de Balzac | La piel de zapa | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 388 Seiten

Reihe: Literatura universal

de Balzac La piel de zapa


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-7254-544-1
Verlag: Century Carroggio
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 388 Seiten

Reihe: Literatura universal

ISBN: 978-84-7254-544-1
Verlag: Century Carroggio
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Un joven materialista burgués se plantea tirarse al rio Sena una tarde nublada en París, tras perder todo lo que tenía. Momentos antes encuentra, en un curioso anticuario, un talismán con una inscripción que le permitirá conseguir todos sus deseos a cambio de sacrificar una porción de su vida.

Honoré de Balzac (1799-1850), novelista y dramaturgo, fundador de la literatura realista europea, es considerado uno de los autores más importantes del siglo XIX. Su obra refleja el lujo y los excesos que conoció durante su propia vida.
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PRESENTACIÓN
Hablando de Balzac
por
José M.ª  Pemán
de la Real Academia Española
Honoré Balzac es algo más que un gran novelista: probablemente el mayor de la literatura universal, después de Cervantes y antes que Tolstoi y Dostoievski.
Bastaría para darse cuenta de la profundidad cultural de su obra, el nombre que se atrevió a dar al conjunto de sus novelas, escritas con talante y ánimo de absoluta continuidad: La Comedia humana. Se ve con claridad que aspiraba a mucho más que a ser folletinista de novelas por entregas. No es que la concepción de la novelística sometida a un ritmo de «entregas» sea, por sí misma, algo inferior y sospechoso de superficialidad. El Mr. Pickwick de Charles Dickens llegó a los lectores de Londres por «entregas» semanales, y resultó la máxima novela del que fue el máximo novelista británico... Aparte de que el concepto de «entrega» como novela arreada y empujada por una necesidad económica y unas exigencias de los lectores, existía también en Balzac. No dio sus novelas por «entregas» al público: pero sí las dio con ese modo funcional de creación fragmentada y de entregas sucesivas a la imprenta o la revista que las iba publicando.
En cualquier caso Balzac pertenecía de modo egregio a una de las dos grandes líneas de la literatura francesa. Hay la línea crítica y enjuta de Montaigne, Lafontaine, Voltaire, Valéry: y hay la línea ancha y torrencial de Rabelais, Pascal, Bossuet, Chateaubriand… y Balzac. Su conmemoración centenaria coincidió con el homenaje que, por otra fecha jubilar, tributó Francia a Paul Valéry: en esa ocasión, en una conferencia en París, parangoné a uno y otro. Valéry es tan intelectual y racionalista, que sólo le interesa el pensamiento puro, y lo recorta y aísla como una piedra preciosa, desdeñando el engarce y no ocupándose de tapar las junturas. Balzac, en cambio, es tan vital y exuberante, que a todo le da continuidad orgánica. Por eso Balzac escribe «novelas y ríos» y Valéry hace charquitos de filosofía.
Stefan Zweig creía que Balzac tenía «la cara de su pueblo». Como Lutero, con su cabeza vital y cuadrada, tiene la cara de Alemania; como Tolstoi, con su melena entre mística y campesina, tiene la cara de Rusia. A Balzac se le hubiera podido ver cenando una bouillabaisse en el muelle de Marsella, o empujando un carrito en una vereda de las Landas.
Hay que tener en cuenta que, de un modo general, el ser humano va de la complicación a la sencillez, y no al revés como creen muchos. Lo más primitivo que se contó o escribió en cada lengua suelen ser poemas en verso. Hasta la filosofía era explicada en verso por Parménides y la física-cosmológica por Lucrecio, y la agricultura por Virgilio. En el principio fue el Poema. Fue la prosa la que hubo que aprender después. Se empieza por la canción, se termina por el telegrama urgente.
Pero, entonces, ¿los delgados: los Richelieu, los Valéry, los De Gaulle? Estos son «la otra Francia»: la enjuta y sutil que dirige y mete en perfiles a la Francia glotona y sensual de los Balzac. Los Balzac tienden de tal modo a diluirse en ancha vitalidad, que los enjutos tienen que estar creando cada día formas rigidísimas para contenerla. La Corte y la Retórica son la rienda y la silla precisas para esos potros cerreros que se llaman Rabelais o Balzac.
***
Por eso, en Francia, en cuanto afloja la tensión directiva se recae en el desorden vital. En cuanto Boileau se distrae un poco, Rabelais, Balzac, Céline, Aragon o Sartre pronuncian le mot de Cambronne.
Porque la literatura y otras muchas cosas se han tenido siempre que hacer en Francia de arriba abajo. Las incitaciones literarias han venido siempre de lo alto: Corte, castillo feudal, monasterio o Academia. En España es todo lo contrario. Por eso, la literatura española es expresiva de lo que es su pueblo, y la francesa, de lo que son sus selecciones. Lope escribe así porque así era España. Bossuet habla así porque así era Luis XIV. Racine compone así porque así era madame de Montespan.
