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E-Book, Spanisch, 218 Seiten

Forte En Equilibrio


1. Auflage 2017
ISBN: 978-88-7304-439-0
Verlag: Tektime
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

E-Book, Spanisch, 218 Seiten

ISBN: 978-88-7304-439-0
Verlag: Tektime
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection



Una novela policíaca ambientada entre Roma y los Alpes. Una historia de amor, nacida del deseo de vivir una doble vida en un lugar lejos de casa.Sara empezará así a redescubrirse, a reencontrar pasiones adormecidas y acabará involucrada en varios homicidios cometidos en paisajes lejanos.
Una novela policíaca ambientada entre Roma y los Alpes. Una historia de amor, nacida para el juego. La protagonista, enviada varios días a la semana a trabajar fuera de casa, descubrirá un nuevo yo. Así, de forma natural, empezará a vivir una doble vida en un lugar lejano entre las montañas, y será la de siempre con su familia, en la gran capital. Sara empezará a redescubrirse, a reencontrar pasiones adormecidas y acabará involucrada en varios homicidios cometidos en paisajes lejanos. Su llegada hará resurgir hechos pasados, historias que han provocado dolor a la vida de un pequeño pueblo montañoso y su vez avanzará en el misterio encerrado de la desaparición de una mujer, que cada vez será más claro. Paisajes que mezclan naturaleza y metrópolis con un avance y retroceso entre dos vidas. Personajes que se entrelazarán hasta enfrentarse a delitos no resueltos con el retorno del detective que nunca abandonó la pista del despiadado criminal que asesinaba a mujeres desfigurándolas mediante un ritual sangriento. Llegará el punto en el que Sara se verá amenazada y sus dos vidas volverán a fundirse en una sola, dejando que el juego poco a poco le ceda el puesto a la vida real. Una vida nueva, concreta, que le hará abrir los ojos a la protagonista hasta la última página.

