Gómez Soto | Respirando cerca de mí | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Reihe: Gran Angular

Gómez Soto Respirando cerca de mí


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-675-5872-2
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Reihe: Gran Angular

ISBN: 978-84-675-5872-2
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Henry es un adolescente colombiano sin papeles, sin amigos y sin mucha familia; con pocos escrúpulos y bastante sangre fría. Perfecto como pistolero a sueldo.Alberto es un chico español como tantos otros: le gusta salir con los amigos, los videojuegos, los chats y las chicas, aunque no tenga mucha suerte con ellas.Dos personajes de dos mundos distintos cuyas vidas se cruzan como en una mala broma del destino. Aunque en este caso la broma tiene nombre, se llama Erika, y su vida está en peligro.

Jorge Gómez Soto nació en Madrid el 6 de diciembre de 1974. Su vocación por la escritura comenzó en el instituto, donde escribió su primer texto novelesco junto a un compañero en COU. No se sintió demasiado satisfecho del resultado, pero le sirvió como germen de su futura dedicación. Y es que de casta le viene al galgo, puesto que su padre es el también escritor, y Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2009, Alfredo Gómez Cerdá.   Jorge Gómez estudió Económicas en la Universidad Complutense de Madrid, licenciándose en 1999. Al finalizar sus estudios comenzó a trabajar como economista, ocupación que sigue teniendo. Dicha labor no le impidió dedicarse también a la literatura, y ese mismo año fue finalista del II Premio Leer es Vivir con la novela Colgado del aire.
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1


La oficina sur era una vivienda realquilada a un ciudadano español, que no tenía antecedentes ni ganas de hacer averiguaciones sobre sus inquilinos mientras le pagasen religiosamente la renta. Se encontraba en el primer piso de un edificio corriente, idéntico a los de su entorno, en una calle poco transitada y mal iluminada de un barrio de Madrid. Estaba casi diáfana: todo su mobiliario se reducía a una amplia mesa redonda, rodeada de sillas, en lo que debería haber sido el salón, un armario con candado en cada una de las habitaciones y los enseres meramente imprescindibles para la cocina y el baño. El polvo que descansaba en cada rincón le concedía una errónea impresión de desuso. Las ventanas carecían de cortinas: no habrían servido para mucho, pues las persianas estaban bajadas siempre que había reunión dentro. Se hacía necesaria la luz eléctrica aunque fuera hubiese claridad suficiente. No obstante, nunca había mucha gente en la oficina durante mucho tiempo. En el recibidor, imperturbables e inexpresivos como figuras realizadas por un mal escultor, vigilaban ahora tres guardaespaldas.

El hombre al que todos llamaban K estaba sentado en una tangente de la mesa, aguardando a que Jaramillo volviese de una de las habitaciones con el informe que le había pedido. K era muy grande: ocupaba bastante espacio en la ciudad; su anatomía y su organización. A pesar de eso, y precisamente por eso, K trataba de ser invisible. Había tenido tantas identidades que a veces le costaba recordar su verdadero nombre. El día de su gran salto fue aquel en que los emisarios de una mafia internacional lo escogieron para abrir una sucursal en España. Él ya andaba metido en ajustes de cuentas, robos y delitos varios y, aunque lo hacía a mediana escala, su implacabilidad le había servido para granjearse un nombre en el submundo criminal. La organización internacional, que no se andaba con pequeñeces, fue infiltrando pistoleros en la mayoría de bandas importantes de Madrid para observar desde dentro a sus respectivos cabecillas. Tras varios meses de análisis meticulosos y exhaustivos, decidieron que K era el hombre que buscaban y, prácticamente de la noche a la mañana, pasó de ser un delincuente con algunas personas a su cargo y escasa infraestructura a controlar una parte importantísima del negocio de los pistoleros en Madrid. La operación fue de jaque mate, una jugada maestra de la mafia. Mientras le otorgaban la confianza casi plena a K, los topos infiltrados en el resto de bandas se ocuparon de boicotearlas, bien promoviendo sublevaciones internas, bien mediante soplos a la policía. Les faltó tiempo a los políticos para sacar pecho y titulares en prensa alabando la eficacia y contundencia de los cuerpos de seguridad. Pero el volumen de delitos nunca llegó a decrecer: el negocio solo había cambiado de manos.

Jaramillo apareció por la puerta justo cuando K empezaba a impacientarse.

–Acá se lo tengo.

Se sentó al lado de K. Llevaba en la mano unos papeles escritos unidos con un clip a varias fotos en las que aparecía un hombre de mediana edad tomado desde distintos ángulos, en distintos lugares y con distinto traje.

–De pronto pensé que lo había perdido –añadió Jaramillo con un marcado acento colombiano.

En el informe se detallaban nombres, direcciones, teléfonos y descripciones físicas, tanto del hombre como de algunos de sus familiares; movimientos habituales, itinerarios alternativos que tomaba, lugares en los que resultaría más fácil acabar con él... y al final, fecha a fecha, los pasos seguidos para intentar cobrar su deuda: reuniones, amenazas y un ultimátum, del que ya habían pasado tres días.

K terminó de leerlo y no mudó el gesto mientras decía:

–A este no se le puede dejar escapar de rositas.

–Así es, señor: lo conoce demasiada gente del gremio y por ahí no debemos mostrar ni un indicio de debilidad –afirmó Jaramillo.

–¿A quién podíamos encargárselo? –le preguntó K.

