Franco | La vida de Jesús según Juan | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 124, 276 Seiten

Reihe: 100xUNO

Franco La vida de Jesús según Juan


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-1339-504-3
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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ISBN: 978-84-1339-504-3
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Este ensayo de Mons. César Franco ofrece con estilo diáfano y apasionado una introducción a la vida de Jesús narrada en el evangelio de Juan, que permite al lector acceder al texto sin complicaciones, puesto que con bastante frecuencia se tiene dificultad para entender este evangelio tan diferente de los sinópticos debido a su estructura y estilo literarios y al contenido de los discursos de Jesús. Dividido en dos partes, la primera presenta claves de lectura para el evangelio, y la segunda, un comentario a los veintiún capítulos que lo conforman. Se trata de un evangelio cuya originalidad y belleza, según el autor, radican en que Juan narra la vida de Jesús a partir de su preexistencia y encarnación. Además, Juan se presenta como testigo ocular de los acontecimientos. Según Franco, «la originalidad de Juan estriba en el atrevimiento teológico y literario de componer su obra desde 'el principio', que no es el comienzo de la historia terrena de Jesús, sino de su ser en el Padre desde toda la eternidad. Esta es su genial visión, la desmesura -si podemos hablar así- de su pretensión creadora. Bendita desmesura, desde luego».

César A. Franco Martínez (Piñuecar, Madrid, 1948), obispo de Segovia, es doctor en teología por la Universidad Comillas (Madrid) y diplomado en ciencias bíblicas por L' École Biblique et Archéologique de Jerusalén. En Ediciones Encuentro, además de su tesis doctoral sobre la Carta a los Hebreos, tiene publicados varios libros de investigación bíblica en la colección Studia Semitica Novi Testamenti. A nivel divulgativo, ha publicado también en esta editorial Cristo, nuestro amigo, que ha sido traducido al italiano, además de El desafío de la fe (2021). En la Conferencia Episcopal Española ha sido presidente de la Comisión de Enseñanza y Catequesis. Durante su tiempo de obispo auxiliar de Madrid (1996-2014) fue consiliario nacional de la Asociación Católica de Propagandistas y coordinador general de la Jornada mundial de la juventud de 2011.
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INTRODUCCIÓN

Quien desea conocer la vida de Jesucristo —sea creyente o no— acude de modo espontáneo a los evangelios con la convicción de que encontrará la información que busca. Los evangelios han pasado a la historia como las primeras biografías de Jesús de Nazaret. Así se han leído desde su aparición. El evangelio de Marcos es considerado por muchos estudiosos como el primero de esta serie de biografías. La razón de que los evangelios hayan sido considerados como biografías es que, fuera de ellos, no tenemos escritos tan completos sobre lo que Jesús hizo y dijo y, especialmente, sobre los acontecimientos finales de su vida, es decir, su pasión y su muerte.

Ahora bien, leídos como biografías de Jesús según el concepto moderno de biografía, llama la atención sus llamativas lagunas: en ellos no se ofrece una descripción detallada de la fisonomía de Jesús, ni de su sicología o personalidad. Nada se dice de sus gustos y aficiones ni de su formación como rabí. Nada —o muy poco, si exceptuamos a Lucas y Mateo— de su infancia, adolescencia y juventud, ni del trabajo al que se dedicó durante su vida oculta. La extensión de los evangelios, por otra parte, es muy breve. Ni los 16 capítulos de Marcos ni los 28 de Mateo permiten resumir la vida de Jesús por mucho empeño que pusieran los evangelistas en hacerlo. Es claro que han realizado un enorme esfuerzo de selección de lo que para ellos constituía la vida de Jesús.

En este esfuerzo predominó el deseo de mostrar lo más peculiar, lo que hacía de él un personaje singularmente único en la historia de la humanidad. El evangelio de Marcos comienza con esta sencilla frase, clave de lectura de toda su obra: «Comienzo del Evangelio de Jesucristo Hijo de Dios» (Mc 1,1). Al dar a este tipo de biografía el calificativo de evangelio se afirma algo original en la historia de la literatura antigua: el nacimiento de un nuevo género literario, llamado evangelio. La vida de Jesús, como la cuenta Marcos, se da a conocer mediante un género acorde con la personalidad de Jesús, completamente única. Podemos decir que la persona de Jesús ha originado el género literario que vehicula la narración de sus hechos y dichos. Si la palabra evangelio significa etimológicamente «buena nueva», se deduce que la vida de Jesús es contemplada bajo la luz de su absoluta novedad que condiciona de manera definitiva el género literario a través del cual se narra. Se explica así que la palabra evangelio, escrita con minúscula, se refiera a cada uno de los evangelios canónicos que se ajustan a tal género; escrita con mayúscula, designa, sin embargo, la buena y alegre noticia que constituye el fundamento de la fe cristiana: la entrada en la historia del Hijo de Dios. Así la entiende san Pablo cuando se presenta como ministro del Evangelio. Es obvio, pues, que la historia de los acontecimientos de la vida de Jesús y la fe que han suscitado conviertan a los evangelios en unos escritos especiales que deben ser leídos en su genuino contexto. Son libros que narran la vida de un personaje histórico; y, al mismo tiempo, libros testimonios de la fe que suscitó su presencia entre los hombres. Privarlos de uno u otro aspecto sería un error que haría imposible su comprensión.

