Egaña | El agua roja | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 190, 224 Seiten

Reihe: Narrativa

Egaña El agua roja


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-10455-26-9
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 190, 224 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-10455-26-9
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Sara y Mateo deben catalogar la herencia de un matrimonio fallecido en accidente de tráfico tres años antes. Al entrar en su casa harán un insólito descubrimiento: el cadáver momificado de un hombre que parece haber muerto sin más, sentado allí, esperando quién sabe qué. Antes de notificar el hallazgo deciden investigar la casa y sus secretos; la vida de sus acomodados propietarios, la identidad del cadáver y, sobre todo, hasta qué punto puede tener relación con este el heredero de la fortuna y las obras de arte que contiene la casa. Se trata de un sobrino lejano que vive en Sudáfrica. Es anticuario, es fascinante y es extrañamente misterioso, libertino y amoral. De manera inevitable, las vidas de Sara y Mateo cambiarán tras conocerlo. Sentirán en sí mismos el mal y el amor, notarán cómo fuerzas contrarias los unen y los separan. Hallarán respuestas a las preguntas sobre lo que ocurrió y, tal vez, gracias a su búsqueda, habrán encontrado una ruta que les hable sobre sí mismos. Con El agua roja, Íñigo Eñaga nos sumerge en una trama hipnótica, medida al milímetro, con protagonistas inolvidables de un inusual carisma. Una novela con una atmósfera envolvente y una tensión creciente dignas de la mejor Patricia Highsmith. Y con un protagonista inolvidable a la altura del mismísimo Ripley.

Íñigo Redondo Egaña, bilbaíno y de otros lugares, ha sido consultor y gestor de proyectos internacionales de tecnología y procesos de negocio. Ha residido nueve años en México, Perú y Argentina y ha trabajado largos periodos en países europeos. Hoy es escritor. Es autor de cinco novelas, dos libros de cuentos y un poemario que permanece vivo y crece despacio. Ha sido finalista o ganador de certámenes de relatos como Las dalias, Getafe negro y otros, y ha publicado cuentos en revistas literarias. Ha sido compilador y coordinador de la antología Un lugar tan encantador. Hotel California: nueve cuentos y un porqué. Ha participado también en las antologías Cien instantes en un santiamén y Aztarnak. El agua roja es su primera novela publicada.
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Lunes


y ahora mismo para empezar a revisar tengo que elegir por dónde, por qué lugar de la casa, porque ayer decidí comenzar por arriba y no revisé nada, pero me sigue gustando la idea de comenzar por arriba, es lo más práctico, así que subo a la torre, llego, trato de recomponer el resuello, respiro y cuando me digo que voy a comenzar lo oigo

buenos días, me dice

te estaba esperando

hola, le digo

mejor no cambies de bebida, me dice

toma hoy también un armañac

y dice eso y así entramos en nuestra segunda charla, porque no puedo evitar hablar con él y olvido todo, todo lo que tengo que hacer, así que cuando correspondo a su saludo siento algo que me hace sentir bien porque él es agradable y entonces lo miro y creo que le sonrío y él no me sonríe, pero no importa porque parece sonreír siempre

y miro sus manos, ayer no las miré o sí las miré pero no me fijé, y veo que la piel de sus manos es también de pergamino pero distinta y pienso que la piel de la cara parece de ternero nonato y la de las manos de cordero nonato, más pequeño y delicado, y sin que pueda evitarlo me acerco a su mano, la que reposa en su regazo, y la tomo, con mucho cuidado, para ver sus uñas que son perfectas, recortadas como un horizonte de mar contra el cielo, lo hago muy despacio porque pienso que podría quebrarse algo, el húmero o la muñeca o una falange tal vez, la más pequeña, la del dedo pequeño, y cuando levanto un poco esa mano la siento en las mías

y noto que esa piel es muy suave y aceitosa

y luego toco su cara y la comparo con la mano y creo que sí es del pergamino de un libro de horas medieval y cuando la acaricio la siento

