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E-Book, Spanisch, 420 Seiten

Guild El macedonio


1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16331-75-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 420 Seiten

ISBN: 978-84-16331-75-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Siglo IV a. C. Macedonia vive una época convulsa, desgarrada por luchas internas en el seno de la familia real y acosada por los belicosos reinos fronterizos. Filipo, tercer hijo del rey Amintas y apenas un adolescente, es enviado como rehén a Tebas, donde recibirá educación militar del gran general Epaminondas. A su vuelta, rápidamente pondrá de manifiesto su capacidad de mando y su arrolladora personalidad. Y aunque no estaba escrito que fuera a reinar, un inesperado giro del destino hará que se haga con el poder, convierta a su país en la potencia hegemónica del mundo heleno y allane el camino para el gran imperio que creará su hijo Alejandro. Presentamos la reedición de un clásico de la novela histórica; una historia épica que narra la lucha de Macedonia por su supervivencia bajo la tutela de un líder que cimentará las bases de uno de los imperios más grandes jamás forjados por el hombre.

Nicholas Guild nació en San Francisco y se graduó en Lengua Inglesa y Filosofía en la Universidad de Berkeley. Ha sido profesor universitario así como crítico literario en periódicos y revistas especializadas. Ha publicado una decena de novelas entre las que destacan El aviso de Berlín, El tatuaje de Linz, La estrella de sangre y El asirio.
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2


El corcel tenía dieciocho manos de altura y era salvaje como un diablo. Los músculos bajo su piel negra y suave se abultaban y estremecían mientras trotaba de arriba abajo dentro de la recia cerca de madera, levantando tierra con sus cascos y buscando por dónde escapar. Ya se había percatado de que no había escape, pero la furia no le dejaba estarse quieto.

—Es muy buen caballo, ¿verdad? —dijo Alejandro, príncipe heredero de Macedonia, mirando al animal, apoyado en la cancela.

Era un joven alto y rubio de belleza casi sobrenatural, y su porte sugería la gracia animal congénita del guerrero. Miraba al semental con sus ojos azul claro, unos ojos rapaces que reflejaban una extraña mezcla de admiración y envidia, cual si el noble bruto fuese a la vez su presa y su rival.

—Lo encontramos en las praderas orientales, con una manada de yeguas para él solo. Antes de que lográsemos capturarle rompió de una coz la pata de un caballo y casi mata al jinete.

El príncipe se volvió hacia los que le acompañaban y detuvo la mirada en sus dos hermanos más pequeños. Pérdicas, el mayor, que ya mostraba una pelusilla cobriza en el mentón, bajó la vista de inmediato, haciendo que Alejandro sonriese de un modo que habría podido ser afecto pero que lo más probable era que fuese desdén.

—Pérdicas, ¿qué dirías si te regalase este magnífico animal? ¿No valdría la pena correr cierto peligro? Te lo regalo si consigues montarlo hasta contar diez.

Pero Pérdicas, que, a pesar de su incipiente barba, no era más que un niño, meneó la cabeza sin osar mirar a su hermano a la cara.

—¿Es que piensas vivir eternamente?

Todos los jóvenes fuertes y valerosos amigos de Alejandro se echaron a reír y el jovencito enrojeció avergonzado.

—Nuestro hermano Pérdicas es bastante buen jinete —dijo el más pequeño de los hijos del rey Amintas, con voz aún atiplada de niña—, pero no para probar con un caballo salvaje... y menos ése; y no es tan tonto como para romperse la crisma porque le hayas provocado. De todos modos, si el caballo no lo quieres para ti, regálamelo en iguales condiciones.

Filipo miró a su hermano mayor como un hombre que mira al sol. Hasta entornaba los ojos, y su sonrisa dejaba ver unos dientes blancos y uniformes en un rostro que irradiaba fuerza e inteligencia más que belleza. Admiraba como nadie a Alejandro, pero no por eso se dejaba intimidar.

Su actitud era tan evidente que Alejandro no pudo por menos de echarse a reír.

—Hermanito Filipo, «amante de los caballos» —dijo poniéndose las manos en las rodillas y agachándose un poco, cual si hablase con un niño muy pequeño—, aunque yo mismo te monté en un caballo antes de que supieras andar, sé que ese demonio negro te tirará enseguida.

El muchacho se volvió a mirar al caballo, que por un instante agachó la cabeza y luego se encabritó como lanzando un desafío.

—No seas loco —musitó Pérdicas, con voz profunda de temor, cual si pensase que el caballo pudiera oírle—. Filipo, ese caballo es un asesino. Alejandro —añadió, volviéndose hacia su hermano mayor casi enojado—, no sigas con esta locura. Si provocas su temeridad, tus manos se mancharán con la sangre de Filipo igual que si lo hubieras matado.

Todos se echaron a reír, Alejandro incluido, pese a que su carcajada transparentaba inquietud. Pero quien más rio fue Filipo.

—Tiene razón, Filipo. Yo mismo dudaría...

—Pero yo no —replicó el hijo menor de Amintas con expresión decidida e imperiosa—. Quiero ese caballo, hermano. ¿Te echas atrás en lo dicho? Pues será que me crees tan cobarde como tú.

Se hizo un súbito y tenso silencio. Tan sorprendido estaba Alejandro que ni siquiera dio muestras de cólera; era como si acabara de recibir un mazazo.

En ese momento, uno de sus amigos, un joven llamado Praxis, le puso la mano en el hombro.

—Vamos, Alejandro, sé razonable —dijo con voz tranquila y conciliadora, como quien habla a una mujer apenada—. No te dejes arrastrar a esa locura porque un niño te insulte. Dale una zurra por descarado si quieres, pero déjalo de una vez.

