de León Barga | Los durmientes | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 4, 368 Seiten

Reihe: Ficciones

de León Barga Los durmientes


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17425-05-0
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 4, 368 Seiten

Reihe: Ficciones

ISBN: 978-84-17425-05-0
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Rosa es una historiadora treintañera que recibe el encargo de escribir la biografía de un personaje de segundo orden de la Transición española, Jaime Monasterio, padre de su amiga Paloma, cuyas memorias le facilita ésta. Rosa descubrirá que su rutinaria tarea es un pretexto para ayudar a la desarticulación de una célula de agentes durmientes al servicio del espionaje ruso, surgida entre las amistades del padre de su amiga. La historiadora, convertida en informante del servicio secreto, descubrirá que un mundo sin traiciones es un escenario sin cambios como lee en las fascinantes memorias de Jaime Monasterio, donde no faltan menciones a Ramón Serrano Súñer, Benito Mussolini, Alessandro Pavolini, Dionisio Ridruejo, Edgar Neville, el rey Faruk de Egipto, José María de Areilza o Adolfo Suárez. Por su parte, en su cometido Rosa comprenderá que vive en un estado de hibernación, personal y laboral. A diferencia de los espías de la red que tiene que descubrir, ella lleva una vida rota, hecha de relaciones con hombres equivocados, carencias familiares y trabajos eventuales, en una soledad donde ni siquiera puede aspirar a la categoría de bella durmiente, a la espera del amor que la despierte. La lectura de las memorias de Jaime Monasterio y la reconstrucción de su biografía llevarán a Rosa a recorrer la historia de España e Italia desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy en día, a través de un periplo personal lleno de sorpresas. Las lealtades por las que luchó de joven no servirán a Jaime Monasterio en la posguerra; desengañado y resentido, hará de la traición un arma frente a los poderosos del momento y de la infidelidad una forma de vida, en aquellos años de la dolce vita y de la Transición española, donde confraternizará con estafadores, aristócratas, políticos, actrices, falsos profetas y mafiosos. 'Los durmientes' es una apuesta de Fórcola, en su colección de narrativa, y es un modo de mirar la Transición desde un prisma de complejidad: hubo en ella extraña fauna, paradójicas actitudes y quizá, también, un intento de redención. Jaime Monasterio perteneció a ella.' Antón Castro, Heraldo de Aragón

Luis de León Barga, escritor y periodista, nació en Roma, donde por motivos familiares y profesionales vivió más de veinte años. Actualmente trabaja en la agencia Efe, donde es el responsable del departamento de Documentación y Análisis. En 2010 publicó la novela 'Nuestra amiga común', firmada como Luis Barga. Ha colaborado en diferentes suplementos culturales como Babelia, o de otros diarios ya desaparecidos, así como en distintas revistas y fanzines: La Luna de Madrid, Álbum Letras Artes. Es el coordinador de la página web literaria Libros, nocturnidad y alevosía https://librosnocturnidadyalevosia.com, en la que colaboran escritores de España, Estados Unidos y Argentina.
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II Todos los caminos conducen a Roma


(1941) La vida en la Roma fascista


A la simpatía con la que fui recibido por la colonia oficial española en Roma, ya fueran diplomáticos o periodistas, se sumó la compañía de Paola y un decorado excepcional en un tiempo primaveral. Además, todo funciona mejor en una embajada cuando no hay embajador. Por todo ello mi nuevo destino era el paraíso. Alquilé un piso en el barrio de moda, el Parioli, cerca de la calle donde vivía Paola. Por la mañana iba a la oficina de prensa, que tenía su sede cerca de la embajada, y planificaba mi trabajo con Arnáu, el delegado de prensa que conocí en Burgos. A la hora del aperitivo nos dirigíamos a la cercana Via Veneto, y como por tradición los españoles sentábamos nuestras posaderas en la terraza del Venchi en lugar de en el Café Rosati, allí me tomaba mi vermú. Después de comer me trasladaba a mi casa para echar una breve siesta. Por la tarde trabajaba en el lanzamiento de la revista. La noche, que empezaba pronto, estaba reservada a Paola.

