Díaz | Maestros somos todos | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 25, 188 Seiten

Reihe: Educadores XXI

Díaz Maestros somos todos

Incluso quienes no lo somos
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-277-2921-6
Verlag: Narcea Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Incluso quienes no lo somos

E-Book, Spanisch, Band 25, 188 Seiten

Reihe: Educadores XXI

ISBN: 978-84-277-2921-6
Verlag: Narcea Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Esta obra es la de un hijo de maestros, maestro él mismo, y quiere ser un firme alegato en favor de la persona como ser capaz de aprender y de enseñar, actividades que requieren la figura científica y moral del maestro, su adhesión a una escala de valores, y su compromiso existencial con la humanidad. En palabras del autor: 'Desde el primer día en que enseñé, quise siempre hacer crecer en humanidad a cuantos se cruzaban conmigo. Solo busco enseñar lo universal que puede brotar de lo contingente; no son primero las ideas y luego la vida social, sino al mismo tiempo, y por eso quien enseña para lo comunitario verdadero que hay en cada ser humano, funda comunidad. Por eso escribo, viajo, buscando a la humanidad'. La escuela la hace el maestro. Afortunadamente los maestros hacen que sus alumnos sean más, de lo que hubieran sido sin ellos. La escuela para la comunidad, en tanto que escuela para la vida, solamente será posible si sus fundamentos tienen real solidez y van más allá de la inmanencia pragmática y rompen los muros de las aulas. Cuando se abre un aula con un buen maestro, la creación entera vuelve a latir.

Carlos Díaz es Doctor en Filosofía, en Derecho y en Psicología, y como profesor universitario y autor de más de trescientos libros es una figura reconocida en España y en toda Latinoamérica. Sus obras han sido traducidas a nueve idiomas.
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1. El contagio emocional de los valores del maestro


Maestros somos incluso quienes no lo somos

Ciertos maestros imantan a los escenarios y mantienen atentos a sus alumnos y al público en general. Para eso hace falta vivir lo sabido transmitiéndolo con emocionada pasión intelectiva. En cierto modo, semejante disposición anímica por parte del maestro le convierte en un alumno, porque al decir lo dicho es dicho él mismo por lo que él mismo dice.

Esto no lleva a tal maestro (digo maestro, pero al decirlo digo maestro/maestra) a considerarse por encima de nadie, antes al contrario, le consagra como tributario de una obediencia a los valores que él mismo encarna y a los que se entrega, llevándole a percibirse a sí mismo como su servidor y su mediador, aceptando el diálogo y llamando a convocatoria, voz conjunta de búsquedas conjuntas. Cada persona es directamente responsable de sus propios actos individuales, y al mismo tiempo corresponsable de los actos de los demás. Las personas se viven en cada una de las realizaciones de sus actos como miembros de una comunidad de personas que las excede en duración, contenido y margen de acción.

La persona particular no sólo es corresponsable en la colectiva como miembro de aquélla y como representante de un cargo, de una dignidad o de otro valor de posición dentro de la estructura social, sino que también lo es y en primer lugar como individuo personal y único distinto de cualquier otro.

Amor y odio son actos intencionales de una intensidad especial en los cuales se ensancha o estrecha el mundo de los valores, y esto se reconoce de manera muy especial en el maestro.

El amor magisterial desempeña el papel de un explorador que prepara para la aprehensión de los valores haciendo abrir los ojos, que de otro modo hubieran permanecido cerrados.

La autenticidad del amor sim-pático se manifiesta en la enseñanza en que, aun viendo el maestro los defectos propios y ajenos, ama pese a ellos y con esos defectos. El amor a los valores buscados no cesa, aunque no se encuentren en el mundo; junto a lo amado-sabido surge otro amor-que-quiere-saber-más-y-mejor en el mismo ser de antes o en otro nuevo-renovado, lo cual puede resultar doloroso para las mentalidades posesivas, pero gracias a ello es posible el progreso humano. El impulso instintivo que lo provoca puede cesar, pero el amor cognitivo-
motivacional sim/pático y com/pasivo va siempre más allá de lo que tiene en las manos; no cede ni se cansa. Es ese el impulso de todo verdadero maestro.

Jesús de Nazareth –asegura el filósofo Max Scheler– no le dice a María Magdalena únicamente “no debes seguir pecando”, sino que le ofrece los signos de su amor y el perdón de los pecados cuando al final le exhorta así: Vete y no peques más. Estas palabras quieren hacer ver a María que ella misma, aún sin saberlo, está profundamente vinculada de un modo nuevo a él y que ya no puede seguir pecando, por lo cual no tienen el sentido de un imperativo con carácter de mera obligación moral. Asimismo, en la historia del hijo pródigo el arrepentimiento consumado de éste no es razón y condición del perdón y de la acogida amorosa por parte del padre, sino que es en la contemplación asombrosa del amor paterno donde surge poderosamente el arrepentimiento. De ahí que quien en el gesto educativo espere amor, pero se encuentre meramente con un frío “tú debes”, reaccionará con obstinación y orgullo herido.

