E-Book, Spanisch, 320 Seiten
Daniels Dulce adicción
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-36-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 320 Seiten
ISBN: 978-84-18491-36-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
J. Daniels, autora best seller del New York Times y de USA Today, es conocida por sus novelas de alto contenido sexy. Dulce adicción fue su primera novela, y actualmente ya lleva diez más publicadas. Daniels creció en Baltimore, y actualmente vive en Maryland con su marido y sus dos hijos. Antes de ser escritora era radióloga, si bien ya escribía desde su último año de instituto. Podemos encontrarla todavía de vez en cuando con la bata de médica puesta, pero la mayor parte de su tiempo está dedicado a la escritura, su verdadera carrera y por la que estará eternamente agradecida. Es una ávida lectora de todo tipo de libros. Le gusta hacer senderismo, viajar, hacer escapadas de fin de semana a la montaña y pasar tiempo con su familia.
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1
—Joder, joder, joder… ¿Joey, dónde estás? Te necesito. —Me estoy poniendo nerviosa porque se me está haciendo tarde, como siempre. Trato frenéticamente de subirme la cremallera de mi nuevo vestido negro palabra de honor sin conseguirlo—. ¡Maldito seas, Joey! ¿Dónde te has metido?
Levanto las manos en señal de frustración, me pongo mis stilettos negros favoritos y bajo corriendo a la pastelería, con la espalda al aire, donde Joey, mi ayudante y amigo, apoya su alta y perfecta figura cubierta por un traje en el marco de la puerta mientras me observa con diversión. La sonrisa que se dibuja en su cara es arrebatadora, y, si no estuviera tan irritada, me habría detenido a apreciar lo guapo que es.
—¿Dónde coño te habías metido…? ¿Puedes subirme la cremallera, por favor, para que podamos irnos de una vez? Debería haber entregado la tarta hace más de una hora.
Se aparta de la puerta y se acerca a mí con una expresión tierna.
—Querida, la tarta ya ha llegado a su destino.
Arqueo la espalda cuando el frío metal de la cremallera se desliza por mi columna.
—¿Qué? ¿En serio?
—Sí, así es. —Me pone las manos en los hombros y me hace girar—. La he llevado yo mismo, porque sabía que estarías tan concentrada preparándote que llegaríamos tarde.
—Lo dices en serio, ¿no? —insisto, mirándolo fijamente sin estar convencida del todo.
Asiente.
—De verdad, cielo.
Sonrío al tiempo que levanto la mano y le beso con rapidez la mandíbula recién afeitada.
—Eres el mejor. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé. —Sus ojos recorren mi cuerpo, y siento que se me calientan las mejillas—. Estás increíble, Dylan. En serio. —Arquea las cejas—. Ojalá me gustaran un poco las tetas…
Levanto la mano para interrumpirlo, aunque me cojo los pechos con un gesto de burla y me los subo todavía más.
—¿Sí? Ahora mismo están de infarto, ¿verdad? —Me brinda una sonrisa, lo que hace aparecer su único hoyuelo.
—¿Estás preparada? —me pregunta mientras me coloca el pelo por detrás de los hombros—. Todavía podemos echarnos atrás. Estoy a favor de pasar de toda esta mierda e ir de bar en bar. —Arquea una ceja mientras examina mi expresión, esperando una respuesta.
Suelto el aire con fuerza y lo cojo del brazo para arrastrarlo hacia la puerta.
—No, no podemos escaquearnos. Juls se enfadará si no aparecemos. Además… —nos detenemos en la puerta y lo sujeto por los hombros—, pensaba que querías hacer guarradas con hombres a los que nunca volveremos a ver. —Me espera el consabido sexo salvaje de boda, y estoy más que dispuesta a no dejarlo pasar.
Sus ojos se iluminan rápidamente, llenos de picardía.
Ahí está el Joey travieso que conozco y adoro.
—Oh, joder, sí… Vamos a por todas, pastelito.
Fayette Street está llena de gente que entra y sale de las tiendas en este hermoso día de junio. Cierro la puerta y me doy la vuelta para ver a Joey dirigiéndose con irritación en dirección hacia nuestro medio de transporte.
—¿En serio, Dylan? ¿Tenemos que ir en la furgoneta? Este traje es demasiado ideal para ir ahí, y ya sabes en qué tipo de coches llegarán todos esos ricachones. —Se señala el traje con un gesto de la mano mientras yo voy hacia el lado del conductor.
—Lo siento, pero ¿tienes otra sugerencia? Tu coche está en el taller, y este es el único medio de transporte del que dispongo en este momento. —Abro la puerta y me subo al estribo del vehículo para mirar por encima del techo el ceño fruncido de mi amigo—. Y sé amable con Sam. Ha sufrido mucho últimamente.
Joey deja escapar un resoplido.
—Como me cargue por esto el traje… Y, por favor, explícame por qué has llamado «Sam» a esta estúpida cosa. ¿Quién le pone nombre a su furgoneta de reparto? —Ignoro su último comentario y pongo el motor en marcha, mirándolo con desprecio mientras se monta para evitar más insultos.
—No me hagas mandarte a la parte de atrás —le advierto mientras me alejo del bordillo rumbo a una noche de inevitables incomodidades.
