E-Book, Spanisch, Band 465, 384 Seiten
Reihe: El Acantilado
Dikötter Dictadores
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19958-10-5
Verlag: Acantilado
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
El culto a la personalidad en el siglo XX
E-Book, Spanisch, Band 465, 384 Seiten
Reihe: El Acantilado
ISBN: 978-84-19958-10-5
Verlag: Acantilado
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Frank Dikötter (Stein, Limburgo, Países Bajos, 1961) es catedrático de Humanidades en la Universidad de Hong Kong y profesor de Historia Moderna de China en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres. Ha sido pionero en la utilización de fuentes archivísticas y ha publicado siete libros que han transformado la visión historiográfica de China, entre ellos, «La gran hambruna en la China de Mao» (Acantilado, 2017), que le mereció el Premio Samuel Johnson de ensayo en 2011, y «La tragedia de la liberación» (Acantilado, 2019), primer y segundo volúmenes de su aclamada «trilogía del pueblo».
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PREFACIO
En 1840, el novelista satírico William Makepeace Thackeray, célebre por sus burlas contra los poderosos, publicó una caricatura de Luis XIV. En la parte izquierda de la ilustración aparece un maniquí adornado con la espada del rey, su armiño y su ropaje con la flor de lis, la peluca con sus abundantes rizos, el calzado con talones aristocráticos. En el centro se halla el hombre, un miserable Ludovicus en ropa interior, de piernas flacas, estómago prominente, calvo, sin adornos y sin dientes. Pero a la derecha aparece, completamente vestido, un altanero Ludovicus Rex en atuendo regio. Thackeray había desnudado al rey de reyes para mostrarnos al hombre, frágil y patético, una vez se le despojaba de los atavíos del poder. «Así es como los barberos y zapateros hacen a los dioses que adoramos».1
Según se cuenta, aquel rey del siglo XVII había dicho: «», ‘El Estado soy yo’. Luis XIV entendía que sólo estaba obligado a responder ante Dios. Era un monarca absoluto, que a lo largo de más de setenta años se valió de su poder autocrático para debilitar a la nobleza, centralizar el Estado y ampliar el territorio de su país por la fuerza de las armas. Además, se presentaba a sí mismo como un Rey Sol infalible a cuyo alrededor giraba todo lo demás. Adoptó las medidas necesarias para que todo el mundo lo glorificase. Aparecieron medallas, pinturas, bustos, estatuas, obeliscos y arcos de triunfo por todo el reino. Poetas, filósofos e historiadores oficiales celebraban sus victorias y elogiaban su omnisciencia y omnipotencia. Transformó un pabellón de caza real que se encontraba al sudoeste de París en el Palacio de Versalles, un edificio monumental con setecientas habitaciones y un extenso recinto donde reunía a su corte y obligaba a sus nobles cortesanos a competir por su favor.2
Luis XIV era un maestro del teatro de la política, pero todos los políticos dependen hasta cierto punto de su propia imagen. Luis XVI, descendiente del Rey Sol, fue condenado a la guillotina tras la revolución de 1789, y la propia noción de derecho divino pereció con él. Los revolucionarios consideraban que el derecho a la soberanía pertenecía al pueblo, no a Dios. En las democracias que fueron emergiendo durante los dos siglos posteriores, los dirigentes comprendían que había que ganarse a los votantes, porque éstos podían arrebatarles el poder en las urnas.
Por supuesto que existían otros medios para hacerse con el poder, aparte de unas elecciones. Cabía la posibilidad de organizar un golpe de Estado, o de manipular el sistema. En 1917, Lenin y los bolcheviques asaltaron el Palacio de Invierno y proclamaron un nuevo gobierno. Luego calificaron su golpe de Estado como «revolución», inspirada en la de 1789. Unos años más tarde, en 1922, Mussolini marchó sobre Roma y obligó al Parlamento a entregarle el poder. Pero ellos y otros dictadores se encontraron con que el poder tenía fecha de caducidad. El poder que se alcanzaba mediante la violencia se sostenía también mediante la violencia. No obstante, ésta puede ser un instrumento muy burdo. El dictador necesita fuerzas militares, policía secreta, guardia pretoriana, espías, informadores, interrogadores, torturadores. Aunque lo mejor es aparentar que la coerción es en realidad consentimiento. El dictador tiene que infundir miedo en su pueblo, pero si consigue que ese mismo pueblo lo aclame, lo más probable es que sobreviva durante más tiempo. En pocas palabras, la paradoja del dictador moderno es que tiene que crear una ilusión de apoyo popular.
A lo largo del siglo XX, cientos de millones de personas han vitoreado a sus dictadores, aunque éstos los llevaran por el camino de la servidumbre. En regiones enteras del planeta, el rostro del dictador aparecía en vallas y edificios. Sus retratos se encontraban en todas las escuelas, oficinas y fábricas. La gente corriente tenía que inclinarse ante su efigie, pasar frente a su estatua, recitar sus escritos, alabar su nombre, ensalzar su genio. Las modernas tecnologías, desde la radio y la televisión hasta la producción industrial de carteles, insignias y bustos, lograban para el dictador una ubicuidad que habría sido inimaginable en tiempos de Luis XIV. Incluso en países relativamente pequeños como Haití, miles de personas se veían obligadas con frecuencia a aclamar a su líder y a marchar frente al palacio presidencial en unos desfiles que empequeñecían las festividades organizadas antaño en Versalles.
