De Samper / Nemo | 7 mejores cuentos de Soledad Acosta de Samper | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 27, 75 Seiten

Reihe: 7 mejores cuentos

De Samper / Nemo 7 mejores cuentos de Soledad Acosta de Samper


1. Auflage 2020
ISBN: 978-3-96724-227-0
Verlag: Tacet Books
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 27, 75 Seiten

Reihe: 7 mejores cuentos

ISBN: 978-3-96724-227-0
Verlag: Tacet Books
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



La serie de libros '7 mejores cuentos' presenta los grandes nombres de la literatura en lengua española. En este volumen traemos a Soledad Acosta de Samper, una de las escritoras más prolíficas del siglo XIX en Colombia. En sus labores como novelista, cuentista, periodista, historiadora y editora. Soledad Acosta publicó junto a algunas de sus contemporáneas como las poetisas Agripina Samper de Ancízar y Silveria Espinoza de Rendón. Sin embargo, Acosta no solo incursionó en literatura sino también en campos propios de los varones de su época. Dedicó numerosos estudios sociales al tema de las mujeres y su papel en la sociedad, por lo que es considerada una pionera del feminismo. Este libro contiene los siguientes cuentos: - Dolores. - La parla del Valle. - Ilusión y Realidad. - Luz y Sombra. - Mi Madrina. - Un Crimen. - Manielita.

Soledad Acosta de Samper (Bogotá, 5 de mayo de 1833 - íbidem, 17 de marzo de 1913) fue una de las escritoras más prolíficas del siglo XIX en Colombia.
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I


Fresca, lozana, pura y olorosa,

gala y adorno del pensil florido,

gallarda puesta sobre el ramo erguido,

fragancia esparce la naciente rosa.

ESPRONCEDA

«Yo acababa de cumplir veinte años... Bajaba alegremente de las altas planicies de los Andes donde había pasado mi niñez, e iba a emprender viaje a Europa, ese paraíso soñado por todo joven sud-americano. Llevaba el corazón lleno de ilusiones y el espíritu henchido con aquella fatuidad juvenil que espera tener un mundo de dicha en un porvenir que conquistará con el mérito de sus talentos. Dueño de una pequeña fortuna, herencia de mis padres, y que yo creía un caudal inagotable, así como mi corto saber; feliz con mi juventud y una salud robusta, de las cuales pocos hacen caso cuando las tienen, pero que son los dones más preciosos, pensaba en mi porvenir lleno de esperanza y alegría. Cuando desde lo alto de los empinados cerros vi por primera vez el camino que me debía llevar hacia lejanos países, me sentí dichoso con mi libertad y lleno de orgullo... No veía entonces que, si de lejos el camino parecía tan hermoso, rodeado de lindos arbustos y regado por claros riachuelos, al transitarlo encontraría mil peligros y desengaños: los arbustos tendrían espinas y los riachuelos amenazarían ahogarme. Así ve el joven la vida al comenzarla. ¡Qué bella es esa edad en que la verdad está siempre vestida de flores! La juventud es como un telescopio en manos de un niño; por entre sus claros vidrios ve los astros tan cerca que piensa que con alargar la mano los podrá tocar, pero al dejar de mirar al través de su encantado prisma, los ve tan distantes, que no comprende cómo pudo desearlos antes.

Después de algunos días de viaje a caballo, llegué en una hermosa tarde de diciembre a la graciosa aldea del Valle.

Tendida en el fondo de un valle encerrado entre dos cadenas de cerros, rodeada de llanuras de esmeralda, salpicadas de alegres casas y huertos, teniendo por cabecera una colina inclinada, y bañada y circundada por dos riachuelos que bajan murmurando por entre grupos de elegantes bambús, cañaverales y espigados y preciosos árboles cubiertos de blancas y rosadas flores, esta aldea es una de las más bellas de la provincia de ***. Las casas eran casi todas pajizas en aquel tiempo; pero tan limpias y pintadas, con sus patios llenos de jazmines, rosas, naranjos y chirimoyos; los vestidos de las mujeres eran tan aseados y vistosos, que todo me causó un sentimiento enteramente desconocido, contrastando con las feas y sucias casas de las tierras frías y los vestidos oscuros y pesados de la plebe del interior.

Me había hospedado en casa de un anciano venerable, tipo del antiguo señor de aldea, hospitalario, sencillo y bondadoso hasta el exceso, más bien por indiferencia que por amor hacia el prójimo. Cumplidas las primeras atenciones que la buena crianza me imponía, salí a dar una vuelta por el pueblo.

El crepúsculo se había convertido en noche, pero una noche como la que sólo se ven en los trópicos: serena, clara, armoniosa, llena de murmullos y vida. Poco a poco la luna se levantó detrás de uno de los vecinos cerros, e iluminó con su suave luz cada punto saliente del paisaje. Una ligera y trasparente niebla cubría en parte la cadena de cerros más lejana; todo tomaba un aspecto encantador bajo esa luz: la cruz del campanario de la iglesia brillaba como si fuese de oro; el agua de la fuente en el centro de la plaza parecía, al derramarse, formar chorros de diamantes; y aun la paja gris de las casas nuevas tomaba una apariencia de bruñida plata. La brisa sacudía los árboles, y el perfume de las flores me llegaba en ráfagas deliciosas.

En las puertas y ventanas de las casas se veían grupos de mujeres vestidas de muselina blanca, según la costumbre del país, que salían a respirar el aire la noche, y reían y cantaban al compás de guitarras, mientras que los niños jugaban ruidosamente a sus pies. El sonido de alguna lejana bandola y alegre pandero, el canto cadencioso y triste de los campesinos (herencia de los vencidos indios) armonizaba con la escena apacible y suave que presentaba la naturaleza.

