E-Book, Spanisch, Band 113, 320 Seiten
Reihe: Impedimenta
Fitzgerald La flor azul
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-15979-47-0
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 113, 320 Seiten
Reihe: Impedimenta
ISBN: 978-84-15979-47-0
Verlag: Editorial Impedimenta SL
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Penelope Fitzgerald, de soltera Knox, nació en 1916. Era la hija del editor de Punch, Edmund Knox, y sobrina del teólogo y novelista Ronald Knox, del criptógrafo Dilly Knox y del estudioso de la Biblia Wilfred Knox. Fue educada en caros colegios de Oxford. Durante la segunda guerra mundial trabajó para la BBC.
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22
Ahora tengo que conocerla
Durante los dos días que estuvo con los Rockenthien, Fritz se asombró de la diferencia entre el modo de vida de Kloster Gasse, en Weissenfels, y el del palacio de Grüningen. En Gru¨ningen no había interrogatorios ni rezos ni ansiedad ni catequesis ni miedo. Los enfados, si es que se producían, se evaporaban en unos minutos, y se practicaba mucho lo que en Weissenfels recibiría el nombre de «perder el tiempo». Durante el desayuno, en Gru¨ningen nadie golpeaba la taza contra la mesa gritando Satt! El constante movimiento alrededor de la tranquila señora Rockenthien (quien, al igual que la baronesa von Hardenberg, acababa de tener un niño) parecía la imagen del perpetuo retorno, de forma que el tiempo apenas parecía un enemigo.
En Gru¨ningen, la mención de los tejemanejes de los franceses no causaba agitación alguna. Cuando George se presentó con un chaleco tricolor no se produjo siquiera un leve murmullo de sorpresa. Con dolor comparaba Fritz la despreocupación y el estrépito de George con la excesiva peculiaridad de Bernhard. De igual modo, las visitas del tío Wilhelm a Weissenfels eran un motivo de alarma —rezaban para que se marchasen cuanto antes—, mientras que en Gru¨ningen familiares y amigos se presentaban de visita sin previo aviso y todos ellos eran recibidos, aunque hubieran estado allí el día anterior, como si llevasen muchos meses sin pisar la casa.
—En verano celebramos la sobremesa en el jardín, bajo las lilas —le dijo la señora Rockenthien—. Entonces tendrás que leernos algo.
En Weissenfels, después de la comida, todos se dispersaban en cuanto se daba la bendición. Fritz no estaba seguro de si había lilas en el jardín, pero le parecía que no.
Como el aislamiento a causa de la nieve tal vez no durara más de un día o dos, Fritz sabía que debía aprovechar el tiempo al máximo.
—Tu deseo se ha cumplido, Fräulein Sophie —dijo él, observándola en la misma ventana del salón. Su boca de niña estaba abierta cuando, sin darse cuenta, sacó un poco la lengua como queriendo chupar los copos de nieve que había al otro lado de la ventana. Herr Rockenthien, que pasaba por allí a toda prisa con George y Hans pegados a sus talones, se detuvo para preguntarle a Fritz por sus estudios. Hacía preguntas a todo el mundo, con verdadero interés, sobre sus ocupaciones, hábito este adquirido siendo oficial al servicio del príncipe de Schwarzburg-Sondershausen. Fritz hablaba con entusiasmo sobre química, geología y filosofía. Mencionó también a Fichte.
—Fichte nos explicó que solo hay un yo absoluto, una sola identidad para la humanidad entera.
—Ese Fichte es un hombre con suerte —exclamó Rockenthien—. En esta casa tengo que encargarme de treinta y dos identidades.
—A papá nada le preocupa —dijo George—. Hoy, mientras el jardinero lo buscaba desesperadamente para que le dijese qué hacer con las zanjas obstruidas, él estaba cazando en la nieve.
—Yo serví en el ejército, no en una huerta —dijo Rockenthien con buen humor—. En cuanto a la caza, no se trata de ninguna pasión. Salí temprano con la escopeta para alimentar a mi familia.
Con aire de prestidigitador, sacó del bolsillo algo que se le había olvidado, una ristra de pajarillos muertos unidos por un trozo de hilo. La ristra —un par de pajarillos se atascaron, por lo que tuvo que dar un tirón— parecía interminable.
—¡Jilgueros! No van a dar para mucho —gritó George—. Me los zamparía de tres en tres.
—Todos dicen que nunca tengo nada que hacer —dijo Herr Rockenthien—, pero lo cierto es que este es uno de los momentos de más ajetreo, y he de ocuparme de que todo esté en orden durante la feria de Adviento.
—¿Dónde es esa feria? —preguntó Fritz.
«No es para fichtear aquí», pensó, «mejor no decir una palabra más.»
—En Greussen, a tres kilómetros —exclamó Sophie—. Es lo único interesante que tiene lugar aquí, además de las ferias de verano y otoño, que también se celebran en Greussen.
