G. Parente / M. Pascual | Imperio | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 672 Seiten

Reihe: TBR

G. Parente / M. Pascual Imperio


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19621-29-0
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 672 Seiten

Reihe: TBR

ISBN: 978-84-19621-29-0
Verlag: TBR Editorial
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El Edificio Imperio ha abierto sus puertas. En él se lleva a cabo la competición en directo más importante del mundo, y para ganarla solo hay que hacer dos cosas: formar parte de sus juegos y conseguir que toda la gente posible se fije en ti.Dana Shifter no quería asistir, al contrario que su hermana pequeña, Liv, que tiene claro que quiere ganar. Ganar es lo que desea también Evan Walker, que quedó segundo en la pasada edición y este año aspira al primer puesto; aunque la favorita del público es Bianca Fiore, su enemiga declarada desde antes incluso de empezar.Este también es el segundo año de Félix Oliveira, que tiene muy claro que no va a repetir errores del pasado. En cambio, quienes están preparados para cometer todos los errores que haga falta, empezando por entrar en el programa fingiendo una relación que ya no tienen, son Sasha y Asher.Y luego está Blake. Ella ni siquiera debería haber entrado en Imperio, pero está dispuesta a llegar a la cima cueste lo que cueste.¿Y tú? ¿A quién vas a mirar?

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Dana

Sadie Craft fue elegida presidenta cuando yo tenía diez años, así que apenas recuerdo cómo era el mundo antes de que estuviera en el poder, del mismo modo que ya nadie recuerda cómo eran las cosas antes de que existiera la separación entre Testigos e Iconos. Sí que guardo la imagen, sin embargo, de mis padres celebrando la victoria de la mujer igual que si los hubieran votado a ellos. Recuerdo a mi madre reírse, decir que era increíble y mirarme con orgullo:

–Algún día, esa podrías ser tú.

Me impactó que me dijera eso. Que creyera que podía llegar tan alto, que pudiera verme de pie en aquel escenario, dando un discurso digno de una vencedora. Sadie era perfecta, preciosa e inteligente, directa y con los suficientes seguidores fieles como para haber aplastado al resto de competidores en la carrera presidencial. Era un Icono de la cabeza a los pies, hecha para estar delante de las cámaras y no perder la sonrisa pasase lo que pasase. Transmitía... paz, no importaba lo que dijera. Transmitía cercanía, incluso si sabías que siempre estaría por encima de ti y que su nuevo cargo la convertía en poco menos que una diosa.

Empezaron a llamarla «la Emperatriz» porque parecía que había conquistado a todo el mundo. Antes de llegar a presidenta, había heredado Pandora y había empezado a hacer cambios en la red social para que los Iconos contaran con más y más privilegios cada vez. Por supuesto que ganó. Tenía en sus manos la aplicación que definía todo nuestro mundo: lo extraño había sido que, durante tanto tiempo, el gobierno y Pandora hubieran sido cosas relacionadas pero separadas. Elegirla como presidenta significaba echar abajo esa pequeña separación. Y, de alguna forma, convenció no solo a los Iconos de que era una buena idea, sino también a los Testigos, porque había algo en Sadie que atraía y, al mismo tiempo, hacía pensar que, con ella al cargo, todo el mundo tendría más poder.

Supongo que por eso a la gente le gustó la idea del Edificio Imperio, que se inauguró para el segundo aniversario de Sadie en la presidencia. Los Iconos siempre habíamos sido reverenciados: gente a la que seguir, algo a lo que aspirar... Pero ella llevó todo eso a un nuevo nivel al crear el estatus de Imperial. Le dio el poder a los Testigos, les dijo que merecían tomar más decisiones, y organizó la competición. Les preguntó a ellos específicamente quiénes consideraban que eran los treinta Iconos más importantes e invitó a los seleccionados a participar en su juego. El premio era claro: formar parte de una nueva clase que mantendría cerca de ella, una especie de consejo al que cualquiera podría llegar con el esfuerzo suficiente. Les prometió una vida resuelta para siempre, un hogar en el complejo presidencial y más poder y dinero del que una persona puede llegar a necesitar en su vida. La idea era, también, que de los Imperiales salieran los próximos candidatos a dirigir el país: candidatos que habrían sido más que probados y conocidos por todo el mundo.

Los Iconos ya éramos considerados por muchos como una especie de nobleza del siglo XXII, pero fue Sadie Craft quien decidió que podía convertir esa idea en algo real y al alcance de cualquiera: solo necesitabas tener el número suficiente de visualizaciones para ser un Icono especialmente relevante y, una vez dentro del Edificio Imperio, llamar la atención más que nadie.

Durante las cinco semanas y media que duró la primera edición de la competición, nos tuvo a todos pendientes de lo que ocurría entre aquellas altas y cambiantes cuatro paredes.

Yo también me enganché: por aquel entonces solo tenía doce años, pero la mirada de todo el mundo estaba puesta sobre Imperio y que no quería ser menos. Como mis padres no me dejaban sentarme con ellos a verlo, me las ingenié para seguir el programa como pude: por clips en Pandora y con todos los resúmenes que estaban disponibles para quien supiera buscar. Me fascinaron las idas y venidas de los Iconos, los romances, las alianzas y las traiciones, lo que la gente decía de los concursantes.

