E-Book, Spanisch, 168 Seiten
Reihe: Ensayos
Escrivà Y ahora yo qué hago
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-122264-9-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Cómo evitar la culpa climática y pasar a la acción
E-Book, Spanisch, 168 Seiten
Reihe: Ensayos
ISBN: 978-84-122264-9-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Andreu Escrivà. València, 1983. Licenciado en Ciencias Ambientales, máster en Conservación de Ecosistemas y doctor en Biodiversidad, ha desarrollado su carrera investigadora en el Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE) y en el Institut Cavanilles de Biodiversitat i Biologia Evolutiva (ICBiBE). Ha publicado diversos artículos científicos en revistas especializadas, y realizó estancias formativas en la Universidad de Sheffield (Reino Unido) y en el Museo del Lago Biwa en Kusatsu (Japón). Formó parte del Comité de Expertos de Cambio Climático de la Comunitat Valenciana entre 2016 y 2017. Ejerce de divulgador científico en su tiempo libre, y colabora regularmente con distintos medios de comunicación de prensa, radio y televisión. Participa de forma habitual en eventos, cursos y seminarios universitarios sobre ciencia, comunicación y medio ambiente. En 2016 ganó el XXII Premio Europeo de Divulgación Científica Estudio General con el libro Aún no es tarde: claves para entender y frenar el cambio climático. También posee varios galardones de poesía y relato corto, como el de Poesia Jove Alzira (2002), el Vicent Andrés Estellés de poesía juvenil de Burjassot (2003) o el Solstici de Manises (2006), entre otros. Ha trabajado como consultor en sostenibilidad y comunicación, y actualmente es técnico de proyectos ambientales en la fundación València Clima i Energia, donde es el responsable del Observatorio del Cambio Climático. Se define a sí mismo como 'pesado climático'.
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¿Cómo hemos llegado
hasta aquí?
Estamos en emergencia climática. La temperatura ha subido un grado centígrado de media en todo el planeta en los últimos ciento cincuenta años, y con toda seguridad lo seguirá haciendo en las próximas décadas. Este aumento compromete ya, y lo hará aún más, nuestro bienestar, nuestra salud, nuestras posibilidades de desarrollar una vida humana plena y feliz. También a los seres vivos que nos acompañan en esta nave espacial llamada Tierra. No hay, desgraciadamente, una solución única, ni una varita mágica. Se nos está agotando el tiempo para aplicar aquellas herramientas de las que ya disponemos, y para desarrollar nuevos instrumentos de adaptación. Ante esto debemos preguntarnos: si la situación es tan desesperada, ¿por qué no nos hemos dado cuenta antes?
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
* * *
Hay algunas películas en las que el director quiere darnos la impresión de que hemos entrado en la sala cuando ya habían empezado. Se nos presenta un personaje en apenas unos segundos, se congela la imagen a mitad de una escena de acción de la que no sabemos qué o quién la ha ocasionado, y una voz en off dice algo así como «Te preguntarás cómo he llegado hasta aquí y quién es el tío que me dispara, así que mejor hagamos un repaso rápido de por qué estoy saltando desde un autobús». Acto seguido, aparecen unas letras sobreimpresas: «Diez días antes». Y voilà, de repente empezamos a entender, gracias a los flashbacks, por qué el protagonista va dando brincos entre capós en la autopista.
Hace más de ciento veinte años
Ni tú ni yo estábamos aquí, y por muy novedoso que nos parezca el concepto de calentamiento global, algunas personas ya le daban vueltas al tema hace ciento veinte años. Un científico sueco, Svante Arrhenius, calculó qué pasaría si duplicásemos la cantidad de dióxido de carbono (CO2, que se produce al quemar petróleo, gas natural o carbón) en la atmósfera. Se sabía desde hacía unas décadas que el CO2 era capaz de retener calor (es decir, es un gas de efecto invernadero), así que la pregunta era más que pertinente en la época de los deshollinadores y los trenes de vapor. El cálculo venía a decir que la temperatura subiría hasta 6 °C. Lamentablemente, el resultado era correcto. Pero nadie le hizo caso, y ya verás cómo esto es una constante a lo largo de estas páginas; te acabará dando más rabia que cuando el protagonista de una película de acción se entretiene en cualquier subtrama sin relevancia, perdiendo un tiempo precioso por el que luego estaría dispuesto a darlo todo.
Era 1896.
Hace más de ochenta años
Demos ahora un salto de cuarenta años, durante los cuales la trama ha seguido inalterada: se sabe que algo puede pasar a nivel teórico, pero no se tiene comprobación experimental. Y en ciencia eso es crucial, porque debemos demostrar que los cálculos son mucho más que un conjunto de fórmulas y números. Guy Stewart Callendar, un ingeniero aficionado a la meteorología, fue quien trazó la línea en 1939, a partir de una serie de datos por fin lo suficientemente extensa para permitirlo (los registros fiables de temperatura empiezan a estar disponibles en la segunda mitad del siglo XIX). La temperatura, en efecto, había empezado a subir. Poco, pero algo. Menos que preocupante, más que inapreciable. Pocos años después, a mitad de la década de 1950, Charles D. Keeling empezó a medir de forma continua la cantidad de CO2 en la atmósfera, a partir de los datos tomados en un observatorio en Mauna Loa, Hawái. Desde que realizó su primera anotación, la concentración de este gas de efecto invernadero no ha dejado de subir.
