E-Book, Spanisch, 480 Seiten
Gedge El faraón
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-16970-50-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 480 Seiten
ISBN: 978-84-16970-50-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Pauline Gedge nació en Auckland, Nueva Zelanda, en 1945. Pasó parte de su niñez en Oxfordshire, Inglaterra, hasta que su familia se trasladó a Canadá, donde reside en la actualidad. Su primera novela, La dama del Nilo (Pàmies, 2017), se convirtió en un impresionante éxito de ventas en innumerables países. En Águilas y cuervos (Pàmies, 2015), su segunda obra, explora la fascinante historia de los celtas.
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2
Las órdenes de Tiy se extendieron como el viento del desierto por el palacio y los cuarteles, de manera que a los tres días de haberle dado la buena noticia a su hijo, Amenofis estuvo en condiciones de partir rumbo a Menfis en medio de la pompa debida al heredero de la Corona. Durante esos tres días los hombres encargados de medir la altura del río informaron de un pequeño crecimiento del nivel, de modo que una multitud a la vez aliviada y emocionada se reunió frente al embarcadero del palacio para atisbar la aparición de un príncipe casi desconocido para ellos. Tiy estaba instalada en su trono de ébano, protegida por su dosel con incrustaciones de piedras preciosas, y la refrescaba el lánguido ir y venir de los abanicos. A su lado se encontraba Sitamun, vestida de amarillo, y la corona de plumas que tenía derecho a usar en calidad de esposa principal se estremecía cada vez que respiraba. Ay se paseaba entre la barca y el contingente de soldados que esperaban al príncipe. Mutnodjme, vestida de hilo blanco y muy maquillada para protegerse del sol, hacía restallar displicentemente el látigo, mientras sus enanos jadeaban a sus pies.
Un pequeño grupo de sacerdotes de Karnak, encabezados por Si-Mut, segundo profeta de Amón, permanecía preparado con incienso, para asegurar un buen viaje al príncipe con sus oraciones. Al mirar de reojo el rostro sudoroso de Si-Mut, Tiy sintió una oleada de pena y recordó a Anen, su hermano, que había sido segundo profeta de Amón hasta el año anterior, cuando murió, consumido por la fiebre.
—Entrégame la escoba —ordenó desdeñosamente a su portador de escoba, y empezó a ahuyentar con irritación las moscas que se le posaban sobre el cuello y la cara. En ese momento se le acercó Ay, que le hizo una reverencia antes de hablar.
—Majestad, he ordenado a Horemheb que aloje al príncipe en su casa de Menfis hasta haber investigado a todos los oficiales y sirvientes del palacio. Ahora que su padre lo ha dejado en libertad, es probable que no corra peligro, pero todavía puede existir alguien que desee hacerle un favor al faraón dañando a Amenofis.
—O el mismo faraón puede llegar a lamentar su decisión —contestó ella en voz baja—. No estaré tranquila hasta que haya pasado este año reglamentario y vuelva a tener a mi hijo de regreso aquí, en Malkatta, donde puedo vigilarlo yo misma. Hazte a un lado, Ay.
Se oyó un murmullo de agitación seguido de un profundo silencio cuando aparecieron los soldados escoltando al príncipe. Horemheb se acercó al trono, con las bandas de plata en los brazos que proclamaban su rango de comandante de centuria y el casco azul que enmarcaba su rostro apuesto, que, a pesar de su juventud, ya lucía la temprana madurez fruto de la carrera que había elegido. En su carácter de protegido de Ay estaba destinado a llegar lejos tanto en el ejército como en la corte, y aunque él no lo ignorara, no confiaba solo en los favores de su mentor. Los hombres que estaban a sus órdenes sabían que a pesar de ser estricto en los aspectos disciplinarios era justo en sus juicios. En ese instante, se arrodilló para besar los pies de la reina.
—Supongo que comprenderás la gravedad de la responsabilidad que se te ha encomendado, Horemheb —dijo Tiy, indicándole con un gesto que se pusiera de pie—. Espero que me envíes informes frecuentes y claros.
Él inclinó la cabeza, pero no respondió.
Tiy se volvió hacia su hijo y bajó del trono para abrazarlo. Entonces observó sorprendida que Nefertiti se encontraba al lado del príncipe, alta y femenina, vestida de amarillo y con una peluca adornada con nomeolvides de lapislázuli, el color del cabello de los dioses.
—Envíame noticias de tu vida lo más a menudo que puedas —pidió Tiy a su hijo mientras lo abrazaba. Él asintió sonriendo, y Tiy vio que levantaba la vista y la fijaba en el palacio. En ese momento, una máscara pareció cubrir las facciones largas y delgadas y el príncipe se volvió repentinamente. Tiy también se volvió y alcanzó a ver a su marido semioculto tras una de las columnas del vestíbulo de recepción, atendido solo por su sirviente personal. El faraón observaba la escena. La multitud lanzó un murmullo de sorpresa y Tiy se volvió nuevamente, a tiempo para ver que su hijo besaba a Nefertiti en la boca.
—Que tu nombre perdure para siempre, prima —dijo en voz alta, mientras jugueteaba con uno de los rizos de su peluca—. Si tu padre lo permite, ven a visitarme. Echaré de menos nuestras conversaciones.
Ultrajada ante esa muestra de mala educación, Tiy dirigió una mirada fulminante a Ay.