La situación general era de optimismo. Las fuerzas del Eje avanzaban en todos los frentes y la gente, por lo menos en Roma, hacía una vida más o menos normal. El abastecimiento general era mejor que en España. Se podían encontrar toda clase de productos y no había excesivos racionamientos. Tal vez por eso me llovían los encargos de todo tipo desde Madrid, especialmente de ropa. La familia directa e indirecta, antiguas novias, amigos y conocidos se sucedían en un rosario de peticiones: camisas, corbatas, ropa interior de mujer y de hombre, gabardinas, abrigos, paraguas, aparatos de radio... Incluso Julio Augusto me pedía agujas para su tocadiscos. Aficionado como era a la ópera, necesitaba recambios porque hacía un uso desmedido de su aparato. Desde luego procuraba cumplir con todos los encargos, y no digamos con Julio Augusto, que me proporcionaba la cobertura ideal para introducirme en el mundo del cine, gracias a mi revista.

De la gente de la legación, con quien hice mejores migas por cuestiones de edad, soltería y gustos, fue con el segundo secretario, Álvaro Valencia. Era un castellonense que llevaba un año destinado en Roma. Tenía aspecto de inglés, que acentuaba con chaquetas de tweed y zapatos bicolores, y peinándose el pelo rubio hacia atrás con la ayuda de una capa de brillantina. La primera noche que cenamos juntos me miró con sus ojos castaños y me impartió el primer curso de su doctrina que se resumía en un principio fundamental: «Nunca olvides que tu verdadero enemigo es siempre tu compatriota, aunque contigo yo seré la excepción que confirmará la regla». Generosamente me cedió a tiempo parcial a Mimmo Dondero, un ordenanza de la embajada, más joven que nosotros, fuerte y avispado. Me explico. No es que hubiese cambiado de acera, sino que debido al volumen de encargos y sus correspondientes líos de permisos, envíos, correos y aduanas, me convenció de las ventajas de contar con este «ayuda de cámara» a cambio de un pequeño sobresueldo. Mimmo se lo sabía todo de la burocracia italiana, que superaba con creces a la española, aunque más propensa a dejarse comprar a un mejor precio. El ordenanza tenía un primo suyo que trabajaba en correos, lo que facilitaba mucho los envíos por paquetería.

En cuanto a la oficina de prensa, me llevaba bien con el segundo, Luis Ochoa. Era un hombre de baja estatura y calvo, con el cigarrillo siempre en los labios. Según me había informado Álvaro, mantenía en paralelo una relación con dos mujeres más altas que él y sin estar casado con ninguna de las dos. Como eso no estaba bien visto en la embajada, no podía desempeñar puestos de responsabilidad más importantes pese a conocer muy bien la psicología de los italianos por haber vivido muchos años allí. Nada nuevo: el reglamento siempre por encima de la eficacia.

*

Juan me invitó a cenar a su casa, que se encontraba en un edificio tranquilo de pocos pisos del norte de Madrid. El piso, pequeño, lo tenía en régimen de alquiler. La casa estaba cuidada y limpia, por lo que deduje que una asistenta por horas se encargaba de la limpieza.

Se notaba que le gustaba cocinar, pues nunca había probado una cena tan rica hecha en casa. Primero un arroz oriental para seguir con un pescado con salsa, que estaba delicioso, y todo ello acompañado de un buen vino blanco. En cambio, yo detesto cocinar. Tal vez porque recuerdo las horas que le dedicaba mi madre sin conseguir el más mínimo agradecimiento paterno. O porque creo que hay que dedicarse a lo que a uno le gusta, y no necesariamente por el hecho de ser mujer ha de gustarte andar entre cacerolas. Atento y servicial, Juan no dejó que tocara plato alguno ni que recogiera la mesa, pues un invitado no es un camarero, me dijo.

Cuando estábamos sentados en el tresillo del salón escuchando música, puso con delicadeza mi cabeza en su regazo para que me pudiera tumbar y apoyar los pies en el respaldo. Luego me invitó a dejarme llevar mientras masajeaba mis sienes y me susurraba que me olvidase del trabajo y cualquier preocupación que tuviera. Pronto me sentí en paz conmigo misma y olvidé al padre de Paloma y todo lo demás. Incluso a Lucas, con el que nunca hubiese podido disfrutar en paz de una noche semejante. Lo más seguro es que ya me hubiese dicho que me vistiese como una mala copia de Brigitte Bardot. Juan era mi descanso del guerrero aunque debía ser a la inversa, y no lo digo por cuestiones de género sino de profesión. Hubo un momento en que se inclinó para besarme en la boca. Fue entonces cuando me dijo que deseaba ir en serio conmigo, ser mi pareja... (¡Dios! ¿Hace cuánto tiempo no escuchaba esa palabra?) Tanto es así que creí haber oído mal.

