E-Book, Spanisch, 416 Seiten
Reihe: Ensayo
Du Mez Jesús y John Wayne
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-126130-3-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 416 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-126130-3-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Historiadora estadounidense. Es profesora de historia y estudios de género en la Universidad Calvin de Grand Rapids, Michigan. Su investigación se centra en la intersección de género, religión y política. Trabajó en el Williams College y en el Five College Women's Studies Research Center del Mount Holyoke College antes de trasladarse a la Universidad de Calvin. Kristin Du Mez imparte cursos de historia de la mujer estadounidense y de historia social y cultural de Estados Unidos, y ha disfrutado trabajando con los estudiantes en recorridos históricos a pie por Grand Rapids para la aplicación GR Walks. Ha escrito para The New York Times, The Washington Post, NBC News, Religion News Service y Christianity Today, y ha sido entrevistada en NPR, CBS y BBC, entre otros medios. Actualmente está trabajando en 'Live Laugh Love', un estudio cultural sobre la mujer blanca cristiana. Tiene tres hijos.
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Introducción
Un crudo día de invierno de enero de 2016, Donald Trump ocupó el estrado del salón de actos de una pequeña universidad cristiana de Iowa. Alardeó de sus cifras en las encuestas y de las dimensiones de las multitudes que congregaba. Alertó de los peligros que representaban los musulmanes y los inmigrantes indocumentados, y habló de erigir un muro en la frontera. Denigró a los políticos estadounidenses, tildándolos de estúpidos, débiles y patéticos. Afirmó que el cristianismo estaba siendo «asediado» e instó a los cristianos a aunar fuerzas y ejercer su poder. Prometió liderarlos. No dudaba de la lealtad de sus seguidores: «Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos»,[1] aseguró.
Aquella mañana, el reverendo Robert Jeffress, pastor de la Primera Iglesia Bautista de Dallas, se encargó de presentar a Trump. Como pastor, Jeffress no podía expresar su apoyo a un candidato, pero aclaró que no estaría allí si no creyera que Trump «podía ser un magnífico presidente». Y Jeffress no era el único que lo pensaba. En aquel momento, antes de los caucus de Iowa de principios de febrero, el 42 por ciento de los evangélicos blancos apoyaban a Trump, un apoyo superior al que tenía cualquier otro candidato. El motivo era muy sencillo, sostenía Jeffress. Los evangélicos estaban «hartos del statu quo». Buscaban un líder que «invirtiera la espiral mortal descendiente en la que se halla sumido este país que tanto amamos».[2]
Yo no me encontraba en Iowa en aquel momento, pero seguí aquel espectáculo en directo a través de Internet. Conocía bien el lugar. Era el Dordt College, mi universidad. Y la ciudad era Sioux Center, mi ciudad natal. Había crecido a poca distancia del campus, al otro lado de una antigua granja recientemente convertida en pradera nativa. Había estudiado en la escuela de primaria cristiana local, donde mi madre había sido mi maestra de educación física. Y mi padre, que era pastor ordenado, impartía Teología en aquella misma universidad desde antes de que yo naciera. Cada año, de niña, acudía a los servicios de la Salida del Sol de Pascua en aquel mismo salón de actos y, en mi época de estudiante universitaria, asistía fielmente a los servicios de capilla. Desde el mismo estrado en el que ahora se alzaba Trump, yo había dirigido oraciones, participado en «equipos de alabanza» cristianos y, durante los ensayos del coro, coqueteado con el hombre que se convertiría en mi esposo. Nos casamos en una iglesia situada en aquella misma calle. Y aunque nos mudamos después de graduarnos en la universidad, aquel espacio seguía pareciéndome íntimamente familiar. No obstante, mientras observaba a aquella multitud desbordante agitar pancartas, reírse de los insultos y gritar dándole la razón a Trump, me pregunté quiénes eran aquellas personas. No las reconocía.
No todos los presentes aquel día compartían el entusiasmo por Trump. Algunos habían acudido por mera curiosidad. Y otros para protestar. Un reducido grupo de residentes, entre los cuales figuraban alumnos de la universidad y de la escuela primaria cristiana, formaban un corrillo para protegerse del frío mientras sostenían pancartas hechas a mano en las que se leía: «Ama a tus vecinos» y «El amor perfecto destierra el miedo». Sin embargo, eran una nimiedad en comparación con los partidarios de Trump. Y siguieron siéndolo el 8 de noviembre de 2016, cuando el 82 por ciento de los electores del condado de Sioux votaron a Donald Trump,[3] una proporción asombrosamente parecida al 81 por ciento de votantes evangélicos blancos que, según las encuestas a pie de urna realizadas en todo el país, dieron su apoyo a Trump y que demostraron ser cruciales para que se impusiera a Hillary Clinton.