–Yo enviaría a Henry –apuntó Jaramillo.

–¿Henry? –K se pellizcó la frente, pero la memoria no se extrae como un grano.

–Sí, el muchachito colombiano del que le hablé.

–Ah... ya caigo. Cómo te tira la patria, eh, Jaramillo –bromeó, pero enseguida deshizo la sonrisa–. ¿Pero tú lo ves ya preparado? ¿No será demasiado joven para empezar tan fuerte?

–Tiene dieciocho años, sí es joven –respondió Jaramillo–. Pero se sorprendería de lo rápido que aprende. Lo tiene todo para llegar a ser bueno: indiferencia ante lo que le rodea (u odio, no sé calibrarlo), desocupación, poca familia y amistades acá, gran inteligencia e intuición; es de escasas palabras, discreto y frío como pocos, ah, y sin papeles... Creo que debemos darle chance.

–No suena mal. Llámale, quiero conocerlo.

Pese a que estaban avisados de la llegada de Henry, los vigilantes de la puerta se sobresaltaron al oír el timbre. Incluso uno de ellos se llevó instintivamente la mano dentro de la cazadora, hasta llegar a rozar la culata de su pistola. Abrieron la puerta y un chico delgado la franqueó. Vestía pantalones vaqueros gastados y algo caídos, la parte de arriba de un chándal y una gorra de una marca de whisky calada hasta las cejas que ensombrecía su rostro hasta tal punto que los vigilantes no sabían si los estaba mirando o no. Bajo su mentón, unos cuantos pelos intentaban, con limitado éxito, juntarse para formar una perilla. Uno de los matones lo cacheó desde los calcetines hasta la visera y le quitó una pequeña navaja.

–Cuando salgas te la devuelvo –le dijo con una voz tan cavernosa y siniestra que solo le faltó añadir: «... si es que sales».

Jaramillo lo recibió en el salón con un abrazo de cortesía y K lo examinó de arriba abajo mientras eran presentados.

–Mucho gusto –dijo Henry.

–Sentaos –los tres tomaron asiento en la mesa redonda; K se encajó casi en la silla y señaló con un dedo hacia la entrada–. Supongo que eres consciente del paso que has dado al cruzar esa puerta y haberme visto la cara.

Henry se subió un poco la visera para que K le pudiera ver los ojos al responder. Eran unos ojos de color gris oscuro, semejante al del cielo cuando amenaza tormenta.

–Totalmente, señor; entre Jaramillo y Roque se ocuparon de...

–¡No! –interrumpió K, y Henry se abstuvo de preguntar «¿no, qué cosa?», por miedo a meter la pata–. No eres plenamente consciente. Jaramillo me ha hablado mucho y muy bien de ti, de tu potencial, de tus cualidades... Llegaste a conocernos a través de Roque, ¿verdad?

–Cierto. Tenía algunos asuntillos con él.

–Y te gustan su coche y su moto, ¿no es así?, y las juergas que se corre con un taco de billetes que parece no tener fin, las preciosas mujeres con las que se exhibe, sus cadenas de oro...

–Así es, señor –afirmó Henry, no porque lo sintiese del todo, sino porque tenía la convicción de que eso era lo que K esperaba oír.

Jaramillo observaba la escena con indiferencia. No era la primera vez, ni probablemente fuese la última, que asistía a esa especie de rito de iniciación que K imponía a cada nuevo miembro, aunque Jaramillo dudase de su utilidad. Sabía perfectamente que ahora le enumeraría las estrictas reglas de la organización, después le sometería a la prueba del disparo y, por último, le daría el dinero de bienvenida.

–Pues tú podrás tener todo eso: podrás ganar en un mes lo que en tu país se gana en años, Henry, e incluso más, si realmente eres tal y como te pinta Jaramillo. No lo dudes, solo va a depender de ti, solo de ti. Eso sí, recuerda lo que te voy a decir. Incorpóralo a tu cabeza de la misma forma que el andar o el respirar. ¿A que ningún día te has levantado y se te ha olvidado andar o respirar? –Henry negó mecánicamente con la cabeza–. Pues así de metido quiero que lo tengas. Primero: las órdenes son de obligado cumplimiento y las doy yo; y si yo no estoy, que será lo más frecuente, Jaramillo o la persona que yo te designe –cada vez que pronunciaba yo, alzaba la voz, tenía que dejar claro qué era lo más importante de la frase–, y nadie más que yo. Segundo: me importa tres cojones lo que hagas con tu vida, pero cuando vayas a trabajar, sobre todo en los momentos más delicados, imagino que sabrás cuáles, hazlo completamente sereno: ni drogas ni alcohol. Tercero: si te trincan, algo que nadie desea, mejor que no cantes; te puedo asegurar que cualquier condena que dicte un juez es preferible al castigo que te impondríamos nosotros. Y cuarto: aquí no existe la palabra despido, o mejor dicho, sí existe, pero solo la saben pronunciar nuestras pistolas. ¿Te ha quedado claro?

Henry asintió enérgicamente, pero su rotundidad tropezó con el peso de la responsabilidad. Quizá fue justo en ese momento cuando asumió de verdad su nueva condición; no obstante, lo supo digerir por dentro y ni K ni Jaramillo notaron nada. El primero desvió su mirada hacia el segundo.

–¿Con qué modelo habéis entrenado?

–Con la Cougar 8000 –respondió...



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