García Pérez | Resucitó | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 128, 174 Seiten

Reihe: 100xUNO

García Pérez Resucitó

Lectura de los relatos evangélicos
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-1339-511-1
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Lectura de los relatos evangélicos

E-Book, Spanisch, Band 128, 174 Seiten

Reihe: 100xUNO

ISBN: 978-84-1339-511-1
Verlag: Ediciones Encuentro
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«Desde los inicios del cristianismo los seguidores de Jesús de Nazaret creen y anuncian que resucitó de entre los muertos y lo indican como el Salvador de toda la humanidad (...) De la realidad del suceso de la resurrección de Jesús depende nuestra salvación, el perdón de los pecados, la victoria definitiva sobre la muerte y el mal». El presente ensayo aborda, pues, el fundamento de la fe cristiana. José Miguel García centra la atención sobre las dificultades o extrañezas contenidas en los relatos evangélicos, que son los testimonios más explícitos acerca de lo que aconteció después de la muerte y sepultura de Jesús de Nazaret. «Esperamos que el estudio de estos relatos pascuales sea ocasión para conocer mejor a Jesús, penetrar en el misterio de su persona y crecer en la conciencia del bien inmenso que concede a todos los que le siguen: participar en su victoria sobre la muerte y el mal, al igual que tener parte en su humanidad, en ser ya en este mundo una creatura nueva».

José Miguel García Pérez (Madrid, 1951), sacerdote de Madrid, realizó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor de Madrid. Estudió en la Universidad de Comillas (sede de Cantoblanco) y en École Biblique de Jerusalén bajo la dirección del P. Pierre Benoit y, tras un año de permanencia en la Universidad Católica de Washington, obtuvo en 1984 el doctorado en Teología por la Facultad de Teología del Norte de España. En la actualidad es profesor en el Seminario Vescovile de Como. Colaborador de la revista Cuadernos de Evangelio y autor de varios artículos en la revista Estudios Bíblicos, es autor o coautor de trece obras de carácter especializado sobre el estudio del sustrato semítico en el Nuevo Testamento, publicadas en la colección Studia Semitica Novi Testamenti, editada por Encuentro desde el año 2000 y dirigida por él desde 2010. Además, publicó en 2007 en Encuentro Los orígenes históricos del cristianismo, obra de corte divulgativo que ha sido traducida a varios idiomas. Ha publicado además, entre otros títulos, La pasión de Cristo (2019).
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I. ¿EN QUÉ CONSISTIÓ LA RESURRECCIÓN DE JESÚS?

Los evangelios concluyen su testimonio con los denominados relatos pascuales, que están centrados en el hallazgo del sepulcro vacío y las apariciones de Cristo a sus seguidores después de su muerte en la cruz. La forma que tienen de expresarse sobre la resurrección de Jesús es bastante diferente a los milagros de resurrección: no se trata de la vuelta a la vida que experimentaron algunos muertos en virtud de la acción poderosa de Cristo. Los evangelios han recogido tres milagros de este tipo: la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,21-24.35-43; Mt 9,18-19.23-26; Lc 8,40-42.49-56), del hijo de la viuda de Naín (Lc 7,11-17) y de Lázaro (Jn 11,1-44). Estas resurrecciones son una vuelta a esta vida terrena, sujeta todavía a la muerte y a las necesidades propias de la condición humana, como manifiestan los mismos relatos. Así, por ejemplo, Jesús manda a Jairo y su mujer dar de comer a su hija; pone al muchacho adolescente bajo la custodia de su madre; manda desatar las vendas que envolvían el cuerpo de Lázaro y dejarle andar sin impedimento alguno. Este fenómeno extraordinario, por lo demás, era ya conocido en el judaísmo; basta leer 1 Re 17,17-23, donde se narra la resurrección del hijo de la viuda de Sarepta, realizado por el profeta Elías, o 2 Re 4,18-37, que relata la resurrección del hijo de la Sunamita, llevada a cabo por el profeta Eliseo. Es más, existen también relatos de resurrección de muertos fuera del judaísmo. Un buen ejemplo es el episodio de la resurrección de una joven, realizada por Apolonio de Tiana, un filósofo pitagórico que vivió en el siglo I5.

El acontecimiento de la resurrección de Jesús no pertenece a este tipo de narraciones; estamos ante un fenómeno absolutamente novedoso. En ella Cristo ha triunfado de forma definitiva sobre la muerte, pues vive para siempre. Es más, su cuerpo no está sometido a ninguna condición o limitación de este mundo, ya que no pertenece a esta tierra al haber sido exaltado junto al Padre. El Catecismo subraya esta diferencia: «La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naín, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena ‘ordinaria’. En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. Sigue siendo hombre, por tanto, con un cuerpo, pero glorioso. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo puede decir de Cristo que es ‘el hombre celestial’ (cf. 1 Co 15,35-50)»6. Como dice Pablo: «Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él […], vive para Dios» (Rm 6,9-10)7.