En 1956, Nikita Jruschov denunció a Iósif Stalin y describió en detalle su reinado de miedo y terror. Dio un nombre a la «repugnante adulación» y a los «delirios de grandeza» que, a su entender, habían acompañado a su antiguo señor: los llamó «culto al individuo». Dicha expresión se tradujo como «culto a la personalidad». Aunque no se trate de un concepto elaborado con rigor, ni lo propusiera un gran estudioso de la sociedad, la mayoría de los historiadores lo considera adecuado.3
Cuando Luis XIV todavía era menor de edad, Francia se vio sacudida por una serie de insurrecciones, porque los aristócratas trataron de poner límites al poder de la corona. Fracasaron, pero sus actos produjeron una profunda impresión en el ánimo del joven rey, que durante el resto de su vida temió la rebelión. Trasladó el centro de poder de París a Versalles y obligó a los nobles a pasar tiempo en la corte, donde podía observarlos y ellos se veían obligados a ganarse el favor real.
Del mismo modo, los dictadores temían a su propio pueblo, pero temían aún más a quienes los rodeaban en su propia corte. Eran débiles. Si hubieran sido fuertes, los habría elegido una mayoría. Ellos, sin embargo, preferían tomar un atajo, a menudo sobre los cadáveres de sus oponentes. Pero del mismo modo que ellos habían conseguido el poder, también podían lograrlo otros, lo que les hacía temer una puñalada por la espalda. Tenían rivales, a menudo tan implacables como ellos mismos. Mussolini era tan sólo uno entre los varios líderes fascistas consolidados y había tenido que enfrentarse a una rebelión dentro de sus propias filas antes de emprender la Marcha sobre Roma en 1922. Stalin palidecía en comparación con Trotski. Durante la década de 1930, Mao perdió repetidamente sus posiciones de poder frente a rivales más poderosos. Kim Il-sung llegó al poder porque la Unión Soviética lo impuso en 1945 a una población renuente, y estaba rodeado de líderes comunistas con un pedigrí muy superior al suyo en la lucha clandestina.
Los dictadores disponían de un gran número de estrategias para abrirse paso hasta el poder y librarse de sus rivales. Por nombrar tan sólo unas pocas, podían recurrir a sangrientas purgas, a manipulaciones, al «divide y vencerás». Pero a largo plazo, el culto a la personalidad era lo más eficaz. El culto a la personalidad rebajaba a la vez a aliados y rivales, y los obligaba a colaborar en común sumisión. Por encima de todo, el dictador los obligaba a aclamarlo en presencia de los demás, y así todos ellos se veían forzados a mentir. Si todo el mundo mentía, nadie sabía quién estaba mintiendo y se volvía más difícil hallar cómplices y organizar un golpe.
¿Quién creaba el culto a la personalidad? Se recurría a hagiógrafos, fotógrafos, dramaturgos, compositores, poetas, editores y coreógrafos. Se recurría a poderosos ministros de propaganda y, en ocasiones, a sectores enteros de la industria. Pero la responsabilidad última residía en los propios dictadores. «La política, en una dictadura, empieza por la personalidad del dictador», escribió el médico personal de Mao Zedong en unas memorias que ya son un clásico.4 Los ocho dictadores que aparecen en este libro tuvieron personalidades muy diversas, pero todos ellos tomaron las decisiones clave que llevaron a su propia glorificación. Algunos de ellos intervenían con mayor frecuencia que otros. Se ha dicho que Mussolini empleaba la mitad de su tiempo en proyectarse como gobernante omnisciente, omnipotente e indispensable de Italia, aparte de dirigir media docena de ministerios. Stalin efectuaba una incesante labor de poda de su propio culto a la personalidad: ponía coto a las alabanzas que juzgaba excesivas, tan sólo para permitir que reaparecieran unos pocos años más tarde, cuando le parecía que era el momento oportuno. Ceausescu promovía sin cesar su propia persona. Durante los primeros años, Hitler también atendía a todos los detalles de su propia imagen, si bien en etapas posteriores delegó más de lo que es habitual en comparación con otros dictadores, todos ellos utilizaron todos los recursos del Estado para promoverse, todos ellos eran el Estado.
No todos los historiadores ponen al dictador en el centro del escenario. Es bien sabido que Ian Kershaw describió a Hitler como una «no persona», un hombre mediocre cuyas características personales no permiten explicar su popularidad. Kershaw entiende que el elemento clave es «el pueblo alemán» y la percepción que éste tenía de Hitler.5 Pero ¿cómo vamos a saber lo que el pueblo pensaba sobre su líder, si la libertad de expresión es siempre la primera víctima de toda dictadura? Hitler no fue elegido por una mayoría absoluta de votos, y al cabo de un año de su llegada al poder los nazis habían encerrado a unas cien mil personas corrientes en campos de concentración. La Gestapo, los camisas pardas y...




