Falls | Los abisales | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Falls Los abisales


1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-15433-76-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

ISBN: 978-84-15433-76-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Una cadena de terremotos ha sacudido la Tierra y regiones enteras han quedado sumergidas bajo el agua. Los humanos viven ahora hacinados en ciudades. Los únicos que poseen un espacio propio son los habitantes del lecho marino, los Abisales. Ty ha vivido toda su vida en el fondo del mar, ayudando en la granja familiar. Pero cuando unos forajidos atacan su casa, tendrá que luchar por salvar el único hogar que ha conocido. Junto a Gemma, una chica de Arriba que ha llegado hasta allí para buscar a su hermano, Ty se adentrará en las profundidades de la frontera submarina, donde no rige ninguna ley, y descubrirá oscuros secretos que amenazan con destruirlo todo. Kat Falls ha creado un mundo sorprendente donde las profundidades del océano son peligrosas, la oscuridad pude ser mortal y, a veces, se necesita una fortaleza extraordinaria para sobrevivir. Los abisales ha sido traducido a más de veinte idiomas. Disney y el conocido director Robert Zemeckis se han hecho con los derechos para llevarlo al cine.

Kat Falls vive con su marido y sus tres hijos en Evanston (Illinois), donde enseña a escribir guiones en la Northwestern University. Como buena amante de los animales, siente una gran veneración por todas las criaturas de la Tierra, incluso las que son viscosas y tienen escamas. Este es su primer libro, que continuará con Rip Tide (próximamente en nuestra editorial).
Falls Los abisales jetzt bestellen!

Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


1


Escruté el profundo acantilado marino con la esperanza de descubrir un rascacielos caído; puede que incluso la Estatua de la Libertad, pero allí no había señal alguna de la Costa Este, solo un abrupto precipicio hacia la oscuridad.

Vi un fogonazo de luz cruzando junto a mí: un calamar vampiro, que dejaba a su paso una estela azul neón. La brillante nube se arremolinó alrededor de mi casco. Con cuidado de no romperla, me puse de rodillas, hechizado. Sin embargo, el mágico momento se vio bruscamente interrumpido por una serie de chispas verdes que salían de la garganta abisal que se encontraba algo más allá. Me dejé a caer, con todos los músculos de mi cuerpo en tensión. Solo una especie de pez brillaba como una esmeralda y se desplazaba en grupo: el tiburón linterna verde. Con una longitud de medio metro y tan mortíferos como las pirañas, podían hacer pedazos cualquier cosa de veinte veces su tamaño. Mejor no hablar de lo que eran capaces de hacer a un humano.

Debería haberlos visto llegar, incluso a tanta profundidad. Debería haber sabido que el calamar había lanzado su chorro fosforescente para confundir a un depredador. Ahora las luces que rodeaban mi casco hacían las veces de un faro aun más luminoso. Las apagué con la pantalla que mi traje de buceo incorporaba en la muñeca, pero era demasiado tarde; la campana para la cena ya había sonado y era imposible acallarla.

Saqué una pistola de bengalas de mi cinturón y disparé al centro del frenesí verde fosforescente. Dos segundos después, la luz explotó por encima del acantilado, dejando a los tiburones paralizados por la sorpresa, con los ojos y los dientes brillando. Saqué del barro el ancla de mi tabla manta a toda velocidad y me coloqué sobre ella. Tumbado sobre mi estómago, con las piernas colgando, giré los mandos y salí de allí a toda velocidad. Si mis pulmones no hubieran estado llenos de Liquigen, habría gritado.

No es que estuviera a salvo, porque en cuanto la luz de la bengala desapareciera los tiburones se abalanzarían sobre mí como los peces ventosa sobre una ballena. Pensé en enterrarme en el espeso fango del lecho marino; tumbarme junto a las almejas del tamaño de piedras ya había dado resultado antes. Me arriesgué a mirar hacia atrás. Como era de esperar, la oscuridad estaba salpicada de estrellas; sanguinarias estrellitas lanzadas en mi dirección.

Inclinando la manta hacia abajo, descendí en picado, solo para encontrarme con un reflejo metálico. ¡Un submarino! Choqué contra él y volqué. Los mandos de la manta se separaron de mis dedos mientras yo caía de espaldas. A medida que resbalaba por la pendiente del casco, busqué con desesperación un asidero, pero mis esfuerzos fueron en vano hasta que mi pie golpeó el reborde y me detuve de golpe. Mi estómago tardó un buen rato en asentarse.

Sin nadie que la dirigiera, la manta se apagó automáticamente. Tendría que ir a buscarla más tarde; en ese momento necesitaba refugiarme. Sin embargo, sentía curiosidad por saber qué hacía ese pequeño ingenio en el fondo del mar, sin ninguna luz que advirtiera de su presencia. ¿Se trataría de un naufragio? De ser así no llevaba mucho tiempo sumergido, puesto que el pulido casco metálico no tenía crustáceos pegados.

Avancé a lo largo del reborde hasta que encontré la puerta redonda que daba a la cámara de descompresión. El panel de cierre colgaba de una bisagra y el borde tenía marcas de palanca. Vacilé, preguntándome cómo se habrían originado esos arañazos, cuando, de repente, en el casco se reflejó una luz de color esmeralda.

Pulsé con fuerza el botón de entrada. La escotilla se abrió como si fuera un ojo y el agua del mar inundó la pequeña cámara. Me precipité dentro de ella y giré sobre mí mismo para ver a los tiburones lanzándose contra mí desde todas las direcciones. Aplasté el botón interior con la palma de la mano. Cuando la escotilla se cerró, los tiburones se estrellaron contra ella como torpedos en miniatura. Desde dentro parecía como si la muerte estuviera llamando a la puerta. Me dejé caer contra la pared de la cámara y sonreí. No había nada que me entusiasmara más que escapar de unos depredadores.

