François | La senda de las nubes | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 123, 312 Seiten

Reihe: El Ojo del Tiempo

François La senda de las nubes

Historias de la antigua sabiduría china
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18708-00-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Historias de la antigua sabiduría china

E-Book, Spanisch, Band 123, 312 Seiten

Reihe: El Ojo del Tiempo

ISBN: 978-84-18708-00-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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Catherine François trae a escena a unos héroes culturales casi desconocidos en Occidente, cuyas vidas constituyen fragmentos relevantes de la historia de China y un verdadero ejemplo de sabiduría. Con erudición rigurosa, Catherine François expone en este libro las sutiles relaciones que existen entre las tres grandes escuelas del pensamiento chino, que se suelen presentar como corrientes opuestas: el confucianismo, el taoísmo y el budismo chan. Uno de los principios que se perpetúan a lo largo de los siglos en estas tres enseñanzas se podría resumir de este modo: nadie te puede enseñar tu propia senda (el Tao) y la bondad se alcanza sin necesidad de meditar acerca de ella. Con el propósito de ilustrar el hecho de que la doctrina en sí tiene un escaso valor y que la experiencia individual es todo lo que cuenta, el texto narra en cuatro capítulos la historia de personajes emblemáticos en el transcurso de distintas épocas. La autora utiliza la imaginación para volver a insuflarles vida sin dejar de mantenerse fiel al pasado histórico. La senda de las nubes aspira a encarnar la historia de estas ideas a base de fusionar la emoción poética con el deseo de llegar a la verdad propio de un historiador, y lo hace con un estilo refinado y conciso, compatible con las fuentes originales del pensamiento chino.

Catherine François (París, 1953), licenciada en Letras Francesas por La Sorbona y por la Universidad Complutense de Madrid. Reside desde 1975 en España. En 1985 se interesó por la poesía y el pensamiento de la antigua China. En 1999 publica Caminos bajo el agua, donde recrea las leyendas en torno al río Amarillo y el pensamiento taoísta. En 2004 publicó L'arbre absent, sus memorias acerca del aprendizaje del lenguaje durante la infancia, editadas después en España (El árbol ausente, 2009). En 2014 publicó Los reyes poetas, obra que contiene los relatos dramatizados Al-Mutasim de Almería y Las pasiones de al-Mutamid. Ha traducido al francés los Sonetos de Garcilaso de la Vega. En la actualidad prepara una colección de relatos.
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III

Confucio, con la mirada vuelta hacia el oeste, habló a sus discípulos: «Hoy en día ningún país puede garantizar que no será atacado por su vecino. Los príncipes de Lu y de Wei tienen por antepasado común al buen rey Wen, que dio origen a la dinastía Zhou, y ambos países son como hermanos. Así que iremos a Wei».

Cuando alcanzaron la pequeña ciudad de Kuang, en la frontera con Wei, fueron detenidos por los habitantes, quienes creyeron reconocer en ellos al intendente rebelde del ministro Ji Huanzi y su tropa, que habían atacado la ciudad. Confucio fue arrestado y retenido en cautiverio. Sus discípulos llegaron a temer que fuera ejecutado. Confucio los reconfortó así:

—Hijos míos, tened confianza y considerad esto: si la sabiduría de los Antiguos Soberanos hubiera sido llamada a desaparecer, no me habría guiado hasta ahora. Lo que yo os enseño siempre ha existido, no soy el creador sino el transmisor. Si nadie ha podido destruirlo, ¿qué tengo que temer de esta gente?

Los discípulos consiguieron que lo liberasen. Yan Hui, que había permanecido oculto, se les unió un poco más tarde. Confucio se acercó a él y estrechando las manos de su discípulo entre las suyas, le dijo:

—Yan Hui, ¡pensé que habías muerto!

Yan Hui, con lágrimas en los ojos y una sonrisa, contestó:

—Maestro, sabiendo que estáis vivo, ¿cómo me atrevería a morir?

Llegado a la capital del pequeño principado de Wei, Confucio se sorprendió al encontrar una ciudad tan poblada. Ran Qiu, que conducía su carro, le preguntó:

—Una vez que la población ha aumentado, ¿qué podemos hacer para mejorar su situación?

