Dragt | Carta al rey | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 338, 456 Seiten

Reihe: Las Tres Edades

Dragt Carta al rey


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10415-34-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 338, 456 Seiten

Reihe: Las Tres Edades

ISBN: 978-84-10415-34-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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Premio Griffel der Griffels 2004 al mejor libro juvenil de los últimos cincuenta años. Más de 50.000 lectores se han convertido ya en escuderos de Tiuri, el inolvidable aspirante a caballero de este clásico de la novela de aventuras. UN JOVEN HÉROE. UNA MISIÓN SECRETA. UNA AVENTURA INCREÍBLE. Tiuri, un joven de dieciséis años, está a punto de ser nombrado caballero del rey Dagonaut. Pero en la noche previa al esperado acontecimiento, alguien llama desesperadamente a su puerta pidiendo ayuda. Una carta secreta debe ser entregada al rey Unawen, de ella depende el destino del reino entero. Tiuri decide llevar la carta, aunque le cueste el deseado nombramiento. El viaje lo llevará a través de bosques oscuros y amenazantes, ríos traicioneros, castillos siniestros y extrañas ciudades. Encontrará enemigos perversos que matarían por obtener la carta..., pero también los mejores aliados y amigos en los lugares más inesperados. ¿Podrá, después de tanto esfuerzo, ser nombrado caballero? «Si la función principal de la literatura es hacer que los jóvenes se aficionen a la lectura, este libro cumple perfectamente su cometido, ya que atrapa al lector desde su primera página y obliga a seguir leyendo». El Correo«En un espléndido arranque, Tonke Dragt predispone al lector a entrar en una apasionante intriga medieval en la que no faltan los peligros, las luchas, el valor o la generosidad. No le defraudará». Babelia, El País «Una deliciosa lectura». El Cultural «Una historia trepidante que desde el primer momento nos obligará a leer sin parar». Heraldo de Aragón «La novela ha sido cocinada con los ingredientes que siempre consiguen enganchar: misterio, aventura y acción». Tribuna de Salamanca

Tonke Dragt (Yakarta,1930 - La Haya, 2024) pasó en Indonesia la mayor parte de su juventud. En 1941 se desencadenó la guerra en el Este, Japón invadió la India neerlandesa y Dragt, con 12 años, fue a parar a un campamento japonés con su madre y sus dos hermanas pequeñas. Allí, inspirada por Jules Verne, escribe su primer «libro». Acabada la guerra en 1945, se traslada junto con su familia a los Países Bajos y estudia en la Academia de Bellas Artes de La Haya, convirtiéndose en profesora de dibujo. En 1961 apareció su primer libro: Aventuras de dos gemelos diferentes. Un año después llegó Carta al rey, que fue elegido Mejor libro juvenil del año y en 2004 recibió en su país el Griffel der Griffels («Premio de los Premios») reconociéndolo como el mejor libro juvenil de los últimos cincuenta años. En 1976 Tonke fue premiada por el conjunto de su obra con el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil.
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1. De camino. El caballo negro


Tiuri volvió a andar con cuidado por el bosque, en dirección al lugar en el que había encontrado al Caballero Negro del Escudo Blanco. Pasado un rato, oyó a alguien que silbaba una canción no lejos de donde estaba. Fue sigilosamente hacia el origen del sonido y allí vio a un joven de su misma edad que estaba atando haces de ramas. Silbaba alegre y no reparó en Tiuri.

Le estuvo mirando durante un rato. «¿Lo hago o no?», pensó. Después tomó una decisión, salió de su escondite en el matorral y dijo:

–Buenos días.

El chico se asustó, dejó de silbar y le miró con la boca abierta.

–Buenos días –volvió a decir Tiuri–. ¿Harías algo por mí?

El otro siguió mirándole.

–¡Pues no! –exclamó al final–. Tú debes de ser el chico que están buscando, el ladrón de caballos.

–¡Chist! –susurró Tiuri–. No grites tanto.

El chico dio un paso atrás y lanzó una mirada al hacha que estaba en el suelo muy cerca de él.

–No tienes por qué tenerme miedo –dijo Tiuri–. Yo tengo más motivos para tenértelo a ti porque no estoy armado... Sí, yo soy el que buscan, pero no soy ningún ladrón, palabra de honor.