La confianza de Trump en la lealtad de sus seguidores se antojaba una fantochada en aquel entonces, pero no tardó en convertirse en un canto profético. Sus partidarios evangélicos le respaldaban incluso cuando se mofaba de sus adversarios, incitaba a la violencia en sus mítines y alardeaba de su «hombría» en la televisión nacional. Luego vinieron las indiscreciones sexuales de Trump. El divorcio por un lado, los rumores de escarceos sexuales por el otro; pero fue la publicación de la grabación de Access Hollywood[4] la que aportó pruebas irrefutables de que el candidato utilizaba un lenguaje soez para hablar de seducir y acosar sexualmente a las mujeres.
¿Cómo podían los conservadores con «valores familiares» apoyar a un hombre que contravenía todos y cada uno de los principios por los que ellos aseguraban regirse? ¿Cómo podía la autoproclamada «mayoría moral» aupar a un candidato que se regodeaba en la vulgaridad? ¿Cómo podían los evangélicos que habían convertido el «QHJ» («¿Qué haría Jesús?») en un fenómeno nacional justificar su respaldo a un hombre que parecía la mismísima antítesis del salvador a quien afirmaban emular?
Los comentaristas desplegaron su arsenal para explicarlo. Votando con la nariz tapada, los evangélicos habían decidido decantarse por el mal menor, y Hillary Clinton era el mal mayor. Los evangélicos pensaban en términos puramente transaccionales, como dicen que suele hacer el propio Trump, y lo votaban porque prometía designar para el Tribunal Supremo a magistrados que protegieran a los nonatos y les aseguraran su «libertad de religión». O quizá las encuestas eran engañosas. Tal vez encuestas poco rigurosas estaban confundiendo a «evangélicos de postín» con verdaderos cristianos que creían en la Biblia y acudían a la iglesia y estaban dando mala reputación al evangelismo.
Pero el apoyo de los evangélicos a Trump no era ninguna aberración, ni tampoco una decisión meramente pragmática. Era más bien la culminación de la adopción de una masculinidad combativa por parte del evangelismo, una ideología que consagra la autoridad patriarcal y consiente un despliegue despiadado de poder, tanto a escala doméstica como externa. Para cuando Trump se erigió en su salvador, los evangélicos blancos conservadores ya habían transformado una fe que ensalza la humildad y a «los más desfavorecidos» en una fe que tilda la consideración por el prójimo de «cosa de cobardes». En lugar de poner la otra mejilla, los evangélicos habían decidido defender su fe y su país, convencidos de que el fin justifica los medios. Tras reemplazar al Jesús de los Evangelios por un Cristo guerrero vengador, no sorprende que muchos acabaran por concebir a Trump bajo esa misma luz. En 2016, muchos observadores quedaron estupefactos ante la aparente traición de los evangélicos a sus propios valores. En realidad, los evangélicos no votaron a pesar de sus creencias, sino precisamente espoleados por ellas.
Donald Trump no fue el desencadenante de este giro agresivo; su auge fue sintomático de un problema que venía de lejos. Los datos de las encuestas revelan los agrestes contornos de la cosmovisión evangélica contemporánea. Más que ningún otro grupo demográfico religioso en Estados Unidos, los protestantes evangélicos blancos amparan la guerra preventiva, consienten el uso de la tortura y están a favor de la pena de muerte. Poseen armas en un porcentaje más elevado que ninguna otra fe y defienden que los ciudadanos deberían tener derecho a ir armados en la mayoría de lugares y a sentirse seguros con un arma de fuego cerca. Los evangélicos blancos son los principales opositores a la reforma de las leyes de inmigración, tienen una opinión más negativa de los inmigrantes que ningún otro grupo demográfico religioso y dos tercios de ellos están a favor del muro fronterizo de Trump. El 68 por ciento de los protestantes evangélicos blancos (más que ningún otro grupo demográfico) considera que Estados Unidos no tiene la responsabilidad de acoger refugiados. Más de la mitad de los protestantes evangélicos blancos opinan que sería una involución que la población estadounidense mayoritaria no fuera blanca. Y, además, los evangélicos blancos son los más inclinados a creer que el islam instiga la violencia, a rechazar el islam como «parte de la sociedad estadounidense general» y a percibir «un conflicto natural entre el islam y la democracia». En paralelo, creen que, en Estados Unidos, los cristianos están más discriminados que los musulmanes. Los evangélicos blancos son significativamente más autoritarios que otros grupos religiosos y manifiestan una mayor confianza en sus líderes espirituales que los integrantes de otras fes.[5]
Para los evangélicos, la política interior y exterior son dos caras de la misma moneda. El nacionalismo cristiano, la creencia en que Estados Unidos es la nación elegida por Dios y, como tal, debe defenderse, es un potente indicador de la intolerancia hacia los inmigrantes, las minorías raciales y los no cristianos. Se opone a los derechos de las personas homosexuales y al control sobre las armas, al tiempo que respalda la aplicación de castigos más duros a los delincuentes, justifica el uso de una fuerza...