—Debemos proporcionarle recursos.

—Y cuando a la gente no le falta nada, ¿qué podemos hacer por ellos?

—Necesitan ser educados. Tú, que un día serás llamado a servir a los poderosos, debes saber esto: si un gobernante instruyera a su pueblo en la sabiduría, al cabo de siete años el pueblo podría vivir con dignidad aunque tuviera que ir a la guerra, pero llevarlo a la lucha sin haberlo entrenado en la virtud sería conducirlo a su ruina. La sabiduría que hace que un hombre sea digno de ese nombre es lo que el pueblo necesita más que el agua y el fuego. Puedes morir cruzando el agua o el fuego, pero nunca he visto morir a nadie por seguir el camino de la virtud.

Ran Qiu, siempre deseoso de aprender, le preguntó de nuevo:

—Maestro, esa virtud de la que el pueblo no puede prescindir, ¿en qué se diferencia de la de los grandes oficiales que están por encima de él?

—Los hombres tienen una misma naturaleza y solo por la práctica se diferencian. Que la virtud de la humanidad adquiera un sentido absoluto y una forma perfecta es deber de todos. La pobreza y la humillación no son cosas envidiables, pero valen más que traicionarse a uno mismo. En cuanto a las riquezas y los honores, son cosas que todos desean, pero es mejor renunciar a ellas que obtenerlas mediante acciones injustas.

El príncipe Ling conocía bien la reputación de Confucio y lo acogió cordialmente, aunque su moralidad iba en contra de los principios de su huésped. Un día que el príncipe salía, hizo subir en su carro a un eunuco y a su concubina Nanzi, sospechosa de mantener relaciones incestuosas con su hermano. Confucio fue invitado a formar parte del cortejo para seguir al príncipe hasta la plaza del mercado. El Maestro, indignado al verse en tan mala compañía, decidió marcharse. Dijo a sus discípulos: «El carro que porta la insignia del príncipe es más valioso que los que van en él. Si el príncipe no se comporta como tal y no respeta las reglas, ¿cómo voy a seguirlo?».

Confucio se despidió entonces del príncipe Ling tras haber pasado diez meses en Wei y se dirigió a Zheng, un pequeño estado vecino, para luego ir al principado de Chen. Cuando llegaron a la puerta del Este de la capital de Zheng, Zigong se dio cuenta de que su maestro no estaba con ellos y empezó a buscarlo. Un comerciante de la ciudad se le acercó y le comentó: «Hay un anciano extraño allí. Tiene la frente de un hombre sabio, la apariencia de un juez y la talla de un soberano de antaño. Ahí está, solo, indeciso como un perro en casa de un hombre muerto». Cuando Zigong se reunió con su maestro, le transmitió estas palabras. Confucio dijo riendo: «Ese buen hombre no debería fiarse de las apariencias. Sin embargo, decir que parezco un perro en busca de su amo es del todo correcto».

En el principado de Lu, durante el decimocuarto otoño de su reinado murió el príncipe Ding. Llegada la primavera, le sucedió el príncipe Ai.

Al pasar por el país de Song, Confucio y sus discípulos se vieron obligados a huir de los soldados enviados contra ellos por el ministro de la Guerra de ese principado, quien temía que la influencia del Maestro provocara su destitución. Viendo a sus compañeros sumidos en la tristeza, Confucio quiso distraerlos y preguntó:

—Si quisiera viajar por mar, ¿quién me seguiría? ¿Zilu tal vez?

Zilu asintió con entusiasmo:

—Podéis contar conmigo, Maestro, estaría dispuesto a construir una barca con mis propias manos.

—Ah, Zilu, me superas en valentía, pero si tuvieras un poco más de juicio no necesitarías barca.

Zixia entonces intervino:

—¿Qué debemos hacer en las circunstancias adversas? ¿Es mejor escapar o luchar por nuestros principios?