—¡Joder! ¡Vaya pasada de sitio! —grita Joey cuando tomo el camino de entrada a la mansión Whitmore, siguiendo una larga fila de vehículos de lujo. Hago una mueca y acaricio el volante, preparando a Sam para las miradas que sin duda recibirá—. ¡Oh, por el amor de Dios! ¡Mira! ¿No te he dicho que íbamos a destacar? ¿Te das cuenta de que estamos entre un Mercedes y un Lamborghini? Un puto Lamborghini. —Trago saliva. Joey tiene razón. La furgoneta de reparto, que está adornada con remolinos de cupcakes y salpicaduras de glaseado a ambos lados, está completamente fuera de lugar. Seguramente seremos el único vehículo no lujoso del aparcamiento. Comienza a sonar el tono de llamada de mi móvil, sobresaltándome, y lo saco rápidamente del clutch y le doy al icono del altavoz.
—Hola, Juls.
—¿Ya habéis llegado? Me muero por presentarte a Ian y a todos esos amigos increíblemente sexis que tiene. Dime, ¿qué estás haciendo? Ya han entrado los padrinos. Dios, ¿es que tengo que ocuparme yo de todo? —Me río de mi mejor amiga mientras nos acercamos lentamente a los encargados del aparcamiento. Suele ser una mujer muy tranquila y calmada, pero, claro, se acerca la hora del espectáculo.
—Por favor, por el amor de Dios, Juls, dime que alguno de los ridículos amigos de Ian prefiere carne que pescado. Necesito echar un polvo; de hecho, ya hubiera sido imprescindible ayer —dice Joey, que está prácticamente dando botes en el asiento mientras yo me río. No hay nada que le guste más que un rollo salvaje y sin compromiso. Y las bodas propician las mejores situaciones para disfrutar de tales cosas. En especial esas en las que hay barra libre.
—Pues ahora que lo dices…, su amigo Billy no me ha mirado ni una sola vez las tetas, así que puede que te valga, JoJo.
Al recibir esa información, Joey baja la visera del asiento del copiloto y empieza a arreglarse su rubio pelo, ya perfectamente peinado.
—Estamos a punto de dejar el coche a los del aparcamiento, así que subimos enseguida. —Piso el freno y me detengo frente a tres jóvenes que miran a Sam de forma despectiva antes de mirarse entre ellos, preguntándose en silencio quién va a ser el agraciado al que le toque conducirla. Salgo con el clutch en la mano y me acerco a ellos—. Ten, el embrague se atasca; que no te dé miedo ser duro con él —digo, lanzando las llaves al que está más cerca de mí. A continuación enlazo mi brazo con el de Joey y observo cómo los dos chicos que se han librado de conducir a Sam se ríen del que tiene las llaves.
—Huele a pasteles aquí dentro.
Muevo la cabeza hacia atrás y me río del aparcacoches con Joey mientras seguimos a la multitud hacia el interior del local.
Describir este lugar como hermoso resultaría un eufemismo extremo. Tras atravesar unas puertas rústicas, se accede a un enorme vestíbulo tenuemente iluminado por unas lámparas de cristal inspiradas en el modelo Tiffany. Ambas puertas están rodeadas por una vidriera, y el mobiliario, así como un montón de obras de arte antiguas, llena la sala. Los invitados se dirigen hacia el pasillo, que conduce a otra gran sala, probablemente donde tendrá lugar la ceremonia. Una gran escalera, lo suficientemente ancha como para que diez personas la suban a la vez, conduce al segundo piso, y, al coger aire, el aroma a madera antigua y a lirios llena mis pulmones. ¡Maldición! Esta boda va a ser más que elegante.
—Aquí estás. Caramba, Dyl, tienes un aspecto increíble. ¿Ese vestido es nuevo? ¿Cuándo me lo vas a prestar? —Mi mejor amiga, que es espectacular, ha elegido un modelo azul marino con talle alto tipo imperio y se ha recogido el pelo castaño, oscuro como el chocolate, en un elegante moño—. Justin se va a quedar de piedra cuando te vea —me susurra al oído mientras pone fin al abrazo. A mí me gustaría más que cayera muerto al verme, pero no voy a tener esa suerte.
—Gracias. Tú estás increíble, como siempre. ¿Cómo está la novia?
Me ahueca con los dedos las ondas rubias que caen sobre mis hombros y se pone de puntillas para darle a Joey un beso en cada mejilla.
—Irritada. Venga, tenéis que ocupar vuestros asientos lo antes posible. Estamos a punto de empezar. —Me coge la mano entre las suyas, y yo arrastro a Joey detrás de mí mientras vamos hacia el fondo para entrar en la sala conocida como «el Gran Salón».
—Muy bien, ¿y dónde están todos esos hombres guapos? —Joey escudriña la habitación, prácticamente dando saltitos. Está a la caza, y tiene en mente una imagen predecible.
Sacudo la cabeza.
—¿Podrías intentar mantener los pantalones cerrados durante la ceremonia? Técnicamente eres mi acompañante, y vas a tener que esperar hasta la recepción para liarte con algún afortunado.
—No te prometo nada, pastelito. —Se atusa el traje y arquea las cejas hacia mí mientras Juls extiende la mano, señalando hacia el lado izquierdo de la sala.
—¿Veis al hombre sentado en la quinta fila, en el extremo, con una coleta? Es Ian.
Me río cuando Joey abre los ojos de par en par.
—¿Una coleta? No me habías dicho que Ian llevaba coleta.
—Bueno, pues así es. Y me deja tirarle de ella cuando me corro.
—Joder… ¡No lo sueltes, Juls! —Joey empieza a abanicarse la cara, y...




