos dejaste de muy joven?
—Es cierto —dijo Arn, pensativo—. Es casi como un milagro poder viajar en tan bello país, con esta frescura, sin refugiados o casas quemadas a lo largo del camino, sin tener que estar atento vigilando en el bosque o mirando hacia atrás a causa de los jinetes enemigos. Incluso es difícil solo explicarte cómo me siento.
—Al igual que es difícil para mí explicar cómo me siento después de quince años de paz. Cuando Knut fue rey y Birger Brosa su canciller, la paz llegó a nuestro reino, y ha perdurado desde entonces. Debes tenerlo presente.
—¿Ah, sí? —inquirió Arn mirando a su hermano, puesto que intuía que esa conversación ya no trataría tan solo de sol y calor.
—Todas tus construcciones nos están suponiendo grandes gastos —aclaró Eskil—. Quiero decir que parecería poco inteligente prepararse para la guerra gastando mucho dinero en tiempos de paz…
—En cuanto a los gastos, traje tres baúles llenos de oro —se apresuró a responder Arn.
—Pero toda esa piedra que retendremos en lugar de venderla supone un gasto grande, un gasto de guerra ahora que reina la paz —objetó Eskil, paciente.
—Tendrás que explicarte mejor —insistió Arn.
—Quiero decir que… es cierto que somos los dueños de las canteras. Por tanto, no tendremos que pagar por la piedra que necesitarás. Pero en estos tiempos de paz se construyen muchas iglesias de piedra por todo Götaland Occidental, y muchas de las piedras que hacen falta vienen de nuestras canteras…
—Y si nos quedamos las piedras para nuestras construcciones perderemos la ganancia, ¿es eso lo que quieres decir?
—Sí, es así como se considera en los negocios.
—Es verdad. Pero si no hubiesen sido nuestras las canteras, yo habría pagado por la piedra de todos modos. Ahora nos ahorramos ese gasto. Así también se considera en los negocios.
—Entonces nos queda preguntarnos si es inteligente usar tantas riquezas para construir para la guerra en tiempos de paz —suspiró Eskil insatisfecho, porque, por primera vez, no lograba convencer a alguien con sus argumentos de que todo en esta vida podía contarse en plata.
—Primero: no vamos a construir para la guerra, sino para la paz. En tiempos de guerra no hay tiempo ni dinero para construir.
—Y si no hay guerra —insistió Eskil—, ¿todos esos esfuerzos y esos gastos no habrán sido en vano?
—No —respondió Arn—. Ya que, segundo: nadie es capaz de conocer el futuro.
—Por tanto, tampoco tú, por mucho que sepas de todo lo referente a la guerra.
—Es verdad, y por eso lo más sensato será armarse bien mientras haya tiempo y paz. Si quieres la paz, prepárate para la guerra. ¿Sabes qué sería lo mejor a lo que podríamos aspirar con esta construcción? Que no acampara nunca un ejército forastero delante de Arnäs. Entonces habríamos hecho una construcción correcta.
Eskil no estaba del todo convencido, aunque habían comenzado a asaltarle las dudas. Si se pudiese adivinar el futuro de manera segura para ver que el tiempo de las guerras había pasado, no merecería la pena gastar plata en construir la fortificación del tipo que Arn imaginaba.
Y por la situación actual del reino, parecía que el tiempo de las guerras hubiese pasado. La paz bajo el mandato del rey Knut era la más duradera que recordaba la memoria de los hombres.
Eskil se dio cuenta de que, para él, la guerra ya no era un medio en su lucha por el poder. Más bien contaba con el poder que provenía de que los hijos y las hijas acabaran en el lecho nupcial correcto y de la riqueza creada por el comercio con países extranjeros como una protección frente a la guerra. ¿Y quién quería romper sus negocios? La plata era más fuerte que la espada y los hombres cuyas familias estaban unidas por matrimonio lo pensaban mucho antes de enfrentarse con las armas.
Así de razonables eran las cosas durante el reinado del rey Knut. Pero nadie podía estar completamente seguro, puesto que nadie podía predecir el futuro.
—¿Cuán fuerte debe ser la fortaleza de Arnäs? —preguntó al acabar su largo recorrido de pensamiento.
—Lo bastante como para ser inexpugnable —respondió Arn como si fuese lo más obvio—. Podremos hacer que Arnäs sea tan fuerte que un millar de Folkung y su servidumbre puedan vivir dentro de los muros durante más de un año. Ni el ejército más potente puede resistir un asedio tan largo fuera de los muros. Piensa en el frío del invierno, la lluvia en otoño y el aguanieve y el barro durante la primavera.
—¿Pero qué comeríamos y beberíamos durante tanto tiempo? —exclamó Eskil, con el semblante tan asustado que provocó una amplia sonrisa en Arn.
—Me temo que la cerveza se acabaría al cabo de un mes y que al final tal vez tendríamos que subsistir con pan y agua como si fuéramos penitentes en un monasterio —repuso Arn—. Pero habrá agua dentro de los muros si construimos unos pozos nuevos. La ventaja de la cebada y el trigo, al igual que la del pescado en salazón y la carne ahumada, es que se pueden conservar durante mucho tiempo y en grandes cantidades. Pero para ello tendremos que construir un nuevo tipo de graneros de piedra que los aíslen de la humedad. Es tan importante edificar esos almacenes como construir muros resistentes. Si además llevamos una buena contabilidad de lo que hay y de lo que falta, tal vez sea posible incluso producir más cerveza.
Eskil se sintió enseguida aliviado por las palabras de Arn acerca de la cerveza. Su recelo estaba convirtiéndose en admiración, y se interesó cada vez más por el manejo de la guerra en el reino franco, en Tierra Santa y Sajonia y otros países con más población y mayores riquezas que en el Norte. Las respuestas de Arn le llevaron a un mundo totalmente desconocido, en el que los ejércitos se componían casi exclusivamente de jinetes y en donde se lanzaban bloques de piedra contra muros que doblaban en grosor y altura los muros de Arnäs. Al final Eskil insistió tanto en sus preguntas que desmontaron para descansar. Arn limpió de hojas y ramitas la tierra cerca del tronco grueso de una haya y la alisó con su calzado reforzado de acero. Invitó a Eskil a sentarse encima de una de las fuertes raíces del árbol y llamó al monje, que se acercó en silencio, se inclinó ante Eskil y se sentó a su lado.
—Mi hermano es un comerciante que quiere crear la paz con la plata. Ahora le vamos a contar cómo se hace lo mismo con acero y piedra —explicó Arn; desenvainó el puñal y empezó a dibujar una fortaleza en la alisada tierra negra.
La fortaleza que estaba dibujando se llamaba Beaufort y se encontraba en el Líbano, la parte...