El Maestro, sin abandonar su tono amistoso, respondió con voz lenta y convencida:

—He conocido hombres lo suficientemente modestos como para retirarse de la vida pública, otros lo suficientemente valientes como para enfrentarse a la muerte, pero pocos que sepan mantenerse en su lugar, rectos y firmes, imperturbables tanto en la felicidad como en la desgracia. El sabio es un sabio, no es ni un cobarde ni un héroe, simplemente se adapta a las circunstancias que se le imponen. Si posee riquezas y honores, actúa como corresponde a un hombre afortunado. Si se encuentra en peligro, actúa como un hombre en aprietos. Pase lo que pase, se mantiene sereno y dichoso porque no necesita nada, posee en su interior un tesoro que nadie puede arrebatarle.

Zigong, siempre dispuesto a resolver problemas, preguntó:

—¿Es todo lo que hace falta saber para enfrentarse al peligro?

Confucio, mirándolos uno a uno, dijo:

—¿Creéis que os estoy ocultando algo? No, no me guardo nada. Todo lo que he aprendido lo enseño. Todo lo que enseño lo pongo en práctica y lo comparto con vosotros.

Ran Qiu suspiró:

—Vuestra sabiduría es admirable, pero temo no tener fuerzas suficientes para aplicarla.

—Hay hombres llenos de buenas intenciones que siguen la Senda y caen exhaustos a mitad de camino, tú te impones límites antes incluso de empezar. Escucha esto: aquel a quien el Cielo ha dotado de buenas cualidades al nacer llega a su meta sin esfuerzo, pero yo no soy uno de ellos. Procuro desarrollar mis cualidades y corregir mis defectos. Lo que no sé me esfuerzo por aprenderlo. Lo que he aprendido no lo abandono y hago todo lo que puedo para ponerlo en práctica. Aquello que los mejores consiguen de inmediato intento adquirirlo diez veces, veinte veces si es preciso, hasta que pueda lograrlo. Cuantas veces caigo, otras tantas me levanto. Ah, Qiu, la perfección es un pesado fardo que el sabio arrastra toda su vida y el camino es largo, créeme. Alcanzar la virtud de la humanidad es una empresa ardua, pero para aquel cuya naturaleza es ser sabio no hay nada más fácil. Por eso los Antiguos decían: para el hombre que la lleva en el corazón la perfección es tan ligera como una pluma, pero aquellos que quieren adquirirla apenas tienen fuerza para levantarla.

Zilu, exaltado por este discurso, profirió:

—¡Ponedme a prueba! Estoy dispuesto a ir hasta el límite de mis fuerzas y a morir si es necesario en el camino de la perfección.

Confucio le reprendió suavemente:

—Tu ardor prendería fuego a la montaña y secaría los ríos. Terminarías con toda la caza y con los peces en un día. ¿No ves que al sobrepasar los límites dejas atrás lo esencial?

—¿Qué es lo esencial, Maestro, y cómo alcanzarlo?

—Es lo que te permite llegar a lo más lejano, a lo más alto, a lo más profundo sin tener que moverte. Esta fuerza serena se adquiere adaptándose al cambio sin cambiar uno mismo.

Yan Hui, el de mirada profunda, exclamó:

—¡Qué grande es la Senda del Maestro!, cuanto más la considero, más elevada me parece. Cuanto más trato de entenderla, más honda resulta ser y cuando pienso que la veo delante, la tengo detrás de mí. El Maestro nos guía pacientemente, él me ha empujado a estudiar, si ahora quisiese renunciar a todo esto no podría hacerlo. Cuando me siento exhausto veo de nuevo algo frente a mí, como una montaña que me atrae y que no podría escalar sin ayuda.

Confucio lo contempló por un momento en silencio y dijo en voz baja:

—Lo que acabas de describir, Hui, esa virtud genuina que a la vez te empuja y te parece lejana, es la naturaleza misma de la virtud humana que cada uno de nosotros posee. El deber de todo hombre es perfeccionarla, una tarea que solo termina con la vida. En su más alto grado, alcanza el Cielo y la Tierra, es aquello hacia lo que tendemos, pero no creas que es inaccesible, pues podemos tender hacia ella porque está ya en nosotros. Debes saber una cosa: no es la Senda lo que engrandece al hombre, sino el hombre el que engrandece la Senda.

Después de pasar tres años en...



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