y noto que esa piel es muy suave y que es de talco en polvo

y vuelvo a mi butaca a sentarme entonces y lo miro, lo veo rígido y tranquilo

yo los maté, me dice

perdón, qué, cómo, le digo

yo los maté, me dice

maté a los dueños

a la pareja de viejos

pero, le digo

no, me dice

no los maté

pero no hice nada

entonces, le digo

murieron porque no hice nada, me dice

por eso

y me quedo callada, sin esperar a que me diga más cosas, solo callada, pero supongo que debo esperar que diga más, porque lo que me ha dicho podría no ser lo único que quiera decirme, eso pienso, porque es algo que parece claro y directo y que debe ser suficiente, pero no lo es, es un sí pero no, y quizá no haya más que decir o él no quiera decir más, pero sí continúa

quería que lo supieras, me dice

yo los quería

mucho

y qué debo hacer yo, le digo

ahora que lo sé

que sé que pudiste haber hecho algo

qué hago ahora que lo sé

aunque no sé qué podrías haber hecho

no sé, me dice

yo tampoco lo sé

no sé qué podrías hacer tú ahora

porque ya murieron

y es él quien calla entonces y yo también y así permanecemos un rato, no sé si mucho rato, callados, creo que no mucho rato, pero parece mucho rato, y pasa ese momento y volvemos a mirarnos, si es que él me mira, porque no puede moverse ni puede mirar, pero sé que me mira

deberías revisar en qué estado está la casa, me dice

deberías comenzar ya

y me levanto y veo su copa con la película parda del licor evaporado hace mucho y veo mi copa dada la vuelta sobre el pañuelo de papel y me doy cuenta de que no me he servido el armañac

mañana tomaremos algo, le digo

hoy ya no hay tiempo

de acuerdo, me dice

vuelves mañana

vuelve

adiós, le digo

vuelvo mañana

y pienso que él me ha contado poco, o nada, o que ha querido decir mucho, que solo me ha contado una cosa y me pregunto por qué me ha contado esa sola cosa y si es cierta esa cosa, y comprendo que no he comprendido, y me pregunto también por qué yo no le he preguntado nada cuando me lo ha contado y me pregunto si él me habría respondido

Tenía que hacer la revisión inicial y la casa era grande, me llevaría una semana fácilmente y no quería entretenerme más de la cuenta, porque, aunque no sabía nada de antigüedades ni de trastos y no podía evaluar por mí misma si todas las cosas que había tenían mucho o poco valor, sí necesitaba hacerme una idea del tiempo que me haría falta para componer la lista completa. Esa lista era fundamental, se la tendría que mandar al cliente y darle copia al abogado. Quería que la tuvieran los dos cuanto antes, tenía que trabajar con muchísima transparencia, con eficacia máxima, con rapidez y sentido práctico. Quizá tendría que buscar en la oficina alguien que me ayudara unos días, en cualquier caso. Habría que ver si los trucos que prometía Mateo aceleraban las cosas.

Subí hasta el estudio de la torrecilla. Ya no me pregunté si él, sentado, podría ser un maniquí o un muñeco, como hice el día anterior. Tampoco me puse nerviosa, porque ya sabía que estaba allí y que estaba muerto. Quise no entretenerme mucho tiempo. En la bajada entré en todas las habitaciones, en los baños y en la cocina, en la despensa y en el comedor. En todas vi cuadros y pequeñas esculturas y algunas porcelanas, me llamaron mucho la atención dos colmillos de elefante verticales que formaban un arco como si la entrada al comedor fuera la de un templo. Había muebles sencillos y elegantes, no había angelotes ni volutas ni terciopelos pesados ni candelabros dorados sino muchas cosas sin adorno, de líneas simples, muchas, eso sí. Los muebles parecían europeos, nórdicos, de los años sesenta, quizá alguno anterior, había visto muchos muebles como esos en algunas casas de las que había vendido, pero me sorprendió encontrarlos en esa especie de palacete colonial con torre. El resultado final de la mezcla de arquitectura y decoración era equilibrado. Había objetos de cristal, cerámicas y bronces opacados sobre algunos de los muebles y estantes. Los bronces eran esculturas pequeñas muy geométricas.

