E-Book, Spanisch, Band 867, 166 Seiten
Reihe: Colección Popular
Guedea Noriega Bisturí
1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7649-8
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 867, 166 Seiten
Reihe: Colección Popular
ISBN: 978-607-16-7649-8
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
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Rogelio Guedea (Colima, México, 1974) es un destacado cuentista, poeta, ensayista y novelista. Realizó su posdoctorado en literatura latinoamericana en la Universidad de Texas A&M. Ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Adonais de Poesía (2008) por su obra Kora y el Premio Memorial Silverio Cañada (2009) por su novela Conducir un tráiler.
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III
APENAS terminé de colocarle nuevas cuerdas a mi guitarra (unas cuerdas aceradas que me hice traer de los Estados Unidos), mi padre, sin cruzar el umbral de mi habitación, me preguntó si iría a la universidad. Le iba a mentir argumentándole que estaba a punto de partir, pero dado que la noche anterior el ambiente había quedado enrarecido, le dije que estaba libre para lo que dispusiera. Mi padre me pidió que lo acompañara a su despacho. Tenía que atender unos pendientes para una audiencia civil y, mientras tanto, yo podía ordenar la cuenta de expedientes del último mes, pues su secretaria estaba de vacaciones y no vendría hasta dentro de dos semanas. “No puedo ver más ese desorden”, dijo. Me enfundé camisa y pantalón, me aplané el pelo con un poco de vaselina y salí corriendo a la cochera, donde mi padre ya me esperaba sentado en el asiento del copiloto. “¿Y eso?”, le pregunté apenas me apoltroné. “Es lo único que me aligera la molestia”, dijo. Mi padre había comprado una tapa de retrete y permanecía sentado sobre la argolla para distribuir el peso de sus asentaderas hacia los bordes, evitando así la presión justo en el centro del ano. No quise pedirle más pormenores, pero advertí que si mi padre había llegado a eso no era entonces por algo menor. Me limité a alzar las cejas y encendí el motor. Apenas llegar a la esquina del jardín de casa, el teléfono de mi padre sonó. Mi padre no se inmutó en contestarlo, ni siquiera verificó de quién podría tratarse. Antes de llegar a la avenida Ignacio Sandoval, que usábamos como ruta más rápida, el inoportuno volvió a sonar con persistencia. Mi padre esta vez lo extrajo de la bolsa interior de su saco y miró la pantallita: “Ni idea”, dijo. Dejó que el timbre sonara hasta su propia extinción y luego colocó el aparato en una repisa empotrada debajo de la guantera. Pero no bien había retirado la mano para regresarla al mismo sitio donde la había tenido antes, el timbre volvió a pegar de alaridos. Mi padre atenazó el teléfono y se dio cuenta de que se trataba del mismo número, que seguía sonando tercamente. Un instinto de supervivencia lo hizo contestar esta vez con cierta reticencia. Del otro lado del auricular alcancé a escuchar una voz que me sonaba familiar y que hablaba con mucha reverencia. Mi padre estuvo hablando con su interlocutor por espacio de dos o tres minutos, no más, tiempo durante el cual sólo se limitó a felicitar a quien le hablaba tan enfebrecidamente y a desearle suerte en su nueva encomienda. Luego del lejano bisbiseo que se escuchaba como un moscardón que se aleja, mi padre colgó y dijo: “Era Morales”. “¿Cuál Morales?”, pregunté. “Gabriel Morales, el del párpado caído.” “¿El que trabajó contigo?” “Ese mismo. Lo han nombrado fiscal.” “¿De verdad? Pero si era un lleva y trae nomás, ¿no?” “Por eso precisamente lo nombraron fiscal”, dijo, como escupiendo las palabras. Gabriel Morales había trabajado con mi padre hacía unos diez años. Se presentó en su despacho justo cuando entró en la Facultad de Derecho para hacer sus prácticas. Llegó con una mano por delante y la otra por detrás. No recuerdo en realidad si fue para cumplir con sus prácticas profesionales, el servicio social o sólo movido por el renombre que tenía mi padre como abogado penalista, pero sí lo recuerdo flaco como una fisga y cacarizo. Mi padre lo hizo su asistente y pronto se convirtió en su brazo derecho, lo seguía como un perro faldero. Con el paso del tiempo Gabriel Morales se hizo cargo de toda la cartera penalista de mi padre y nunca hubo el menor asomo de queja sobre él: era un joven abogado apuesto, astuto y de carácter, y peleaba los asuntos como pelean los gatos bocarriba. “Nada más me llamaba para ponerse a mis órdenes”, dijo mi padre, y fue todo, pues de pronto lo vi quejarse del malestar rectal. Acomodó el retrete debajo de sus posaderas y se ladeó un poco hacia la izquierda, quedando —como se dice vulgarmente— con una nalga al aire. “¿Te duele mucho?”, pregunté. “Sí”, contestó. Mi padre era un tipo recio, fuerte como un toro. Lo vi enfrentarse con otros abogados en escabrosos litigios penales o incluso amedrentar a peligrosos delincuentes, y jamás lo vi doblegarse. Me asombraba la capacidad que tenía para mantener la templanza ante situaciones realmente adversas, que afrontaba incluso con ímpetu. La contrariedad no lo menguaba. Sin embargo, tenía una debilidad: las enfermedades. Una simple gripe podía postrarlo en la cama por días, quitarle el sueño o hacerlo reptar por el suelo frío de la casa imaginando catástrofes sin fin. Mi padre le temía a la muerte más de lo que el mortal promedio le puede temer. “Míralo, ahí está ese hijo de puta, muy campante”, dijo de pronto mi padre, mirando hacia un enorme almacén del que salían y entraban camiones con mercancía, al parecer consumibles. Como me detuve en el semáforo de la avenida Felipe Sevilla del Río, pude sesgar la mirada y detenerla en el hombre al que se refería mi padre: alto, de piel muy blanca y pelo rubio, que sujetaba con la mano izquierda una libreta en la que parecía anotar los ingresos y egresos de los vehículos, luego de hurgar en el interior de sus redilas. Pese a la distancia, pude identificarlo muy bien: era don Baltazar Oseguera, demandado de uno de los clientes de mi padre. Mi padre solía guardar una distancia prudencial entre sus clientes y las partes contrarias, no mezclaba trabajo con vida privada, pero en realidad había causado escozor en casa una inserción que había pagado don Baltazar Oseguera en el periódico en donde se refería a mi padre como un corrupto. Lo acusaba de ser capaz hasta de falsificar firmas de notarios o jueces de distrito con tal de conseguir sus fines aviesos, y ganar los juicios.
