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E-Book, Spanisch, 256 Seiten

Endo Silencio

La aventura de los jesuitas en el Japón del siglo XVII
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-350-4713-5
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

La aventura de los jesuitas en el Japón del siglo XVII

E-Book, Spanisch, 256 Seiten

ISBN: 978-84-350-4713-5
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



A través de la fracasada misión de los sacerdotes occidentales que en el siglo XVII intentaron evangelizar el Japón, Endo propone una sutil reflexión sobre los valores fundamentales de la fe cristiana.Cuando la obra se publicó en Japón fue motivo de apasionadas controversias, obtuvo el prestigioso premio Tanizaki, fue considerada la mejor novela del año y en poco tiempo había vendido millones de ejemplares. Hoy es considerada como la novela más importante de Endo y una pieza fundamental para explicar ciertos caminos emprendidos por la narrativa japonesa de nuestros días. Esta nueva edición incorpora un prólogo escrito especialmente para la ocasión por el traductor de japonés, Jaime Fernández, que contribuye a situarla en el contexto en que surgió y las polémicas en que se vieron envueltos tanto la obra como el autor debido al tema que toca.

Shûsaku Endô es uno de los grandes contemporáneos de la literatura japonesa.Después de graduarse en literatura francesa en la Universidad de Kio, estudió durante tres años en Lyon, becado por el gobierno japonés. Perteneciente a la llamada 'tercera generación', su obra se singulariza por recrear las experiencias y reflejar la vida de la minoría católica en Japón, con particular sensibilidad para explorar los grandes dilemas morales a que se enfrentan sus personajes. Sus novelas han sido traducidas al inglés, francés, ruso y sueco, entre otras lenguas, y le han hecho merecedor de algunos de los premios más importantes de su país (el Akutagawa, el Mainichi, el Sincho, el Tanizaki). Su vida y obra son las protagonistas del Museo Literario Shûsaku Endô (en Sotome, Nagasaki). Entre sus obras publicadas en Edhasa, podemos encontrar: Silencio, en la que Scorsese basó su película titulada con el mismo nombre, El Samurai y Escándalo.