Y Balzac narra y describe así, porque así era la burguesía que en función angular sirvió de modelo y de cliente a La Comedia humana.
La burguesía fue la ganadora de la Revolución francesa, que no fue todavía, ni por asomo, una revolución proletaria. La burguesía francesa, después de tan doloroso parto, para no defraudar tan tormentoso nacimiento, organizó su vida económica o suntuosa: su enriquecimiento y su prestigio. La burguesía se creó su propia profesión laboral: el comercio; su prestigio: la Legión de honor; su grandeur: Napoleón, De Gaulle; su poeta: Víctor Hugo... y su novelista, Honoré de Balzac: el Alighieri de La Comedia humana.
* * *
Ortega insinuó alguna vez que debería intentarse escribir un «Goethe sin Weimar». También podría intentarse un Bossuet... sin Luis XIV. Nos encontraríamos casi con Castelar. O un Racine... sin Saint-Cyr. Nos encontraríamos casi con Calderón. La Corte tenía categoría de principio retórico. La timidez academicista de los clásicos franceses no es típica del espíritu francés. Es el paso comedido de quien entra en un salón. El estilo de sus grandes clásicos mira de reojo al Rey. Bossuet se lima y contiene hasta el máximo en las piezas que llevan la notación preché devant le Roi: «predicado delante del Rey».
Pero en los tiempos de Balzac, ya no se habla de Corte. La Comedia humana es la novela escrita para una burguesía que saborea los lujos y fiestas de la Monarquía, pero sintiéndose, tanto como admiradora de ella, su simuladora y sustituta.
En ningún sitio es preciso, como en Francia, que de arriba venga un total estilo de la vida. Se duerme en camas Luis XV, se sienta uno en sillas Luis XVI, se guarda la ropa blanca en consolas Imperio o Consulado. Ese dios rígido, l'Etat, tiene que ser mueblista y tapicero. Si no... En Lafille aux yeux d'or, Balzac describe un gabinete de su gusto, que debe ser exacta copia de la buhardilla que él se decoró para escribir: «El revestimiento de las paredes -dice- era de tejido encarnado, sobre el cual estaba dispuesta muselina de la India, en una especie de estrías como de columnas corintias». Basta. Es la retórica sin Boileau, la elocuencia sin Luis XIV, el mobiliario sin Imperio. El lujo sin buen gusto.
Cuando la señora Hanska, la noble millonaria ucraniana, viene desde su castillo nevado para conocer a su soñado Balzac, su hermano le advierte: «Ya verás. Seguramente pinchará la comida con el cuchillo y se sonará con la servilleta». Cuando al fin lo conoce, para no confesar su derrota y mantener su ilusión, la señora Hanska tiene que agarrarse desesperadamente a la parte fallida de la profecía: «No se suena con la servilleta...» Balzac todavía no. Poco después, Zola, Céline o Aragon se suenan ya con la servilleta.
Sin embargo, su obra se hizo inmortal porque era una vacación de vida en medio de tanta Corte, Retórica y Academia. Aburridos ya de conocer sus frisos y capiteles, el mundo conoció por él el zócalo animal y vivo de Francia. La Comedia humana, con sus inmensos frescos revueltos, es la Capilla Sixtina para los pontificales de la mediocridad burguesa. Miguel Ángel pintó el juicio Final. Balzac, la «materia prima» para el Juicio. Aquel reprodujo la sentencia. Este, la instrucción del sumario.
Leyendo sus páginas se asiste a un proceso histórico, a una transformación cultural y humana, radical y honda. De la lectura de Balzac se sale siempre con el ánimo enriquecido de temas y figuras.
Uno siente que va a cruzarse por la calle con Papá Goriot o con Eugenia Grandet, con César Birotteau...Y no va uno a tener más remedio que quitarse el sombrero para saludarlos. Son «conocidos»: y aquí la palabra «conocimiento» llega mucho más a lo hondo que en su sentido social y protocolario. Uno «conoce» a esos seres, a lo kantiano, en su parte de «fenómeno» social y en su parte de «noúmeno» esencial y filosófico.
Pero le amaron todas las mujeres que tenían maridos aburridos. Fueron por él adúlteras de pensamiento miles de burguesas en miles de trastiendas y reboticas. Su obra es un inmenso apéndice y corrección de erratas a la «Declaración de derechos del hombre». Balzac recordó: ¿y la mujer?
Por eso probablemente se salvó de ser definitivamente «realista» al modo que luego lo fue Zola. Le salvaron las mujeres y el café. Se calcula que La Comedia humana le costó cincuenta mil tazas de este «aceite negro del trabajo».
Leyendo a Balzac se comprende muy bien que está mal dicho que sea «realista» la literatura o el arte español. Es más bien «sincero», con realidad de dentro a fuera. El retrato tremendo del inquisidor Niño de Guevara, por el Greco, podría titularse «Retrato del miedo que el Greco tenía al inquisidor». Y Goya, más que fusilamientos, reyes o señorones, pinta su asco, ira, zumba y burla hacia esos modelos. En España, todas las cosas «le ocurren a uno». Américo Castro ha observado que la nuestra es la única lengua romance que tiene ese modo de expresión: «le amaneció», «nos llovió»; los verbos de la meteorología, conjugados...



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