¿Cuántas reglas acababa de romper? Visitar el Cañón del Sueño Frío: prohibido. Hacerlo sin nada aparte de una tabla manta: terminantemente prohibido. Explorar un submarino abandonado: fuera de toda discusión. No obstante, ahora tenía que refugiarme hasta que los tiburones se fueran. Era lo más sensato. Lo más seguro. Mis padres no tenían por qué saber del submarino ni de los tiburones; bastantes preocupaciones tenían ya con la banda de delincuentes que vagaban por el territorio.

Cuando la última gota de agua desapareció a través de la rejilla del suelo, me eché hacia atrás el casco y respiré hondo. El aire estaba rancio pero cumplió con su cometido; el oxígeno líquido de mis pulmones se evaporó. Encendí mi linterna, abrí la otra escotilla y me introduje directamente en una pesadilla.

De todas las superficies de la sala de máquinas goteaba sangre: paredes, bancos, armarios… Húmeda y brillante, formaba un charco alrededor de las herramientas de prospección que cubrían el suelo. Ralenticé la respiración como si eso pudiera atenuar el penetrante olor metálico que invadía mis fosas nasales; un hedor que recordaba al resbaladizo puente ensangrentado de un barco ballenero. «Algún pescador ha despiezado aquí algo grande, nada más», me dije a mí mismo. Un pez sol o un marlín. No había razón para alarmarse. Excepto… Me adentré un poco más en la habitación. Por muchos desperdicios que hubiera, era imposible que un pez moribundo hubiera vaciado el arsenal de armas y mucho menos que lo hubiera arrancado de la pared.

Rodeé la estantería volcada, paseé la luz de mi linterna por los armarios abiertos, todos ellos desvalijados, y me separé el cuello del traje de la garganta. Normalmente el casco no me molestaba cuando colgaba por detrás de mi traje de buceo, pero en ese momento me estrangulaba con su peso. Los tiburones que había fuera, golpeando el casco del submarino para encontrar una vía de entrada, tampoco hacían nada para calmar mi nerviosismo.

En cuanto dejaran de dar golpes, escaparía hacia la superficie. Sin embargo, el golpeteo no se detuvo, en todo caso se hizo más fuerte. Todavía peor: me di cuenta de que el sonido no estaba producido por los tiburones sino que eran. .

Pasos.

Apagué la linterna y dejé que la oscuridad me envolviera. Puede que el submarino fuera fantasmal y estuviera salpicado de sangre, pero lo que avanzaba por el pasillo no era un espíritu. Me quité los guantes sin hacer ruido y saqué mi pistola de arpones de la cartuchera que llevaba a la espalda.

Los fantasmas no existían, pero sí los forajidos.

Durante meses, la banda de los Seablite había aterrorizado a los pioneros, saqueando todas las naves de suministro que se acercaban a nuestros asentamientos. A menudo me preguntaba qué pasaría si me encontraba con ellos.

Ahora, por lo visto, iba a tener oportunidad de descubrirlo.

Alcé la pistola por encima de mi hombro y el frío metal se me escurrió de los dedos. Cerré los dedos en el aire y conseguí atrapar el asa un segundo antes de que el arma chocara contra el suelo. En el pasillo, los pasos se volvieron apresurados.

Me agaché detrás de una caja y apunté hacia la puerta. Cuando las pisadas se acercaron, doblé el dedo alrededor del gatillo. Intenté normalizar mi respiración, pero no conseguí detener el temblor de mi brazo. Dispararle a un tiburón tigre hambriento era una cosa, pero no sabía si tendría valor para arponear a una persona, aunque fuera un despreciable forajido. De pronto, la luz de una linterna iluminó la habitación y se paseó por delante de mi cara, cegándome. Levanté el arma, oí un grito, que no era mío, y la luz se apagó. Me puse de pie y corrí hacia el pasillo, siguiendo el eco de las pisadas, hacia el puente del submarino.

Ese grito no era de un forajido.

Era de una chica.

—¡No voy a hacerte daño! —grité.

No hubo respuesta.

—Mira. —Dirigí la linterna hacia la pistola de arpones mientras la guardaba en la pistolera—. No tengas miedo.

En el puente reinaba el mismo desastre que en la sala de máquinas. Gracias a Dios no había charcos de sangre, pero las consolas habían sido desmontadas y del techo asomaban cables, un puñado de los cuales se balanceaba como las algas marinas, lo cual me indicó que alguien acababa de pasar por allí. Cuando aparté los cables se encendió una luz y una voz chillona preguntó:

—¿Quién eres?

Sobresaltado, apunté la linterna hacia la voz con intención de contestar, pero enmudecí cuando una chica se acercó a grandes pasos hacia mí, agitando su larga trenza negra.

—¡Me has asustado! —exclamó.

Una de sus manos aferraba una linterna y la otra un cuchillo. A pesar del desafío que brillaba en sus claros ojos azules, ambas manos le temblaban.

—Lo siento —conseguí decir, a pesar de mi sorpresa.

La chica aparentaba tener más o menos los mismos años que yo: quince. Sin embargo, lo más asombroso es que era de Arriba. Seguro. Entre sus mejillas sonrosadas y su nariz pelada, su rostro era un ejemplo de la exposición a los rayos ultravioleta. Ella se detuvo de improviso.

—¿Eres un fantasma?

Me quedé de piedra. Por una vez me habría gustado encontrarme con un Terrestre que no me hiciera sentir como una cosa rara. Yo no había hablado en ningún momento de sus quemaduras por efecto del sol.

Ella cuadró los...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.