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Prólogo La noticia llegó a Roma. Un jesuita portugués, el padre Cristóbal Ferreira, enviado al Japón por la Compañía de Jesús, había apostatado tras padecer el tormento de la «fosa» en Nagasaki. Llevaba de misionero en el Japón treinta y tres años, ocupaba el puesto de provincial y había dirigido y alentado a sacerdotes y fieles. Dotado de un talento teológico poco común, había evangelizado aun en tiempos de persecución, infiltrándose en la región de Kamigata. Todas sus cartas revelaban a un hombre de temple. Era increíble que, aun en el peor de los casos, hubiera podido traicionar a la Iglesia. En los medios eclesiásticos y en la misma Compañía de Jesús fueron muchos los que pensaron que el informe era falso. ¿Una invención de los japoneses y de los herejes de Holanda? Probablemente. Por supuesto que en Roma estaban al tanto, por las cartas de los misioneros, de las difíciles circunstancias que atravesaba la misión en Japón. Todo comenzó en el año 1587; Hideyoshi, gobernador del país, viró el rumbo de la política precedente, e inició la persecución del cristianismo. En la colina Nishizaka de Nagasaki veintiséis sacerdotes y fieles fueron crucificados y quemados vivos; luego, en todas las regiones del país innumerables cristianos fueron sacados de sus casas para ser atormentados y asesinados salvajemente. El shogun Tokugawa, siguiendo la misma política, decretó en 1614 la expulsión de todos los misioneros. Las crónicas de los misioneros cuentan que, en los días 6 y 7 de octubre de ese mismo año, setenta sacerdotes japoneses y extranjeros, previamente concentrados en Kibachi, puerto de Kyüshü, fueron embarcados en cinco juncos con rumbo a Macao y Manila. Emprendían el camino del destierro. Era un día de lluvia. El mar tenía color ceniciento. Azotados por la lluvia, salieron los barcos de la ensenada, rebasaron el promontorio y fueron desapareciendo en el horizonte. Pero, pese al severo edicto de expulsión, quedaban ocultos en el Japón treinta y siete misioneros incapaces de abandonar a su rebaño. Ferreira, uno de ellos, continuó informando a sus superiores sobre los cristianos y misioneros que iban siendo apresados y torturados. Conservamos en la actualidad una carta suya, enviada al padre visitador, Andrés Palmeiro, fechada en Nagasaki el 22 de marzo de 1632: En mi última carta le informé sobre la situación de la cristiandad en este país. Ahora le comunico lo sucedido desde entonces. Todo podría resumirse en nuevas persecuciones, nuevas represiones, nuevos padecimientos. Comenzaré a partir del año 1629, en que cinco religiosos fueron encarcelados por la fe que profesaban. Sus nombres: Bartolomé Gutiérrez, Francisco de Jesús y Vicente de San Antonio, de la orden de San Agustín; Antonio Ishida, de nuestra compañía; y un franciscano, Gabriel de Santa Magdalena. El magistrado de Nagasaki, Takenaka Uneme, trató de hacerles apostatar. Quería desalentar a los fieles y ridiculizar nuestra fe y a sus servidores. Pero pronto comprendió que con meras palabras no doblegaría la resolución de los padres. De modo que ideó un método distinto: la tortura del agua hirviente en el «infierno» de Unzen. Ordenó que los cinco sacerdotes fuesen trasladados a Unzen, que se les sumergiese en el agua hirviente, pero que no se les diese muerte bajo ningún concepto. Además, serían torturadas Beatriz da Costa, esposa de Antonio da Silva, y su hija María, por negarse a apostatar tras múltiples requerimientos. El día 3 de diciembre partió el grupo rumbo a Unzen. Las dos mujeres en palanquín y los cinco religiosos a caballo. Al llegar al puerto de Hinomi, a sólo una legua de distancia, los ataron de pies y manos, les pusieron cepos en los pies y los hicieron subir a una embarcación. Uno tras otro fueron amarrados fuertemente a la borda. Al atardecer llegaron al puerto de Obama, a los pies del monte Unzen. A la mañana siguiente emprendieron la subida. En el monte los siete fueron recluidos en chozas aisladas. Atados de pies y manos, fueron sometidos a una estrecha vigilancia. El camino que conducía a la montaña estaba bloqueado por patrullas que prohibían el paso a quien careciese de un salvoconducto de los funcionarios. La tortura comenzó al día siguiente. Fueron conducidos de uno en uno al borde del estanque en ebullición. El agua hervía como un pequeño mar hirviente. Ante ese espectáculo, les obligaron a escoger entre renegar de Cristo o sufrir en la propia carne los efectos del baño abrasador. El ambiente frío, helado, del exterior hacía más espantosa la visión del estanque hirviente. Si no fuera por la asistencia invisible de Dios, su sola presencia hubiera producido el desmayo. Pero, fuertes por la gracia divina, todos respondieron que les torturasen, porque no abandonarían la fe que profesaban. Los guardias los despojaron