E-Book, Spanisch, 304 Seiten
ISBN: 978-607-16-8459-2
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Howard Fast (Nueva York, 1944 - Connecticut, 2003) fue un escritor conocido por sus novelas históricas y su compromiso político. Escribió más de ochenta libros, entre los que destacan Espartaco, Ciudadano Tom Paine y Mis gloriosos hermanos. Sus obras fueron traducidas a más de cuarenta idiomas y algunas fueron adaptadas para el cine. Fue galardonado con el Premio Internacional Stalin de la Paz en 1953 (que le quitaron tres años después) mientras en Estados Unidos eliminaban sus libros de las bibliotecas.
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II. TRES FUGITIVOS
AGOSTO DE 1878
Un arapajó de nombre Jimmy Bear, quien había ido al norte de la agencia en busca de animales que cazar, presentó al agente Miles la cuestión de los tres hombres. Eso había ocurrido unas semanas después, y no había llovido y el calor no se había calmado. El arapajó era de Oklahoma, pero nunca había visto un clima como ese. Nunca había visto que la tierra se convirtiera en polvo y ahogara la garganta de un hombre y su nariz y sus ojos. Estuvo cazando durante dos días y en todo ese tiempo no vio nada vivo, aunque la tierra ondeaba y ondulaba con el calor. En la amargura del mediodía, se agazapó sobre el pasto amarillo y se escondió del sol a la sombra del vientre de su caballo. Cuando su dedo tocó un cráneo seco y blanco de búfalo, estaba tan caliente que le provocó una mueca de dolor. Entonces montó su caballo y la silla le cortó las piernas como si fuera un cuchillo caliente. —Juro por Dios que este maldito clima no va a tardar en matarme —se quejó en voz alta. Era cristiano y hablaba tanto inglés que los demás indios lo llamaban “aquel que perdió su propia lengua”. Así que tal vez fue el calor lo que casi lo enloqueció cuando vio a los tres cheyenes que galopaban hacia el norte. Lo primero que pensó es que iban a matar a sus caballos y luego que tenían buenas razones para cabalgar hacia el norte de esa manera, como para matar a sus caballos tarde o temprano, Dios era testigo. Espoleó al suyo para seguirlos y luego vio cómo giraban y lo observaban con tal desesperación que sintió miedo de que fueran a dispararle antes de que pudiera decir algo. Eran hombres salvajes, no eran cristianos: cheyenes del norte, de la aldea de Cuchillo Romo. —¿Adónde van? —les gritó, esta vez en su propia lengua. —¡Al norte! —llegó la respuesta—. Al lugar del que vinimos. Y luego volvieron a girar sus caballos y se fueron cabalgando como locos. Casi se vuelve loco durante todo el camino de regreso a la reservación, pensando en los vientos frescos y los árboles verdes del lugar al que se dirigían. El agente Miles interrogó con cuidado al arapajó, al tiempo que pensaba: “¿Por qué tenía que decírmelo? ¿Qué me importa si tres de ellos huyen o se van al diablo?”, pero sabía que en una hora más se sabría en toda la agencia. Esas cosas tendían a esparcirse. En este calor, sólo se necesitaba una chispa para empezar un incendio. —¿Estás seguro de que eran tres hombres de la banda de Cuchillo Romo? —preguntó Miles. Jimmy Bear asintió. Alzó la mano y contó con los dedos. —Uno, dos, tres. —¿Estás seguro de que cabalgaban hacia el norte? —insistió el agente Miles. —Lo juro por Dios, estoy seguro… Cabalgaban como locos. —¿Cómo se llamaban? El arapajó se encogió de hombros. —Esos cheyenes del norte… Miles no le creía del todo. Deseó que Seger hubiera estado allí, en su oficina. No es que lo hubiera ayudado a tomar una decisión, pero Seger hubiera fumado su pipa y recorrido al indio con la mirada. El agente tenía la sensación de que un indio le diría la verdad a Seger antes que a él. —Si no sabes cómo se llamaban, ¿cómo sabes que eran cheyenes del norte? El arapajó hizo movimientos elocuentes. Frunció los ojos y miró a Miles como si el agente fuera tonto. En ese momento entró la tía Lucy con un plato de galletas de azúcar y una jarra de limonada fría. Los colocó sobre el escritorio y el indio juntó sus manos y miró a Miles ansioso. Miles asintió y el indio empezó a llenarse la boca de galletas de azúcar. —¿Están buenas, Jimmy Bear? —sonrió la tía Lucy. Él asintió, sin dejar de comer. Ignoró la limonada, pero devoró rápidamente las galletas hasta que el plato quedó vacío. —¿No quieres un poco de esa rica limonada fría? —preguntó la tía Lucy. Negando con la cabeza, se puso de pie y se dirigió hacia la puerta. Miles dijo: —Eso es todo. Puedes irte —y cuando el arapajó se había ido, continuó—: Lucy, ¿por qué insistes en alimentarlos? —Bueno, esperan que lo haga. —No deberían esperarlo. No deberían esperar atascarse de dulces cada vez que se acercan a este lugar. Intento ser absolutamente justo cuando les reparto sus raciones. —Lo siento, John —se disculpó. —Sí, sí —asintió distraído mientras jugaba con un lápiz y hacía círculos en el papel que tenía enfrente—. ¿Sabes dónde está Seger? —En los establos, creo. Miles tomó su sombrero y salió de la casa. Caminó lentamente hacia los establos. Un ligero desmayo el día anterior le había enseñado una lección; si le daba fiebre, la agencia estaría a la deriva como un barco sin timón. Vio a Seger sentado frente al establo, cómodo en la sombra, ayustando una correa rota de un arnés, y envidió la fortaleza pétrea y café de ese hombre. Seger alzó la mirada cuando Miles se acercó, asintió, pero siguió con su trabajo. Mientras Miles le contaba la historia de Jimmy Bear, Seger siguió trabajando con determinación en el cuero. Y cuando Miles acabó, Seger dijo en voz baja: —Tres no hacen una gran diferencia. —Si tres pueden irse con impunidad, toda una tribu puede hacerlo. —No lo han hecho aún —dijo Seger. —Lo sabrá toda la agencia para cuando anochezca —dijo Miles. —Eso es cuestión de usted. Puede decir que les dio permiso de irse. —Todos me pedirían permiso —dijo Miles sin ánimo—. Todos los indios de la reservación querrían regresar al lugar de donde vinieron. —Yo le hubiera arrancado la cabeza a golpes al arapajó… le hubiera dado una buena lección para que aprendiera a quedarse callado. —Es demasiado tarde para eso —dijo Miles—, aun si aprobara esos métodos. Mejor engancha la calesa. —¿Va a ir al fuerte? Miles no respondió. Envidiaba el modo indolente en que Seger podía acuclillarse en el polvo. Esa era la diferencia entre un trabajador y un líder. Como líder, al tiempo que conducía la calesa hasta el fuerte Reno, Miles se sentía cansado, inseguro y confundido. Se había puesto su abrigo negro y un bombín negro, y una vez más, como siempre, sintió que los soldados con sus elegantes uniformes de la caballería se reirían de él. Odiaba pensar que el fuerte Reno y su guarnición estuvieran tan cerca de Darlington, un recordatorio perpetuo de que él y las demás personas que estaban en la agencia no eran capaces en forma alguna de lidiar de manera adecuada con los indios. No obstante, al mismo tiempo, se sentía agradecido, agradecido cien veces, agradecido en la noche cuando despertaba de sueños apesadumbrados y se daba cuenta de que el ejército de los Estados Unidos de América estaba tan cerca que casi era posible escucharlos. No obstante, era incapaz de reconciliar la paz en la punta de la bayoneta con su devoción al Príncipe de Paz al que alguna vez había jurado servir. Si llegabas con los brazos abiertos y llenos de amor, entonces la bayoneta debía dejarse atrás. Si das con amor y sirves con amor, con amor serás recibido. Incluso por el salvaje más humilde. Pero, ¿de qué servía? No creía en verdad, ni siquiera de la manera en que Lucy creía, convirtiendo su plato de galletas de azúcar en un simple servicio. Recordó cómo se encontró una vez a Seger mientras golpeaba sin piedad a un muchacho cheyene. Atrapó el brazo de Seger en el aire y gritó: —John, si nos presentamos con puños cerrados y odio en los corazones, ¿nos darán su amor? El rostro de Seger no cambió, aunque sus ojos casi parecieron mostrar desprecio. —Agente Miles —dijo—, este pequeño bastardo intentó apuñalarme, así que es mejor que se vaya y me deje acabar con él. Ya me amará cuando sepa quién está a cargo. Ese recuerdo lo perturbaba, pero, aun así, fortaleció su resolución de mostrarse firme en esa ocasión. Dejemos que los indios obedezcan la ley y entonces les enseñaría cuán gentil podía ser con su bienestar. De cualquier manera, la cabeza le estaba volviendo a doler y su cuello y camisa estaban húmedos por el sudor. Además, la nube de polvo que lanzaban los cascos de sus caballos estaba cubriendo toda su ropa negra. Condujo la calesa al interior del fuerte; atravesó las puertas de troncos y pasó a un centinela que lo saludó fríamente. Miles nunca era capaz de regresar el saludo; lo militar siempre lo oprimía. Detuvo los caballos y se quedó sentado en la calesa por un rato, intentando recuperar el aliento y calmar su corazón. Después bajó al suelo y se limpió con cuidado el rostro y el sombrero con su pañuelo. El fuerte Reno, un rectángulo con muros de tronco y lodo, barracas de tronco y lodo, era casi idéntico a otros puestos del ejército de Estados Unidos que había en las llanuras, desde la frontera con Canadá al norte hasta el río Bravo al sur. Un regimiento entrenaba y sudaba y cepillaba a sus caballos, mientras sus oficiales mataban los días y las noches de un aburrimiento interminable con juegos de cartas y malaria. Había pocas mujeres, la vida social casi era inexistente, ni siquiera había una tienda que trajera la diversión de los sucios cazadores de búfalos y los contrabandistas de whiskey sin escrúpulos. Las Guerras indias...