E-Book, Spanisch, Band 272, 184 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
Dickner Apocalipsis para principiantes
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-16120-49-9
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 272, 184 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
ISBN: 978-84-16120-49-9
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Nicolas Dickner (1972, Rivière-du-Loup, Quebec, Canadá) estudió Artes Plásticas y Literatura antes de viajar por América Latina y Europa y ejercer los más diversos oficios. También autor de relatos, se hizo conocido para el gran público gracias a su primera novela Nikolski (2005), que cosechó excelentes críticas y un gran número de premios literarios tanto en el original francés como en la versión inglesa. Apocalipsis para principiantes es su segunda novela y ha sido finalista del Gran Premio Literario Archambault, y está siendo publicada en varios idiomas. Nicolas Dickner vive actualmente con su familia en Montreal y es crítico literario y cronista en el semanario alternativo Voir.
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1. Vaporizados
Agosto de 1989. Ronald Reagan había abandonado la Casa Blanca, la guerra fría estaba en las últimas y (una vez más) habían cerrado la piscina municipal al aire libre. Motivo de la contrariedad: rotura de tuberías.
Rivière-du-Loup estaba inmerso en una neblina caldosa –un aire amarillento, saturado de polen– y yo vagaba por el barrio, malhumorado, con la toalla de baño al cuello. Faltaban tres días para que empezara el curso y solo unos largos en el agua clorada hubieran podido levantarme el ánimo.
Me encontré de pronto ante el estadio municipal. Nadie a la vista. Acababan de marcar las líneas del campo de béisbol y en el aire todavía flotaba un aroma a cal. El béisbol me era indiferente, pero, sin razón precisa, me encantaban los estadios. Pasé junto a la caseta de los jugadores, cerca de la cual había tirado un periódico atrasado descolorido por el sol. Forzando un poco, podía reconocerse una columna de tanques de combate en la plaza Tiananmen.
Entonces me fijé en la chica sentada allá arriba, en la última fila de las gradas, con la nariz metida en un libro y con aspecto de estar matando el rato antes del próximo partido.
Sin pensármelo demasiado, subí por las gradas hacia ella.
No la había visto nunca por el barrio. Era delgada, tenía las manos angulosas y la cara salpicada de pecas. Llevaba puesta una gorra de los Mets de Nueva York (la visera le tapaba los ojos) y unos vaqueros con un agujero en la rodilla izquierda –no una de esas prendas de última moda lavadas con ácido, sino un pantalón de trabajo de corte primitivo, un viejo Levi’s rescatado de una mina de carbón del desierto de Nuevo México–.
Apoyada en la barandilla, leía un método de idiomas: .
Me senté sin decir palabra. Ella ni se inmutó.
La madera recalentada nos abrasaba las nalgas. El sol pegaba decididamente fuerte y, de no ser por el temor al ridículo, habría improvisado un turbante con la toalla. Levanté la mirada al cielo. En lo alto de la atmósfera, un 747 marcaba largos cirros rectilíneos. Tiempo seco en perspectiva.
Me disponía a decir cualquier banalidad meteorológica cuando la chica se enderezó la visera de la gorra.
–La noche pasada soñé con la bomba de Hiroshima.
Transcurrieron unos segundos, durante los cuales medité aquella peculiar entrada en materia.
–¿Por qué con la bomba de Hiroshima en particular?
Cruzó los brazos.
–La potencia de las bombas modernas supera la imaginación. Coge un misil balístico corriente, de unos quinientos kilotones. La explosión podría catapultar un pedazo de placa tectónica y ponerlo en órbita. El cerebro humano no puede entender algo así.
¿De dónde salía aquella chica? Tenía un acento difícil de identificar. Inglés, francés acadiano o quizá brayon1. Aposté por Edmundston. Recogió un envoltorio de Cracker Jack prendido entre dos tablas y empezó a hacerlo confeti.
–Little Boy pesaba unos quince kilotones. No era lo que se dice un petardo, pero por lo menos resultaba más fácil de medir. Si explotara encima de nosotros, a unos seiscientos metros de altura (como en Hiroshima), la onda expansiva arrasaría la ciudad en un radio de kilómetro y medio. Lo que da una superficie de unos siete kilómetros cuadrados. Que equivalen a… –Guiñó los ojos, absorta en una prodigiosa división mental– dos mil quinientos campos de béisbol.
Dejó de hacer trizas el envoltorio de Cracker Jack durante un instante para englobar los alrededores con un elegante gesto pedagógico.
–La galería comercial volaría en pedazos, los explotarían, los coches saldrían proyectados como cajas de cartón, las farolas caerían al suelo. Y eso sería la onda de choque. Luego viene la radiación térmica. Todo quedaría hecho cenizas en decenas de kilómetros cuadrados (¡muchos, muchísimos campos de béisbol!). Cerca de la bomba, el calor sería superior a la temperatura de la superficie del Sol. El metal se fundiría. La arena formaría diminutas canicas de cristal.
Había terminado con la operación de triturado y sopesaba el montón de confeti en la palma de la mano.