—Que tus pies se mantengan firmes, príncipe —contestó Nefertiti con acento desafiante, y él trepó a la planchada y desapareció en la pequeña cabina de la nave. Horemheb impartió una orden y se izaron las velas. Si-Mut comenzó a cantar, se alzó una nube de incienso y los soldados se situaron en cubierta. Los remos ocuparon sus lugares. El timonel empezó a lanzar sus rítmicos gritos y la barca, con sus gallardetes azules y blancos, comenzó a alejarse y a cruzar el lago, rumbo al canal y a la libertad del río.
Tiy aferró la escoba con fuerza, deseando poder golpear con ella el rostro de su sobrina, pero la utilizó para azotarse vigorosamente las piernas. Sin embargo, antes de que la joven pudiera alejarse, la emperatriz tomó una rápida decisión.
—Nefertiti, ordena que empaqueten tus pertenencias y múdate cuanto antes a mi palacio —ordenó autoritariamente—. Deja a tus sirvientes en casa de tu padre o véndelos, como quieras. Yo te proporcionaré nuevos servidores. Ha llegado la hora de que aprendas a comportarte como una esposa y no como una concubina.
—Todavía no soy ninguna de las dos cosas, majestad —contestó Nefertiti sin dejarse amedrentar—. Me ha besado Amenofis. Yo no lo he besado a él.
—Sabes muy bien que debías dar un paso atrás y caer de rodillas al instante para demostrar que por una parte te sentías honrada por su atención pero por otra te avergonzaba esta demostración pública de afecto. ¿Qué te pasa?
«¿Y qué me pasa a mí? —se preguntó para sus adentros—. ¿Por qué me indigna tanto este pequeño traspiés de mi hijo, que sin duda hoy estaba tan exultante que no ha podido contenerse? ¿Será que temo que mi influencia sobre Amenofis sea más débil ahora que no soy solo yo quien le demuestra afecto?». Consiguió sonreír a Nefertiti y sintió que sus celos se esfumaban.
—Sé lo que debía haber hecho —contestó Nefertiti, con un tono de voz en el que se mezclaban el desafío y el arrepentimiento—, pero mi primo me ha cogido por sorpresa. El suyo ha sido un gesto que me honra.
—Sin duda —concedió Tiy, a regañadientes—. Olvidaremos el incidente. Creo que conviene que empieces a asumir algunas de tus responsabilidades de princesa, Nefertiti. Ayer llegaron unos enviados del nuevo príncipe de los khatti y esta noche el faraón les proporcionará la posibilidad de gozar de la hospitalidad egipcia. Toda la familia debe estar presente. Es una pena que Tey siga en Akhmin. Tengo ganas de verla.
—Tebas le resulta insoportable a mi madre en verano, majestad —intervino Mutnodjme. Solo se siente en su casa en la vieja propiedad familiar. Pero yo asistiré. Y, ahora, ¿podemos retirarnos Nefertiti y yo?
Tiy asintió y las muchachas se inclinaron ante ella y se alejaron seguidas por sus servidores. Lanzando un suspiro casi inaudible, Tiy se volvió hacia el palacio y notó que la columna que instantes antes ocultaba la silenciosa figura de su marido estaba desierta.
La agitación provocada por la partida de Amenofis pronto fue sustituida por la que produjo la llegada de la princesa Tadukhipa. El río había empezado a crecer, a pesar de que todavía no se desbordaba sobre los campos. Pero no refrescaba. Era necesario hacer un esfuerzo casi consciente para respirar, y nadie podía trabajar en aquella atmósfera sofocante. La mayoría de los niños del harén estaban enfermos.
Tiy aguardaba el desembarco de la princesa instalada en su trono de ébano, junto al de su marido. A pesar de que su dosel le proporcionaba sombra y de que los abanicos de rojas plumas de avestruz se movían incesantemente sobre ella, sentía que su ropa estaba empapada de sudor y que el calor de las baldosas del suelo traspasaba sus suaves sandalias y le tostaba las plantas de los pies. Amenofis permanecía sentado, inmóvil, con el cayado, el desgranador y la cimitarra sobre las rodillas, y del borde de la doble corona le brotaban unos hilillos de sudor que corrían por su rostro. Tiy pensó que dormitaba. Frente a ellos el oleaje oscuro del agua golpeaba tentadoramente contra los escalones del embarcadero. El calor ahogaba el ruido de Tebas, al otro lado del río, y la multitud que se agolpaba en la orilla opuesta parecía formar parte de un tembloroso espejismo. Alrededor de ellos aguardaba la corte del faraón, con sus pelucas brillantes y sus resplandecientes vestiduras blancas; conversaban ociosamente y movían con aire displicente sus escobas engarzadas con piedras preciosas.
Tiy se sentía débil y mareada. A su izquierda, Ptahhotep, Si-Mut y otros sacerdotes de Karnak permanecían agrupados bajo su dosel, rodeados de una nube de incienso que aumentaba su malestar. Las esposas del harén, con Gilupkhipa entre ellas, estaban sentadas sobre la hierba, a la sombra de las paredes del palacio, y sus criados se movían entre ellas sirviéndoles bebidas frescas y dulces, mientras sus gatos y monos correteaban alrededor.
Por fin, un vigía lanzó un grito y Tiy levantó la vista. La barcaza real, de...




