Dashner | El barco del laberinto | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 328 Seiten

Dashner El barco del laberinto

Ha pasado más de medio siglo desde EL CORREDOR DEL LABERINTO
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19680-56-3
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Ha pasado más de medio siglo desde EL CORREDOR DEL LABERINTO

E-Book, Spanisch, 328 Seiten

ISBN: 978-84-19680-56-3
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Nueva trilogía ambientada en el mundo de EL CORREDOR DEL LABERINTO Setenta y tres años después de los acontecimientos de La cura mortal, cuando los inmunes fueron enviados a una isla para sobrevivir al Destello, sus descendientes han prosperado. Sadina, Isaac y Jackie leyeron la historia de los clarianos en El libro de Newt como relatos históricos de un pasado muy distinto de su vida actual. Pero todo cambia cuando llega un viejo barco con noticias del continente. Los isleños se ven obligados a embarcar de regreso a la civilización, donde descubren que los raros han evolucionado y ahora son más letales e inteligentes. Pero allí hay más amenazas, como la misteriosa Deidad y sus desconcertantes planes. Cuando conozcan a un huérfano de la Nación Remanente, los peligros aumentarán y dejarán de saber en quién pueden confiar... a menos que sobrevivan el tiempo suficiente.

James Dashner (Georgia, 1972) cosechó un éxito mundial con la novela El corredor del laberinto (Nocturna, 2010), primera parte de una serie homónima seguida de Las pruebas (Nocturna, 2011), La cura mortal (Nocturna, 2013), El Destello (Nocturna, 2014), El corredor del laberinto: Información clasificada (Nocturna, 2015), El código de CRUEL (Nocturna, 2016) y El Palacio de los Raros (Nocturna, 2021). El corredor del laberinto se ha traducido a más de 40 idiomas, es superventas en muchos países y las tres primeras entregas se han llevado al cine por la 20th Century Fox con gran éxito de taquilla. Tras adentrarse en el género del thriller con La Casa de las Lenguas (Nocturna, 2023), James Dashner se ha embarcado en una nueva serie que transcurre en el mundo de El corredor del laberinto y cuyo primer tomo es El barco del laberinto (Nocturna, 2024).
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CAPÍTULO 1

La trinidad del terror

1

ALEXANDRA

En un lugar llamado Alaska, Alexandra Romanov estaba en el balcón de su casa, contemplando la ciudad envuelta en la penumbra y salpicada de los parpadeos amarillos de las llamas de gas en las ventanas y las esquinas de la calle. Ni una nube tapaba las estrellas en el cielo, que destellaban a la manera de puntas de lanza lumínicas casi perfectas. El aire limpio la abrazaba como una niebla invisible, cálida y mojada, que le humedecía el pelo, la ropa y la piel. Inspiró hondo y disfrutó de las vistas panorámicas del mundo tranquilo de allí abajo.

Su mundo. Alaska. Había otros por ahí, otros… mundos. La Nación Remanente, en algún lugar de las llanuras de Nebraska. En California estaban los médicos locos, haciendo cosas que las personas cuerdas no deberían hacer. Pero estaban lejos y Alaska era de ella.

Daba igual que la compartiera con otros dos, Nicholas y Mikhail. Sentía el control, sentía el poder como si fuera solo suyo. Y tal vez algún día lo sería. Hasta entonces, puliría su mejora de la Evolución, quizá sabotearía las de los otros poco a poco, y a su vez dejaría que el peso de su terrible propósito descansara sobre ellos de vez en cuando. Combatiría el terror con el terror. Zanjaría la tragedia con una tragedia.

¿No decían que todas las cosas trágicas se producían en grupos de tres? Muertes, terremotos, tornados. Solo había conocido un grupo de tres en su vida, pero esos niños no habían sido más que demonios de pies minúsculos, cuyos gritos desgarradores durante la noche de la Evolución seguían siendo un recuerdo que la ponía nerviosa. No había sido la que había finalizado de golpe con aquellos gritos, pero habría sido una gran mentira decir que no había estado a escasos minutos de acabar con ellos ella misma. ¡Y, ay, qué gran alivio sintió ante el dulce silencio que hubo a continuación!

