E-Book, Spanisch, 448 Seiten
Reihe: Sociología y política
González / Pellicer La política exterior de México
1. Auflage 2014
ISBN: 978-607-03-0556-6
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Metas y obstáculos
E-Book, Spanisch, 448 Seiten
Reihe: Sociología y política
ISBN: 978-607-03-0556-6
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
México es un país particularmente vulnerable a lo que ocurre allende sus fronteras. Diversos motivos contribuyen a ello. La ubicación geopolítica, vecino de la potencia más importante del mundo; su carácter birregional, culturalmente perteneciente a América Latina, económicamente anclado a Estados Unidos; la apertura de su economía, uno de los países que ha firmado mayor número de acuerdos de libre comercio; el peso de sus relaciones exteriores en la conformación de la identidad nacional; la condición de país de emigración, transmigración e inmigración; finalmente, la transnacionalización del crimen organizado y el mercado de drogas ilegales. Este libro integra veintidós artículos escritos por conocedores de diversos ángulos de las relaciones exteriores de México. Proporciona elementos de reflexión y discusión sobre un buen número de problemas sobresalientes para la política exterior de México al adentrarnos en la segunda mitad del tercer lustro del siglo XXI. Los trabajos aquí reunidos -organizados en cinco secciones- difieren en las categorías analíticas utilizadas, los problemas que se subrayan o el mayor o menor optimismo con que se contempla el futuro. Ahora bien, todos coinciden en tres objetivos básicos: identificar los problemas que enfrenta la política exterior de México, señalar las metas a perseguir para enfrentarlos y elaborar sobre la diversidad de obstáculos para alcanzarlas. El conjunto permite adquirir una visión integral de las relaciones de México con el mundo, su complejidad y los aspectos que mayor significado tienen para el futuro de la vida nacional.
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LA IMAGEN DE MÉXICO
LEONARDO CURZIO
Una lectura somera de la prensa nacional e internacional nos permite contestar que la imagen de México no pasa por su mejor momento. Escribía Lorenzo Meyer (comentando un texto de John Carlin sobre la “mexicanización de Sudáfrica”) que “si la imagen del sistema político mexicano ya era mala al concluir la primera larga época del priismo, ahora el cierre del capítulo panista no es mejor”.1 Más allá de la imagen que el sistema político proyecta al exterior en otras ponderaciones más amplias, como la de Luis Prados, queda claro que la imagen del país requiere cirugía mayor. El periodista español remata su texto así: “México necesita una nueva imagen y reclama a gritos una agenda de inclusión…”.2 En el mismo sentido se expresaba Matt Vasilogambros3 al afirmar que de todos los retos que hoy enfrenta México el más relevante es mejorar su imagen externa, particularmente en Estados Unidos. Según una encuesta de Vianovo, el 50% de entrevistados tiene una imagen desfavorable de México, el 39% la tiene neutra y un residual 17% tiene una imagen favorable. Nada que pueda entusiasmar. Además, en noviembre de 2012, el 72% de los estadunidenses consideró que México es un país poco seguro para viajar y tan sólo el 17% de los encuestados lo considera un país moderno. En suma, un país inseguro y antiguo.
De las tres referencias anteriores se desprende la palabra imagen y vale la pena preguntarnos si realmente la imagen que un país proyecta de sí mismo es tan importante o puede considerarse un elemento adjetivo. Dice el Reputation Institute4 que uno de los canales más importantes para promover el crecimiento en un país es su reputación internacional. La forma en que ésta se construye no es lineal, es una interacción entre confianza, estima y admiración que baja o sube en función del desempeño general de un país. La reputación de cada país es variable y puede subir o descender en función de indicadores como la capacidad de su gobierno para proveer un entorno económico, legal y de seguridad satisfactorio, la calidad de los productos y servicios que un país ofrece, lo atractivo que pueda resultar para inversionistas, ejecutivos, turistas y finalmente científicos como lugar de destino y su desempeño general en materia de innovación respecto al medio ambiente y recursos humanos. En síntesis, depende de un cúmulo de factores que interactúan en un contexto geográfico y temporal determinado.
Para todo país que compite por atraer inversiones, turistas y otros flujos de recursos materiales y humanos, como es el caso del nuestro, su imagen externa es básica para mejorar su desempeño relativo en un entorno global marcado por la competencia.5
México es un país que en el contexto actual proyecta cuatro fortalezas: la primera es su privilegiada ubicación geográfica;6 la segunda es su sofisticada red de tratados de libre comercio; la tercera es su estabilidad macroeconómica, ampliamente ponderada en estos años de crisis de las economías centrales y, finalmente, la cuarta es el contar con un sistema bancario sano y sólido.7
Ahora bien, con todas sus ventajas geográficas, macroeconómicas y su muy sofisticada red de tratados de libre comercio, México no ha conseguido —y debe hacerlo— labrarse la reputación de destino privilegiado de la inversión extranjera. Como bien lo señala René Villareal en un estudio reciente,8 la pregunta más frecuente de los últimos años en los círculos de inversionistas internacionales es ¿por qué México no es una de las economías emergentes con mayor dinamismo y no ha logrado colarse al grupo de los BRICS;9 a pesar de que el país forma parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el G-20 y es miembro de pleno derecho del TLCAN, del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico y tiene una Asociación Estratégica con la Unión Europea?
