E-Book, Spanisch, Band 349, 304 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
Fishman Una vida de repuesto
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16854-57-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 349, 304 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
ISBN: 978-84-16854-57-8
Verlag: Siruela
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Boris Fishman (Minsk, Bielorrusia, 1979) emigró a Estados Unidos cuando tenía nueve años. Es licenciado en Literatura Rusa por la Universidad de Princeton y ejerce como periodista, ensayista y crítico literario para The New Yorker, The Wall Street Journal o The Guardian. Una vida de repuesto, su aclamada primera novela, galardonada con el premio VCU Cabell First Novelist 2015, con la medalla Sophie Brody 2015 de la American Library Association y traducida a una decena de idiomas, le ha valido comparaciones con Saul Bellow, Henry Roth o Bernard Malamud.
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Capítulo 1
Domingo, 16 de julio de 2006
El teléfono sonó justo después de las cinco. Una sombra azulona se extendía por el cielo: sin escrúpulo alguno, el día se disponía a comenzar. ¿Acaso no acababa de hacerse de noche? El cuerpo le indicaba que así era. El sol, en cambio, se adivinaba en el recuadro de color cobalto de la ventana y las grandes torres del Upper East Side se preparaban para su baño de oro.
¿Quién podía equivocarse al marcar a las cinco de la mañana de un domingo? El teléfono fijo de Slava nunca sonaba. Incluso los teleoperadores le habían dado por perdido, un logro nada desdeñable. Su familia ya no lo llamaba porque él se lo tenía prohibido. En su estudio, milagrosamente asequible incluso para un empleado júnior de una revista del Midtown, los ecos campaban entre el escaso mobiliario: un futón, un escritorio, una lámpara de techo decorada con vides forjadas en hierro (regalo de su abuelo que no pudo rechazar) y un televisor antiguo que nunca encendía. De vez en cuando imaginaba que atravesaba las paredes como un espíritu de Poe y se reía amargamente.
Pensó en levantarse, atacar el día por sorpresa. A veces se levantaba más temprano de lo normal para inspirar el aire del parque Carl Schurz antes de que el sol avivase la peste a porquería, crema solar y mierda de perro. Mientras los camiones de basura impregnaban el aire de pitidos, él se apoyaba en la barandilla con los ojos cerrados, el río a sus pies todavía negro, amenazador y nocturno, para oler el salitre de un arcano e intocable océano. Madrugar siempre lo llenaba de esperanza, la clase de optimismo que solo estaba disponible antes de las siete o las ocho, antes de acudir a la oficina.
El bendito teléfono volvió a sonar. Derrotado, extendió el brazo para cogerlo. A decir verdad no le desagradaba que lo llamaran. Incluso si resultaba ser un teleoperador, habría atendido con seriedad su pregunta sobre fondos destinados a educación.
—Slava —susurró en ruso una voz acuosa: su madre. Sintió rabia, después algo más indefinido. Rabia porque les había pedido que no lo llamaran. Lo otro porque ella últimamente lo obedecía—. Tu abuela no está —anunció. Entonces rompió a llorar.
No está. Faltaban palabras. En ruso, no necesitabas un adjetivo para completar la frase, pero en inglés sí hacía falta. En inglés, su abuela podría estar viva.
—No lo entiendo —dijo él.
Llevaba semanas sin hablar con su familia, puede que un mes pero, en su cabeza, su abuela, que padecía cirrosis en silencio desde hacía años, seguía confinada en su cama de Midwood, como si el recuerdo se correspondiera con la realidad hasta que volviera a verla, hasta que él autorizara cualquier cambio. El estómago, hasta entonces en calma, se le revolvió.
—La ingresaron el viernes —explicó su madre—. Pensamos que era otro problema de hidratación.
Slava se quedó mirando el edredón que le cubría los pies. Raído y fino como una camisa vieja. La abuela lo había lavado a mano innumerables veces. Los Gelman lo habían traído consigo desde Minsk, no fuera a ser que en América no vendieran edredones. Y no se vendían, al menos no como este, que tenía una oca entera dentro. La funda se abría por la mitad, no por el lado. En una ocasión, una chica se quedó atrapada ahí en un momento clave. «Lo siento, creo que necesito reiniciarme», había dicho ella. Les había entrado la risa y habían tenido que comenzar otra vez.
—¿Slava? —musitó la madre. Estaba asustada, hablaba en voz baja—. Murió sola, Slava. No había nadie con ella.
—No digas eso —la tranquilizó él, aliviado por la reacción irracional de su madre—. Ella no lo sabía.
—No dormí nada la noche anterior, por eso me marché —puntualizó su madre—. Se suponía que tu abuelo iría esta mañana. Y entonces se murió. —Comenzó a llorar de nuevo, los sollozos se mezclaban con los mocos—. Le di un beso y le dije: «Mañana nos vemos». Slava, por Dios, debí haberme quedado.
—Ella no se habría dado cuenta de que estabas allí siquiera —alegó él con voz espesa. Notaba que le subía el vómito por la garganta. La mañana azul se había vuelto gris. El aparato de aire acondicionado resoplaba desde la ventana, mientras la humedad aguardaba en el exterior, como un ladrón.
—Dejó este mundo completamente sola. —Su madre se sonó la nariz. Se oyó un empellón en el auricular—. Entonces —anunció ella con ferocidad repentina—, ¿ahora sí que vendrás, Slava?