Esta libertad en los placeres de la vida que caracteriza las costumbres de las tierras calientes y templadas, era enteramente nueva para mí. En altas planicies de los Andes no se sabe gozar de la noche. Al oscurecer, cada uno se encierra en su casa ansioso de calor, y aunque las noches suelen también ser muy hermosas, rara vez se goza con su encanto. En las tierras calientes, al contrario, cada cual quiere aspirar el fresco ambiente y vivir con el espíritu, el alma y el corazón. Aquella noche quedó grabada en mi memoria, poblada de luz y vida, de poesía y perfumes de ensueños y realidades...

De repente un alegre cohete seguido del sonido profundo del tambor y el chillido de varios clarinetes, disipó mi ensueño poético. Pocos momentos después, guiado por ese ruido, me hallé frente a una casa cuyas ventanas se amontonaba una gran muchedumbre de vecinos del pueblo.

-¿Empezó ya el baile? -preguntó un hombre con la ruana terciada, acercándose a una de las ventanas. Parece -añadió-, que el alcalde las echa de rumboso...

-¡Y cómo no, si es en honor de la Perla del Valle que da el baile!

-Y el señor alcalde diz que anda muy enamorado de la chica.

-¡Bah! -dijo una mujer; pero ella lo mirará con desprecio-. Los señoritos de la capital son los únicos que le cuadran.

-Tiene razón -dijo otra con ironía-; si no hay quien se le parezca en la aldea... Desde la escuela se lo decían, y luego...

-Y en eso no faltaron a la verdad -dijo el primer hombre- ¡Miradla, miradla! Ya sale a bailar con el señor alcalde.

-¡Ave María! -añadió otro-; tiene un garbo, un donaire, un garabato como ninguna.

Dirigiendo los ojos hacia donde todos los tenían fijos, vi que sobresalía entre todas las sencillas hijas del campo una verdadera belleza. Era más bien pequeña que grande; vestía un modesto traje blanco, era tan blanca como el ramo de jazmines que llevaba en el pecho; dos gruesas trenzas de cabellos rubios le caían hasta la cintura, el brillo de sus ojos negros, sus labios de forma perfecta aunque algo gruesos, la redondez de sus brazos y sus pequeñas manos, todo en ella era seductor y elegante.

-¿Tú por aquí, Ricardo? -dijo a mi lado una alegre voz de bajo, y una robusta mano me hizo estremecer al darme un gran sacudón en prueba de cariño.

Era uno de mis compañeros de colegio, vecino de aquel pueblo.

-¿Qué haces aquí? -añadió-; entremos al baile y te introduciré a las bellas de mi pueblo, y sobre todo a esa hermosa

Blanca como azucena

fresca cual mariposa

y de atractivos llena...

Como dice Arriaza. (En aquel tiempo Arriaza estaba de moda todavía.)

-Pero... soy forastero... Mi vestido...

-En el Valle no hay tantas ceremonias. Ese vestido de viaje es mejor que el de cualquiera petimetre de aquí. Por otra parte quiero que veas que aquí también hay quien pueda competir con las mejores bellezas de ***. Aquí también hay quien sepa hacer que

Las gracias, envidiosas,

en su bailar ingenuo

procuren imitarla

con inocente juego.

Pasé aquella noche como todos los momaquella noche como todos los momre, es decir, sin meditar en lo porvenir y feliz con la dicha presente. Rosita acababa de cumplir quince años; edad de candor y gracias infantiles, edad en que se debe a la mujer tanto respeto y admiración por sus gracias y belleza, y protección y ternura por sus años. Era hija de uno de los principales habitantes del pueblo, por supuesto de humilde educación, y aunque de entendimiento mediano, su belleza sobresaliente entre todas sus compañeras lo había dado cierta posición elevada. Ella se sentía, por la distinción de sus encantos, superior a todos los jóvenes poco pulidos de los alrededores que la fastidiaban con sus galanterías. Así fue que yo creí ser el preferido entre todos, pues había llevado de la capital toda la finura de modales y el florido lenguaje que distinguen a los petimetres de ***, cosas desconocidas en el Valle, o al menos toscamente imitadas por los jóvenes de allí.

Después de permanecer dos días en la aldea me dirigí hacia la Costa para embarcarme, llevando en el corazón el suave recuerdo de la Perla del Valle.

Muchos años después, en medio de las borrascas y pesares de una vida agitada y ambiciosa; en medio de los combates y sufrimientos de las guerras civiles, llenas de violencias y peligros, la suave figura de la Perla del Valle se me apareció como la imagen de la patria ausente, como la personificación de un sueño de dicha entrevista en la juventud, como una promesa de virtud y de plácida alegría...

II


¡Mas ay! que el bien trocose en amargura,

y deshojada, por los aires sube

la dulce flor de la esperanza mía.

ESPRONCEDA

Quince años habían pasado cuando regresé al Valle, de tránsito para mi ciudad natal. Volvía con la amarga aunque secreta convicción de que mi vida había sido completamente estéril para mí y para la humanidad. Había bebido en todas las fuentes de la sabiduría, sin lograr ser otra cosa que un hombre mediano; me había mezclado inútilmente en muchas intrigas políticas, llevado por el vaivén de las pasiones de partido; había seguido muchas carreras sin perfeccionarme en ninguna; y persuadido al fin de mi impotencia para brillar en la esfera que había ambicionado ocupar, quería esconder mis desengaños en el seno de la ciudad natal. Me sentía viejo en experiencia...



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