PUBLISHER: TEKTIME

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CAPÍTULO 1 EL TREN   Sara estaba en la gran cocina blanca. La luz matutina incidía sobre los ventanales. Sola, con la taza de café con leche aún humeante entre las manos y la alianza que tintineaba sobre la cerámica. En los últimos meses, con la vuelta al colegio de sus dos hijos ya mayores, los días se hacían lentos y vacíos para una mujer acostumbrada a correr de un lado a otro para intentar solucionarle la vida a toda la familia. Pocos minutos en los que coincidían todos, intercambiaban un par de palabras a la mesa durante el desayuno, y luego cada uno se iba con prisas por su cuenta. Había encendido el móvil a la espera, también esa mañana, de que empezara el horario laboral, a la espera de recibir esa llamada. Todos la esperaban. Ella deseosa de empezar algo nuevo que la volviera a la acción tras años haciendo de mamá. Sus hijos con la esperanza de que ese trabajo no llegase y su marido aunque solo fuera por saber que sería de ellos en esos tres días que habrían alejado de casa a su mujer. — Mamá mira, en el telenoticias hablan del sitio donde a lo mejor tienes que ir tú. La noche anterior había al fin echado un vistazo al lugar que la habría acogido en caso de que la entrevista fuera bien. Dejó las ollas al fuego y se acercó a la mesa en la que su familia había empezado ya a comer, en silencio, ante la transmisión de un hallazgo en esa misma región montañosa. — ¿Recuerdas que hace unos años pasó algo así? Otra pobre chica que encontraron destrozada. ¡Niños, no miréis! Luca cambió de canal, enfurecido con los periodistas por las imágenes que se sucedían en el televisor. Sara también quedó impresionada; afortunadamente, el cuerpo de aquella pobre mujer había sido encontrado lejos de su futuro puesto de trabajo, pero quedó igualmente impresionada ante tanta crueldad. Las ganas de evadirse eran tan grandes, sin embargo, que su atención se había centrado más en los lugares mostrados que en la crónica en sí. Seguía dándole vueltas a esas imágenes cuando, a la mañana siguiente, finalmente sonó el teléfono. La pantalla mostraba el número de su oficina en Roma, donde trabajaba a tiempo parcial hacía seis años. Le empezaron a temblar las manos y la boca seca le hizo pronunciar un «diga…» titubeante y con voz rota. Al otro extremo respondió su compañera, que aparte de ser una de sus mejores amigas, era también su superior. Bastaron pocas palabras para devolverle la sonrisa y calmarle los nervios. Había conseguido el puesto, retomado ahora a tiempo completo y con muchos desplazamientos semanales. De repente se sintió ella misma, una parte descuidada durante tanto tiempo que le pareció raro no tener que pedirle a nadie la opinión, aun sabiendo que todos en casa la habrían apoyado. Colgó el teléfono tras marcar el número del contacto de referencia de su nuevo puesto de trabajo, un tal Paolo que su compañera había conocido años atrás durante una fiesta en la capital con todos los contactos y algunos comerciantes del norte de Italia, a la que asistió para firmar una colaboración con su compañía y los controles de calidad de los productos dop y doc de las asociaciones territoriales que se habían ido creando a lo largo de los años con el fin de promover el territorio y exportar los productos por toda la nación. La idea de conocer gente nueva por un lado le parecía emocionante y por otro la aterrorizaba. Hacía ya años que vivía en el vecindario como si fuera el mundo en sí, sin asomar nunca la cabeza fuera de él. Su hermana vivía a dos zancadas, el trabajo estaba a dos paradas de autobús. Los hijos llegaban a todas las actividades a pie y habitaba una zona de Roma en la que no le faltaba de nada. Cuando le confesó a su marido que había solicitado el nuevo puesto, esperaba un buen arrebato de ira por su parte. En cambio, Luca se mostró relajado y rompió el silencio con un «claro, ve, nos las arreglamos». Sara se sintió aliviada y a la vez un poco decepcionada. En el fondo esperaba que se hubieran opuesto rotundamente hasta el punto de tener que renunciar al puesto en caso de obtenerlo. Se imaginaba a su marido solo y desconsolado delante del televisor sin nadie con quien compartir la manta de lana y a sus hijos llorando sin nadie que les preparara la cena durante tres días a la semana. Pero justo en ese momento entendió que era el momento de retomar su vida, cosa que no habría hecho daño a nadie. Tuvo que dejar en casa sus queridas zapatillas de deporte a cambio de unos preciosos tacones de charol. Llegó el tren que la acompañaría a menudo durante la jornada en los próximos meses, hasta los Alpes y de vuelta a Roma. A su lado, para celebrar su primer viaje oficial, se encontraban Luca y sus dos hijos, quietos e inmóviles como si se despidieran de alguien que va a cumplir el servicio militar, sin saber a qué se enfrentaban. Sara se subió al vagón y tomó asiento junto a la ventanilla, mirando a su familia, que seguía petrificada con la mirada fija en ella. Le pareció ver el cordón umbilical que la unía a ellos hacerse cada vez más largo a medida que el tren aceleraba, hasta romperse, dejándoles en el andén, lejos y pequeños como guijarros arrojados al mar. El viaje se le hizo eterno, atrapada en el asiento con las manos cruzadas sobre la bolsa que reposaba en sus rodillas, temerosa incluso de respirar. Pero cuantos más quilómetros hacía, más empezaba a sentir Sara un aire nuevo, de venganza por haber llevado una vida tan mansa que ni siquiera había sabido controlar. Llegada a destino, la lenta detención del tren hizo que el corazón se le acelerara en una mezcla de agitación y curiosidad. Viejas sensaciones que hacía demasiado tiempo que no sentía la hicieron retroceder unos años, antes del matrimonio, cuando todo estaba por descubrir. En la pequeña estación ferroviaria sumergida entre las montañas la esperaba Paolo, el nuevo compañero asignado por la nueva oficina para la que trabajaría y se desplazaría. Al oír el silbato del jefe de estación la gente empezó a levantarse de su asiento, pero ella se quedó ahí, quieta, mirando por la ventanilla, preguntándose si las tres sombras que había dejado en el andén habrían reaparecido ahí, ante sus ojos, al otro lado del cristal. Gente que viene, gente que pasa coloreando sus miradas en busca de alguna respuesta. Hasta que, en vez de tres personas unidas al cordón ya cortado, había sólo una. Como sus hijos y el marido, también él estaba inmóvil, con las manos en los bolsillos y la mirada inquisitiva entre los vagones buscando a esa mujer desconocida. Cuando Sara le vio, deseó inmediatamente que fuera él su misterioso compañero nuevo, con su no sé qué que desprendía, misterioso e intrigante a la vez. Mientras la multitud empezaba a dispersarse lo vio coger el móvil y llamar a alguien. Justo en ese momento sonó el suyo, y un número desconocido se materializó en la pantalla. — Hola soy Paolo, tu compañero, estoy aquí fuera pero no sé cómo eres y no me gustaría dar una mala impresión perdiéndote entre la gente. — No te preocupes, ya te he visto, quédate ahí que ya llego. Respiró profundamente. De repente Sara se levantó, con la mirada perdida fuera de la ventanilla poco antes de decidirse a bajar. Una situación irreal, casi como en un sueño, hasta que el aire fresco y penetrante la devolvió a la Tierra, a ella misma, una mujer de cuarenta años que apenas había abandonado a la niña atemorizada sentada en el vagón. Se giró hacia las grandes ventanillas, y casi le pareció verse desde fuera, pequeña y asustada con dos trenzas negras que le caían sobre los hombros. Ahí estaba de nuevo, lista para afrontar nuevos retos y nuevas pruebas ante el mayor desafío de querer volver a vivir. En parte invadida por un extraño sentimiento de timidez que poco a poco iba desapareciendo, empezó a agitar los brazos para que el nuevo compañero misterioso la viera. Estaba de pie junto a una columna. Hay personas que incluso tras haberse conocido a fondo se mantienen distantes mientras que otras ya a primera vista están en sintonía, de forma tan natural e inmediata que abandonan la coraza que a menudo nos protege en sociedad. Nada más estrecharse de manos, Sara se sintió diferente, como si quisiera mantener al margen esta nueva realidad tan alejada de la vida de la gran metrópolis, de su vida en Roma. Antes o después todos queremos una vida diferente, al menos jugar a tenerla o soñar en secreto que nos vestimos con ropas muy diferentes a las nuestras. A veces empezamos a fingir casi sin darnos cuenta, tanto es nuestro deseo de rescate o de llenar ese vacío que llevamos dentro desde hace demasiado tiempo. Y así Sara, con ese estrecharse de manos, abandonó su piel de mamá y esposa para ser ella misma, sin vínculos ni lazos, al menos durante esos tres días lejos de casa. No había notado una ligereza como aquella en siglos y probablemente nunca se había sentido tan libre. Tras las presentaciones formales Paolo le cogió la maleta de las manos y le indicó el camino hasta su coche.   — Tendrás hambre, es hora de comer… si te apetece conozco un restaurante muy bueno justo aquí al lado. Solo tenemos una reunión con la empresa a última hora de la tarde y hasta nos da tiempo a pasar por tu hotel si quieres cambiarte de ropa. Tras unos pocos segundos de indecisión, aceptó la invitación de buen grado, cosa que hacía aún más irreal todo lo que le estaba sucediendo. Comer fuera, sola, con otro hombre… sin tener que pensar en sus...



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