Las cosas malas vienen de tres en tres. Esa filosofía era más vieja que el tiempo. Y la Deidad eran tres, evolucionados. Pensamientos más rápidos que una vida de palabras pronunciadas a la vez, el control de los sentidos como una máquina, la fisiología, las sustancias químicas, las endorfinas, todo. La capacidad mental de un universo para absorber toda la luz y el conocimiento. Habían evolucionado, de eso no cabía ninguna duda. Pero ella —sí, ella— los superaba, los superaba a los dos juntos. Y eso Alexandra lo sabía. Aunque, de momento, eran tres.

Le vino a la cabeza un recuerdo tras otro, todos en un instante. El Destello y sus muchas variantes, construyendo mentes para solucionar lo que no tenía solución. Quizá todo había servido para un propósito, milenios de trinidades aterradoras que habían preparado a la humanidad para lo que había surgido, lo que había nacido para erradicar el terror en sí mismo, a cualquier precio.

La Deidad.

A la mierda, a ella ya le iba bien así.

—¿Diosa Romanov?

Maldita sea. Esperaba tener más tiempo, más tiempo que perder. Se apartó de las maravillas de la ciudad y miró al hombre que había pronunciado su nombre. Un tipo alto y desgarbado que siempre le recordaba a una rama de árbol andante, y el hecho de que sus articulaciones no se rompieran, reventaran ni se astillaran a cada paso era una ligera sorpresa para su subconsciente.

—¿Qué pasa, Flint?

Su nombre no era Flint, pero ella lo llamaba así porque le daba la gana. Parecía… rebajarlo, y eso era positivo. De hecho, era ideal.

—Pasa algo en la rotación de los peregrinos. —Su voz sonaba como un mineral bruto al caer de una carretilla—. Tengo aquí la cantidad exacta, pero por la mañana bajaremos al menos un ocho por ciento en cada parte de la ciudad. Se descolocará todo.

Alexandra lo estudió, acostumbrada al entrenamiento que había recibido en la disciplina destellante. Cada tic de los músculos, cada movimiento de los ojos, cada cambio, por sutil que fuera, se introducía en la hiperfunción de los procesos mentales. Estaba evitando lo que en realidad había ido a decir.

—Suéltalo, Flint. ¿Qué demonios ha pasado?

Parpadeó despacio y dejó escapar un suspiro de resignación al darse cuenta de lo inútil que era ocultar sus emociones tras lo que para ella era una máscara transparente.

—Han matado a siete peregrinos en las tinas de teñido. Lo han hecho con… violencia.

—¿Con violencia?

—Mucha violencia. —Había alzado despacio el portapapeles con los gráficos para compartir los datos, pero acababa de bajarlo a su costado—. Cuatro hombres. Dos mujeres. Un niño. Un chico. Los…

—Los vaciaron —dedujo ella—. Los vaciaron, ¿verdad?

La cara del hombre había palidecido un poco.

—Sí, Diosa. Lo hicieron de forma muy profesional, debo añadir. Los dejaron limpios. Los, eh…, desechos no se encontraron por ninguna parte. Solo quedaron las costillas.

—Maldito sea aquel hombre —susurró mientras la furia amenazaba dominar su susceptibilidad del Destello. Repasó los números, esa precisa secuencia matemática que había aprendido de estudiante para estar en paz, en calma, para que al cerebro no le quedara más remedio que liberar las sustancias químicas adecuadas—. ¿Sabes dónde está?

Flint sabía de quién estaba hablando. Ella interpretaba lo que había en sus ojos con tanta facilidad como leía los gráficos y las tablas que llevaba encima a todas partes. Tan evidente como la luz del sol, ella sabía que él visualizaba a esas pobres víctimas en las tinas de teñido, cómo las habían rajado de cabo a rabo y las habían desprovisto de cualquier esencia de vida con violencia, pero también con rigurosa eficacia. La sangre, el hedor, el horror de tal acto… Solo los de cierto tipo podían hacerlo y permanecer cuerdos. Y los dos que estaban allí ya habían llegado a la conclusión correcta.

