E-Book, Spanisch, 288 Seiten
Reihe: Sauce
Domínguez Prieto Despierta y alégrate
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-288-2962-5
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 288 Seiten
Reihe: Sauce
ISBN: 978-84-288-2962-5
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Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, actualmente dirige el Instituto da Familia de Ourense y el Centro de Acompañamiento familiar de Ourense. Ha sido profesor de filosofía en Enseñanza Media, profesor de Psicología y de Filosofía en diversos centros universitarios (UNED, UPSA), así como investigador del Instituto de Investigaciones económicas y sociales de la Universidad Francisco Vitoria de Madrid. Imparte regularmente clases y cursos en España, México, Argentina, Paraguay, Guatemala y Costa Rica. Tiene una dedicación especial a la formación del profesorado y de la familia. Tiene cincuenta libros publicados. En PPC, ha escrito: 'Llamada y proyecto de vida' (2005), 'El profesor cristiano: identidad y misión' (2012), 'Despierta y alégrate' (2016) y 'El arte de acompañar' (2017).
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DESPIERTA
El príncipe Siddharta Gautama era un joven mimado. Hasta sus veintinueve años estuvo viviendo en su palacio sin más preocupación que la de disfrutar de una vida tranquila, llena de belleza, con todo tipo de placeres y con cuantos objetos podía desear. Pero una tarde decidió salir de su palacio acompañado por su cochero para asomarse al mundo y ver cómo era. Corrió el riesgo de dejar su comodidad y, gracias a ello, tuvo los cuatro encuentros que fueron decisivos: primero se encontró con un viejo abandonado (llevándose la sorpresa de constatar que no siempre sería joven). A continuación se encontró con un enfermo (descubriendo que no siempre se tiene salud). Más tarde se encontró con un cortejo fúnebre que acompañaba a un muerto (dándose cuenta así de que no se vive para siempre). Por último se encontró con un renunciante, es decir, alguien que lo había dejado todo para buscar la verdad y la iluminación (descubriendo así que podía haber algo más importante que el bienestar).
Tras estos cuatro encuentros decide dejar su palacio: ha comenzado el camino hacia su despertar, el camino de la iluminación –bodhi–, que es el que le llevaría finalmente a ser el buda, es decir, el iluminado, el despierto.
DORMIDOS O DESPIERTOS
Podemos vivir de dos maneras: dormidos o despiertos. Cuando el Evangelio se refiere a estar dormidos o despiertos no se refiere al hecho fisiológico de estar durmiendo o en vigilia, sino a estados personales, biográficos, a estados de conciencia.
Estar dormido, en sentido evangélico, significa no tener conciencia de quién soy, de cuál es mi llamada. Está dormido quien no escucha. La somnolencia vital da lugar a la inconstancia, a la inconsciencia, a cambiar según las suscitaciones del ambiente social. Quien está dormido vive para lo que no es esencial, gasta grandes energías y mucho tiempo en lo que no va a quedar, en lo que es subjetivamente deseable en un determinado momento, pero no es en sí realmente importante. Estar dormido supone vivir desintegradamente en muchos frentes inconexos, vivir en diversos ámbitos sin conexión entre ellos, como compartimentos estancos: vida laboral, vida de ocio, vida familiar, vida deportiva e incluso vida religiosa. Cada una con su lógica interna y sin conexión con todas las demás. En estos casos, la mente divaga de una cuestión a otra, la voluntad se tensa en la diversidad de frentes abiertos, en los diversos intereses que se sostienen, y el sentimiento está a merced del éxito o el fracaso en cada uno de ellos. La persona vive sin rumbo fijo, atenta a lo que en cada momento más suscita su interés. En este estado no se puede llevar una vida plena; por eso el mandato es tajante: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos» (Ef 5,14). ¡La somnolencia de conciencia se identifica con la propia muerte! En efecto, dormir es una forma de estar muertos en vida.
Por el contrario, el despierto es aquel que, escuchando, es consciente de lo objetivamente importante, del orden de valores, de lo que merece la pena. Quien está despierto, desde estos valores y desde lo que orienta y da sentido a su vida, vive unificadamente. Por tanto, el despierto es aquel que es capaz de ver la realidad desde la luz de Dios, desde la presencia de Dios, y desde esta conciencia ordena su vida y la vive como unidad. Esta persona es consciente de su vida, de su llamada, de su lugar en el mundo, y por eso es firme en sus acciones, en sus compromisos, es lúcido en sus elecciones. No vive los diversos ámbitos de su vida como si tuviese varias personalidades, sino que en todos responden desde un mismo principio, a partir de una misma fuente y con un único criterio de actuación.