Hay un desfase importante entre lo que México es y lo que potencialmente podría ser. Esa percepción de que el país no es una de las economías emergentes más vibrantes (a pesar de su enorme potencial) ha tratado de ser modificada con insistencia en los discursos presidenciales de los primeros años de la administración de Felipe Calderón. De manera reiterada se intentaba mitigar la incómoda pregunta de por qué México no estaba entre las locomotoras emergentes, citando las proyecciones de Goldman Sachs (hacia 2040), en el sentido de que México se consolidaría como una de las grandes economías del planeta.10 Que el país tiene futuro (faltaría más) casi nadie lo niega, pero para conquistarlo hay que imprimir un sentido de vigencia al tema. A una conclusión similar a la de Goldman Sachs llegan otros especialistas (como los reunidos en el Foro Consultivo Científico y Tecnológico), pero para escalar peldaños se debe operar una serie de transformaciones de gran relieve como elevar nuestro gasto en ciencia y tecnología y una renovación muy amplia de sectores económicos en los que no hay prácticamente competencia.
Es verdad que las proyecciones más serias sugieren que, por sus dimensiones, la economía mexicana se consolidará como una de las grandes en el ecuador del siglo XXI, sin embargo, en los años recientes la imagen que México ha proyectado al exterior es la de un país que se ha abierto parcialmente a sus instituciones políticas y ha liberalizado también de forma fragmentada sus sectores económicos sin erosionar el poder de corporaciones monopólicas y el carácter extractivo de un modelo económico que fomenta y estimula la desigualdad. México proyecta, en suma, la imagen de un país anclado en un pasado que le impide dar el gran salto y modernizar sus estructuras. Más allá de subjetividades, esta debilidad estructural se refleja en su captación de inversión extranjera directa (IED). En 2011, según el informe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, México captó 19 554 millones de dólares en IED, ocupando el lugar 17 a nivel mundial. Comparado con los BRICS, la desventaja es innegable, ya que todos ellos fueron más hábiles para captarla: “China con 123 985 millones de dólares, más de seis veces la captación de México, ocupando el segundo lugar a nivel mundial; Brasil, en el quinto lugar, recibió 66 660 millones de dólares, tres veces más; Rusia 52 878 millones de dólares, más de 2.5 veces y, finalmente, la India 35 554 millones de dólares, casi dos veces más”.11
Lo anterior en cuanto al tema de atracción de inversiones, pero si analizamos otros componentes nos encontraremos con razones y argumentos todavía mayores para invertir esfuerzos en mejorar la imagen del país. En efecto, cuando un país (con el potencial que tiene México) ocupa el lugar número 47 en la clasificación de la “marca país”,12 por debajo de cinco países latinoamericanos (Costa Rica ocupa el 24, Brasil el 31, Argentina el 32, Chile el 34 y Perú el 44) no hay espacio para la duda: es tarea primordial del gobierno construir una renovada narrativa para compartirla con la comunidad global que está expuesta (a la merced de las nuevas tecnologías) a una infinidad de mensajes que compiten por atraer la atención.
La disputa por la atención de las audiencias y los tomadores de decisiones es fundamental ya que en ella se construye una percepción en ámbitos tan dispares como la ecología y la cultura, las libertades y los derechos humanos. Todo país que juegue en esas ligas debe proyectar a través de sus propios medios dos grandes temas:
- Un ángulo de lectura propio de lo que ocurre en el mundo: todos los países que tienen vocación global cuentan con canales de televisión internacionales que transmiten en varios idiomas, para llegar a diferentes audiencias, y ofrecen una perspectiva propia de sus asuntos internos y de la forma en que ven al mundo y no dependen de coberturas de corresponsales extranjeros o de invitaciones a programas estelares, como ocurrió con la participación en 2011 del presidente Calderón en el programa The Royal Tour conducido por Peter Greenberg.13 Un suscriptor promedio de televisión por cable puede acceder a dos canales chinos, un colombiano, un alemán, tres españoles, un francés, un italiano, dos ingleses y por supuesto a varios estadunidenses. No tiene sentido proseguir con la lista, Venezuela impulsa Telesur y el mundo árabe proyecta su mensaje...




