E-Book, Spanisch, 430 Seiten
Goldsworthy La ciudad
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-19301-34-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 430 Seiten
ISBN: 978-84-19301-34-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Adrian Goldsworthy se doctoró en Historia en la universidad de Oxford en 1994, y se ha convertido en un aclamado historiador de la Antigua Roma. Es, además, uno de los mayores expertos en Historia Militar del mundo antiguo. Ha sido catedrático en varias universidades y ha trabajado como asesor en prestigiosos documentales de History Channel. En su obra compagina el ensayo histórico con la ficción. En Pàmies hemos publicado sus cinco novelas: Vindolanda (2018), Hibernia (2019), Brigantia (2020), El fuerte (2021) y ahora La ciudad. Sus obras han sido traducidas a una veintena de idiomas, incluido el español.
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I
En las colinas
Quinta hora de la noche de los idus de febrero, durante el consulado de Quinto Ninio Hasta y Publio Manilio Vopisco Viciniliano (114 d. C.)
Rufo tenía el rostro entumecido, castigado por el viento y la incesante lluvia. Estaba completamente empapado, sus ropas pesaban merced al agua, tenía frío y se sentía torpe. Sin duda la cota de malla que sus esclavos habían pulido hasta dejar reluciente ya se estaba oxidando. Era complicado mantenerla en buen estado, y eso que ni siquiera había pasado un mes desde que llegara, orgulloso, a ocupar su puesto en la legión. A pesar del frío, tenía la espalda pegajosa de sudor por el esfuerzo de la caminata cuesta arriba, y eso que apenas había recorrido la mitad del trecho que lo separaba de la cima de la colina. La tormenta había convertido el suelo arenoso en barro. Eso significaba que tenía que pisar con cuidado para mantener el equilibrio. Entonces una piedra le impactó de lleno en la cabeza. Rufo gritó como un chiquillo y cayó de bruces.
Rufo pareció permanecer una eternidad tumbado en el lodo, como si no le importara lo que pensaran los demás y sin la voluntad necesaria para ponerse en pie. Se oyó un ruido, quizá fuera un chillido ahogado, en lo alto, levantó la cabeza y escupió barro. La lluvia empezaba a remitir y la noche a clarear un poco. Creyó poder distinguir la oscura silueta del tribuno, con el rostro convertido en un borrón pálido que miraba hacia atrás. El torpe cretino debía de haberse percatado de que acababa de desplazar una piedra que había caído pendiente abajo.
—¡Estoy bien! —gritó Rufo, aunque dudaba que el tribuno fuera capaz de oírlo, así que izó el pulgar, gesto que quizá viera o quizá no.
Fuera como fuera, el tribuno pareció darlo por bueno, porque el borrón blanco desapareció y la oscura silueta reanudó la escalada. Se encorvó, lo que significaba que debía de estar cerca de la cima de la colina, donde la pendiente era mucho más pronunciada. Según el legado, los dos oficiales debían ser capaces de obtener una buena perspectiva desde lo alto, y de encontrar algún punto de referencia que pudiera darles una pista sobre dónde se hallaban antes de que alguien se diera cuenta de que el comandante de la VIIII Hispana estaba perdido en medio de ninguna parte con un puñado de oficiales y una pequeña escolta. Rufo tenía sus dudas. Si la tormenta amainaba, quizá tuvieran una oportunidad de orientarse, pero aquellos áridos cerros parecían todos idénticos, sobre todo de noche. Además, no creía que estuvieran cerca de ninguna ciudad o aldea conocidas. Dado que aún no habían caído al río —con lo que tampoco se habría mojado mucho más de lo que ya estaba—, no podía pensar en ningún punto de referencia que pudiera servir de mucho. Pero una orden era una orden. El legado era un hombre muy particular hasta cuando las cosas iban bien, e incluso la escasa experiencia que Rufo había tenido en el ejército le hacía sospechar que, siendo el oficial de menor rango, acabarían por culparlo a él. Así eran las cosas. Rufo se tocó la cabeza y supuso que el impacto le había provocado un buen moratón, podía ser que incluso un corte. Con el cabello empapado era incapaz de saber si estaba sangrando.
—Mierda —dijo Rufo en voz baja, y se puso en pie.
Estuvo a punto de resbalar cuando, una vez más, comenzó a seguir al tribuno. El entumecimiento empezó a apoderarse de sus miembros, y jadeó al obligarse a continuar cuando todo lo que quería era sentarse y descansar. No, eso no era cierto. Lo que de verdad hubiera querido era estar a dos mil millas de distancia, en casa, en Tarraco, con su padre —su querido e indulgente padre— diciéndole de nuevo que no fuera tan necio, que no se alistara en las legiones y él siendo lo bastante sensato esta vez como para escucharlo.
El centurión no tardó en encorvarse y en hacer uso de las dos manos, ya que la pendiente se volvía cada vez más pronunciada. El suelo allí era diferente, más duro y rocoso, y, en algunos puntos, tuvo que sortear partes que casi eran verticales. Empezó a ver mejor, y en un par de ocasiones pudo distinguir estrellas entre los jirones de las nubes. Debía de pasar ampliamente de la medianoche, y debía de haber transcurrido menos de media hora —aunque parecieran días— desde que el legado les hubiese ordenado al centurión y al tribuno que treparan a lo alto con la esperanza de averiguar dónde estaban. Con un último esfuerzo Rufo se encaramó a la cima. El tribuno estaba esperando, y alargó la mano hacia él.