de sus ropas, los amarraron de pies y manos a un poste y, sacando el agua hirviendo en cucharones, la fueron derramando sobre aquellos cuerpos desnudos. Pero no de un golpe. Los cucharones tenían horadado el fondo con muchos agujeros, para que el sufrimiento se prolongase. Los héroes de Cristo soportaron el espantoso suplicio sin desmayo. Tan sólo María, muy joven aún, cayó desplomada de tanto dolor. «¡Apostató! ¡Apostató!», gritaron los funcionarios. La recluyeron en una choza, y al día siguiente la enviaron de nuevo a Nagasaki. María negó que hubiese apostatado, e insistió una y otra vez en que la torturasen con su madre y con los demás. Pero no le hicieron caso. Los seis restantes permanecieron en la montaña treinta y tres días, durante los cuales Beatriz y los padres Antonio y Francisco fueron torturados con el agua hirviendo seis veces, el padre Vicente cuatro, y los padres Bartolomé y Gabriel dos. Pero ninguno dejó escapar el más leve quejido. Los más largamente torturados fueron Beatriz y los padres Antonio y Francisco. En especial, Beatriz da Costa, que, amenazada y sometida a diversas torturas, mostró en su condición de mujer un valor superior al de cualquier hombre. Por eso, además del suplicio del agua hirviente, le fueron aplicados nuevos tormentos, y durante largas horas, en pie sobre una pequeña roca, recibió los insultos y las mofas de la gente. Pero cuanto mayor era el furor de sus agresores, menos cedía ella. Los demás no fueron atormentados con tanta severidad por ser de constitución débil y estar enfermos. El magistrado no deseaba darles muerte, sino hacerles apostatar. Por este motivo había venido al monte un médico para curar sus heridas. Uneme comprendió al fin su impotencia. Incluso sus hombres le dijeron que eran tales la fuerza y el valor de los padres, que todos los manantiales de Unzen se agotarían antes de que cambiasen de sentimientos. Decidió entonces que volviesen de nuevo a Nagasaki. El 5 de enero confinó a Beatriz da Costa en una casa de mala fama y encerró a los cinco sacerdotes en una prisión de la ciudad, donde aún continúan. Éste ha sido el espléndido final de un combate que ha hecho que nuestra fe se propague entre la multitud, los fieles se fortalezcan y las esperanzas del tirano queden desbaratadas. Ésta era la carta de Ferreira. En Roma no podían imaginarse a este sacerdote caído ante el infiel, apostatando de Dios y de su Iglesia, por muchas que hubieran sido las torturas sufridas. Roma, 1635. Cuatro sacerdotes, reunidos alrededor del padre Rubino, trazaban un plan: tratarían de llegar como fuera hasta las tierras perseguidas del Japón, para realizar en ellas un apostolado oculto. Así lavarían la deshonra que la apostasía de Ferreira había ocasionado a la Iglesia. El proyecto, descabellado a primera vista, no obtuvo en un principio la aprobación de las autoridades eclesiásticas. Comprendían el celo y espíritu apostólico del grupo, pero no podían seguir autorizando sin más ese envío insistente de sacerdotes a un país infiel, tan erizado de peligros. Sin embargo, tampoco cabía abandonar a los cristianos cada vez más desalentados, privados de sus líderes en un Japón sembrado de la mejor semilla de todo Oriente desde los tiempos de Francisco Javier. Además, para los europeos de entonces, el hecho de que Ferreira hubiera sido forzado a apostatar en un país insignificante, perdido en el extremo del mundo, representaba no sólo el fracaso de una persona, sino la derrota humillante de la fe y de toda Europa. Por ello, tras muchas dificultades, el padre Rubino y sus compañeros obtuvieron el permiso de hacerse a la mar. En Portugal había también tres sacerdotes jóvenes que, por razones distintas, planeaban introducirse en el Japón secretamente. Habían sido discípulos de Ferreira en el antiguo seminario de Campolide. Para Francisco Garpe, Juan de Santa Marta y Sebastián Rodrigo resultaba increíble que Ferreira, su admirado profesor Ferreira, se hubiera doblegado como un perro ante el infiel, cuando podía haber conseguido un glorioso martirio. Y sus sentimientos jóvenes eran el eco unánime de los del clero portugués. Los tres irían al Japón y comprobarían la verdad. Pero, igual que en Italia, los superiores no dieron su asentimiento a la primera. Con todo, vencidos por aquel entusiasmo, aprobaron la peligrosa misión. Era el año 1637. Los tres jóvenes sacerdotes empezaron a preparar el largo y azaroso viaje. En aquella época los misioneros portugueses destinados al Oriente acostumbraban embarcar en la flota de Indias, que iba de Lisboa a la India. La partida de la flota era el acontecimiento anual que más conmocionaba a Lisboa. El Japón, tierra de Oriente, que era hasta entonces como decir confín del mundo, se alzaba ante los tres revestido de aureola. Cuando...



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