de la Caballero | Obras IV | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 65, 316 Seiten

Reihe: Pensamiento

de la Caballero Obras IV


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-9007-485-5
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 65, 316 Seiten

Reihe: Pensamiento

ISBN: 978-84-9007-485-5
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Bajo el lema «Los caminos de hierro», José de la Luz y Caballero propuso educar a los jóvenes en el principio de la necesidad de establecer relaciones armónicas con la naturaleza, para utilizar racionalmente sus recursos y, al mismo tiempo, dar más garantía al desenvolvimiento de la vida humana. También expresó el interés por adquirir medios de transporte eficientes y seguros, entre ellos el ferrocarril, y optó por el uso del carbón mineral como fuente energética principal en las fábricas y talleres, pero siguiendo determinadas normas de seguridad para evitar daños al ambiente y a la salud humana. A través de estos artículos «Los caminos de hierro», editados en este cuarto volumen de las Obras de José de la Luz y Caballero, este sobresaliente pensador afirmó que el desarrollo de algunos países del norte de América estimulaba la necesidad, entre sus naciones, de dedicarse al ocio y al lujo en el tiempo libre. Bajo ese principio, defendió la idea de animar las visitas de los viajeros de esas regiones, pues Cuba les ofrecía la oportunidad de esparcimiento por la calidez del clima y la belleza de su naturaleza, razón por la cual propuso la ampliación de las redes ferroviarias para obtener nuevas fuentes de ingresos económicos para el país. En esta publicación también se recogen ensayos con temas de índole más literaria como el de la vida de Schiller, apuntes sobre la biografía de la condesa de Merlin, la obra literaria de Gertrudis Gómez de Avellaneda y un artículo sobre Cartas a Elpidio de su coetáneo Félix Varela. La presente edición de las Obras de José de la Luz y Caballero contiene notas provenientes de las ediciones de Alfredo Zayas, Roberto Agramonte y Alicia Conde.  

José de la Luz y Caballero nació el 11 de julio de 1800, La Habana, Cuba y murió el 22 de junio de 1862. Fue considerado maestro por excelencia y formador de conciencias, pues engrandeció el sentido de la nacionalidad cubana. El pensamiento de José de la Luz y Caballero se centra en la importancia de ahondar en el conocimiento y la comunicación para fusionar en el hombre la verdad científica con el sentimiento de patriotismo. Sus obras aparecieron en diarios y revistas. Alfredo Zayas se encargó de recoger, en 1890, algunas de sus obras en dos tomos bajo el título de Obras de José de la Luz y Caballero. La mejor síntesis de su vida está resumida en este breve aforismo: 'Instruir puede cualquiera, educar solo quien sea un evangelio vivo'.
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ESCRITOS POLÍTICOS, SOCIALES Y ECONÓMICOS
I. SOBRE LAS SEGUNDAS CORTES CONSTITUYENTES1


(14 de noviembre de 1822)

...2 na influencia en el mundo civilizado y entre las luces del siglo XIX, las añejas preocupaciones que en un tiempo asolaron la tierra. Así pues, el sexo no debió haberse exigido para ser ciudadano.

Sigamos viendo los demás requisitos que han de adornar al ciudadano. En asunto de tanta trascendencia debe la ley determinar precisamente la edad en que debe entrar al goce de los derechos de tal, pues siendo el cuidadanato una cosa tan apetecida, en razón de que fuera lo que en sí vale, es preliminar indispensable para optar a todos los empleos...3 empiezan a cruzarse los argumentos en paridad, y de aquí nacen las opiniones y disputas acerca de la edad a que deba entrarse en su goce: una buena Constitución, en negocio de esta monta, debe precaver que nazcan semejantes diferencias, para evitar, como hoy lo vemos, que un sinnúmero de niños de catorce años se vayan a una parroquia, y la vuelvan una verdadera escuela con su bullicio y niñerías. Esto es causado por este gran vacío que ha dejado la Constitución española: no alcanzo por qué se dijo en ella que el hijo del extranjero será ciudadano a los 21 años, sin decir cosa alguna sobre el nacional: lo único que puede inferirse de su contexto es que el nacional será ciudadano antes de los 21: empero, ignoramos si será a los 14, como quieren algunos o si a los 18 como desean otros, pues decir antes de los 21 es hablar del modo más vago que pueda imaginarse. La ley debe prefijar la edad, para evitar asimismo que un partido suspicaz se aproveche de la inexperiencia y candidez de los niños para hacerlos votar en su favor.