Para la segunda edición, me obsesioné por completo. La primera noche, el día de la inauguración, me quedé despierta hasta la madrugada, tapada hasta la coronilla en un intento de que mis padres no descubrieran que no me había ido a dormir cuando debía. Veía el programa todos los días, participaba en las votaciones siempre que podía, me metía al chat en cada rato libre. Al tercer día de competición, empecé a hacer vídeos y directos en los que analizaba todo y apoyaba a mis Iconos favoritos o reaccionaba a las pruebas. Mis padres estaban encantados, aunque al principio tuvieron dudas sobre si dejarme hacer un contenido tan distinto al que acostumbraba, siempre siguiendo el guion que ellos daban y acompañada de Liv.

Los números que hacían esos directos importaron mucho más que cualquier otra cosa.

Sea como sea, tenía trece años y la idea de llegar a ser Imperial era algo que me fascinaba. Soñaba con que me llegaba una invitación y me convertía en la participante más joven de su breve historia. Me montaba escenarios en mi cabeza sobre todo lo que haría, las formas en las que llamaría la atención, en qué gastaría el dinero del premio y cómo me ganaría la confianza de Sadie Craft. Las palabras de mi madre sobre que algún día podría ser ella se habían quedado en mi cabeza, aunque lo que más deseaba era aparecer junto a Sadie en los actos públicos, verla trabajar, que me mirase con el respeto de una igual. Al fin y al cabo, si llegaba hasta ella sería tras pasar por el Edificio, tras demostrar mi valía. Y tenía tan claro que podría hacerlo muchísimo mejor que los participantes que estaban en aquel momento allí...

Pero en la cuarta edición ocurrió lo de Nicholas Martin. Hasta ese momento, Imperio me había parecido un juego. Algo sin peligro real. Había pruebas, había gente haciéndose daño, pero no de verdad.

Y entonces Nicholas murió en directo.

Supongo que, en perspectiva, tenía que pasar tarde o temprano. Recuerdo tratar de analizar cómo había sucedido mientras él se desangraba en el suelo, a pesar de los intentos de algunos de sus compañeros por detener la hemorragia. Algo dentro de mí me exigía que apartara la vista, pero yo no podía dejar de mirar al tiempo que me preguntaba cómo era posible que algo así estuviera ocurriendo.

El programa no prestó ninguna ayuda a Nicholas. La regla principal es que nada ni nadie debe interferir en la vida del Edificio.

Pensé mucho en qué debía de estar pasando por la cabeza de aquel Icono mientras se desangraba. Mientras entendía, en los pocos segundos de conciencia que tuvo antes de morir, que su vida se estaba acabando. Estoy segura de que no era lo que había esperado, que ni siquiera se le había ocurrido que pudiera pasar algo así: Nicholas probablemente había concebido Imperio como un juego, igual que yo en aquel entonces. Era un Icono que había llegado a la cima en un par de años con el mismo esfuerzo que yo ponía cada día en mis vídeos y directos; puede que incluso más. Había sentido una conexión con él de inmediato, porque hablaba de su carrera en Pandora con humildad y un poco de reverencia. Tenía dieciocho años recién cumplidos.

Los mismos que tengo yo hoy.

Y, como él en su día, aquí estoy yo, en Imperio.

Miro al resto de Iconos que se reparten por la azotea del rascacielos, tratando de recordar o adivinar quién es quién antes de que todo empiece. Fuera del Edificio, el sistema de mi visor me ayudaría a reconocer las caras de quienes están a mi alrededor. Una vez dentro, sin embargo, jugamos con otras reglas y los visores que nos han dado para las próximas semanas están capados, con funcionalidades muy limitadas y sin acceso a la mayoría de aplicaciones habituales. Es casi como estar ciega, y me pregunto cómo pueden vivir los Desconectados con menos incluso que esto, sin recibir información constante, sin poder consultarlo todo con un simple parpadeo, sin tener varias pantallas abiertas a la vez para ver mucho más que lo que está ante ti.

A mi lado, Liv se revuelve, intranquila, deseando apartarse de mí pese a que ya le he dicho que tiene que permanecer cerca. Lo suficiente, al menos, como para que pueda protegerla si algo pasa. Ella sí es la participante más joven de Imperio. Ella, que tiene ahora la misma edad que tenía yo cuando Imperio empezó, todavía se emociona con la competición y la vive con ganas. Ella, que prácticamente no recuerda un mundo sin que cada año se elija a un nuevo Imperial, me lo ha contado todo sobre la edición anterior, porque yo me negué a ver nada del programa.

–¿Estás nerviosa? –me pregunta.

Estoy aterrada, pero sé que se burlará de mí si se lo digo. Me dirá que no debería estar más asustada que mi hermana pequeña y que, si iba a estar así, mejor habría sido que la hubiera dejado venir con papá o mamá. Pero no podía hacer eso, aunque ella no lo entienda.

–Estoy un poco... deslumbrada –miento–. No sé a quién mirar.

–¡Yo tampoco! ¿No te parece alucinante que estemos aquí? ¿Has visto lo guapa que va Bianca Fiore? –Y un poco más bajo, como si fuera un secreto–: ¿Has visto cómo se han mirado ella y Evan...



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