Sobre todo me fijé en los cuadros, había muchos, en todas las paredes. Algunos estaban firmados por ella, por la esposa. Eran abstractos. Me sorprendieron. Usaba colores muy vivos, que parecían gritar. Eran personas de una cierta edad, no me acababa de cuadrar. Ella debió de ser una artista de vanguardia, supuse.

Abrí algunos cajones de los aparadores y cómodas. Encontré catálogos de exposiciones, de muchos pintores distintos y muchas fechas, y de ella, de sus propias exposiciones. Expuso en algunas ciudades de Europa. Estaban Berlín, París y Milán.

Había en el piso de abajo, junto al salón, un despacho, un espacio más pequeño que el estudio de arriba, con dos librerías repletas de libros, una a cada lado del escritorio que ocupaba el centro ante la ventana. No me entretuve en mirar los títulos pero sí vi que no eran libros viejos, quiero decir de esos encuadernados en granate o verde oscuro con letras doradas y moribundas. Había también muchos de ediciones baratas. Era una biblioteca que se había leído.

No había mucho que hacer. La casa estaba bien, todo en orden. Abrí grifos, cerré y abrí puertas, revisé armarios, encendí luces en todas las salas y todo funcionaba. Una lámpara de lectura en el despacho parecía quemada. Pensé que habían seguido cobrando la luz, los conceptos mínimos cobrables. Tres años así, desde que murieron. Sería sencillo hacer una limpieza en profundidad y sería casi suficiente. Cuando desaparecieran los muebles y los enseres, podría pintarlo todo. Solo por darle una buena cara. No sería barato, pero valdría la pena. Además, el olor de la pintura reciente atrae al comprador, ese olor hace que se justifique mejor la compra. Aunque la cocina o los baños habían vivido mucho, estaban bien mantenidos y no necesitaban que se hiciera nada. Yo sabía que este tipo de casas tienen que estar en orden, que bastaba con que no resultaran desagradables al entrar, que no hubiera suciedad, no era preciso cambiar nada para ponerlo nuevo si había sido mantenido con dignidad, porque, al fin y al cabo, el comprador de algo así siempre va a cambiar cosas, cambiará casi todo, y pondrá la cocina nueva y cambiará habitaciones de sitio o añadirá y eliminará baños y agrandará alguna ventana o cegará otra, todo se transformará hasta que sea como lo vea en su cabeza. El cliente que compra algo así puede hacerlo y lo hace. Había visto muchas veces a compradores de casas de lujo derribar baños nuevos, muros recién construidos o cocinas sin estrenar.

Me fui pensando que el trabajo pesado sería preparar la lista de objetos. Estaba equivocada, la lista estaba ya hecha, pero aún no lo sabía.

Sara nunca había recibido de un notario las llaves de una casa. Revolvió el azúcar en el café sin mirar la taza, mirando hacia el frente sin ver, sin quitarse de la memoria la imagen de la fachada de la casa. Pero es que Sara Depalacio, fundadora y propietaria de Ambassade Properties, nunca se había visto implicada en una operación como esa. Sara recordaba. A la vez que le daba la dirección, el notario dejó que hojeara unas escrituras de compraventa de cuarenta y tres años atrás, de cuando los propietarios se hicieron con la casa. Los propietarios anteriores, siendo estrictos. El notario escatimó palabras. Sara no supo si porque él era así, poco locuaz o reservado o huraño, o si es que no sabía mucho más y no tenía mucho más que transmitirle. En todo caso, fue en la notaría donde conoció el principio de la historia.

Después, en aquella cafetería con una...



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