Tampoco debía concederse el goce de la ciudadanía al que estuviese despojado de toda propiedad o industria útil equivalente: ponderar los admirables efectos que opera este dulce derecho, amansando aun a los hombres más exaltados y haciéndoles conocer sus verdaderos intereses, sería cansar en vano al lector, diciéndole cosas que tal vez ha sentido por sí mismo.

¿Quién no sabe que sin propiedad no puede haber afecto al país? Un hombre sin propiedad es un verdadero zángano que no se emplea más que en dañar la colmena que labra la sociedad: él no se alimenta más que en medio del desorden, con los despojos de sus semejantes, es un hombre que puede causar grandes estragos, si está dotado del talento y se deja arrastrar por una bella teoría, mientras que el propietario ha de ser por precisión un hombre de más calma y reflexión, ha de ver necesariamente si la persona que elige podrá algún día perjudicar sus intereses: yo aseguro que jamás procederá de ligero, pues la propiedad es el contrapeso más seguro para contener los arranques temibles de las pasiones y sobre todo del espíritu de partido: el que no tiene propiedad, como no ha de sentir en sus bienes los malos efectos de una ley, poco le importa que sean buenos o malos los elegidos con tal que satisfagan su deseo de que salga electo tal o cual individuo. Otra consideración me ocurre acerca de la propiedad, y es que como la ley debe procurar por todos los medios posibles, realzar la dignidad del ciudadanato, no debe concederla sino a aquellos que merezcan aspirar a ella, y hagan esfuerzos por conseguirla, y poniendo la propiedad como una condición indispensable, hace la debida distinción entre el hombre laborioso y útil y el indolente y tal vez malvado que roe la sociedad; fuera de que éste es un medio eficacísimo de que progrese la industria nacional, que como es muy sabido se compone de la suma de las industrias particulares: otro y riquísimo fruto que se recoge de poner la propiedad, como requisito imprescindible para aspirar al ciudadanato. Tan persuadidos han estado de esta verdad los pueblos que se han dado un sistema representativo, que han exigido la propiedad como requisito necesario para elegir, y con mucha más razón para ser elegido, como lo veremos más adelante. Según la Constitución inglesa es menester poseer una renta de 40 sh. u 8 ps., para poder elegir: en Francia se exige un cierto rédito; nada digo de nuestros vecinos los angloamericanos, que, según su sistema se necesitan tantos... En renta neta para ser elector.

Fácilmente se colegirá, por lo que llevamos dicho hasta aquí, que si para ejercer uno de los derechos políticos, cual es la facultad de elegir, se necesitan tantos requisitos, ésos y muchos más, forzoso es se apliquen a la aptitud para ser elegido, que es el otro derecho político y el que influye más directamente en el manejo de la complicada máquina del Estado, y que viene a ser como el blanco a que se encamina el primero. Con efecto, ¿qué cúmulo de conocimientos, qué variedad de noticias, qué alma denodada y valiente, qué apego y amor al país, qué entusiasmo por sus comitentes no se requieren en el que ha de representar los derechos de un pueblo libre? ¡Qué ministerio tan augusto! No hay sobre la tierra otro más sagrado.

