de Courcelles | Habitar maravillosamente el mundo | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 98, 392 Seiten

Reihe: El Árbol del Paraíso

de Courcelles Habitar maravillosamente el mundo

Jardines, palacios y moradas espirituales en la España de los siglos XV al XVII
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-18436-47-5
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Jardines, palacios y moradas espirituales en la España de los siglos XV al XVII

E-Book, Spanisch, Band 98, 392 Seiten

Reihe: El Árbol del Paraíso

ISBN: 978-84-18436-47-5
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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En la España de los siglos XV a XVII, con los grandes viajes y la exploración de mundos desconocidos, aparece una nueva conciencia de la tierra y del tiempo expresada mediante nuevas representaciones literarias y artísticas. El mundo, hasta entonces cerrado, se transforma en un universo infinito. El arte de construir jardines o palacios, de narrar un viaje experimental o una búsqueda poética y mística, de pintar paisajes y glorias celestes da fe de una renovación de la mirada -filosófica, alquímica, teológica, política-. Cada objeto, a su escala -palacio, jardín, relato, cuadro-, sostiene una manera de ser de quien lo recorre con su cuerpo o con sus ojos. El arte de los príncipes y sus arquitectos adquiere una intención mística: habitar maravillosamente el mundo, en armonía con la tierra, el agua, el aire y el fuego luminoso, es habitarlo tal cual es; es decir, experimentar en él la presencia divina, ver el mundo en Dios. Habitar maravillosamente el mundo se inscribe en una perspectiva geométrica y mística del infinito y de la eternidad. De este modo se elabora un arte hispánico de habitar maravillosamente el mundo que, desde la península ibérica, no deja de repetirse artística, teológica y espiritualmente en los nuevos mundos y en la Nueva España. La obra se articula en cuatro partes dedicadas: a los palacios, jardines y moradas espirituales desde Andalucía y la Casa de Campo de Madrid hasta Las Moradas de Teresa de Jesús; a las maravillas del universo desde Sevilla hasta México; a la mística de los paisajes y la magia natural; y a la representación del infinito y el deseo de eternidad en el palacio de El Escorial y El entierro del conde de Orgaz del Greco.

DOMINIQUE DE COURCELLES, conservadora del patrimonio y doctora en Letras, es catedrática directora de investigación en el CNRS-Escuela Normal Superior de París. Miembro del Colegio Internacional de Filosofía (París), de la Real Academia de Buenas Letras y del Instituto de Estudios Catalanes de Barcelona, de la Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras de México.
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Prefacio

Habitar, hábito, hábitat: damos sentido al mundo mediante arriesgadas declinaciones y conjugaciones. Y así aprendemos a habitarlo maravillosamente: en este libro extraordinario, Dominique de Courcelles nos abre a un vasto paisaje que nos muestra de otro modo lo que es vivir, no solo en lo cotidiano, habitar un lugar, alojarse en él, sino también en el sentido fuerte del verbo, intransitivo e intransigente al mismo tiempo: habitar, y habitar maravillosamente. Para el añorado sociólogo Pierre Bourdieu, el concepto de habitus se remontaba al estremecimiento que sentía ante el célebre ensayo de Marcel Mauss sobre las «técnicas» del cuerpo. Podríamos apostar a que lo habría leído como un poema: embelesado por el ritmo de las frases del ensayo, Bourdieu se habría hecho muchas preguntas ineludibles: según su cuerpo, ¿cómo funciona un sujeto? ¿Cómo lo maneja? ¿Habría pensado Bourdieu en el célebre aforismo de Spinoza: nadie sabe qué no puede hacer un cuerpo? ¿Cómo los usos y prácticas que una persona asigna al cuerpo (o viceversa) encarnan un gama de relaciones con el mundo, sublimes y ordinarias, tanto conscientes como inconscientes? En resumen, ¿de qué manera se inscriben —y, tratándose de la escritura, cómo se escriben— en el mundo que los rodea?