De los cuatro evangelios, el de Juan es sin duda el más original. Ha llegado a ser opinión común que Juan escribió su evangelio para completar a los tres sinópticos. Hoy día, esta opinión ha quedado obsoleta. Juan es un evangelio porque se ajusta al esquema de tal género literario. Sin embargo, comparado con los sinópticos, de los que al menos conoce a Marcos, no se ajusta a ellos, ni en su forma de narrar ni en el lenguaje utilizado. Su singular talento literario lo convierte en un evangelio que, conservando la estructura básica de tal género, presenta la vida de Jesús de forma singular y novedosa. Más parco que el resto de los evangelistas en su contenido biográfico, se explaya, sin embargo, en la presentación de los discursos de Jesús, en la descripción y explicación de los milagros, en las controversias con sus adversarios, en el simbolismo de las fiestas judías aplicado a la persona de Jesús, y en la presentación de su pasión y muerte que no solo culmina la vida de Jesús en su devenir terreno, sino que se convierte en un preludio de su exaltación definitiva a la gloria.

En su obra, además, los personajes que aparecen como interlocutores de Jesús son auténticos dramatis personae elegidos por el evangelista para desarrollar un tema fundamental en el argumento de su evangelio: la decisión a favor o en contra de Jesús. En este sentido, podemos decir que Juan ofrece un retrato de Jesús más matizado que el de los sinópticos porque, en sus encuentros con las personas del drama de su vida, expresa como ningún otro su vida interior: su pasión por el Padre y por los hombres, su amor a la verdad contenida en la Escritura, su deseo de ofrecer a los hombres la vida eterna que afirma poseer.

Esta novedad, con relación a los evangelios sinópticos, explica que el cuarto evangelio haya pasado a la historia con los calificativos de «espiritual» y «teológico», debido a la profundidad de los discursos de Jesús, que ocupan una gran parte del evangelio, y a la enseñanza que ofrece sobre el «Paráclito», exclusiva de este evangelio. Ahora bien, paralelamente a este interés por subrayar los aspectos más «espirituales» del cuarto evangelio, ha cundido también la idea de que Juan, urgido por su afán catequético de profundizar la fe, es menos fiable como relato de la vida de Jesús. De ahí que muchos estudiosos lo contraponen a los sinópticos como si estos fuesen más creíbles en cuanto documentos históricos, que, al trasmitir los hechos y dichos de Jesús, permiten reconstruir lo que se ha dado en llamar la historia de Jesús (cf. DV 19). A este respecto, Burridge afirma algo que investigadores actuales olvidan incluso hoy: «Desde la época más antigua, Juan ha sido considerado ‘evangelio espiritual’ […] mientras los ‘hechos externos’ (en realidad, las cosas corporales) fueron preservadas en los sinópticos […] Así, Juan ha sido visto como relativamente tardío y helenístico, y primariamente teológico, mientras los sinópticos fueron vistos como más antiguos y judíos, y por ello, según este argumento, más históricos. No sorprenderá, entonces, que Juan haya sido olvidado en las diversas búsquedas del Jesús histórico» (Burridge, Imitating Jesus, 281).

El prejuicio de que lo espiritual debe distinguirse de los hechos externos no solo ha hecho daño a Juan, sino a los sinópticos, pues también en estos los hechos de Jesús revelan lo espiritual de su persona y misión. Ningún historiador que se precie puede considerar lo espiritual como si se tratara de un «añadido» a la historia de Jesús y no uno de sus componentes esenciales. El trabajo de los expertos en Juan, especialmente desde finales del siglo pasado, ha logrado por fortuna que, en la nueva búsqueda del Jesús histórico, se reconsidere su valor gracias a lo que P. Anderson llama «la búsqueda renovada» en los estudios de Juan. Ya en 2010, J. H. Charlesworth publicó un importante ensayo reclamando un puesto para Juan en la búsqueda histórica de Jesús, es decir, un cambio de paradigma en la investigación histórica: de la exclusión de Juan a su inclusión.

El autor del cuarto evangelio, que la Tradición ha identificado con el apóstol Juan, hermano de Santiago, hijos del Zebedeo, confiesa expresamente cuál ha sido su intención al escribir el evangelio: «Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (20,30-31). El evangelista expresa con claridad que su intención es teológica y espiritual: provocar la fe en los lectores de su obra; pero al referirse a los «signos», que es su forma peculiar de designar los milagros de Jesús, deja claro que la fe no se sostiene sin el fundamento de lo que Jesús ha hecho a la vista de sus contemporáneos. Para no dejar dudas sobre su intención, las últimas palabras del evangelio dicen así: «Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir» (21,25). Volveremos sobre esta sorprendente hipérbole.

Esas cosas que Jesús «hizo» forman parte del entramado de su historia. El evangelista reconoce, por tanto, que ha debido seleccionar lo que, de toda la historia de Jesús, mejor conduce a la fe en él como Mesías e Hijo de Dios. Sabemos bien que la tarea de selección y organización del material, que acabó formando parte del evangelio de Juan, es común a los cuatro evangelistas, aun cuando cada uno lo haya hecho desde su propio proyecto literario y teológico. Tratándose de «evangelios», todos coinciden en lo esencial: la Buena Nueva de la salvación, que es Jesucristo. Cada uno, sin embargo, la presenta atendiendo a sus destinatarios y a su interés por resaltar aquellos aspectos de la persona y obra de Jesús que considera más eficaces para lograr su cometido. Así se explica la dificultad de querer concordar o sincronizar los cuatro evangelios para obtener una «historia» de Jesús lo más completa posible, pues esta tarea parte de un supuesto inexistente: los evangelistas no escribieron sus obras para que los exegetas del futuro los concordaran. Así lo demuestra el poco éxito obtenido por quienes con indiscutible esfuerzo han escrito las «historias» de Jesús, tan diversas unas de otras e incluso...



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