La resurrección de Jesús, por tanto, es un hecho único en la historia, no se trata de un mero retorno a la vida, sino de una glorificación, de un ser constituido Señor de todo lo creado. En palabras de H. Schlier: «En la resurrección de Jesucristo, Dios ha arrebatado del dominio de la muerte al que murió en la cruz y fue sepultado, y lo ha exaltado al poder y a la gloria de la vida otorgada por Dios, que es la vida en absoluto, sin adjetivos. La resurrección de Jesucristo es la subida de Jesucristo muerto al poder de la vida de Dios»8. Seguramente la afirmación más conocida del Nuevo Testamento que expresa esta realidad está contenida en el himno cristológico de la carta a los Filipenses: «Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre» (2,8-10)9. En este sentido, el acontecimiento de la resurrección de Jesús no pertenece a este mundo temporal, sino al más allá. Por eso, no se narra en ningún evangelio. Se adentra en el misterio de Dios. De lo que ocurrió en la sepultura previo a la visita de las mujeres nada dicen los evangelistas; solo el evangelio según Mateo narra, con un lenguaje más bien apocalíptico, la apertura de la tumba. Por lo demás, cualquier persona contemporánea podía ver aquellas personas que Jesús resucitó, mientras que el Resucitado fue visto solamente por sus seguidores porque se manifestó delante de ellos, se dejó ver y tocar solo por ellos.

En otras palabras, el acontecimiento mismo de la resurrección de Jesús no es un hecho verificable con los métodos históricos o científicos; no sucede en esta historia, ante los ojos de las personas. En el plano fenomenológico no se puede contemplar o constatar a Cristo resucitando como una puesta de sol o el vendedor que ofrece su producto en el mercado, pues no se puede captar por los sentidos. La resurrección de Jesús, al ser la victoria definitiva sobre la muerte y su glorificación celestial, excede el tiempo y el espacio; no está dentro de los parámetros del conocimiento humano. Es, por tanto, metahistórico. Como hemos dicho, no se trata de una vuelta a la vida pasada, sino de alcanzar la vida inmortal. Por ello, la naturaleza del evento de la resurrección de Jesús, su esencia íntima, no la puede conocer el hombre si no la da a conocer el mismo Resucitado. Nadie puede decir cómo sucedió en realidad este hecho, pues, como hemos dicho, el entrar en la vida eterna, el volver a la gloria celeste, no es perceptible a los sentidos humanos. Nos hallamos ante un evento real, pero que no se puede objetivar con los métodos de la ciencia positivista. Así pues, el estudio histórico se limita al testimonio de los hombres que afirmaron que Jesús había resucitado y algunas consecuencias que se derivaron de tal suceso.

En su libro sobre Jesús de Nazaret, Benedicto XVI explicita el carácter único de la resurrección de Jesús con estas palabras: «La resurrección de Jesús ha consistido en un romper las cadenas para ir hacia un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley del devenir y de la muerte, sino que está más allá de eso; una vida que ha inaugurado una nueva dimensión del ser hombre. Por eso, la resurrección de Jesús no es un acontecimiento aislado que podríamos pasar por alto y que pertenecería únicamente al pasado, sino que es una especie de ‘mutación decisiva’ (por usar analógicamente esta palabra, aunque sea equívoca), un salto cualitativo. En la resurrección de Jesús se ha alcanzado una nueva posibilidad de ser hombre, una posibilidad que interesa a todos y que abre un futuro, un tipo nuevo de futuro para la humanidad»10.

1. Objeciones modernas al acontecimiento de la resurrección

Algunos estudiosos modernos se resisten a aceptar que la resurrección haya sucedido en realidad, que el cadáver de Jesús enterrado en la tumba nueva de José de Arimatea haya sido resucitado de forma prodigiosa; prefieren considerar estos relatos como expresión «mítica» del triunfo de Jesús en la fe de los discípulos. Dado que ha tenido un gran influjo en la exégesis, nos detendremos únicamente en la interpretación de Rudolf Bultmann. El exegeta alemán afirma que la resurrección de Jesús no pudo ser un evento histórico, pues es imposible que un cadáver vuelva a la vida. Los textos neotestamentarios no intentan narrar lo que sucedió en la tumba de Jesús, ni siquiera se interesan en ello, sino en lo que sucedió a los apóstoles después de la muerte de Jesús. En realidad, esos relatos serían la expresión del significado de la cruz: creer en la resurrección es reconocer la muerte de Cristo como evento salvífico. De este modo, lo único que sería histórico es el anuncio que sus discípulos hicieron ante sus contemporáneos, pues estaban convencidos de que Jesús no podía ser vencido por la muerte. Por tanto, la resurrección aconteció en el kerigma de la Iglesia. Es decir, la resurrección se cumple en aquel hombre que acogiendo la predicación cristiana trata de vivir según Dios11.

Según el parecer de este estudioso, la resurrección de Jesús no es un acontecimiento histórico que podamos estudiar ni demostrar. Se cree en la resurrección sin apoyo alguno, por pura fe, que nace de acoger el anuncio de que en la muerte de Cristo en la cruz se concede la salvación. Creer en Jesús resucitado no es otra cosa que acoger la eficacia salvífica de la cruz. La resurrección es un evento escatológico, en el sentido de que Dios actúa renovando la existencia humana, como sucedió a los apóstoles. Afirma Bultmann: «En la predicación, Cristo se encuentra con nosotros como crucificado y resucitado. Se encuentra con nosotros en la palabra de la predicación, y en ningún otro sitio. La fe pascual es en realidad ésta: fe en la palabra de la predicación»12. Así pues, no le interesa el acontecimiento, la intervención de Dios en el cadáver enterrado, sino en el creyente. Se despreocupa y niega la dimensión real y verídica del hecho histórico a favor de la dimensión existencial en el creyente.

Heinrich Schlier, comentando esta explicación de Bultmann, concluye que esta interpretación de la resurrección de Jesús supone un prodigio no menor que el afirmado por los discípulos de Jesús: «¿De dónde nace la enigmática fe que —en el kerigma— cree en su presencia? […] ¿Cómo...



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