La Edad Media le habría dicho que los místicos transformaron lo que Aristóteles había llamado hexis, «estado», en habitus; que alteraron un estado de ser, estado público, para convertirlo en un arte de vivir. Por una buena causa o una buena intuición, Bourdieu, de origen bearnés, habría experimentado sus primerísimas impresiones de habitus en las catedrales góticas del siglo XIII, al menos eso pensamos, en su juventud, durante sus primeros viajes a Île-de-France. Allí, en Chartres o en Reims, en vista de las hileras de arbotantes interiores o exteriores, bajo nervaduras ojivales de bóvedas de crucería, teniendo en cuenta su forma, habría presentido un efecto de habitus. Por lo demás, aunque aún no hubiera tenido la palabra en la boca, la propia catedral habría sido para él un habitus. Su «sistema» le habría mostrado cómo razón hacía las veces de visión. Una materia pétrea se transformaba en luz, una especie de presencia material mutaba en otra, invisible. No tardaría en traducir y editar una edición de Arquitectura gótica y pensamiento escolástico de Erwin Panofsky. Como el pequeño Marcel en la iglesia de Combray o como Proust, nutrido por sus lecturas de Émile Mâle, Bourdieu habría aprendido a habitar maravillosamente el mundo a partir de una iluminación de eternidad, «el mar que se ha ido con el sol».

Dominique de Courcelles nos invita a acompañarla en sus viajes con destino a otros espacios marítimos, soleados, tan místicos como los que habría descubierto el joven Bourdieu, en Iberia y en México. Imbuidos de lo que llama historia cósmica, «entre el instante y la eternidad», los lugares de ensueño sobre los que escribe dan fe de un «tiempo de una integración del espacio a través de la mirada en un momento en que se encierra la totalidad del tiempo» (pág. 18). De este modo, el cercado de un jardín de Gregorio de los Ríos, lugar de una «propuesta filosófica y teológica» (pág. 72), capta un espacio donde se mezclan maneras y estilos muy variados, de diversos orígenes, que recuerdan a los contornos de la Alhambra, a los jardines de ensueño del Sueño de Polífilo o a la cuadratura de la Villa Médici, que domina la ciudad de Roma. El jardín de Gregorio de los Ríos habría sido el signo de un paraíso venidero, en efecto, de lo que en poesía imagina Pedro Soto de Rojas en su Paraíso cerrado de 1652. Será Teresa de Ávila quien enfoque el lugar utópico en su última Morada, «castillo interior», escribe, cuyos habitantes rodean y se acercan a un centro que simboliza «lo divino», dominio en el que el alma puede avanzar hacia un eje del universo, «quintaesencia del microcosmos» (pág. 118). Guía tanto turística como espiritual de un viaje místico, Teresa señaliza un itinerario según el cual sus puntos de mira y de referencia se remontan a una «compleja tradición alquímica». Por el camino, su paso le permite liberarse de los vínculos y lugares terrestres sin dejar de estar anclada en ellos.

El poema se transforma en la tierra; como la pala y la azada que remueven el humus, la pluma traza surcos de los que brotan los frutos y las flores del pensamiento. En el paso de la primera a la segunda parte del libro, Dominique de Courcelles propone comparar el propósito del jardín de De los Ríos con el de la ciudad en la época de los grandes viajes. Así pues, Sevilla, cuyo nombre se remonta a Hisbaal (y posteriormente a Hispal e Hispalis), se abre al exterior sin dejar de formar parte del terruño andaluz, gracias a su diseño del espacio. Sevilla, ciudad portuaria interior en la encrucijada de múltiples culturas, situada a orillas del Guadalquivir, se mira y se refleja por todas sus calles y pasajes, a la par que apunta hacia lo remoto. Gracias a ella, lo conocido cede para los navegadores espacio a lo desconocido. Sede de la Casa de Contratación, punto de partida de los viajes al nuevo mundo y a las Indias, incluida la circunnavegación de Magallanes, Sevilla es un centro donde se mezclan una panoplia de maneras y materias culturales —africanas, íberas, europeas, indias, «americanas»— antes de que su estatus «romano» se desvanezca en el siguiente siglo, pero no antes de que su genius loci se traduzca y se renueve en México. Reencarnación de Roma en la época del cosmógrafo Petrus Apianus y, más tarde, del rey Felipe II, Sevilla no tarda en renacer al nuevo mundo: ejemplo perfecto, señala Dominique de Courcelles, de la translatio studii, que se conjuga con la translatio imperii. En México, en el siglo XVII, nos dice en un tono que parece (y tal vez querría ser) autobiográfico: «se sabe habitar maravillosamente el mundo, se sabe proseguir el sueño heroico o utópico» (pág. 169) de lo que, tiempo atrás, Montaigne había definido como nuestro, «la forma entera de la humana condición».

