E-Book, Spanisch, 576 Seiten
Reihe: Narrativas Históricas
Guerra La ruta perdida
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-350-4512-4
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
La historia secreta del descubrimiento de América
E-Book, Spanisch, 576 Seiten
Reihe: Narrativas Históricas
ISBN: 978-84-350-4512-4
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Luis Miguel Guerra, Barcelona, 1963, es licenciado en Geografia e Historia por la UB y máster por la Universidad autónoma de Barcelona.Especializado en la España del primer tercio del siglo XX, es profesor en ejercicio en un centro de Bachillerato. De fuertes inquietudes sociales, ha impulsado iniciativas en el campo de la cooperación para el desarrollo en países latinoamericanos y africanos y participa activamente en la vida política y social de su entorno más próximo. Annual es su tercera novela publicada en Edhasa, tras La peste negra (2006) y La ruta perdida (2008), además del ensayo El nieto de los rojos (Ediciones La Lluvia, 2013) sobre la Segunda República.
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CAPÍTULO I
La bahía abrazó las naves y el almirante ordenó soltar el treo. Rápidamente, los marineros desataron la gran vela cuadrada de la embarcación por su parte inferior para que no empujara el navío. Los capitanes de las otras dos naves ordenaron situarlas a la altura de la nao capitana y replicaron la maniobra ordenada por el almirante. La brisa comenzó a mover las telas liberadas como si de grandiosos estandartes se tratara. Eran como banderas cristianas cuyo símbolo, la cruz, se hacía visible a gran distancia. Una señal inequívoca del ideal que les guiaba y que les había mostrado la ruta y protegido durante toda la travesía. Y ahora debía estar presente en el momento más importante del viaje. Los barcos se deslizaban lentamente en un mar cada vez menos profundo, corriendo el peligro de embarrancar si aparecía un banco de arena. En la proa, un marinero iba gritando la profundidad, que disminuía en cada medición. El almirante, al fin, ordenó lanzar el lastre y las naves se detuvieron mecidas por las olas.
Dos horas después de la medianoche habían llegado frente a la costa. Sólo tenían que esperar a que amaneciera para desembarcar. Todos compartían el deseo de pisar tierra firme, después de tanto tiempo en el mar, y la impaciencia era el sentimiento común. El almirante ordenó descansar. Todos obedecieron y se acostaron en cubierta. Dos marineros quedaron de guardia en la popa, junto al timón de codaste, mientras él se dirigía a la proa, como si quisiera acercarse lo más posible a la costa. No podía verla claramente, pero sí podía oler el fuerte aroma de vegetación húmeda y tierra mojada que llegaba hasta el barco. Hinchó el pecho tratando de llenar los pulmones y acabó sentándose sobre la borda, esperando el momento en que el sol les descubriera los secretos de lo que tenían frente a ellos.
Por primera vez, tras más de un mes de navegación, estaba realmente tranquilo y relajado. Hacía días que advertían pruebas de la presencia de tierra. Cañas, restos de vegetación, incluso una de las naves había recogido un palo labrado con algún instrumento punzante que sólo podía haber sido cortado por mano humana. Estos hallazgos habían sosegado los ánimos levantiscos de una tripulación hastiada y casi sin provisiones que sólo veía agua por todas partes. El almirante se vio entonces obligado a hacer uso de toda su astucia para calmar la impaciencia de sus hombres diciéndoles que todo estaba saliendo según lo esperado. Incluso tuvo que improvisar una pequeña apuesta: el primero que avistase tierra sería recompensado; y todos debían estar muy pendientes, pues estaban muy cerca de alcanzar su meta. Nadie sabía que él esperaba un viaje tan largo y que no tenía ninguna certeza de cuándo arribarían, y, lo que era peor, ni si lo conseguirían. Incluso para un navegante experimentado, la mar y los vientos eran muchas veces un misterio y no era la primera vez que le habían gastado una mala pasada.Hacía cálculos una y otra vez para descartar posibles errores. ¿Y si no había calculado bien las leguas? No era posible, sus capitanes le hubieran advertido. ¿Y si la derrota no era correcta? Repasaba las cartas náuticas en las que creía como si fueran la Biblia, pero la realidad se demostraba tozuda: agua y más agua. Más de una vez, en la misma soledad nocturna de la proa que ahora tanto le tranquilizaba, había dudado si iban a alguna parte; si no se habría equivocado; si su destino no era más que una quimera que no podría alcanzar, un punto en el océano que podían sobrepasar sin darse cuenta y perderse irremisiblemente, con la posibilidad incluso de acabar sus vidas por inanición o en las entrañas de los peces.
Pero, por fin, todo esto quedaba atrás. Era el triunfo de la fe y la determinación. De repente, las dificultades para iniciar el viaje, la oposición a su salida del continente, las rivalidades políticas y religiosas, el odio y el rencor, la ambición de riqueza y poder y, por supuesto, el miedo de muchos de los hombres a adentrarse en el mar tenebroso, habían desaparecido. Tan sólo debían mirar hacia delante y centrarse en el futuro que les aguardaba en aquellas tierras.