—Ah, creo que se ha ido a… —Flint se aclaró la garganta, sin duda incómodo por compartir una información tan personal de un miembro de la Deidad a otro.

Alexandra se acercó a él y se controló para permanecer tan rígida como un cadáver. Después clavó los ojos en los suyos, utilizando las técnicas de hipnosis óptica de su disciplina.

—Dime dónde está. —La entonación apropiada de su voz selló el trato.

Flint asintió con la cabeza, sumiso, y luego habló casi como si estuviera en trance:

—Mikhail se ha ido al Claro.

Alexandra intentó contener su sorpresa, pero por primera vez en siglos su formación sobre el funcionamiento del Destello la abandonó. Una rabia cegadora explotó en su mente y borró la realidad a su alrededor durante unos breves instantes. ¿Por qué? ¿Por qué Mikhail hacía esto ahora? Quería gritar, pero lo apartó, literalmente, moviendo un brazo como si su voz fuera algo físico. La rabia disminuyó y volvió a ver. Flint tenía un tajo rojo en la mejilla; le había cortado la piel con sus propios dedos, con sus uñas pintadas. Un acto de irritación. Tenía que controlarse mejor.

Miró al pobre hombre, cuyos ojos estaban empapados de miedo.

—Véndate eso, rápido. Si Mikhail está en el Claro, tenemos que darnos prisa.

2

ISAAC

Clanc.

Clanc.

Clanc.

Isaac llevaba ya un buen rato soñando eso. Un sonido constante, incesante, irritante a más no poder que se colaba en todas sus pesadillas. Primero fue un pájaro negro, una criatura mullida, posada sobre la valla de madera que rodeaba la parcela del viejo Fritanga en la parte norte de la isla. El afilado pico del animal se abría y cerraba, se abría y cerraba, emitiendo cada vez un fuerte clanc, como el ladrido de un perro mecánico.

Después se convertía en una máquina gigantesca, algo de lo que había oído hablar en las historias que se contaban junto a la hoguera sobre el viejo mundo, algo que ahora se imaginaba sin demasiada exactitud. Se llamaba buldócer y, por alguna razón inexplicable, estaba intentando sin éxito barrer una montaña de árboles metálicos, que relucía de color plateado y era imposible mover. «Clanc, clanc, clanc» sonaba mientras el buldócer embestía incansablemente con su pala gigante, abollada y hundida.

Entonces apareció un hombre delante de él, con nada más que un cielo oscuro como telón de fondo, lleno de estrellas. Tenía media nariz. Una oreja. Y aunque costaba distinguirlo bajo aquella luz, la piel del hombre brillaba con chorros de lo que debía de ser sangre, que rezumaba de un montón de heridas. «Menudo feo hijo de puta», pensó Isaac.

El hombre intentó hablar, pero lo único que escapó de sus labios fue ese sonido de nuevo.

Clanc.

Clanc.

Clanc.

La garganta de la aparición se abultaba con cada expresión metálica, como si se hubiera tragado una ciruela y quisiera sacarla tosiendo. Isaac recordaba más pesadillas de las que podía contar con los dedos de las manos y de los pies que había en toda la isla, pero esta en concreto le ponía los pelos de punta. Se despertó sobresaltado, con un grito que no se alejaba mucho de los clancs que se colaban en sus sueños.

Peor aún, seguía oyéndose el sonido a su alrededor.

Mientras recobraba la conciencia a trompicones, salió de la cama con torpeza y caminó como un zombi hasta la ventana, retirando las cortinas cosidas por su padre hacía por lo menos una década. Era un día sombrío, con una masa sólida y espesa de nubes en el cielo, y una luz triste y gris. No había...



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