E-Book, Spanisch, 320 Seiten
Fuller Nuestros días serán infinitos
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8764106-1
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 320 Seiten
ISBN: 979-13-8764106-1
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Claire Fuller (1967, Oxfordshire, Inglaterra) estudió escultura en la Escuela de Arte de Winchester, obtuvo un máster de Escritura Creativa y Escritura Crítica por la Universidad de Winchester y comenzó su carrera como escritora a la edad de cuarenta años. Sus novelas han recibido una excelente acogida y se han traducido a más de veinte idiomas: Nuestros días serán infinitos, que publicamos ahora en Impedimenta, fue ganadora del premio Desmond Elliott a mejor debut literario en 2015; Swimming Lessons (2017) obtuvo el premio Livre de Poche en Francia; Naranjas amargas (2018) fue preseleccionada para el International Dublin Literary Award y Tierra inestable (2021; Impedimenta, 2023) obtuvo el Costa Novel Award, y fue preseleccionada para el Women's Prize for Fiction. Sus cuentos han sido publicados en varias revistas literarias: «Baker, Emily and Me» ganó el concurso BBC Opening Lines de 2014, y «A Quiet Tidy Man» ganó el premio de la Royal Academy en la categoría de relatos. La memoria de los animales (2023; Impedimenta, 2024) es su novela más reciente. Actualmente Claire Fuller vive en Winchester.
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2
El verano en que fue tomada la foto, mi padre reacondicionó la bodega para convertirla en un refugio nuclear. No sé si hablaría de sus planes con Oliver Hannington aquel junio, pero los dos pasaron mucho tiempo al sol en el jardín, hablando, fumando y riéndose.
En mitad de la noche, la música de Ute, cadenciosa y melancólica, flotaba por todas las habitaciones de la casa. Yo me daba la vuelta en la cama, debajo de la única sábana, pegajosa por el calor, y la imaginaba sentada al piano, a oscuras, con los ojos cerrados y meciendo el cuerpo, fascinada por sus propias notas. A veces la oía mucho después de que hubiera cerrado la tapa del piano y hubiera vuelto a la cama. Mi padre tampoco dormía bien, pero creo que eran sus listas las que lo mantenían despierto. Me lo imagino estirándose para coger la libreta y el lapicerito que guardaba bajo la almohada, del que solo quedaba el cabo. Sin encender la luz, escribiría: «1. Lista general (3 personas)» y lo subrayaría.
Cerillas, velas
Radio, pilas
Papel y lápices
Generador, linterna
Botellas de agua
Pasta de dientes
Tetera, tazas
Sartenes, cuerda, bramante
Algodón, agujas
Eslabón de acero, pedernal
Arena
Papel higiénico, desinfectante
Cubo con tapa
Las listas parecían poemas, a pesar de que la letra de mi padre era una versión infantil de los frenéticos garabatos que haría después. A menudo las palabras que escribía a oscuras estaban lejos unas de otras, o se amontonaban, como si se pelearan por el espacio en su cabeza noctámbula. Otras listas, cuando se quedaba en duermevela, se salían de la página. Todas eran para el refugio nuclear: artículos imprescindibles que permitirían sobrevivir a su familia bajo tierra durante días, incluso semanas.
En algún momento del tiempo que pasó con Oliver Hannington en el jardín, mi padre decidió equipar la bodega para cuatro personas. Empezó a incluir a su amigo al calcular la cantidad de cuchillos y tenedores, vasos metálicos, ropa de cama, jabón, comida, hasta de rollos de papel higiénico. Yo estaba sentada en las escaleras, escuchándolo contarle a Ute sus planes en la cocina.
—Si tienes que montar todo este lío, tendría que ser solo para nosotros tres —se quejaba ella. Se oyó cómo él recogía los papeles—. No me gusta que incluyas a Oliver. No es de la familia.
—No pasa nada por una persona más. Además, no se pueden comprar tres literas —decía mi padre. Lo oía dibujar mientras hablaba.
—No lo quiero ahí abajo. No lo quiero en casa —dijo Ute. El trazo del lápiz sobre el papel se detuvo—. Está enjatusando a la familia. Me pone del nervio.
—Engatusando y de los nervios. —Mi padre se echó a reír.
—De los nervios. ¡Pues vale, de los nervios! —A Ute no le gustaba que la corrigieran—. Preferiría que ese hombre no estaría en mi casa.
—Ah, vale, ya estamos con lo de siempre. Tu casa. —Mi padre subió la voz.
—La he pagado con mi dinero. —Desde las escaleras, escuché el chirrido de una silla contra el suelo.
—Ah, claro, demos gracias por el dinero de la familia Bischoff, que financia a la famosa pianista. Señor, no nos permitas olvidar lo mucho que trabaja —dijo mi padre. Me lo imaginaba inclinando la cabeza y juntando las palmas de las manos.
—Por lo menos trabajo. ¿Qué haces tú, James? Te pasas el día tirado en el jardín con ese amigo americano tan tóxico.
—Oliver no tiene nada de tóxico.
—Hay algo raro en él, pero tú no te das cuenta. Solo nos traerá problemas. —Ute salió dando zancadas de la cocina y entró en el salón. Yo arrastré el culo un escalón más arriba, temerosa de ser descubierta.
—¿De qué servirá tocar el piano cuando llegue el fin del mundo? —gritaba mi padre detrás de ella.
