E-Book, Spanisch, 460 Seiten
Gedge La dama del Nilo
1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-16970-05-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 460 Seiten
ISBN: 978-84-16970-05-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Pauline Gedge nació en Auckland, Nueva Zelanda, en 1945. Pasó parte de su niñez en Oxfordshire, Inglaterra, hasta que su familia se trasladó a Canadá, donde reside en la actualidad. Su primera novela, La dama del Nilo, que Pàmies reedita ahora, se convirtió en un impresionante éxito de ventas en innumerables países. En Águilas y cuervos (Pàmies, 2015), su segunda obra, explora la fascinante historia de los celtas.
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1
A pesar de que la pared norte del aula se abría al jardín, la brisa estival no corría por entre las deslumbrantes columnas blancas salpicadas de colores. Hacía un calor sofocante. Los alumnos estaban sentados muy juntos sobre sus respectivas esteras de papiro, con las piernas cruzadas y la cabeza inclinada sobre los trozos de terracota, tratando trabajosamente de copiar la lección del día. Khaemwese, cruzado de brazos, sintió que una leve somnolencia comenzaba a invadirlo y miró disimuladamente la clepsidra de piedra. Ya era casi mediodía. Tosió para llamar la atención, y una serie de rostros diminutos se alzaron para mirarlo.
—¿Habéis terminado ya? ¿Quién está dispuesto a leerme los conocimientos que ha aprendido hoy? O tal vez sería mejor preguntar quién posee los conocimientos necesarios para leerme la lección de hoy. —Se regodeó con su ingenioso juego de palabras, y un leve murmullo de risas corteses recorrió la habitación—. ¿Tú, Menkh? ¿O tal vez User-amun? Sé muy bien que Hapuseneb puede hacerlo, así que queda descartado. ¿Quién más se anima? Tutmosis, te escucho.
Tutmosis se puso de pie de mala gana mientras Hatshepsut, sentada a su lado, se burlaba de él y le hacía muecas. El muchachito no le prestó atención y, sosteniendo la vasija con ambas manos, la escrutó con expresión atribulada.
—Puedes comenzar. Hatshepsut: estate quieta.
—Me dicen que… que…
—Corréis.
—Ah, sí. Corréis. Me han dicho que corréis tras los placeres. No cerréis vuestros oídos a mis exhortaciones. ¿O es que solo prestáis atención a todo… a todo…?
—… tipo de palabras necias.
—Claro…, a todo tipo de palabras necias.
Khaemwese lanzó un suspiro mientras el muchachito seguía leyendo en voz monótona. Era evidente que Tutmosis jamás llegaría a ser un hombre instruido y culto. La magia de las palabras no ejercía ninguna atracción sobre él; al parecer, su única aspiración era que lo dejaran dormitar durante las clases. Tal vez el faraón haría bien en hacer ingresar a su hijo en el ejército a una edad temprana. Pero Khaemwese sacudió la cabeza al imaginar a Tutmosis, arco y lanza en mano, marchando a la vanguardia de una compañía de aguerridos soldados. En ese momento el pequeño volvió a estancarse en la lectura y se quedó mirando al maestro con torpe azoramiento, con el dedo clavado en el indescifrable jeroglífico.
El anciano sintió un arrebato de furia.
—Este pasaje —afirmó coléricamente, golpeando malhumorado su propio rollo de papiro— se refiere a la necesidad del empleo prudente y merecido del látigo de cuero de hipopótamo en el trasero de un jovencito holgazán. ¿No crees, Tutmosis, que quizás el escriba pensaba precisamente en alguien como tú? ¿Que te vendría bien recibir un buen par de azotes? ¡Tráeme inmediatamente mi látigo de hipopótamo!
Varios de los chicos más grandes comenzaron a lanzar risitas ahogadas, pero Neferu-khebit extendió la mano en son de súplica.
—¡Por favor, maestro, no lo castigue! ¡Ayer ya recibió una tunda, y mi padre estaba muy enfadado!
Tutmosis se ruborizó y la fulminó con la mirada. Lo del látigo de hipopótamo era una broma vieja y gastada, pues solo se trataba de una delgada y flexible vara de sauce que Khaemwese llevaba a veces bajo el brazo como el bastón de mando de un general del Estado Mayor. El auténtico látigo se usaba solo con los delincuentes y los agitadores políticos. El hecho de que una muchacha hubiese salido en su defensa fue como un puñado de sal arrojado en una herida abierta, y Tutmosis masculló en voz baja cuando el maestro le indicó con gesto perentorio que tomara asiento.
—Muy bien, Neferu. Puesto que deseas que se le conmute la sentencia, supongo que estás dispuesta a ocupar su lugar. Ponte de pie y continúa.
Neferu-khebit era un año mayor que Tutmosis y considerablemente más inteligente que él. Ya había pasado de los cacharros viejos y rotos a los rollos de papiro, así que la lectura le resultó sencilla.
Como de costumbre, la clase concluyó con la Oración a Amón. Cuando Khaemwese abandonó el recinto, los alumnos se pusieron de pie y estallaron en un parloteo simultáneo.
—No te preocupes por lo que ha pasado, Tutmosis —dijo alegremente Hatshepsut mientras enrollaba su estera—. Después de la siesta ven conmigo a ver el nuevo cervatillo del zoológico. Papá mató a su madre, así que ahora no tiene a nadie a quien querer. ¿Me acompañarás?