–Y ¿sabes qué nos ocurriría a , dos pobres y minúsculos primates compuestos por agua en un sesenta por ciento?
Volteó la mano con suavidad y la brisa se llevó el puñado de confeti en dirección al campo izquierdo.
–Quedaríamos vaporizados en tres milésimas de segundo.
Se volvió por fin hacia mí y me examinó con ojos escrutadores, sin duda para valorar cómo iba encajando yo aquella entrada en materia. Bastante bien, a fin de cuentas. Su mirada me concedía el aprobado.
Se le relajó la cara. Esbozó una sonrisa amistosa y, sin mediar palabra, se sumergió de nuevo en el método de ruso.
Un tanto maltrecho por la onda de choque, me dejé caer contra la barandilla. Mientras me secaba el sudor de la frente con la punta de la toalla, observé furtivamente a la chica. Hubiese jurado que se desprendía de ella un campo magnético: la radiación emitida por sus ciento noventa y cinco puntos de coeficiente intelectual.
No solo nunca había visto a aquella chica, sino que, además, nunca antes había visto a una chica de su estilo; y en el preciso instante en que lo pensaba, estuve absolutamente seguro de una cosa: si tenía que resultar vaporizado junto a alguien, que fuera junto a ella.
2. La tienda de mascotas
Se llamaba Hope Randall y acababa de llegar de Yarmouth, Nueva Escocia.
–¿Ves dónde es?
Con el índice, dibujó en el aire un mapa de Nueva Escocia y situó un punto minúsculo completamente al sur de la península, frente a Maine: a mil doscientos kilómetros.
–Ni idea.
–No importa.
Su madre y ella, que habían llegado a la ciudad tres días antes, se habían instalado en la calle Amyot, en un piso embutido entre la lavandería Clean-O-Matic y las cocinas del restaurante Chinese Garden. Dos insignes templos de la salubridad local.
Dio unas cuantas vueltas a la llave en la cerradura y una patada a la puerta.
–¡Bienvenido a la Tienda de Mascotas Randall!
Vaya, de pronto me acordé: aquel lugar era una antigua tienda de mascotas –El Arca de Noéh (sic)–, cerrada desde el invierno anterior y transformada en vivienda (medianamente) habitable. En el entarimado todavía se adivinaban zonas oscuras allí donde habían estado el mostrador, los estantes y los acuarios. Un olor a frito asiático flotaba por todas partes opresivo, aunque no conseguía enmascarar el olor a excrementos de periquito, orina de chinchilla y pienso para gatos.
El mobiliario (incluido en el alquiler) se limitaba a una mesa coja, cuatro sillas, unos cuantos electrodomésticos abollados y un sofá que, al no haber televisión, era la imagen misma de la inutilidad.
Hope afirmaba haber llegado hacía menos de setenta y dos horas, pero en todos los rincones se apilaban inverosímiles cantidades de comida: sacos de harina, bolsas de fideos , garrafas de agua y de aceite, latas de conserva de todo tipo. De hecho, el único objeto no comestible en los alrededores era una pila de (tomos 8, 14 y 17), sobre la cual Hope dejó con cuidado el tomo que había estado leyendo en el estadio municipal.
–¿Tienes sed?
Asentí con la cabeza. Mientras me servía un vaso de agua, recorrí la tienda de mascotas con la mirada en busca de habitaciones contiguas. No había ninguna, excepto un cuarto de baño curiosamente espacioso, sin duda lo que había sido el Refugio de los Reptiles. ¿Dónde dormían ellas entonces? Anticipándose a mi pregunta, Hope señaló el sofá.
–Se abre. Yo duermo en el baño, con la puerta cerrada. No hay modo de pegar ojo a menos de tres metros de mi madre.
–¿Ronca?
–No, habla en sueños.
–¿Ah? –Bebí un sorbo de agua. Inquietante sabor metálico–. Y ¿qué cosas dice?
Con cara de hastío, Hope empezó a morderse la uña del pulgar.
–Ni idea. Cosas en asirio.
–¿En asirio?
–En asirio o en arameo, vete a saber. No tengo ni idea de lenguas muertas.
De un mordisco, arrancó un pequeño fragmento de uña que escupió al vacío.
–Procedo de una familia políglota.
–Se nota –dije señalando con el pie los manuales de ruso.
–Había empezado también alemán, pero tuve que abandonar los libros en Yarmouth. No cabían en el coche.
–¿«Abandonar»?
–Sí. Nos fuimos de noche porque… –Suspiró–. Bueno. Más vale empezar por el principio.
3. Los Randall
Mary Hope Juliet Randall, llamada Hope, era la representante más joven de una familia que, desde una época por definir –pero que algunos situaban siete generaciones atrás–, padecía una grave obsesión por el fin del mundo.
Los Randin, una familia de origen vagamente acadiano, habían sido deportados por los británicos en 1755. Catapultados a Maryland, adoptaron allí el apellido Randall, sin por ello dejarse asimilar, y regresaron a Nueva Escocia, donde dedicaron los siguientes...