—¿De qué servirán veinte latas de carne de cerdo, eh? ¡Dime! —Ute también gritaba. Se oyó un golpe en la madera cuando abrió la tapa del teclado y empezó a tocar un acorde menor con las dos manos. Las notas se apagaron y gritó—: ¡Peggy nunca comerá carne enlatada! —Y aunque nadie me veía, me tapé la boca con la mano y sonreí. Ute tocó la sonata n.º 7 de Prokofiev a toda pastilla. Me imaginé sus dedos como garras deslizándose por el marfil.
—¡Aún no llovía cuando Noé construyó el arca! —bramó mi padre.
Más tarde, cuando ya me había vuelto a la cama sin hacer ruido, la discusión y la música del piano cesaron. Pero entonces empezaron otros sonidos que casi parecían de dolor, aunque, a pesar de tener solo ocho años, sabía que significaban otra cosa.
En una lista aparecía la carne de cerdo enlatada. Se titulaba «5. Comida, etc.». Debajo del título, mi padre había escrito: «15 calorías por cada medio kilo de peso, dos litros de agua al día, medio tubo de pasta de dientes al mes».
60 litros de agua
10 tubos de pasta de dientes
20 latas de caldo de pollo concentrado
35 latas de judías estofadas con tomate
20 latas de carne de cerdo
Huevo en polvo
Harina
Levadura
Sal
Azúcar
Café
Galletas saladas
Mermelada
Lentejas
Alubias
Arroz
Los artículos estaban relacionados unos con otros, como si mi padre se hubiera puesto a jugar a las palabras encadenadas o algún juego parecido él solo: saladas rimaba con mermelada, que le hacía pensar en pan, y eso lo llevaba a añadir la levadura y la harina.
Puso un suelo nuevo de hormigón en la bodega, reforzó los muros con acero e instaló unas baterías que se recargaban para todo el día pedaleando en una bici estática durante dos horas. Hizo sitio para dos fogones de butano y encajó en unos huecos las literas equipadas con colchones, almohadas, sábanas y mantas. En el centro de la habitación colocó una mesa blanca de melamina con cuatro sillas a juego. Las paredes estaban forradas con estanterías que mi padre llenó de comida y bidones de agua, utensilios de cocina, juegos y libros.
Ute se negaba a participar. Cuando volvía a casa de la escuela, me decía que había pasado el día ensayando al piano «mientras tu padre hacía el tonto en la bodega». Se quejaba de que se le estaban agarrotando los dedos de no practicar, de que le dolían las muñecas y de que estar todo el día agachada para cuidarme le había afectado a la postura para tocar. Yo no le preguntaba por qué ahora tocaba menos que antes.
Cuando mi padre emergía de debajo de la cocina, con la cara roja y la espalda desnuda y brillante, parecía que se iba a desmayar. Bebía agua directamente del chorro del fregadero, metía la cabeza debajo del grifo y se sacudía el pelo como un perro, intentando hacernos reír a Ute y a mí. Pero ella se limitaba a poner los ojos en blanco y volvía a su piano.
Cuando mi padre invitaba a los miembros de los Refugionistas del Norte de Londres a las reuniones que organizaba en casa, me dejaba abrir la puerta principal y ver a la media docena de tipos peludos que entraban solemnes al salón de Ute. Me gustaba que nuestra casa estuviera llena de gente y de conversaciones, y me quedaba allí hasta que me mandaban a la cama, intentando seguir sus discusiones de las probabilidades estadísticas, las causas y las consecuencias de lo que llamaban «el puto apocalipsis». Si no era porque «los putos rusos» tiraban una bomba atómica y arrasaban Londres avisando solo con unos minutos de antelación, serían las tuberías del agua contaminadas con pesticidas o un colapso de la economía mundial que atestaría las calles de saqueadores hambrientos. A pesar de que Oliver bromeaba con que los británicos íbamos tan por detrás de los americanos que cuando llegara la catástrofe nosotros aún iríamos en pijama mientras que ellos llevarían horas despiertos, protegiendo sus casas y sus familias, mi padre estaba orgulloso de que su grupo fuera uno de los primeros de Inglaterra —tal vez el primero— en reunirse para hablar del preparacionismo. Pero Ute se enfurruñaba porque no podía ensayar al piano con ellos por allí holgazaneando y sin parar de fumar hasta las tantas de la madrugada. A mi padre le gustaba discutir y sabía mucho del asunto. Corría el alcohol, y cuando ya llevaban unas cuantas horas y habían repasado todos los puntos de la agenda, las reuniones dejaban de ser conversaciones civilizadas para convertirse en broncas, y la voz de mi padre se alzaba por encima de las demás.
El ruido hacía que apartara la sábana y bajara descalza a hurtadillas a asomarme a la puerta del salón, donde me llegaba flotando el olor a humanidad que desprendían sus cuerpos, a whisky y a tabaco. En mi memoria, mi padre se inclina hacia delante dándose golpecitos en la rodilla, o apagando el cigarro de modo que la colilla ardiente sale despedida del cenicero y chamusca la alfombra llenándola de agujeritos o quema el suelo de madera. Ahí está él, de pie, con las manos tensas y los brazos pegados al cuerpo como si estuviera luchando contra el impulso de soltar un puñetazo al primero que se levantara y le llevase la contraria.
Nadie esperaba a que el otro dejara de hablar; no era un debate. Igual que las listas de mi padre, los hombres se pisaban con sus gritos, interrumpiéndose y poniendo pegas.
—Será un desastre natural, te lo digo yo: un maremoto, inundaciones, un terremoto… ¿De qué te va a servir el refugio, James, cuando tú y tu familia estéis enterrados vivos?
La idea...