—No —le respondió bruscamente—. Ya no me interesa acompañarte en tus correrías. Además, de ahora en adelante todas las tardes debo ir al cuartel para que Aahmes pen-Nekheb me enseñe a usar el arco y la lanza.
Fueron a un rincón y depositaron allí sus esteras sobre la pila que formaban las de los demás chicos, mientras Neferu-khebit llamaba por señas a la esclava desnuda que aguardaba pacientemente junto a la enorme jarra de plata. La mujer les sirvió agua y la entregó con una reverencia.
Hatshepsut bebió con avidez, chascando los labios.
—¡Ah, qué agua tan exquisita! ¿Y tú, Neferu? ¿No quieres acompañarme esta tarde?
Neferu bajó la mirada y sonrió a su hermana menor. Le acarició la cabeza rapada casi por completo y le acomodó el mechón infantil para que volviera a caerle decorosamente sobre el hombro izquierdo.
—Veo que has vuelto a mancharte el faldellín con tinta, Hatshepsut. ¿No crecerás nunca? Muy bien, iré contigo si Nozme te autoriza. Pero solo un rato. ¿De acuerdo?
—¡Oh, sí! —respondió la pequeña brincando de alegría—. ¡Ven a buscarme cuando te levantes!
En la habitación solo estaban la esclava y ellos tres; los otros chicos habían partido deprisa a sus casas con sus respectivas esclavas, pues el calor aumentaba y ya se había convertido en una masa compacta y pesada de aire abrasador que parecía abatirse sobre ellos y adormilarlos. Tutmosis bostezó.
—Me voy a buscar a mi madre. Supongo que debería agradecerte, Neferu-khebit, que me hayas salvado del castigo, pero te ruego que en el futuro te ocupes de tus propios asuntos. Puede que a los otros varones les resulte un espectáculo divertido, pero para mí es humillante.
—¿Así que prefieres una paliza a hacer el ridículo? —le preguntó Hatshepsut, con aire burlón—. Realmente, Tutmosis, tienes demasiado amor propio. Y además es cierto, eres un holgazán.
—¡Cállate! —le ordenó Neferu—. Tutmosis, sabes bien que solo lo he hecho pensando en ti. Aquí está Nozme. Portaos bien. Te veré más tarde, pequeña Hat.
Depositó un beso en la coronilla de Hatshepsut y salió al resplandor del jardín. A Nozme le estaba permitido tomarse casi las mismas libertades que a Khaemwese con los hijos de la familia real. Como nodriza real los regañaba, los persuadía con halagos, ocasionalmente les propinaba una paliza y en todo momento los adoraba. Debía velar por su seguridad y responder con su vida ante el faraón. Había entrado al servicio de la segunda esposa de este, Mutnefert, en calidad de ama de leche, cuando nacieron los mellizos Uatchmes y Amunmes, y luego la divina consorte Ahmose la había conservado para que cuidara de Neferu-khebit y Hatshepsut. En cambio, Mutnefert misma se había encargado de amamantar a Tutmosis, su tercer hijo; lo protegía como un águila a su pichón, pues el hijo varón era un don muy preciado, sobre todo tratándose de un hijo real, y sus otros dos pequeños habían muerto víctimas de la peste. En la actualidad Nozme tenía la lengua rápida y el rostro enjuto, y estaba tan flaca que las vestiduras colgaban libremente de su cuerpo esquelético y sus tobillos desnudos flameaban y chocaban entre sí mientras corría de aquí para allá, gritándoles a las esclavas y sermoneando a los chicos. Ya nadie la temía, y solo Hatshepsut seguía teniéndole afecto, tal vez porque, con el veleidoso egoísmo propio de la infancia, la pequeña se sabía amada por todos y tenía la certeza de que nadie se opondría a sus deseos.
Al ver a Nozme surgir de la penumbra del vestíbulo, Hatshepsut corrió hacia ella y la abrazó. Nozme le devolvió el abrazo y le chilló a la esclava:
—¡Tira esa agua de una vez y lava la jarra! Barre el suelo para la clase de mañana. Luego puedes irte a tu cuarto y descansar. ¡Vamos, deprisa!
Le lanzó una mirada a Neferu-khebit y se preguntó a dónde iría a esa hora del día, pero ahora que la joven ya no llevaba la cabeza rapada sino cubierta de brillantes trenzas de pelo negro que le llegaban a los hombros y se vestía como las mujeres adultas, Nozme ya no tenía autoridad sobre ella. Luego, tomando a la pequeña de la mano, la condujo lentamente por el laberinto de columnatas y umbrosos atrios hasta llegar a la puerta del cuarto de los niños, contiguo a las habitaciones de las mujeres.
En el cuarto de su alteza real la princesa Hatshepsut Khnum-amun corría una leve brisa. Las aberturas del techo apresaban cualquier viento del Norte, formando pequeños remolinos de aire caliente. Cuando Nozme y la pequeña entraron en la habitación, las dos esclavas que allí esperaban se incorporaron de un salto y levantaron los abanicos. Nozme no se dignó a saludarlas. Mientras le quitaba a Hatshepsut el faldellín de hilo blanco, ladró una orden, y apareció otra esclava con un jarro lleno de agua y paños. La nodriza lavó con presteza el cuerpo de la niña.
—Veo que de nuevo tienes la ropa manchada de tinta —le dijo—. ¿Por qué eres tan...




