Grondin | Del sentido de las cosas | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 232 Seiten

Grondin Del sentido de las cosas

La idea de la metafísica
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-254-3934-6
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

La idea de la metafísica

E-Book, Spanisch, 232 Seiten

ISBN: 978-84-254-3934-6
Verlag: Herder Editorial
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El Homo sapiens sapiens, como animal autoconsciente y reflexivo que es, nunca ha dejado de indagar y preguntarse por el sentido de las cosas para entender la realidad del mundo en que vive y así vislumbrar el sentido de la existencia. ¿Qué significa con exactitud ese sentido de las cosas? ¿Se trata de un simple punto de vista del espíritu, de una observación o de un presentimiento? Este esfuerzo constante del pensamiento humano sobre las cuestiones del ser y la realidad ha dado paso a la filosofía metafísica. Sin embargo, la metafísica no puede avanzar si no hay una labor de comprensión de sus principios, sus objetos, su verdad y su sentido. Hace falta poner en marcha una interpretación y un desciframiento de los procedimientos del pensamiento del ser, y es aquí donde entra la hermenéutica para desvelar el sentido de las cosas. Este libro abre una línea de discusión sobre la hermenéutica del pensamiento metafísico, uno de los campos de investigación filosófica más estimulantes de nuestro tiempo. Para poder encarar las cuestiones fundamentales de la filosofía hace falta que las dos disciplinas filosóficas vayan de la mano para conseguir esbozar las respuestas. Así lo defiende Jean Grondin en esta obra, pues se propone captar y hasta renovar el proyecto esencial de la metafísica presentando no solo una serie de estudios que bosquejan algunas de las ideas generales de la hermenéutica metafísica, sino también su actual estado de situación.

Jean Grondin (Cap-de-la-Madeleine, Canadá, 1955) es especialista en el pensamiento de Kant, Gadamer y Heidegger. Su campo de investigación abarca las disciplinas de la hermenéutica, la fenomenología, la historia de la metafísica y la filosofía clásica alemana. Desde 1991 trabaja en el Departamento de Filosofía en la Universidad de Montreal, y ha sido profesor invitado en diversas universidades e institutos de todo el mundo. Es doctor honoris causa por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino, de Tucumán (Argentina) y titular de la Cátedra de Metafísica Étienne Gilson (París). Ha ganado numerosos premios, entre ellos el Killam, Léon-Gérin, André-Laurendeau y Konrad Adenauer.
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Prefacio

Hermenéutica metafísica

Al dar testimonio de la vitalidad inesperada de las investigaciones de metafísica, las lecciones de la cátedra «Étienne Gilson» se impusieron como uno de los foros filosóficos más estimulantes de nuestro tiempo. Por lo que a mí respecta, es para mí —un muy pero muy modesto alumno de alumnos a quien Étienne Gilson contribuyó a educar durante sus estadías en Canadá, donde fundó instituciones y tradiciones duraderas—1 un inmenso honor formar parte de él y agregarle mi granito de arena, o mi gotita de sirope de arce, a esta institución de entrevistas que tanto hizo para relanzar las discusiones sobre la metafísica, que me esforzaré por presentar aquí como una escucha del sentido de las cosas. Agradezco calurosamente al director de la cátedra «Étienne Gilson», Philippe Capelle-Dumont, y al decano de la Facultad de Filosofía del Instituto católico de París, Emmanuel Falque, por su invitación a este sexteto de meditaciones metafísicas, y también les doy las gracias a priori a todos los oyentes y a los lectores por su escucha y sus respuestas.

Los estudios que siguen se proponen bosquejar algunas de las ideas directrices de una hermenéutica metafísica. So pena de convertirse en un asunto escolástico o de etiquetas, la filosofía no debería cargarse demasiado con títulos ni con rúbricas. La filosofía, como amor a la sabiduría, se practica, muy simplemente, y su tarea es pensar lo que es en la perspectiva más atenta y más rigurosa posible. Las etiquetas tienen la desgracia de limitar su alcance y suscitar inútiles peleas pueblerinas (no obstante, la historia demuestra que eso es inevitable). En consecuencia, no se las utilizará sino con la más extrema circunspección, incluso sous rature.

El principio de los principios de una hermenéutica metafísica es que el hombre es un ser de comprensiones y que lo que él trata de comprender es el sentido de las cosas. Tendremos que explicar esa idea del sentido de las cosas (a partir de la Tercera lección), pero en esa noción de una metafísica hermenéutica, los términos de «metafísica» y de «hermenéutica» quieren ser entendidos como sustantivos y adjetivos: es a la vez la metafísica la que es hermenéutica y la hermenéutica la que es metafísica. Esto es cierto en el sentido más elemental de las cosas, del sentido de las cosas que una hermenéutica y una metafísica tienen por vocación llevar al concepto: así como una metafísica no puede desplegarse sin una hermenéutica, sin poner en marcha una interpretación y ser producto de un ser que no ceja en comprender el mundo, experimentando y presintiendo el sentido de las cosas, del mismo modo una hermenéutica no puede dejar de ser metafísica en el doble sentido en que lo que ella piensa es algo que es y en que lo que es entonces comprendido lo es necesariamente a la luz de su sentido, que a la vez lo envuelve y lo supera.