Todo esto resulta en la escuela una realidad de primer orden. La expresión llega a ser quien eres no significa debes ser así y así, sino llega a ser quien eres en el sentido ideal, pues lo que ya se es no es necesario llegar a serlo. El alumno no extrae de sí mismo los valores y los proyecta más o menos imaginariamente, pues no existe mayor engaño escolar que la autodidaxia.

Para que un aprendizaje encuentre lo superior que late en sus actos y funciones es necesario captarlo a la luz de lo axiológico en toda su altura, jerarquía, potencia, belleza, profundidad y fundamento, y esa es tarea de enseñar. Si apurásemos la vida tocaríamos con la yema de los dedos su idealidad axiológica, si bien muchas veces de forma contrafáctica, o sea contra la superficialidad, la impotencia, la fealdad y el sinsentido presentes en la realidad cotidiana. Pues, aunque todos repitiésemos a paso de la oca cada día que dos más dos son 25, serían 4 en la matemática euclídea; del mismo modo, la sobriedad seguiría siendo un valor deseable y el alcoholismo un vicio, aunque todos anduviesen borrachos.

También en el ámbito escolar, la sim-patía emocional consiste en una correlación amorosa, y no solamente agradable, entre dos sujetos, la cual induce a la con-moción, a ese acercarse para caminar juntos.

En su forma más activa se le denomina compasión, y ello en doble sentido que emana del término, pues de una parte alude a la comunión en un mismo apasionamiento, y de otra a la forma de compartir y acompañar en el común sufrimiento y en lo desagradable. Por lo demás, nada grande ha sido hecho sin una gran pasión.

La antipatía es una simpatía desvirtuada

La simpatía, como cualquier sentimiento, se encuentra sujeta a degeneración en muchos escenarios afectivos, privados o públicos. En efecto, también en los grupos escolares, además de las personas particulares antipáticas, la reciprocidad del contagio emocional conduce al desbordamiento en el cual cada individuo es arrastrado fácilmente más allá de las propias intenciones y termina haciendo cosas que nadie quiere y de las que nadie responde. Es el contagio emocional perverso el que hace brotar de sí fines que rebasan los designios del maestro. La fuerza desbocada de estas ideologías sin sujeto personal desborda toda razón y, como las avalanchas de nieve de los aludes, arrasa sin piedad a los individuos, al tiempo que destruye cualquier vestigio de humanidad.

La persona digna ha de cuidar sus simpatías fáciles y saber quedarse sólo contra todos en determinados momentos. Este último gesto es el único digno de la simpatía emocional constructiva, aunque no siempre resulte fácil. Cuando el maestro se convierte en un manipulador que busca ser imitado él mismo (pero no los valores que predica) hay que tener antipatía a esas manipuladoras simpatías emocionales.

Y no solamente en ese caso, sino también frente a las simpatías superficiales, hay que echar un paso atrás: un maestro o maestra pueden ser simpáticos pero, si no se encuentran a la altura de lo que la materia exige enseñar y de lo que el saber comporta, han de ser desobedecidos.

Los procesos de contagio que transcurren no sólo involuntariamente, sino también inconscientemente, ocurren, por ejemplo, siempre que buscamos una reunión divertida o una fiesta para distraernos; en estos casos nos dejamos llevar para contagiarnos y para que nos arrastre el buen humor de la reunión. En sentido contrario, la conciencia de un posible contagio emocional engendra también una específica angustia del contagio, como la que se produce cuando alguien evita lugares tristes o esquiva las imágenes de dolores (no éstos mismos), tratando de eliminar dicha imagen de la esfera de sus vivencias.

La antipatía emocional entre quien enseña y quien aprende es la consecuencia del afecto incorrecto, desordenado o erróneo. Simpatía y antipatía (como amor y odio) comparten el hecho de ser momentos de un fuerte interés como portadores de valor, en contraposición con la zona de la indiferencia. Esto no significa que lo menospreciado haya de haber sido amado antes, como si el odio fuese siempre un amor invertido, pues a veces algo es odiado desde el instante mismo en que se nos aparece, pero entonces ese odio que se siente ante ello sólo proviene del amor que se siente por otro motivo: odio la enfermedad únicamente porque amo la salud, no porque no pueda amar. De ahí que amor y odio no sean modos de comportamiento igualmente originarios: nuestro corazón está primariamente configurado para amar, no para odiar. Esta es la forma en que hay que estar y vivir la escuela.

El maestro “tú debes”

Como decíamos, quien en el gesto educativo espera amor y en su lugar se encuentra con un simple y autoritario tú debes reaccionará con obstinación y orgullo herido. Todo tú debes ser tal, tomado como condición del amor educativo en general (padres, maestros) destruye su propia esencia.

Es importante, frente a las trivializaciones habituales, saber que no hay valores que sean descubiertos en el amor, sino que en el amor se hace todo más valioso; el amor no crea los valores más altos en el...



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