Si cambiamos de género cinematográfico y abandonamos la acción, sería como cuando en una película de miedo empieza a sonar de fondo una melodía inquietante: sabes que aún no aparecerá el asesino, pero tienes la certeza de que lo hará justo en esa casa, quizás al fondo del pasillo que se intuye por el quicio de la puerta. Y de que más vale que vayas cogiendo el cojín para taparte los ojos y ahogar el grito.
Hace cuarenta añosCasi medio siglo después del ingeniero Callendar, y tras unos lustros en los que la temperatura no subió como se esperaba, despistando a los científicos, la concentración de CO2 en la atmósfera proseguía con su tendencia al alza. Aumentaba unas dos o tres partes por millón al año, y aunque puede parecer poquísimo, es lo más rápido que ha cambiado la concentración de CO2 en la historia del planeta. Si, como a mí, te resulta complicado pensar en cómo una cantidad tan nimia de algo puede desequilibrar un sistema tan enorme como la atmósfera, quizás te sirva pensar en una balanza. Imagina una gigantesca y resistente balanza de dos brazos, en la que hay exactamente el mismo peso en cada plato: dos ballenas azules que pesan justo 117.000 kilos cada una (aunque sea una representación, también imagínate que las ballenas aguantan sin problemas el rato que estés pesándolas, y que luego las devuelves sanas y salvas al mar). Si te sentaras encima de una de ellas, contando con que nuestra balanza ideal fuera lo suficientemente precisa, esta se descompensaría. Da igual que el peso que soporta cada brazo de la balanza sea enorme, porque lo que importa es que está en equilibrio. Si se añade un pequeño peso adicional, por ligero que sea, hará que todo el montaje acabe inclinándose. Es el incremento marginal lo que provoca cambios abruptos: la última gota, la que colma el vaso, es la que conlleva que el agua rebose y moje la mesa. Pasar de doscientas ochenta a cuatrocientas diez partes por millón, la concentración que se alcanzó en 2019, puede parecer un incremento despreciable; al fin y al cabo, estamos hablando de partes por millón. Es decir, pasar de que el CO2 suponga un 0,028 % a un 0,041 % en la composición de la atmósfera. Equivalente a repartir una cucharada sopera de agua entre novecientas veinte copas de vino. ¿Quién notaría la diferencia? En el vino, nadie (ni siquiera el mejor sumiller del mundo); en el clima, todos y cada uno de nosotros.
Eso es justo lo que pasó en la década de 1980, cuando empezaron a saltar todas las alarmas. Estudios teóricos, mediciones de temperatura, modelos informáticos, datos de emisiones, testimonios con metros y metros de hielo que contenían historias del pasado, sensores en los océanos, cambios en la vegetación y los animales, lecturas de los satélites espaciales. Todo apuntaba hacia lo que hoy conocemos como un hecho irrefutable: nuestro planeta se calienta, y lo hace cada vez más rápido. Muchos se preguntan ahora por qué no hicimos nada en esa década. Por qué en vez de recordarla por las hombreras, los yuppies y el walkman no podemos echar mano de una historia de acción global coordinada frente al calentamiento.
O quizá no sea tan fácil. Quizá la década de 1980 no se circunscribe únicamente a una moda hortera y a los auriculares de diadema invadiendo las calles. Fue una década de cambios que explica, como veremos, gran parte de las transformaciones que se han sucedido en los últimos años. Con el tándem Thatcher-Reagan, el neoliberalismo asumió la hegemonía cultural y económica, un dominio que se acrecentó con la caída del Muro de Berlín. Los movimientos ecologistas existían, pero el proceso de mutación desde entidades conservacionistas a ambientalistas fue largo y arduo, tanto por resistencias internas como por obstáculos externos. Además, había amenazas urgentes, como el agujero de la capa de ozono, y la contaminación, en genérico, que era aquello que se podía ver y contra lo que se podía luchar de forma directa, tangible. El cambio climático aparecía únicamente en informes de burócratas y artículos científicos. Y, aun así, a finales de la década, se creó el famoso IPCC (el grupo de expertos en cambio climático que elabora los informes de referencia a nivel mundial), la ONU popularizó el concepto de «desarrollo sostenible», y algunos científicos y ecologistas empezaban ya a luchar decididamente para que el calentamiento global estuviese en la agenda pública y política. El mundo giraba demasiado deprisa para detenerse a hacer una lectura del termómetro y obtener un buen diagnóstico. Quizás pensaban que la fiebre se pasaría sola.
2009
A principios de 2019 se popularizó en las redes sociales el «reto de los diez años», cuyo objetivo era mostrar cómo habíamos cambiado a lo largo de la década. Algunas personas se enorgullecían de haber madurado, y otras echaban de menos su forma física o un cabello sin canas. Pero seguramente, si nos parásemos a pensarlo, lo que más echaríamos de menos serían justamente eso: los diez años. El tiempo. Un tiempo precioso que ya no tenemos y que, como supongo que ya estarás intuyendo, nos habría venido muy pero que muy bien, de haberlo aprovechado. En 2009, cuando se esfumaba la primera década del segundo milenio, todas las...