–Entonces ¿qué haces aquí? –preguntó el chico–. Y ¿qué quieres de mí?

–Necesito tu ayuda –contestó Tiuri–. ¿Irías por mí a la ciudad a llevar a alguien un mensaje de mi parte?

–¿Llevar un mensaje? ¿Por qué? ¿Por qué iba a ayudarte?

–Sólo te lo estoy pidiendo. Si no quieres, no puedo obligarte. Pero te estaría muy agradecido si lo hicieras. En serio, no soy ningún ladrón.

–Humm –dijo el chico frunciendo el ceño–. ¿Qué quieres que haga? No es que esté seguro de que lo vaya a hacer. De hecho no tengo ni idea.

–Ve a la ciudad de Dagonaut, busca al caballero Tiuri el Valiente y dile que su hijo está bien, pero que de momento no puede volver. Dile también que su hijo está sano y que no intente dar conmigo.

–¿No lo puedes hacer tú mismo? La ciudad está un poco lejos y tengo un montón de trabajo que hacer.

–Yo no puedo ir. Me siguen. Eso lo sabes, ¿no? Por favor, hazlo y vete ahora mismo.

–¿Al caballero Tiuri el Valiente? ¿Qué tengo que decirle a un señor tan poderoso? Ni siquiera me escuchará.

–Sí te escuchará, porque le llevas un mensaje de su hijo. También puedes dirigirte a mi... a su mujer y decírselo a ella... Espera, ¿tienes una cuerda? –dijo Tiuri interrumpiéndose.

–Pues sí –dijo el chico dándole un trozo de cuerda.

Tiuri se quitó el cinturón y en su lugar se ató la cuerda a la cintura. El cinturón se lo dio al chico. Era muy bonito; su madre lo había bordado y su padre había comprado la hebilla de oro al mejor orfebre de la ciudad.

–Mira –dijo–, dale esto al caballero Tiuri, o a su mujer, así sabrán que te he enviado yo. Y la hebilla te la puedes quedar como pago.

El chico, dudando, cogió el cinturón.

–¿Qué tengo que decir? –preguntó.

Tiuri repitió el mensaje.

–No lo olvides –añadió–. Y vete inmediatamente. Una petición más: no le digas a nadie que me has visto.

–Menos al caballero Tiuri –dijo el chico con una sonrisa.

–¿Así que lo harás?

–Sí –dijo el chico enrollando el cinturón con cuidado.

–Prométeme que no lo olvidarás.

–Si fuese caballero –dijo el chico sonriendo otra vez– lo juraría por mi honor.

–Gracias –dijo Tiuri muy serio.

El chico le miró de forma penetrante.

–Me pondré enseguida en camino –dijo– y no diré que te he visto. No creo que seas un ladrón, aunque no entiendo muy bien qué es lo que pasa contigo.

–Gracias –volvió a decir Tiuri.

El chico le sonrió vergonzoso, dio media vuelta y se fue.

«Esto está arreglado», pensó Tiuri cuando siguió andando. El chico cumpliría su promesa, de eso estaba seguro. Ya podía dedicarse plenamente a su misión con el corazón tranquilo.

Después de un rato volvió a encontrarse en el claro cuyo suelo había sido removido por cascos de caballos. Fue sigilosamente al lugar donde yacía el Caballero Negro. Al acercarse oyó voces. ¿Sería la gente de la posada? Creía reconocer la voz del posadero aunque no conseguía distinguir más que «¡Oh!» y «¡Vaya!» y «¡Asesinado!». Se acercó al caballo negro que seguía atado a un árbol. En un segundo lo soltó y se subió a él. Al principio el animal se mantuvo tranquilo, pero cuando Tiuri lo montó empezó a encabritarse.

–Tranquilo –susurró el joven–. ¡Sé obediente! Tengo una misión de tu amo.

El caballo echó la cabeza hacia atrás y relinchó. Tiuri tenía problemas para hacerse con él, pero lo consiguió a pesar de todo.

Oyó que decían:

–Hay alguien ahí.

Apretó los talones contra los flancos del caballo, le dio una palmada en el cuello y siseó:

–¡Adelante!