–¿Formar una pareja? –acerté a decir mientras dejaba la copa de vino en el suelo.

–¿Te asusta? Si es así prefiero saberlo, porque no quiero empezar una historia que me parta de nuevo el corazón.

Le miré desconcertada y en sus ojos vi un atisbo de pánico, pena o dolor, pero desde luego no de felicidad. Cuando se lo comenté, me dijo que algunas mujeres le habían hecho mucho daño.

–Suena a melodrama barato –dije incorporándome con rapidez en el sofá.

–Será así, pero es verdad. La mujer que más quise me dejó por otro.

Entonces temí lo peor. Esas confesiones a medianoche, si vienen de un hombre, son una puerta entreabierta para ver lo que hay dentro de él y cerrarla de golpe antes de salir corriendo para que el monstruo que habita en su interior no te atrape en una mala película de terror. «El hombre víctima» de la malvada mujer comehombres. En cambio, las mujeres, y más si son de mi raza, nunca abrimos del todo la puerta de nuestro interior porque entendemos bien que no se atrapa a ningún hombre con un listado de nuestros antiguos amantes.

Como no deseaba estropear la noche tampoco le hice muchas preguntas. Bastante tenía con investigar sobre la vida y milagros del padre de mi amiga para empezar con la de Juan Villalobos. Mejor tirarse a la piscina y ver qué sucedía. Por suerte Juan estuvo comedido y no se hizo demasiado la víctima. Digamos que lo dejó en el capítulo de cosas que pueden ocurrir en la vida de una pareja, lo mismo que un bombero sabe que puede quemarse al apagar un incendio o un aviador estrellarse con el avión que pilota.

Luego dijo que no deseaba hablar más del pasado y volvió a preguntarme si quería salir con él. Como apenas nos conocíamos y todo había sido tan rápido, me dio por pensar si no tendría un ligero punto de desequilibrio. En apariencia, parecía normal en todo lo que decía y hacía, por lo que deduje que se trataba de una declaración de amor en toda regla.

Cuando Juan me llevó hasta su cama, pensé en rechazar su propuesta hasta conocerle mejor, pero la decisión ya estaba tomada antes de llevarla a cabo. Siempre creemos que elegimos el momento pero no es así, porque nuestras decisiones están predeterminadas por la necesidad. Sin embargo pensamos que somos libres de elegir cuando en esa milésima de segundo entre el sí y el no resulta imposible para nuestra cabeza procesar las mil variables y razones que entran en juego a la hora de responder. Eso es lo que nos proporciona la ilusión de pensar que nuestra elección es libre y espontánea. Podía haberle dicho que estaba cansada y mejor dejarlo para la próxima vez, pero no me arrepentí de mi respuesta.

Hicimos el amor con mayúsculas y ternura, sin aditamentos ni pelucas ni vestidos de los años sesenta. Sólo empleamos nuestros cuerpos y corazones mientras nuestras pieles se acariciaban y Juan me decía que me amaba. Lo dijo despacio y en voz baja con un retintín de campanilla, hasta que, de pronto, en el momento del orgasmo alzó la voz y me pareció escuchar los cascos de un caballo montado por un invasor que entraba al galope en la ciudadela sitiada entre gritos de mujeres temerosas. El guerrero, inclinándose hacia un lado, me agarró de los brazos y me izó de un tirón hasta la grupa de su caballo para huir, campo a través, hacia una nueva vida no sin antes pedirme que leyese las memorias del padre de Paloma referentes a sus últimos años y devolviese el resto a su familia.

–¿Por qué? –me apresuré a preguntarle.

–Para comprobar si son verdaderas y hay algo que nos sea útil.

–Lo haré, pero a su debido tiempo.

–Eres una mujer de ideas fijas.

Y nada más decirlo apagó las luces y se durmió.

(1941) El estreno de la película de Neville en Roma


El estreno de una película de Neville coproducida por Italia y España me permitió presentarme en sociedad como...



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