¡Qué encargo más espinoso y delicado que el de dictar leyes a los hombres! En esta sencilla pregunta están delineadas las cualidades que deben brillar en un buen diputado, muy superiores a las que se exigen en un simple elector: aquí damos con los motivos que han tenido las citadas naciones para aumentar la cantidad de la renta en el diputado, pues éste es un individuo en quien se deposita mucha más confianza que en un mero elector. Han sido de tanto fundamento y verdad estas razones, que aun en la misma Constitución española, que calla absolutamente en cuanto a la propiedad que deba tener un votante, no guarda el mismo silencio con respecto a la que deban poseer los diputados, pues aunque por entonces —quiere decir en el año 12— no la señaló por razones que veremos muy en breve, deja libres las facultades a las Cortes futuras para que asignen dicha renta, que aquellos diputados constituyentes miraban como indispensable.

Mas, ¿cómo pudo suceder, es muy natural, pregunte cualquiera, que los esclarecidos diputados de las Cortes Constituyentes en 1812, que estaban al cabo de todas estas cosas, ni siquiera nombraron la palabra propiedad hablando de votaciones, y lo que es más, no la exigieron por entonces, ni aun para los representantes de la Nación? No hay duda que, mirada la cosa así en abstracto, fue imperdonable la falta de los diputados constituyentes, más fácil será disculparlos, y aun manifestar que procedieron con una cordura digna de imitarse por los más sabios legisladores, si acudimos a las críticas circunstancias en que se hallaban, y a los tropiezos que encontraban en el establecimiento de cualquier ley. Traigamos a la memoria que en aquella coyuntura estaba depositado el mayor número de las riquezas de la Nación en manos de las clases privilegiadas, es decir, que los nobles y los eclesiásticos eran las personas propietarias de la Nación, mientras que la mayoría de ella, la clase industriosa y trabajadora, la clase de los sabios y de los literatos, yacían en la más espantosa indigencia. Tampoco se pierda de vista que los nobles, en la nación española, no eran, a la manera de los de Inglaterra, ilustrados y animados con el fervor patriótico; antes, por el contrario, eran unos entes tan desnudos de conocimientos como el más salvaje hotentote, tan henchidos de orgullo como el sultán más altanero del Oriente; como que en su educación no se les había enseñado a conocer la dignidad de los demás hombres, pensaban (¡miserables!) que eran unos seres superiores al resto de los humanos; como que se destetaron junto al lacayo, al paje, que solo estaban a su lado para satisfacer los caprichos y veleidades de sus señoritos, se iniciaron desde temprano en la escuela de la prostitución. Con tan perversos ensayos llegaron a sobresalir en la línea de la haraganería y de la corrupción de costumbres; cuantas crápulas pueden degradar a la humanidad se hacinaron en las cabezas de la nobleza española: he aquí un cuadro triste pero verdadero del estado de la grandeza en España: en este caso no era dable que los diputados hubiesen querido cerrar la entrada al santuario de las leyes a las clases laboriosas, aunque no propietarias, exigiendo como una condición inevitable, para el goce de la ciudadanía en toda su plenitud, la propiedad. Ni ¿cómo era posible que los padres de la Patria, los denodados varones de 1812 hiciesen traición a su patria y a la justa causa que defendía un pueblo tan heroico, privándolo de hecho de la aptitud de sentarse algún día en el seno de un congreso, compuesto en mucha parte de gentes sacadas de su mismo seno? ¿Cómo habían de haber cometido el despropósito de entregar en sus manos, en esas manos que jamás supieron más que empuñar el cigarro, la balanza donde iban a pesarse los destinos de la Nación? ¿De qué acciones heroicas, que digo heroicas, de qué cosa en el mundo eran capaces unos hombres que difícilmente sabían escribir su nombre? ¿Y éstos serían los que hubieran salvado la Patria? ¿Y gentes de este temple habrían corrido, como en efecto no lo hicieron, a lanzar las huestes invasoras, acaudilladas por el tirano? ¿Qué fuego patriótico había de arder en unos pechos gastados por el roedor de las preocupaciones? No así el heroico pueblo, éste, aunque bastante degradado por el pernicioso influjo del fanatismo, la superstición y el más desenfrenado despotismo, estaba más apto para desempeñar cualquier encargo, puesto que en medio de esta ignorancia general se descubrían algunos patriotas denodados y sabios que se habían alimentado con las ideas de un gobierno representativo, y que eran los únicos...



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