—¿Nunca has estado en la feria de Leipzig? —le preguntó Fritz.
No, Sophie ni siquiera había estado en Leipzig. Solo de pensar en ello se le iluminaron los ojos y entreabrió la boca.
¿A qué o a quién se parece?, pensó Fritz, con ese bonito pelo y esa graciosa nariz, tan distinta de la de su madre. Como también eran distintas las cejas arqueadas. En el volumen tercero de los Physiognomische Fragmente de Lavater había un grabado, tomado de una lámina de Johann Heinrich Lips, del autorretrato de Rafael a los veinticinco años. Aquel retrato le recordaba enormemente a Sophie. En la lámina, evidentemente, no se distinguía el color o la tonalidad de la piel, pero la expresión era espiritual y bondadosa, y los grandes ojos, negros como la noche.
Durante su primer cuarto de hora, junto a la ventana del salón, Fritz ya había abierto su corazón a Sophie. Ahora tengo que conocerla, pensó. ¿Me resultará difícil?
—Si vamos a pasar nuestra vida juntos —le dijo—, me gustaría saberlo todo acerca de ti.
—Sí, pero no deberías tratarme con tanta familiaridad.
—Está bien, así será hasta que me des tu permiso.
Fritz pensó que valía la pena intentarlo, aunque era posible que prefiriera jugar con sus hermanos pequeños. Estos se encontraban en la gran terraza que había entre la casa y el jardín, que estaba casi libre de nieve. Mimi y Rudi, jóvenes y ruidosos, corrían a su lado con sus aros de hierro.
—Laß das, Freiherr, no sabe hacerlo rodar —exclamó Rudi, pero Fritz sí sabía, pues se había criado en una casa con muchos aros, y golpeó primero uno y luego el otro con tanta fuerza y habilidad que salieron rodando hasta casi perderse de vista.
—Ahora dime qué piensas acerca de la poesía.
—Nada en absoluto —respondió Sophie.
—Pero seguro que no te gustaría herir los sentimientos de un poeta.
—No me gustaría herir los sentimientos de nadie.
—Hablemos de otra cosa. ¿Cuál es tu comida preferida?
—La sopa de repollo —dijo Sophie— y la anguila ahumada.
—¿Qué piensas del vino y del tabaco?
—También me gustan.
—¿Entonces fumas?
—Sí, mi tío me dio una pipa.
—¿Y la música?
—Me encanta. Hace unos meses vinieron unos estudiantes a la ciudad y dieron una serenata.
—¿Qué tocaron?
—Tocaron «Wenn die Liebe in deinen blauen Augen». Evidentemente no iba destinada a mí, mis ojos son negros; pero fue muy bonito.
El canto, sí. La danza, sin duda, pero no le dejarían asistir a los bailes públicos hasta los catorce años.
—¿Recuerdas la pregunta que hice cuando te conocí, junto a la ventana?
—No, no la recuerdo.
—Te pregunté si habías pensado alguna vez en el matrimonio.
—Eso me da miedo.
—Cuando hablamos junto a la ventana no dijiste eso.
—Me da miedo —repitió Sophie.
Rudi regresó al lugar en que se encontraban ellos, pero fue despachado nuevamente, con Mimi lloriqueando tras él. («¡Pobrecillos! ¡Se están quedando sin aliento!», dijo Sophie.) Fritz le preguntó entonces acerca de la fe, y Sophie respondió de buena gana. Respetaban los días de penitencia, por supuesto, e iban a misa los domingos, pero ella no creía todo lo que allí se decía. No creía en la vida después de la muerte.
—Pero Sophie, ¡Jesucristo regresó al mundo!
—Mejor para Él —dijo Sophie—. Respeto a Jesucristo, pero sería ridículo que yo pudiese caminar y hablar después de muerta.
—¿Qué dice tu padrastro cuando le cuentas que no crees en eso?
—Se ríe.
—Pero cuando eras más pequeña, ¿qué te decía tu maestro? Porque supongo que habrás tenido un maestro.
—Sí, hasta los once años.
—¿Quién era?
—El señor Kegel, de la escuela de Grüningen.
—¿Le prestabas atención?
—Una vez se enfadó conmigo.
—¿Por qué?
—No se creía que yo entendiera tan pocas cosas.
—¿Qué era lo que no entendías?
—Las cifras y los números.
—Los números no son más difíciles de entender que la música.
—El caso es que Kegel me pegó.
—No me lo creo, Sophie.
—Es cierto, me golpeó.
—¿Y qué dijo tu padrastro?
—Fue un compromiso para él. Hay que obedecer a los profesores.
—¿Qué hizo el señor Kegel?
—Pidió el dinero que se le debía y se marchó.
—Pero ¿qué dijo?
—«On reviendra,...