“¿Todavía no se te pasa el coraje?”, pregunté a mi padre, un poco para generar cierta empatía sobre su exasperación. “No hay mejor memoria que la del resentimiento”, sentenció mi padre, una frase que no imaginé que después tendría un terrible significado para mí. Llegamos al despacho por el ingreso trasero, donde mi padre se había hecho construir un pequeño estacionamiento con una puerta de acceso directo a su oficina. Descendió del auto quejándose de la dolencia rectal; ahora entendía ese rictus que le había aparecido en la boca hacía unos cuantos días. Justo al cerrar la puerta tras de sí, Chayito, su secretaria, entró para informarle que lo esperaba en la sala comunal el licenciado Jaramillo, quien era socio de mi padre en varios litigios, entre ellos, precisamente, el que llevaba en contra de don Baltazar Oseguera. Mi padre le pidió a Chayito que lo hiciera pasar. En lo que Chayito cumplimentaba la orden, mi padre me señaló las cajas con las pilas de expedientes. Había que organizarlos primero por mes, luego por año y después colocarlos en el nuevo archivero, separados por carpetas de distinto color. Debía tener cuidado de no mezclar los asuntos civiles con los penales ni los penales con los mercantiles, etc., para lo cual tenía que leer cuidadosamente las carátulas. No sería sino hasta muchos años después que me daría cuenta de que mi padre hacía todo esto con la esperanza de que diera un viraje en mis aspiraciones profesionales. Siendo el primogénito, lo ideal para él hubiera sido que continuara con su legado, conservara o hiciera crecer la firma, y, por último, me hiciera notar en una sociedad en la que si no eres abogado, médico o empresario no vales para un carajo. Sin embargo, aunque a mí la abogacía no me producía urticaria, mi pasión estaba puesta en la música, especialmente en la guitarra, que entonces estudiaba con fervor. “Buenos días —dijo el licenciado Jaramillo, detenido en el umbral de la puerta, con una mano atenazando el bisel del librero contiguo. Y luego agregó—: ¿Se puede, caballeros?” Mi padre sacudió la cabeza y sonrió con una risa ligeramente sarcástica, lo que hacía notar el conciliábulo que existía entre él y su cofrade. El licenciado Jaramillo entró y se apoltronó en el sillón frente al escritorio de mi padre, luego ladeó la cabeza, dirigiéndola hacia donde yo estaba, y me saludó con familiaridad, incluso —podría así decirlo— con afecto. “A mí se me hace que tendremos otro abogado en la familia, ¿no, Robles?”, dijo el licenciado Jaramillo, sabiendo muy bien que ésas eran las palabras mágicas para instigar a mi padre. “Qué no daría yo, Roberto”, dijo mi padre, sin despegar la vista del expediente que permanecía abierto por el medio frente a sí. El licenciado Jaramillo no quiso empantanarse en la tolvanera que él mismo había provocado y cambió el rumbo de la conversación preguntándole a mi padre si tenía ya alguna novedad. Mi padre le indicó que, en efecto, la audiencia se había pospuesto para dentro de dos semanas aunque él creía que la diferirían de nuevo porque un familiar de la parte demandada era al parecer cercano al gobernador y le estaban sacando provecho a eso. “¿No me digas?” “Sí”, dijo mi padre. “Hijos de su perra madre”, escupió el licenciado Jaramillo. “¿Y de lo mío?”, preguntó repentinamente mi padre, bajando un poco la voz. Como ese cambio de voz me pareció insólito, no produjo en mí sino la necesidad de aguzar más los oídos e, incluso, de acercarme más al escritorio donde conversaban. El licenciado Jaramillo le contestó a mi padre, también en un tono de voz por demás discreto, que venía precisamente del centro y que todo estaba concluido y archivado otra vez, de manera que no había de qué preocuparse. El licenciado Jaramillo carraspeó, echó el cuerpo hacia adelante (en dirección a mi padre) y en...




