E-Book, Spanisch, Band 84, 204 Seiten
Reihe: 100xUNO
Franco El desafío de la fe
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-1339-392-6
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Encuentros con Jesús en el evangelio de Juan
E-Book, Spanisch, Band 84, 204 Seiten
Reihe: 100xUNO
ISBN: 978-84-1339-392-6
Verlag: Ediciones Encuentro
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César A. Franco Martínez, obispo de Segovia, es doctor en teología por la Universidad Comillas (Madrid) y diplomado en ciencias bíblicas por L École Biblique et Archéologique de Jerusalén. En Ediciones Encuentro, además de su tesis doctoral sobre la Carta a los Hebreos, tiene publicados varios libros de investigación bíblica en la colección Studia Semitica Novi Testamenti. A nivel divulgativo, ha publicado también en esta editorial Cristo, nuestro amigo, que ha sido traducido al italiano. Su último ensayo, publicado en 2019 en la BAC, se titula Pasión y Compasión de Jesús. En la Conferencia Episcopal Española ha sido presidente de la Comisión de Enseñanza y Catequesis. Durante su tiempo de obispo auxiliar de Madrid (1996-2014) fue consiliario nacional de la Asociación Católica de Propagandistas y coordinador general de la Jornada mundial de la juventud de 2011.
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Introducción
Las primeras palabras de Jesús en el evangelio de Juan son una pregunta a los dos primeros discípulos —Andrés y probablemente Juan— cuando observa que comienzan a seguirle: «¿Qué buscáis?» (Jn 1,38)1. Casi al final del evangelio, Jesús resucitado pregunta a la Magdalena: «¿A quién buscas?» (20,15). Con estas preguntas, quizás el evangelista quiere darnos una pista sobre la pretensión de su escrito: ¿A quién buscáis?, parece preguntar a quienes toman su evangelio en las manos, sugiriendo que el hombre es un permanente buscador. El deseo de felicidad le devora por dentro y no para hasta saciarse. A veces, con la verdadera dicha; otras, con la falsa. Pero nunca cesa de buscar.
Jesús —según Juan— conoce «lo que hay dentro de cada hombre» (2,24); no necesita que nadie se lo diga. Él sabe lo que bulle en su interior, sus motivaciones profundas, lo que le pone en camino o le impide creer. Sabe que somos ciegos, paralíticos y siempre pobres mendigos y pecadores. Y porque conoce los entresijos del alma humana, sale a su encuentro para hacerle esta pregunta: ¿Qué buscas?
Para plantear esta cuestión con palabras humanas —y no solo con susurros o gritos en el corazón, como la hacía antes de encarnarse— el Hijo de Dios se hizo hombre y «se ha unido en cierto modo con todo hombre» (GS 22,2). Podemos decir que siempre es contemporáneo desde que puso su morada entre nosotros. Quiso mirarnos a la cara con nuestra propia carne, dialogar, descansar, comer, vivir y morir con nosotros. Quiso cansarse, estar sediento, pasar hambre y solicitar, como un hombre más, la compañía en la soledad que, en su caso, llegó a ser terrible. En la cruz, Jesús dijo que tenía sed y experimentó el desamparo del Padre. Y con gritos y lágrimas pidió a quien podía hacerlo —Dios— ser librado de la muerte, para así compadecer con nosotros en nuestro morir.
El Jesús del evangelio de Juan no solo hace preguntas, sino que da respuestas de valor absoluto capaces de saciar para siempre la búsqueda del hombre. Jesús no solo afirma «yo soy», como dice Dios de sí mismo en el Antiguo Testamento, sino que declara ser el Camino, la Verdad, la Vida y la Resurrección. Él es la Luz del mundo, el Pan vivo bajado del cielo, el Agua viva y el Buen Pastor que conoce a cada una de sus ovejas y las conduce a buenos pastos. Por eso invita a venir a Él para saciar el hambre y la sed. Pero nada de esto podríamos hacer si él no hubiera venido previamente a nosotros para revelarnos al Padre.
¿Cómo lo hizo? Cuando Jesús define su vida en la tierra, la resume con tanta sencillez que sus discípulos confiesan que por fin logran entenderlo: «Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre» (16,28). La vida de Jesús ha sido un venir de Dios para volver a Dios. Y Juan, el autor del cuarto evangelio, ha sido testigo de su vivir entre nosotros. Cuando escribe su evangelio deja muy clara su intención: «Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de sus discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (20,30-31). Juan quiere conducir a la fe en Jesús para que participemos de su propia vida de modo que, cuando retorne al Padre, no volverá solo, pues desea llevarnos a todos con él. Así lo sugiere a la Magdalena: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro» (20,17).
Ahora bien, el mundo al que viene Jesús desde el Padre está dividido entre la luz y las tinieblas, que existen dentro y fuera de nosotros. De ahí que Jesús aparezca en el mundo como la «luz que brilla en la tiniebla» (1,5) para poder liberar a los hombres del poder de las tinieblas y conducirlos a la luz. De hecho, el verdadero problema del hombre, el único que puede frustrar su vocación de buscador, es el de permanecer en las tinieblas, sinónimo de mentira y muerte. Esta oposición entre la luz y la tiniebla, tan propia del evangelio de Juan, es equivalente a la de acoger o rechazar a Jesús. El que lo acoge, habita en la luz (cf. 8,12). El que lo rechaza, «camina en la tiniebla y no sabe adónde va» (12,35).