ESTAR DESPIERTOS EXIGE LUCHA Y ESFUERZO
Estar despiertos no es una actitud natural ni fácil: exige una vigilancia, un estar en vela, porque la lógica interna de los asuntos del mundo siempre nos puede absorber. Las invitaciones en el Evangelio a la vigilia son continuas: «Vivid con sobriedad y estad alerta» (1 Pe 5, 8); «Procurad que vuestros corazones no se emboten por el exceso de comida, la embriaguez y las preocupaciones de la vida [...]. Velad, pues, y orad en todo tiempo» (Lc 21,34-36). En efecto, tanto la diversión, el bienestar, como las preocupaciones de la vida cotidiana –laboral, familiar, social– pueden ser causa de adormecimiento de conciencia. Incluso en el ámbito de personas religiosas, las hay tan ocupadas de las «obras de Dios» que en su activismo se han olvidado del propio Dios, a quien dicen servir con sus obras. Por tanto, para todos hace falta un entrenamiento, una «ascesis» (la palabra ascesis en griego se refiere al entrenamiento de los atletas), un resistirse a todo aquello que me adormezca. San Pablo insiste en el mismo sentido: «¡No durmamos como los demás, sino vigilemos y vivamos sobriamente!» (1 Tes 5,6). Nos va la Vida en ello.
Humanamente, estar vigilante supondría ver la propia vida desde la conciencia de la propia muerte. Pablo Domínguez, dos meses antes de su muerte, en una conocida carta enviada a las hermanas de Iesu Communio, dice:
No quiero acabar esta carta fraterna –y filial– de gratitud sin hacer mención a la última de las llamadas de consagración que para todos está cerca: me refiero a la muerte, que es ese encuentro amorosísimo, en abrazo eterno, con el Esposo. Todos tenemos un «día y hora» que el Padre –en su eternidad– conoce. Me interrogo: ¿no deberíamos esperar ese día con el mismo entusiasmo, ardor, deseo y sobrecogimiento ante el don que nos espera con que esperamos los acontecimientos de consagración de esta vida? Suplico al Espíritu Santo que nos conceda mirar ahora nuestra vida con los ojos y el corazón que tendremos en ese momento último y definitivo: ¡lo que en el momento de la muerte tiene importancia la tiene ahora! ¡Lo que en ese momento sea accidental también lo es ahora! En definitiva: ¡solo Cristo y solo el amor es lo importante! Cuando tengáis momentos de turbación, ¡recordadlo! Que no nos seduzca nunca el maligno con máscaras de falsos amores. ¡Solo Cristo y solo su amor es la Vida!?1.
Vigilia, y esta vigilancia, en su sentido más radical, supone vivir desde el acontecimiento del amor que Dios me tiene, del acontecimiento de Cristo en mi vida, rechazando todo aquello que sea incompatible con vivir la vida de Cristo en mí. Quien tiene a Cristo en el centro de su vida, quien actúa real y conscientemente en referencia a Cristo, está despierto.
¿QUÉ ES LO QUE DESPIERTA A LA PERSONA?
El dolor, la frustración, el fracaso, la enfermedad nos despiertan.
En segundo lugar, la escucha de la llamada nos despierta.
En tercer lugar, otra persona que esté despierta, por su testimonio, tiene capacidad de despertarnos.
Dolor, llamada y testimonio permiten a la persona volver en sí, acceder a su propia realidad, a su propio nombre. Facilitan, en efecto, salir del eclipse de mí mismo en el que vivía antes. Por eso, escuchar es ante todo despertar de quien no soy. La máscara es un eclipse de mi ser persona.
DESPERTAR, ¿DE QUÉ?
Despertar siempre es «despertar de» (la máscara) y «despertar a» (la propia identidad que procede de la llamada).
En primer lugar hemos de despertar de identificarnos con nuestras máscaras, con aquel ropaje que podemos confundir con nuestra propia identidad. A veces nuestro ser lo cambiamos por tener más (dinero, currículo) o con el personaje laboral. Otras veces creemos que somos lo que hacemos, nuestra actividad preferida, nuestro rol social. O en ocasiones nos enmascaramos tras normas, grupos, identidades nacionales o colectivas. En general, es máscara todo personaje que desempeñamos cuando sustituye a nuestra auténtica identidad.
Si una persona está llena llena de sí, de sus proyectos voluntaristas, de sus ideologías, de sus pertenencias, del personaje que cree ser o que le han hecho creer que es, no puede entrar en contacto con la realidad.
Un profesor de una universidad fue a visitar a un maestro zen. El profesor, tras saludarlo, le contó que él era doctor, magíster en tales y cuales materias, especialista en aquella otra disciplina, director de tal departamento, autor de tales y cuales libros, y que estaba allí para aprender del maestro zen. El maestro zen le escuchó atentamente y le ofreció una taza llena de té a su invitado, sirviéndole más té encima. El líquido se desbordó y se cayó. Dándose cuenta de esto, el profesor le avisó de que se estaba desbordando, a lo que le replicó el maestro zen:
–En efecto. Y usted ha llegado aquí como esta taza de té: totalmente lleno. Todo lo conoce: ¿cómo...