En la escuadra del cuarto capítulo nos coloca ante un objeto, insólito y hasta ahora prácticamente desconocido, que une dos culturas y dos visiones de eternidad. Un mosaico de plumas coloridas, creado por artistas mejicanos locales y más tarde enviado a Roma, da lugar a la bula Sublimis Deus. Nacido de un área no cristiana, confirma la presencia de una comunidad mundial de antes y después de la Crucifixión. En efecto, da cuerpo y presencia a las remanencias «del cuerpo místico de Cristo». Objeto frágil y delicado, con sus plumas de una sorprendente gama cromática, como el Espíritu Santo, el mosaico encarna una cultura plural y, además, una presencia universal. En la tercera parte del libro, en el capítulo cinco, se abordan a través de los místicos bien conocidos por Dominique de Courcelles, Ramon Llull y Giordano Bruno entre otros, los secretos de la naturaleza. Escuchando el Cántico espiritual de san Juan de la Cruz (1542-1591), al modo de Pascal, el lector emprende un viaje místico acompañando a la Esposa en busca de su Amado. Solo y solitario, durante su encarcelamiento en Toledo, en su fuero interno, el autor lo habría grabado en lo más profundo de su corazón. Las palabras le salvan la vida. La promesa de la eternidad que comparten la Esposa y el Esposo le da fuerzas para sobrevivir, para ir más allá de la vida y de la muerte. Tanto por su itinerario como por su historia el Cántico se convierte para él, y más adelante para generaciones de lectores, en un vademécum. No se publica en París una traducción francesa hasta 1622 y, al fin, en su forma integral (que comprende cuarenta estrofas), se lee en español en 1628. Para nosotros, seglares como somos, Juan pone en escena una travesía espiritual que sería una invención de espacios, podría decirse, lisos y estriados, aquí y más allá al mismo tiempo, en los cuales una presencia divina se repliega en el orden y el proceso de las palabras, que merece la pena volver a citar:

¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras ti clamando, y eras ido.

Poema de magia natural, que descubre en la naturaleza lo que se veía en el plumaje del mosaico mexicano, el Cántico se reviste de luz y luminosidad. Más adelante se confirma que los secretos del mundo disfrutan de una luz paradójicamente invisible y esclarecedora, que a nosotros, habitantes del bajo mundo, nos atañe ver. La luz se hace sentir, señala Dominique de Courcelles en las lindes de la cuarta parte del libro, donde la página impresa deja espacio a lo blanco, en la figura del carbúnculo fulgurante, según Jean de Meung en el Roman de la Rose, de la piedra preciosa, cristal de color rojo que arde eternamente.

Fiel a la planificación del libro, que se reparte siguiendo el orden de los cuatro elementos y los principios alquímicos que de ellos dimanan, la última y cuarta sección, que trata de El Escorial y de El entierro del conde de Orgaz del Greco, rastrea la historia de la concepción y realización de El Escorial, monumento nec plus ultra del Siglo de Oro, que Dominique de Courcelles enfrenta a su lectura de la obra maestra de 1579. En primer lugar, El Escorial: monasterio y palacio concebido para conmemorar la derrota en 1557 de Enrique IV en San Quintín a manos de Carlos V, iniciado en 1563 siguiendo los planos de Juan...



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