Cuando algunos personajes del evangelio no entienden a Jesús o malinterpretan sus palabras (lo que se conoce como malentendido joánico), es porque se resisten a la luz, es decir, no acogen la perspectiva única de Jesús, que es la del Padre que le ha enviado (cf. 3,4; 4,11; 15,5). El lector del evangelio recibe desde el prólogo una clave fundamental que le facilita esta perspectiva:
La aparición de Jesús sobre la tierra —escribe Bonney— es una teofanía. En el prólogo del evangelio, Juan revela a Jesús como Palabra de Dios, hijo único engendrado por Dios; pero lamentablemente, el mundo, creado «a través de él» fracasó en reconocerlo o recibirlo (1,11). En el transcurso de su narrativa, detalla la razón de este fracaso. La perspectiva terrena no garantiza un punto de referencia que permita conocer a Jesús correctamente. La plena identidad de Jesús solo puede ser entendida en referencia a una perspectiva celeste (cf. 3,31-35)2.
Se explica, por tanto, que Jesús diga a Nicodemo: «Tenéis que nacer de nuevo (o de lo alto)» (3,7). Solo así, es posible entender la perspectiva del Reino que trae Jesús. ¿Cuál es entonces la misión de Jesús? Realizar en nosotros el nuevo nacimiento que nos permita «entrar en el Reino de Dios» (3,5).
Este desafío apasionante, que Juan plantea como argumento de su obra, la penetra como una atmósfera que invade al lector y le cautiva progresivamente. Quien busca encontrarse con Cristo, en la verdad de su persona, solo tiene que dejarse llevar por la fuerza persuasiva de sus palabras y hechos que tejen con magistral armonía las diversas escenas de la vida de Jesús. Cuando, casi al final del evangelio, Tomás sea invitado por Jesús a tocar las llagas de su carne glorificada y haga la solemne confesión de fe —«¡Señor mío y Dios mío!» (20,28)—, el lector, creyendo sin ver, confesará lo mismo. Y con la Magdalena, pasará del llanto al gozo pascual al escuchar su nombre y ser enviada a proclamar la buena noticia de la resurrección. Por utilizar el símil de Jesús, el evangelio de Juan es como el surtidor de agua viva, que, según dice a la samaritana, tiene capacidad de hacernos saltar hasta la vida eterna y experimentar la verdad de las palabras de Cristo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (11,25-26).
¿Cuál es, entonces, el método que el evangelista utiliza para acoger a Jesús y dejarnos iluminar por él? Sencillamente, nos enseña a contemplarlo porque en él está la vida y la vida es la luz de los hombres (cf. 1,3-4). ¿Y cómo enseña el evangelista a contemplar a Jesús? Como buen escritor, sabe que necesita ganarse la confianza de sus lectores. Por eso, él mismo se presenta como habiendo realizado este camino. En el prólogo de su obra nos ofrece la clave, no solo para aprender a contemplar, sino para interpretar su evangelio: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria propia del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (1,14). Juan se presenta como uno de los que «contemplaron» la gloria de Jesús, que es la luz accesible al hombre, la que podemos percibir según nuestra medida. Quiere decir que en la vida de Jesús, en su existencia carnal, ha visto la gloria de Dios con sus propios ojos y se dispone a narrarlo para que también el lector pueda contemplarla.
Dice un estudioso de Juan que entre los diversos planos que constituyen una narrativa, el más importante es el de las ideas, formado por las normas, valores y visión del mundo. A su juicio, en Juan tenemos este plano en el principio establecido en el prólogo3: contemplar la gloria del verbo encarnado, la gloria que se revela en su carne y puede ser vista desde el comienzo de los signos en Caná de Galilea (cf. 2,11) hasta la glorificación suprema de la cruz, resurrección y subida al Padre (cf. 17,5). Dado que Juan ha sido testigo privilegiado de esa gloria, nadie mejor que él puede indicar el camino de su contemplación. Eso es lo que hace en el trascurso de su obra mostrando en la presentación de sus personajes la diferencia entre ver y no ver la gloria del Hijo de Dios. «Mientras algunos personajes en el evangelio ven solo carne y se enredan con las palabras y acciones de Jesús, otros ven la gloria en la carne. El punto de vista ideológico del evangelio es intentar convencer al lector para ver la gloria en la carne, lo sobrenatural en lo ordinario»4.
La trascendencia de esta contemplación de la gloria que reside en la carne de Jesús —desde sus gestos más simples hasta los milagros— solo puede entenderse mediante la lectura meditada del cuarto evangelio, que revela precisamente todo lo que el Padre nos ha dado en su Hijo para nuestro propio bien y felicidad. Nadie, en el uso de la recta razón, rechaza la luz y opta por la oscuridad; nadie prefiere la muerte a la vida; nadie elige la ceguera privándose libremente de la visión; nadie, ante la enfermedad, evita al médico que le ofrece la salud. Ni el torpe paralítico de la piscina probática, que llevaba treinta y ocho años enfermo (cf. 5), ni el sagaz ciego de nacimiento (cf. 9) ni las hermanas de Lázaro cerraron la puerta a la vida y a la resurrección que Jesús ofrecía. Y nadie, ante la ceguera del pecado que oscurece la existencia,...