Una hora antes de amanecer todos estaban en pie. Muy pocos habían conciliado el sueño esperando poder ver lo que la luz les había de mostrar. Cuando el sol comenzó a salir a su espalda, se agolparon tras su almirante con gran silencio y respeto. Hasta entonces llegar a tierra era una cuestión de supervivencia, pero ahora se daban cuenta de la importancia del momento que vivían y estaban dispuestos a paladearlo lentamente. En las otras naves la escena se repetía. Los capitanes, al frente de sus hombres, esperaban con impaciencia los nuevos acontecimientos. El escepticismo que había asaltado a alguno de ellos en los momentos más duros del camino se convertía ahora en sentimiento de alegría y reconocimiento hacia quien les había guiado hasta allí, un hombre excepcional, seguro de su destino, que no había vacilado en ningún momento. Pero también se convertía en un cierto orgullo personal de haber compartido el gobierno de la ya triunfante expedición y no haberse dejado llevar por lo fácil, dar media vuelta y retornar con un fracaso que les acompañaría toda la vida.
Los primeros rayos del sol cruzaron el cielo y una playa de tonalidades blancas apareció ante sus ojos. La arena se extendía hasta una espesa vegetación de formidables colores donde predominaba el esmeralda. En cualquier otra circunstancia aquel paisaje les hubiera producido cierto desasosiego ante lo nuevo y desconocido, pero en aquel momento era la tierra prometida. Incluso más de uno pensó que el jardín del edén debió de ser algo similar y que Adán y Eva podían aparecer de pronto en la playa.
Tras unos instantes que parecieron una eternidad, el almirante se volvió, ordenó a los hombres de la nao que se arrodillaran y elevó una oración de gracias a Dios por el feliz arribo. Después de rezar, todos se santiguaron y se dio orden de preparar el desembarco. De nuevo el almirante se volvió hacia tierra y ahora, con la luz del día, pensó que todo lo que había imaginado nada tenía que ver con aquello. Sin embargo, no había tiempo para pensar en otra cosa que no fuera organizar la maniobra. Lo primero que hizo fue mandar aviso a sus capitanes. Un cuarto de hora después se hallaban a bordo de la nao capitana.
El almirante les esperaba en la proa, dando la espalda a la costa en un estudiado gesto teatral.
–Con la ayuda de Dios, Nuestro Señor, hemos arribado a tierra. Debo agradecer vuestro trabajo, vuestra fidelidad y vuestro apoyo en los momentos difíciles, que no han sido pocos. Hemos puesto a prueba la fe y la paciencia de nuestros hombres, pero han demostrado su valía y su tesón. Podéis estar muy orgullosos de vuestro trabajo.
–Gracias, almirante. Apoyaros a vos era apoyarnos a nosotros mismos –respondió uno de ellos.
–Tal y como se han sucedido los hechos antes de partir y durante el viaje, la situación no ha sido nada fácil. Al fin, entre todos y gracias a la Divina Providencia, hemos fondeado felizmente. Es curioso cómo evolucionan los acontecimientos. Si hace unos años alguien me hubiera dicho que esto terminaría así, hubiera pensado que era un poeta de imaginación desatada o un loco –reflexionó en voz alta–. Pero no hablaré más. Volved a vuestras naves y…
Uno de sus hombres le interrumpió:
–Perdonad la intromisión, almirante. Supongo que habéis reparado en la fecha de hoy.
–Cómo olvidarlo, 12 de octubre. Por eso os digo que ha sido la Divina Providencia.
El capitán se lo quedó mirando.
–La Divina Providencia –subrayó el almirante devolviéndole la mirada–, Dios ha querido probarnos con esto que teníamos razón y que fuimos víctimas de la calumnia y la injusticia de los hombres.
Ante el tono de su superior, el capitán cambió de conversación. No era momento de discutir sobre si la llegada había sido una casualidad o algo menos providencial.
–Y ahora ¿cuál es el siguiente paso, almirante? –preguntó.
–Desembarcaremos y buscaremos un lugar donde asentarnos temporalmente. Supongo que las gentes que aquí moran no tardarán en aparecer y así podremos hacernos una idea de si nos conviene establecernos de forma definitiva.
–¿Tan seguro estáis de que aquí vive alguien?
El capitán miró hacia la costa.
–Si me hubierais preguntado hace dos días ni siquiera os hubiera podido asegurar que llegaríamos al final de nuestro viaje. Pero ahora, no nos demoremos más. Desembarquemos. Una barca por nave. Remeros y dos hombres con estandartes y gallardetes. Yo portaré la cruz de madera. Una vez en tierra y vistas las intenciones de los nativos, si los hubiere, si es pertinente iniciaremos la maniobra para desembarcar pertrechos y mercancías. Esto es todo lo que debemos hacer por ahora –miró a sus capitanes–. ¿Alguna pregunta?
Nadie dijo nada, no estaban dispuestos a retrasar ni un minuto más el tan ansiado desembarco. El almirante volvió a mirar la playa y, tras unos segundos que a todos parecieron una eternidad, zanjó la conversación:
–Si no tenéis nada más que decir volved a vuestras naves y preparad las barcas.
–No sabéis cómo hemos esperado esa orden, almirante –dijo uno de sus capitanes, lleno de entusiasmo.
–Con paciencia y fe todo llega. No perdamos más tiempo. Ardo en deseos de tener tierra firme...




