E-Book, Spanisch, 863 Seiten
Dickens La tienda de antigüedades
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-17834-47-0
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 863 Seiten
ISBN: 978-84-17834-47-0
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Charles Dickens nació en Portsmouth en 1812. Tras una dura infancia marcada por la pobreza, lo que a los doce años le llevó a trabajar en una fábrica de betún para zapatos, en 1827 comenzó a ejercer de pasante en un bufete de abogados. Siete años después, el Morning Chronicle lo contrató como periodista político. Estas dos experiencias le servirían para, en 1836, publicar sus dos primeros libros: Esbozos y Los papeles póstumos del club Pickwick. Algunas de sus obras son Oliver Twist (1837-1839), Nicholas Nickleby (1838-1839; Nocturna, 2016), La tienda de antigüedades (1840-1841; Nocturna, 2017), Notas de América (1842) -donde defendía la abolición de la esclavitud-, Cuento de Navidad (1843; Nocturna, 2017), David Copperfield (1849-1850), Historia de dos ciudades (1859) y Grandes esperanzas (1860-1861).
Weitere Infos & Material
CAPÍTULO UNO
Con frecuencia paseo por la noche. En verano salgo de casa por la mañana y paso el día vagando por campos y veredas; en ocasiones, me ausento varios días o semanas enteras. Pero, si no estoy en el campo, raras veces salgo antes del anochecer. Sin embargo, y doy las gracias al cielo, me encanta la luz del día y, como a todo ser vivo, me llena de alegría verla esparcida sobre la faz de la Tierra.
He adoptado este hábito inconscientemente porque se aviene bien con mi enfermedad y me ofrece más posibilidades de especular sobre el carácter y ocupaciones de quienes van por la calle. La claridad y el trajín del mediodía no se adaptan a este tipo de actividades ociosas. El vislumbre de una cara a la luz de una farola o de un escaparate conviene mejor a mi propósito que la revelación a la plena luz del día; y, si he de decir la verdad, la noche es más amable a este respecto que el día, el cual, sin la menor ceremonia ni remordimiento, destruye los castillos construidos en el aire en el momento mismo de ser terminados.
¿No es una maravilla que quienes transitan por calles estrechas puedan soportar, sin la menor impunidad, estas continuas idas y venidas, este perpetuo afanar, este incesante pisar los rudos adoquines, que quedan así lisos y relucientes? Pensemos en un hombre enfermo en Saint Martin’s Court escuchando las pisadas y, en medio de su pena y dolor, obligado, a pesar de sí mismo (como un deber que cumplir), a distinguir los pasos de un niño de los de un hombre, al mendigo descalzo del dandi bien calzado, al ocioso del trabajador, los andares cansinos de un paria sin rumbo del paso ágil de un alegre buscador de placeres; pensemos también en el runruneo omnipresente y en el torrente de vida que no se detiene, que se infiltra una y otra vez en los sueños inquietos de este hombre como si estuviera condenado a yacer, muerto pero consciente, en un cementerio ruidoso y no tuviera esperanza de descansar por siglos y siglos.
Así, cuando las multitudes pasan por los puentes (al menos, por los libres de peaje), unos se detienen las tardes hermosas a mirar indolentemente el agua con la vaga idea de que esta discurre tranquila entre orillas verdes que se van ensanchando hasta que, al final, se unen al vasto y ancho mar; otros se paran a descargar sus fardos y piensan, mirando más allá del parapeto, que fumar y disfrutar de una vida ociosa tumbado al sol sobre la lona alquitranada de una barcaza lenta y perezosa debe de ser el súmmum de la felicidad; y otros finalmente, de una clase muy distinta, dejan allí también sus fardos, mucho más pesados, al recordar haber oído o leído que, de todos los modos de suicidio, ahogarse no es el más duro, sino el mejor y más fácil.
También hay que ver por las mañanas —ya en primavera, ya en verano— Covent Garden, cuando la fragancia de las flores que impregna el aire disuelve incluso las malsanas emanaciones del desenfreno nocturno y vuelve medio loco de alegría al jilguero de plumaje oscuro, cuya jaula ha colgado toda la noche de la ventana de un desván. ¡Pobre pajarillo! Pero no es el único pequeño cautivo: unos, retrayéndose de las pegajosas manos de compradores borrachos, yacen con la cabeza gacha en el suelo; otros, asfixiados y apretujados, esperan el momento de poder respirar en compañía de humanos más sobrios y de hacer que los viejos empleados que se dirigen a su trabajo se pregunten qué es lo que llena sus pechos de tan campestres visiones.
Pero no es mi propósito extenderme sobre mis paseos. La historia que voy a contar surgió de una de estas caminatas, a las que he querido referirme a modo de prólogo.
Una noche que me había adentrado en la City, caminaba despacio, como de costumbre, cavilando sobre cosas grandiosas, cuando me vi sorprendido por una pregunta que no comprendí, pero que parecía dirigida a mí, formulada por una voz suave y dulce que me resultó muy agradable. Me volví al punto y, a la altura del codo, vi a una linda jovencita que me preguntaba por cierta calle, la cual se hallaba situada a una distancia considerable y en otro barrio de la ciudad.
—Queda muy lejos de aquí, preciosa —contesté.
—Ya lo sé, señor —replicó ella con timidez—. Seguro que queda muy lejos, pues salí al anochecer.