El caballo obedeció y se puso en marcha. Corrió por el bosque, saltó arbustos, apartó hojas y partió ramas. Tiuri tenía que agarrarse con fuerza. Creyó oír a un hombre gritando, pero también podía ser imaginación suya. En cualquier caso, enseguida dejó atrás el lugar de la tragedia.

El caballo era rápido y fogoso, un corcel digno del Caballero Negro. ¿Sentiría el animal que obedecía la última voluntad de su dueño llevando a Tiuri tan rápido como le era posible al oeste, al país del rey Unauwen? Si es que iba hacia el oeste...; Tiuri no se había fijado. Cómo iba a hacerlo cabalgando así de rápido por el bosque.

Dejó trotar al caballo hasta que llegaron a un camino ancho y recto. Allí se detuvo para mirar con atención a su alrededor y determinar la dirección correcta. Tuvo suerte; por la posición del sol pudo ver que el camino iba más o menos del este al oeste. «Éste debe de ser el Primer Gran Camino», pensó.

Desde el reino de Dagonaut partían dos grandes caminos hacia el país de Unauwen: «el Primer Gran Camino», que cruzaba en parte el bosque, y «el Tercer Gran Camino», que bordeaba la frontera al sur del bosque. También había existido un «Segundo Gran Camino», pero la última parte de éste llevaba años siendo intransitable, invadida por el Bosque Salvaje. En tiempos remotos hubo mucho tránsito en los tres, cuando un gran número de viajeros iba y venía del reino de Unauwen. Después, el contacto disminuyó y uno de los caminos incluso cayó en desuso. Tiuri había oído que últimamente muchas personas volvían a Dagonaut desde Unauwen por el camino del sur. Entre ellos había caballeros; el Caballero Negro del Escudo Blanco había sido, probablemente, uno de ellos.

Tiuri miró a ambos lados del camino. No se veía a nadie. Pensó que no estaría mal ir un rato por el camino; sería más rápido y fácil que ir por el bosque. Así empezó su viaje al oeste.

El caballo iba rápido y parecía incansable, pero Tiuri notó, a su pesar, que apenas podía mantenerse derecho en la silla. El sonido de los cascos le retumbaba en la cabeza hasta tener la sensación de que le iba a explotar, y a veces tenía un velo ante los ojos que le hacía ver todo nubloso. Finalmente la situación fue tan grave que temió caerse del caballo. Tiró de las riendas, giró a la izquierda y se internó un trecho en el bosque. Allí detuvo al caballo, se dejó caer y se derrumbó en el suelo. Los árboles encima de su cabeza parecían moverse y cambiar de forma, y la niebla se hizo más espesa. Se tumbó boca abajo con la cara sobre la hierba fresca.

Al cabo de un rato se sintió mejor. Entonces percibió otras sensaciones: tenía hambre y sed. En aquel momento recordó que no había comido ni bebido nada desde la mañana del día anterior y comprendió que ése era el motivo de su debilidad. Se sentó y miró a su alrededor. Tenía que comer algo para recuperar fuerzas, pero ¿dónde lo iba a encontrar? A lo mejor podía conseguir algo de fruta. Miró al caballo que estaba pastando tranquilamente a su lado. Su mirada se detuvo en la bolsa que colgaba de la silla de montar... quizá hubiese algo de comer allí dentro. Se incorporó y la abrió. El caballo levantó un momento la cabeza pero le dejó hacer. La bolsa no contenía gran cosa: dos trozos de pan duro, un paquete envuelto en cuero y un cepillo de alambre. El pan alegró mucho a Tiuri y enseguida le dio un mordisco. El caballo lo miró como si también esperase un trozo.

–Seguro que este pan era para ti –dijo Tiuri–, pero seguro que te parece bien que me lo coma yo. Tú puedes comer hierba y yo no.

El caballo lo miró con ojos comprensivos; eso le pareció al menos. Dio otro bocado más y entonces sintió que su sed aún era más grande que su hambre. Cogió al caballo de las riendas y dijo:

–Vamos, tenemos que buscar agua; una fuente o un riachuelo.

Durante un tiempo fue por el bosque con el caballo detrás, pero después de un rato fue al revés: Tiuri iba arrastrándose mientras el caballo lo guiaba. Así llegaron a un estrecho riachuelo que serpenteaba entre altos helechos. Tiuri se tumbó en el borde y bebió. Después se levantó y le...



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