Alejandro le apartó de un manotazo.

—No. Lacead al caballo y que mi hermanito Filipo cumpla su deseo. Ahora veremos, «amante de los caballos»... ¡Que se mate si quiere!

Alzó la mano lleno de impaciencia y volvió a bajarla.

—¿Tendré que hacerlo yo? —gritó, dirigiéndose hacia la cerca como si realmente fuese a entrar—. ¡Echadle inmediatamente un lazo para que Filipo el semidiós lo monte!

Hizo falta casi un cuarto de hora para lacear al caballo salvaje, y fue necesaria otra cuerda para inmovilizarlo y que dejase de encabritarse y lanzar coces a sus captores. En otro caballo, esa violencia no habría sido más que indicio de simple pánico, pero aquél era como si bullese de furia y de deseos de venganza.

—Bien, «amante de los caballos», ahí lo tienes. Que lo disfrutes.

Alejandro sonrió aviesamente a su hermano pequeño, quien en aquel momento sintió una especie de pena, como si hubiese perdido algo para siempre. El príncipe heredero se lo leyó en el rostro pero lo interpretó equivocadamente.

—Si tienes miedo, dilo. No vamos a tomarte por cobarde.

La palabra picaba como una ortiga, pero Filipo meneó la cabeza.

—No tengo miedo —contestó, saltando la cerca. Dos mozos, con movimientos rápidos y recelosos de quien se sabe en peligro, echaban ya una brida por la cabeza del animal, al tiempo que Filipo se le acercaba despacio de frente hacia la izquierda mientras el caballo le observaba con un enorme ojo furioso, cual si supiera que él era el único adversario que importaba. Relinchó levemente cuando el joven le puso la mano en el cuello.

—Ya está —musitó Filipo, acariciándole el suave pelaje, tan negro que parecía brillar al sol como una piedra preciosa—. No te asustes. Ya verás como nos llevamos muy bien.

El caballo quiso empujarle con la cabeza pero simplemente le rozó el hombro con los belfos, casi como una caricia.

Filipo cogió la riendas inesperadamente y, sin darle tiempo a reaccionar, se aferró a las crines y lo montó de un salto.

—¡Soltad los lazos! —gritó, mientras el animal corcoveaba enloquecido—. ¡Soltadle y apartaos!

No necesitaba repetirlo dos veces. Vio cómo los mozos soltaban los lazos y echaban a correr hacia la cerca, y casi al instante notó que subía y acto seguido sintió como si estuviera suspendido en el aire... Se le había escapado el caballo de debajo.

Volvió a caer con una fuerza que le hizo sentirse como destrozado por dentro, pero logró aferrarse al animal con las piernas y mantenerse montado. Tiró de las riendas para ejercer algún dominio, pero el animal tenía una boca de hierro y el freno no servía de nada.

El caballo se encabritó, pateando el aire y luego coceó de ancas desviando el cuerpo hacia la izquierda, pero ya Filipo le agarraba de las crines, pendiente tan sólo de no caer entre sus terribles cascos. Dos, tres veces se enderezó en el lomo, consciente de que si perdía el equilibrio lo más probable era morir nada más caer a tierra. Y luego...

No acababa de entender qué había sucedido, salvo que caía... Era como sumergirse en un estanque. El caballo dio una coz y un dolor tremendo, semejante a un trallazo de luz ardiente y blanca, estalló en su cabeza. Estiró los brazos para amortiguar la caída y se echó a rodar para apartarse y que el animal no volviese a darle.

Y eso fue todo. Se irguió sentado y miró al sol. Le dolía la cara y notaba que sangraba, pero estaba vivo. Era como si estuviera totalmente solo. Volvió la cabeza y vio al caballo a unos quince o veinte pasos, quieto y tranquilo, sin mirarle. Era casi ofensivo.

Llegó Alejandro corriendo a ayudarle, pero Filipo le apartó; se puso en pie solo y al cabo de unos segundos estaba convencido de que no volvería a caer.

—Estoy bien —dijo, llevándose la mano a la mejilla. Sangraba por debajo del ojo, pero no era una herida considerable—. Estoy bien. Echadle el lazo, que pruebe otra vez. Esta vez lo domaré.

—Vamos a llamar al viejo Nicómaco a que te atienda —dijo Alejandro, inclinándose para mirar la herida—. A lo mejor te ha roto el hueso...

—¡Alejandro, que laceen el caballo! —gritó Filipo, ahora ya enfurecido y dando una patada en el suelo.

—Filipo, el caballo es tuyo si tanto lo quieres —le contestó Alejandro a voces—. ¿No ves que es un demonio, negro por dentro y por fuera? Suerte tienes de estar vivo. Conténtate con haberme demostrado que eres un hombre.

—¡Pero no se lo he demostrado a él!

Las lágrimas le corrían por las mejillas. Estiró el brazo, señalando al animal, con el puño cerrado y tembloroso, e inmediatamente montó en cólera.

—Que laceen el caballo —susurró—. Que lo hagan, hermano, o lo haré yo. Será un demonio pero no podrá conmigo. Ahora ya conozco sus trucos. Lo montaré.

—¿Tú solo, hermanito? —dijo Alejandro sonriente, pero conteniendo en cierto modo su impaciencia, pues aludía a la historia que siempre contaba el viejo Glaukón de los primeros intentos de Filipo al dar los primeros pasos, cuando apenas tenía un año, rehusando enfurecido a quienes le ayudaban, chillando con su vocecita ceceante: «Yo solo, yo solo»—. Entonces sólo te caíste de culo, pero ahora te puedes romper la crisma.

—Que lo laceen, hermano.

La sonrisa se borró del rostro de Alejandro....



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