Al defender una hermenéutica metafísica, no sostenemos que habría que aplicar a la metafísica un bloque de doctrinas hermenéuticas, elaboradas por autores como Heidegger, Gadamer o Ricœur, aunque esa aportación no sería desdeñable. Tampoco queremos decir que la metafísica debería añadirse a o injertarse en una hermenéutica que permanecería incompleta sin ella, aun cuando sería bueno que la hermenéutica se volviera más consciente de su tenor hermenéutico.2 No se trata de poner juntos o en diálogo corpus que se habrían ignorado injustamente (aunque sea cierto decir que, la mayoría de las veces, los especialistas en metafísica no lo son de la hermenéutica,3 y viceversa), sino que se trata de pensar las cosas mismas. Según la concepción aquí defendida, es la filosofía misma la que es una hermenéutica metafísica o una metafísica hermenéutica: si la hermenéutica define su método, el de una interpretación de lo real al acecho de su sentido, la metafísica la caracteriza por lo que respecta a su objeto. La hermenéutica consiste en un esfuerzo por comprender y la metafísica en una tentativa por comprender el ser a partir de sus razones. En las dos, por lo tanto, se descubre la misma aspiración. Pero, un poco curiosamente, aquellos que se ocupan de la hermenéutica se focalizan en la comprensión (sus operaciones y sus construcciones, sus conceptos y sus estados afectivos), a menudo al punto de olvidar sus objetos, el ser, la verdad y el sentido, como si la comprensión no fuera de entrada transitiva o intencional, mientras que aquellos que practican la metafísica se concentran, en la justa medida, en el ser y sus principios, pero a veces sin prestar atención a su propia labor de comprensión, necesariamente hermenéutica.

La metafísica es el esfuerzo vigilante del pensamiento humano de comprender el conjunto de la realidad y sus razones. Como esfuerzo de inteligencia, ella despliega una hermenéutica, la cual es un arte del comprender y del desciframiento. Por lo tanto, no hay metafísica sin una hermenéutica que se muestre atenta al sentido de las cosas y de las palabras. Resta explicitar, poner en claro esa hermenéutica, y eso es lo que intentaremos hacer en estas lecciones.

Los títulos y las rúbricas, volvamos a decirlo, importan poco. Lo que cuenta es la filosofía misma, la inteligencia de lo real a la luz de su sentido y de sus razones, que no puede ser al mismo tiempo una metafísica y una hermenéutica. En todas las épocas la filosofía descansó en una metafísica en el sentido en que Descartes decía ya en su Carta-prefacio a la edición francesa de Los principios de la filosofía* que «la totalidad de la Filosofía se asemeja a un árbol: el tronco es la Física, cuyas raíces son la Metafísica, las ramas que brotan de este tronco son todas las otras ciencias, que se reducen principalmente a tres: a saber, la Medicina, la Mecánica y la Moral».4

Todo el tronco de la ciencia, con su sentido de lo universal, de los fundamentos y las causas, de la razón y la demostración, se alza en efecto sobre cimientos metafísicos. Esas raíces están alimentadas por un «suelo» hermenéutico, el humus que somos —ya se lo llame ego, Dasein u homo sapiens—, que quiere comprender algo del sentido de las cosas y de su propia existencia. El esfuerzo de comprensión que anima a una metafísica hermenéutica debe permitirle, tanto a la existencia como a la filosofía, abordar una respuesta a las cuestiones cardinales de la razón humana, que son para Kant: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me está permitido esperar?

Del tronco de la filosofía, así arraigada en una metafísica hermenéutica, salen el resto de las ramas del saber, que Descartes remite a las tres «m», la medicina, la mecánica y la moral. La medicina se encuentra probablemente nombrada en primer lugar por el autor de las Meditaciones metafísicas porque prolonga la vocación terapéutica de la filosofía. El objetivo de la medicina es curar (medeor), y no es un azar si la filosofía muy pronto se vio comprendida como una terapia y un cuidado del alma. El arte médico mismo no puede dejar de ser de primera importancia para un ser que tiene la preocupación de su ser y, sobre todo, de los suyos, y nos proveerá de varias ilustraciones de lo que significa ponerse en busca del sentido y de la verdad de las cosas. En cuanto a la «mecánica», puede resumir aquí toda la industria (en el sentido cartesiano) y el saber del hombre, dando testimonio de sus capacidades de comprender, de estructurar y de aceptar el curso de las cosas. Por último, la moral: si la metafísica es una hermenéutica porque es el hecho de un ser que quiere comprender algo en el sentido de su existencia, ese sentido del sentido se convierte por sí mismo en un sentido práctico. Cuando se presiente cómo se conducen las cosas y lo que ellas exigen de nosotros, se actúa en consecuencia, con sentido común. Como lo quiere el marco de estas lecciones, el acento recaerá aquí en la metafísica.

Antes de presentar lo que hay que entender por el sentido de las cosas, que es a la vez metafísico y hermenéutico, nos proponemos bosquejar un retrato de la situación actual de la metafísica (Primera lección) y esbozar una respuesta a la pregunta: «Entonces, ¿qué es la metafísica?» (Segunda lección).

1 A este respecto, permítaseme evocar la conferencia que pronunció ante los estudiantes de la Universidad de Montreal el 19 de marzo de 1963 y que solo muy recientemente fue publicada en francés, «Réflexions sur l’éducation philosophique», en Conférence, vol. 26 (2008), pp. 611-631. De buena gana retengo de esto lo que él decía sobre los filósofos que quieren complacer a sus contemporáneos, p. 617: «Si vosotros deseáis convertiros en filósofos para haceros agradables a vuestros contemporáneos, perded toda esperanza. Nunca hay que filosofar cuando uno es invitado a casa de alguien porque inmediatamente se vuelve imposible la conversación. Por otra parte, esa es la razón por la cual, no sabiendo cómo librarse de Sócrates, los atenienses decidieron envenenarlo. Por lo general, si se mezcla en la conversación, es el filósofo el que comienza por envenenar a los otros. Cuando está presente, como se dice, ya no se puede charlar. En lenguaje familiar, Sócrates es un chinche. En argot contemporáneo, es un pesado».

2 En otra parte hemos insistido en esa dimensión metafísica de los pensamientos de Heidegger («Pourquoi...



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