E-Book, Spanisch, 630 Seiten
Guild El asirio
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16331-74-1
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 630 Seiten
ISBN: 978-84-16331-74-1
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
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Nicholas Guild nació en San Francisco y se graduó en Lengua Inglesa y Filosofía en la Universidad de Berkeley. Ha sido profesor universitario así como crítico literario en periódicos y revistas especializadas. Ha publicado una decena de novelas entre las que destacan El aviso de Berlín, El tatuaje de Linz, La estrella de sangre y El macedonio. Reeditamos este gran clásico de la novela histórica: Siglo VII a. C. Tiglath Assur y Asarhadón, hermanastros, excelentes amigos e hijos del rey de Asiria, comparten sueños y secretos. Según predicen los augurios, su prima, la encantadora princesa Asharhamat, se desposará con el nuevo rey.
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I
De noche, desde mi lecho, oigo gemir el viento entre los árboles. Los grandes abetos, tan viejos como el propio mundo, que yerguen sobre nosotros sus ramas cargadas de agujas, son azotados por la tormenta que crece en intensidad a medida que muere el día. Me revuelvo en mi jergón, despierto y vigilante, porque los ancianos necesitamos poco descanso. Los demás sólo distinguen el viento, pero yo percibo en él las silenciosas palabras del dios Assur, rey de los cielos. El viento, que es su mensajero, me transmite las voces de los moribundos.
Aún aquí, en este rincón del mundo, persiste en mi olfato el hedor a cadáveres. Estas gentes que desconocen el implacable sol de mi patria no parecen creer en presagios, pero yo sé que, en oriente, la tierra donde se hallan enterrados mis padres está empapada de sangre: los dioses han sido sometidos a esclavitud e incendiadas sus ciudades. Veo los fértiles campos de cebada, ondulantes mares de hierba, convertidos en erial: me basta con cerrar los ojos.
Pero ¿y si estos fantasmas tan sólo fuesen fruto de mis noches de insomnio? A veces, cuando la existencia humana languidece día a día, la mente es invadida por las sombras.
Sin embargo creo que hay algo más. Cuando yo era niño, el dios Assur juzgó conveniente desvelar el futuro ante mis ojos y aún no me ha abandonado. Los muros de Nínive han caído y su pueblo sucumbe bajo las armas extranjeras. Todo estaba escrito: es un secreto que he guardado en mi pecho en el transcurso de estos años, una negra visión de lo que debía ser. Todo cuanto veo con los ojos del alma ha sucedido... o sucederá.
Y si debe llegar el fin, ¿quién mejor que yo, que he fundado mi hogar entre extranjeros y cuyos nietos se expresan en una lengua extraña, para recordar sus comienzos?
Así pues, daré inicio a mi narración porque el dios que dispone de esta vida y de la otra conduce nuestros pasos por senderos inescrutables. Soy Tiglath Assur, hijo del Glorioso Sennaquerib, Terror de las Naciones, y mis palabras son tan auténticas como monedas de plata.
Mi madre, Merope, fue entregada como tributo al rey de las Cuatro Partes del Mundo por uno de los siete reyes de Chipre. El rey, que se encontraba en el crepúsculo de su existencia, la donó a su futuro sucesor, a quienes los dioses ya habían concedido varios hijos varones de sus dos esposas legales. Y así fue como aquella desconocida, una extranjera en la ciudad del rey de Dur-Sharrukin, me llevó en su seno entre los muros del gineceo, en el palacio del príncipe heredero, el señor Sennaquerib. Allí aguardó, viendo abultarse su vientre, mientras maduraban los designios del dios.
Y cuando mi madre sintió que se acercaba el momento, el gran rey Sargón, Señor del Mundo y padre de mi padre, guerreaba en el país de los kullumitas, enfrentándose a un pueblo que habitaba en tiendas y vagaba de uno a otro lugar en busca de pozos de agua. Sargón condujo los ejércitos de Assur a las montañas del este decidido a demostrar su poder a aquellos nómadas y a arrojarlos al desierto para que nunca más volvieran a hollar las ricas tierras de Acad y Sumer ni las rápidas corrientes del Tigris.
Los kullumitas moran en lugares inhóspitos. Entre las duras piedras apenas asoma una brizna de hierba y hombres y bestias no conocen ningún solaz. En aquellas tierras montañosas el carro real tuvo que ser transportado a hombros de los soldados y el propio soberano se vio obligado a abandonar su montura y a escalar como una cabra, por su propio pie, los duros senderos sembrados de rocas. Pero Sargón ya era viejo.
El vigésimo día, cuando los ejércitos mojaron sus sandalias en el caudaloso río Turnat, el rey dispuso que el ejército acampase en una planicie, bajo un acantilado de rocas esquistosas y calizas y junto a un arroyo de cantarinas aguas que manaba como sangre de una fresca herida. Sargón decidió que se instalarían en aquel lugar dos días para descansar y reparar fuerzas. Los esclavos montaron la tienda real y el soberano se sentó en su puerta apoyando las manos en las rodillas mientras las huestes de Assur se cobijaban bajo su poderosa sombra. Reaparecieron los pucheros, y aquellos hombres que habían olvidado los rostros de sus esposas y el sabor del cordero recién sacrificado se despojaron de sus armaduras y refrescaron sus sudorosos rostros y chapotearon en los transparentes charcos, como si fuesen criaturas. Los soldados se conforman con poco y encuentran acomodo donde y cuando les es posible, y el rey sonreía como un padre al verlos, recordando otros tiempos.