—Por supuesto —aseguró él.
—Ahora sí que vendrá —reiteró ella maliciosamente. La madre de Slava poseía el récord mundial cuando se trataba de pasar a toda velocidad de la ternura a la grosería, pero nunca había empleado ese tono ni siquiera para reprocharle que abandonara a la familia—. ¿Por fin has encontrado una buena razón? La mujer que se habría dejado la piel por ti. La mujer a la que no viste más que una vez en todo el año pasado, Slava... —Entonces cambió el tono para dar a entender que su opinión le daba igual—: El entierro es hoy. Han dicho que hay que celebrarlo antes de las veinticuatro horas.
—¿Quién lo dice? —preguntó él.
—No lo sé, Slava. No me preguntes esas cosas.
—No somos practicantes —protestó él—. ¿Vais a enterrarla también amortajada o cualquier otra tontería de esas que hacen? Oh, no importa.
—Si vinieras, quizá podrías dar tu opinión —refunfuñó ella.
—Iré —aseguró él con voz queda.
—Ayuda a tu abuelo —le pidió ella—. Tiene una nueva cuidadora. Berta. De Ucrania.
—Vale —respondió él, tratando de ser de ayuda. Le temblaban los labios.
Su abuela no estaba. Nunca había imaginado esa posibilidad. ¿Por qué no? Llevaba años enferma. Pero él siempre había tenido la certeza de que lo superaría. Había superado cosas mucho peores, había superado lo inimaginable, ¿por qué no aguantar un poco más?
Ella no era la típica abuela que te revolvía el pelo dos veces al año (¿o no había sido? El nuevo tiempo verbal, ese embajador hostil, presentaba sus credenciales). Ella lo había criado. Había saltado al césped con él para jugar al fútbol hasta que otros chicos acudían. Fue ella quien lo descubrió enrollándose con Lena la Cachonda entre las moreras y quien se lo llevó a rastras a casa (su abuelo en cambio se habría frotado las manos y le habría dado instrucciones como un entrenador a su boxeador, mientras Lena le hacía una media llave con su busto formidable, pero la abuela no quería saber nada de sinvergonzonerías). Cuando estalló el reactor nuclear, la abuela maldijo al abuelo por dar la lata con la radio, intercambió uno de sus abrigos de visón (que, a decir verdad, el abuelo había adquirido en el mercado negro) por el Lada Zhiguli del vecino, e hizo que el padre de Slava se llevara a toda la familia en el coche a Lituania, donde estuvieron una semana alojados y alimentados a cuenta del visón.
Slava la conocía con el cuerpo. La boca la conocía, pues le había dado de comer a cucharadas. Los ojos la conocían por las caricias de los dedos abotargados. La abuela había pasado el Holocausto. ¿Pasado el Holocausto? ¿Como quien pasa un examen o pasa el balón? La gramática resultaba incorrecta. ¿Resistido el Holocausto? ¿Vivido, sufrido, superado, aguantado? Los participios se quedaban cortos. La verdad es que ella nunca contó nada y nadie la molestó con preguntas sobre el tema. Con solo diez años, Slava no acertaba a explicárselo. Por aquel entonces ya se había empapado de la lógica americana y creía que era preferible saber a no saber. El día que ella faltara nadie conocería su historia. No obstante, nunca se atrevió a preguntar. Se lo imaginaba. Perros ladrando, alambradas de espino y un eterno cielo gris.
—Adiós, Slava —lo interrumpió su madre. Le hablaba como si apenas lo conociera. Se escuchaban interferencias en la línea. Tenía la sensación de que eran las únicas personas que hablaban mientras otros ocho millones dormían. Lo atormentaba lo irreal de la situación. Sin rodeos: la abuela se había ido. La abuela no estaba.
¿Durante cuánto tiempo permanecieron en silencio? Aunque conversaran, solo había silencio entre ellos. Por fin, con voz lejana, su madre apostilló:
—Nuestra primera muerte americana.
Abajo, en la portería, Rich desaparecía en el armario de los paquetes.
Slava se apresuró a adelantarse a él, lo disgustaba tener que acercarse con remilgos mientras Rich (Ryszard, oriundo de Polonia), Bart (Bartos, oriundo de Hungría) o Irvin (Ervin, oriundo de Albania) se aproximaban penosamente. A Slava le gustaba abrirles la puerta a los señores mayores, no viceversa. No obstante, Rich, Bart e Irvin ocuparon su puesto con entusiasmo cuando lo conocieron, mirándolo entre admirados y resentidos... Un inmigrante como ellos que había progresado en el mundo. En una ocasión, Slava intentó persuadir a Rich para sostener la puerta por sí mismo, pero el hombre levantó el dedo índice para advertirle que se estuviera quieto.
—Slava, ¿cómo es todo? —preguntó Rich desde las profundidades del armario. Acababa de encerar el vestíbulo y, Slava, ya próximo a la puerta, hacía crujir el suelo a cada paso. Con la precisión de un bailarín, el voluminoso polaco emergió entre la espesura de bolsas de la tintorería y cajas de mensajería y accionó el picaporte—. Bonito día, por favor, ¿okey? —comentó con un desdén conmovedor.
Nuestra primera muerte americana. Bonito día, por favor, ¿okey? Al salir del...