—¿Sola? —inquirí con cierto aire de sorpresa.
—Ah, sí, pero eso no me importa. Ahora estoy un poco asustada porque me he perdido.
—¿Y qué te ha hecho acercarte a mí? Supón que te engaño, ¿eh?
—Estoy segura de que usted no me engañará —manifestó la pequeña—; es usted un señor mayor que anda tan despacio…
No podría describir la impresión que me causaron estas palabras ni la energía con que fueron pronunciadas… hasta el punto de que brotó una lágrima en los claros ojos de la criatura, haciendo que su figura menuda temblara al levantar la vista para mirarme.
—Ven —le dije—, te llevaré hasta tu casa.
Me dio la mano con la confianza de quien te conoce desde la cuna, y así fuimos caminando. Acomodaba sus andares a los míos y parecía ser ella quien abría el paso y cuidaba de mí, y no yo quien la protegía. Observé que, de vez en cuando, me lanzaba una mirada curiosa, furtiva, como para asegurarse de que no la estaba engañando, y que estas miradas (bastante intensas y penetrantes) parecían aumentar su confianza.
Mi curiosidad e interés no eran de menor calibre que los suyos. Era ciertamente una niña, aunque, por lo que pude apreciar, su constitución pequeña y delicada prestaba a su aspecto un curioso aire juvenil. Vestía con gran sencillez, pero su ropa estaba muy limpia y no denotaba pobreza ni desaliño.
—¿Quién te ha mandado sola tan lejos? —inquirí.
—Alguien que me tiene mucho cariño, señor.
—¿Y qué has estado haciendo?
—Eso no se lo puedo decir —declaró con firmeza.
Había algo en esa respuesta que me hizo mirarla con sorpresa, pues me maravillaba que aquel recado la fortaleciera ante cualquier posible interrogatorio. Sus ojos vivos parecieron leer mis pensamientos, ya que al cruzarse con los míos añadió que no había nada malo en lo que había estado haciendo, pero que era un gran secreto que ni ella misma conocía.
Esto lo dijo sin el menor asomo de astucia ni engaño, con una franqueza directa que llevaba el marchamo de la verdad. Seguía caminando como antes, mostrándome mayor familiaridad conforme avanzábamos y hablando cada vez más alegremente. Pero no me dijo nada sobre su hogar, salvo que íbamos por un camino completamente nuevo para ella y quería saber si no habría otro más corto.
Mientras hablábamos de esta manera, pensé en cien explicaciones diferentes del enigma, que fui descartando una a una. No quería aprovecharme de la candidez o gratitud de la niña a fin de dar pábulo a mi curiosidad. Yo siento simpatía por los pequeños y considero una bendición cuando ellos, que parecen recién salidos de la mano de Dios, nos devuelven esa simpatía. Como su confianza me había encantado desde el principio, decidí merecerla y hacer justicia al talante que la había inducido a confiar en mí.
Sin embargo, no había motivos para que yo me abstuviera de conocer a la persona que tan inconsideradamente la había mandado sola, y de noche, a un lugar tan distante; y, como no era improbable que si la niña se encontraba cerca de la casa pudiera despedirse de mí y privarme de dicha oportunidad, evité las calles más rectas y frecuentadas y tomé varios atajos, de manera que hasta que no llegamos a su calle no supo dónde estábamos. Tras dar palmas de alegría y adelantarse unos pasos, se detuvo ante una puerta y no tocó el timbre hasta que yo no la hube alcanzado.
La puerta tenía un cristal sin postigo, cosa que no observé al principio, dado que reinaba una gran oscuridad y silencio en su interior y yo esperaba ansioso (al igual que la niña) que alguien respondiera al timbre. Llamamos dos o tres veces más, y entonces se oyó un ruido de alguien que se acercaba. Al final, apareció una débil luz a través del cristal que, a medida que se aproximaba (muy despacio, por cierto, pues el portador se abría paso a través de un montón de artículos esparcidos), me permitió ver no sólo el tipo de persona que era, sino también el tipo de lugar en el que vivía.
Era un anciano de larga cabellera gris. Mientras sostenía la luz sobre la cabeza y avanzaba hasta nosotros, pude distinguir su fisonomía. Aunque desmejorado por la edad, creí reconocer en su forma enjuta y delgada algo de ese molde delicado que ya había notado en la niña. Sus relucientes ojos azules se asemejaban mucho, pero el rostro del anciano estaba tan surcado por la edad y las preocupaciones que el parecido terminaba allí.
El lugar que atravesaba con paso lento era uno de esos almacenes de objetos antiguos y curiosos que parecen cobijarse en los rincones más viejos de esta ciudad y, por recelo y desconfianza, ocultan sus rancios tesoros al ojo público. Por aquí y por allá había armaduras que parecían fantasmas acorazados, fantásticos grabados traídos de monasterios, armas oxidadas de varios tipos, figuras contorsionadas de porcelana, madera, hierro y marfil; en fin, tapices y muebles extraños que parecían concebidos en sueños. El aspecto demacrado del vejete se adecuaba maravillosamente a aquel lugar: habría andado a tientas por viejas iglesias, tumbas y casas abandonadas y reunido todos los despojos con sus propias manos. No había nada en aquella colección que no concordara con su persona, nada que pareciera más viejo o...