Hacía diecisiete años que el señor Sargón reinaba en el ancho mundo. Había sometido a su yugo a los reyes de Tiro y Sidón en las orillas del mar del norte y a las opulentas ciudades de Carquemish, Alepo y Damasco y asumido el poder de manos de Marduk y proclamándose rey de Babilonia. Desde lugares tan remotos como Egipto y Lidia, e incluso de los desiertos páramos de Arabia, los hombres le enviaban ricos presentes y temblaban ante el eco de su voz porque su poder no conocía límites ni su cólera fronteras. El país de Assur había sido cuna de insignes monarcas, conquistadores infatigables al paso de cuyos ejércitos temblaba la tierra, pero Sargón era el más grande.
En su cuerpo viejo aunque vigoroso aparecían las cicatrices de múltiples heridas porque sus campañas se remontaban a los tiempos ya lejanos de su imberbe juventud. Era valiente como un jabalí y astuto como una víbora, y sus soldados le querían y veneraban como si personificase al propio dios.
Y, sin embargo, estaba viejo y cansado y le había abandonado el entusiasmo por la lucha: sobre su cabeza revoloteaba la muerte como negro pájaro.
Aquella noche cenaba con sus oficiales compartiendo con ellos pan y negra cerveza y escuchaba los relatos de sus compañeros aguardando el momento de retirarse a descansar. En torno a los fuegos del campamento los soldados jugaban a suertes, reían y olvidaban las penalidades de la campaña. Pero los kullumitas vigilaban desde las montañas aguardando a que transcurrieran las horas.
Nunca he sabido qué sucedió. Los anales, que, de todas formas, siempre han estado plagados de mentiras, guardan silencio sobre este punto y, con el transcurso del tiempo, hasta que se me ocurrió indagar, los recuerdos se habían ido esfumando. Los supervivientes de aquella terrible noche fueron escasos y, ¿por qué no decirlo?, bastante reacios a comentar lo sucedido. Después de todo ¿quién osaría censurar al Gran Sargón hablando con su propio nieto? Pero, según he podido constatar personalmente, cuando los hombres pasan mucho tiempo sin ver al enemigo cometen imprudencias y también suele suceder que los ejércitos de una gran nación que luchan contra salvajes suelen considerarse invencibles. Fueran cuales fuesen las razones, no enviaron observadores a las montañas y los centinelas de la poderosa hueste real estuvieron sordos y ciegos.
Y en la sombría hora que precede al primer resplandor del alba, los kullumitas llegaron en sus caballos y con los rostros ennegrecidos irrumpieron en el campamento y derribaron y prendieron fuego con sus antorchas a las tiendas donde dormían nuestros soldados. Los hombres, viendo interrumpidos sus plácidos sueños, se precipitaron entre la oscuridad parpadeando como lechuzas y fueron asesinados sin que pudiesen ofrecer resistencia. Antes de que lograsen comprender lo que sucedía cayeron derribados y sus sesos y entrañas cubrieron el suelo. Muchos valientes soldados de Assur sucumbieron ante las largas lanzas de puntas de cobre y las curvas e implacables espadas. Los caballos relinchaban como si estuviesen poseídos por el diablo y batían con sus cascos el duro suelo que retumbaba como tambores. Sonaban gritos de guerra, chillidos de pánico y los gemidos de los moribundos. La tierra se empapó de sangre: la cruel Ereshkigal, diosa de los muertos, se sació aquella noche de carroña.
«Después, todo concluyó. El enemigo se retiró tan rápidamente como había acudido. Regresaron a sus montañas cargando en sus monturas los despojos obtenidos, sintiéndose felices, ricos y gloriosos. Los pocos que habíamos quedado con vida éramos presa de confusión y temor. Únicamente comprendíamos que habíamos estado a un paso de la muerte: sólo podíamos pensar en eso. Era como estar muriendo: nos debatíamos entre el pánico y la impotencia, y el cerebro y los sentidos nos palpitaban igual que una herida. Pese a su sólida apariencia, sentíamos como si el mundo que nos rodeaba fuese a desaparecer ante nuestros ojos, igual que si nos hubiésemos convertido en fantasmas. Y de pronto descubrimos algo que nos devolvió a la realidad. Porque tendido en el polvo, con su camisón manchado de sangre, los kullumitas habían abandonado el cuerpo del Gran Sargón, descuartizado y atravesado con una lanza. Su muerte fue obra de muchos porque él, príncipe, jamás hubiera sucumbido ante un solo adversario».
Tal fue la versión que me contaron muchos años después. De modo que Sargón murió en las montañas. Sucumbió en el campo de batalla, asesinado por bandidos hábiles únicamente en el robo y el pastoreo, y su hijo, mi padre, tuvo que pagar una fuerte suma para rescatar el cadáver de sus asesinos.
No me molestaré en referir el retorno a la patria del resto del gran ejército, cómo se vieron acosados los soldados por los salteadores y el hambre y los padecimientos que sufrieron y cuántos de ellos perecieron por el camino. No pretendo narrar su historia. Transcurrieron muchas semanas antes de que en la tierra de Assur se conociera su destino y la muerte de Sargón. Y aunque los súbditos del monarca lo desconocían, intuyeron lo sucedido porque los dioses,...