—Ah, Rufo, querido compañero —dijo, y tiró del centurión hacia arriba—. Una subida jodida, ¿no crees? Y, de paso, una noche de mierda. ¿Quién se va a alistar en el ejército, eh?
Rufo logró erguirse.
—Solo los soñadores y los desesperados —logró decir, repitiendo una frase que había visto escrita en más de un muro—. Y creo que ya no soy ni lo uno ni lo otro. —Decidió no añadir ninguno de los ácidos comentarios que solían acompañar a la cita.
El tribuno sonrió. Tenía los dientes muy blancos. Lucio Flavio Arriano era un griego bajo y robusto de Bitinia. Rufo tenía veintiséis años, y calculaba que el tribuno tendría su misma edad, o quizá fuera algo menor, lo que hacía que sus aires de jovial eficacia resultaran tan admirables como exasperantes. Arriano era un eques y había pasado varios años al mando de una cohorte auxiliar en algún lugar del Danubio antes de convertirse en uno de los cinco tribunos de rango ecuestre de la legión, por lo que debía de haber sufrido su cuota de penurias en el pasado.
—Es difícil estar seguro de nada con el aguacero que ha caído. Al menos ha escampado. ¡Mira, la mismísima luna! —Arriano señaló a una finísima luna creciente. Las nubes empezaban a dispersarse, y ya se veía la gran inmensidad del cielo bañando la cima de la colina con una pálida luz plateada.
—La verdad es que esto es bonito —declaró Arriano con entusiasmo al tiempo que extendía el brazo hacia el horizonte—. Y lo desagradable que ha sido la tormenta ayuda a apreciar aún más la belleza. … Nunca he visto tiempo tan malo como el de aquí —añadió mientras negaba con la cabeza—, ni peor lugar en el que soportar una tormenta como esta. —Resopló y se frotó la cara con la mano. Rufo aún tenía la piel insensible del frío y del tiempo que habían pasado bajo la pertinaz lluvia—. Y sin embargo… —Había la luz suficiente como para ver al tribuno fruncir el ceño sumido en sus pensamientos—. Y, sin embargo, debemos valorar si tales deseos están justificados, incluso si son razonables. Al fin y al cabo, ¿acaso no moja la lluvia estés donde estés?
—¿Señor? —dijo Rufo confundido, aunque percibió que lo que su superior quería era algún tipo de respuesta—. La lluvia moja —convino pasado un instante, dado que uno debía complacer a los superiores, sobre todo cuando se estaba a solas con ellos—. Y cuando llueve mucho uno se moja mucho.
—Sin duda. Y puede llover en cualquier parte. —Arriano pareció satisfecho con la conclusión—. Sabiduría, querido amigo; sabiduría aprendida de los más sabios. Desear estar en otro lugar es inútil y solo sirve para engañarse. Las cosas malas bien pueden ocurrirnos estando donde deseamos estar. Por tanto, la lluvia mojará allá donde te encuentres. Es mejor aceptar lo que nos toca en la vida con serenidad.
Lo mejor sería estar bajo techo en un lugar cálido, pensó Rufo, aunque fue lo bastante juicioso como para no decir nada. Una vocecilla en su cabeza le susurraba que su desánimo saltaba a la vista y que el tribuno estaba intentando animarlo, pero tenía los huesos demasiado cansados como para que le importara.
—¡Ven, debemos continuar con nuestra aventura! —Arriano hablaba como si verdaderamente estuviera entusiasmado, y avanzó a grandes zancadas por la cima solo para detenerse de repente—. ¡Quieto!
Rufo se quedó inmóvil y miró a su alrededor buscando indicios de peligro. Siempre cabía la posibilidad de toparse con bandidos en un lugar desolado y en una noche inhóspita como aquella, pero no pudo ver ni rastro de gente, ni de animales, menos aún de uno que pudiera constituir una amenaza. Los bandidos, a pesar de sus carencias morales, a veces eran capaces de mostrarse sensatos, y quién sino un soldado cumpliendo órdenes andaría por allí en una noche como esa.
Arriano se agachó, se acuclilló y empezó a rascar el suelo.
—¡Mira! —dijo—. Están por todas partes. ¡Lo sabía! —Le faltó poco para incorporarse de un salto, y le mostró un gran trozo de cerámica—. ¡Mira!
Rufo no pudo ver nada destacable, pero cogió el objeto y, obediente, lo examinó. Tenía un borde grueso, y, a juzgar por la curvatura, debía de haber formado parte de un gran cuenco, lo que seguía sin explicar el entusiasmo del tribuno.
—Lo sabía —volvió a decir Arriano—. La forma de la colina estaba clara, no es un accidente geográfico natural. Esto, en su día, fue una ciudad. Hace siglos, puede que mil años. Hubo gente viviendo aquí y llamándolo hogar, arando sus campos y luchando en guerras. —Casi estaba gritando, y no solo para hacerse oír por encima del rugir del viento—. Esta colina a la que hemos maldecido mientras trepábamos, bajo truenos y relámpagos, fue una vez la casa de hombres que no eran muy diferentes a nosotros. ¿Crees que algún día habrá quienes recojan fragmentos de nuestras vidas?
El tribuno se alejó a grandes zancadas antes de que Rufo pudiera responder, dejándolo allí, sosteniendo el fragmento de cerámica y preguntándose si...




