Dabos | Los novios del invierno | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 1, 512 Seiten

Reihe: La Pasaespejos

Dabos Los novios del invierno

La Pasaespejos 1
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18440-55-7
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

La Pasaespejos 1

E-Book, Spanisch, Band 1, 512 Seiten

Reihe: La Pasaespejos

ISBN: 978-84-18440-55-7
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



ATRAVIESA EL ESPEJO Hace muchos años, el mundo se fragmentó en islas flotantes llamadas arcas. En la de Ánima es donde reside Ophélie. Bajo su bufanda desgastada, sus gafas de miope y su actitud indiferente, la joven esconde unos poderes singulares: puede leer el pasado de los objetos y viajar a través de los espejos. Su vida da un vuelco cuando la comprometen con Thorn, el taciturno líder de una influyente familia, y debe trasladarse a la Citacielo, la capital de un arca recubierta de hielo donde las intrigas y las traiciones acechan en cada esquina. Junto a su inescrutable prometido, Ophélie pronto se verá inmersa en un letal juego político cuyas ramificaciones llegan mucho más lejos de lo que podía imaginarse. Primera parte de La Pasaespejos, una fascinante serie perfecta para lectores de Philip Pullman, Neil Gaiman, Diana Wynne Jones, Ursula K. Le Guin, J. K. Rowling y V. E. Schwab con un universo fascinante al más puro estilo de Studio Ghibli. Fenómeno editorial en Francia y traducido a una veintena de idiomas, el primer tomo ha ganado múltiples premios y muchos medios europeos y estadounidenses lo han nombrado mejor libro fantástico del año. Cita de reseña crítica: «Imagínate las venenosas intrigas de Versalles en un mundo donde se escribe con plumas de ave y hay dirigibles, máscaras, espejismos y cortesanos asesinos, y te harás una idea del concepto». The Wall Street Journal «Con una precisión quirúrgica, Christelle Dabos ha creado un mundo híbrido entre la fantasía y la Belle Époque». MadmoiZelle «Una ambientación inmejorable». School Library Journal «A los lectores les apasiona recorrer las arcas, islas flotantes e ingrávidas que gobiernan espíritus familiares y humanos dotados de poderes especiales». Le Monde «Una epopeya fantástica, sin duda, pero también una historia sobre la llegada a la madurez. Ha nacido una novelista». Le Figaro «El oscuro y encantador debut de Dabos, superventas en Francia, ofrece personajes llenos de vida, un mundo construido con ingenio y una trama sofisticada que deslumbrará a los lectores». Publishers Weekly «La primera novela de Dabos evoca la serie de Harry Potter tanto por la fantasía como por su sentido profundamente arraigado de justicia. Ophélie es más fuerte de lo que parece (...), una fuerza motriz de la que no puedes apartar la vista». The New York Times «Christelle Dabos es artífice de un mundo cautivador y complejo (...). Una novela adictiva y llena de encanto». Télérama «Con las primeras páginas te lanzas de lleno a este universo, a través de uno de los espejos de Ánima, y ya nunca regresas». 20 Minutes «Fascinante. Los novios del invierno te atrapará con su mundo único y vertiginosamente mágico, repleto de traiciones, espejismos e intrigas». Margaret Rogerson, autora de Un encantamiento de cuervos

Christelle Dabos nació en la Costa Azul en 1980. Tras criarse en el seno de una familia de músicos de Cannes aficionados a los juegos históricos, trabajó de librera y en la actualidad vive en Bélgica. Con su debut literario Los novios del invierno (Nocturna, 2022) comenzó la serie de La Pasaespejos (2013-2019), que ha vendido más de un millón de ejemplares en Francia y se ha publicado en más de veinte idiomas. El tomo inicial ganó el premio de primera novela Gallimard Jeunesse-RTL-Télérama y el Grand Prix de l'Imaginaire, fue finalista al premio de Waterstones en el Reino Unido y al Jugendliteraturpreis en Alemania, y muchos medios europeos y estadounidenses lo nombraron mejor libro fantástico del año.
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La Fractura

El tío abuelo se adentró en la embocadura de una escalera débilmente iluminada por unas lámparas. Con las manos dentro del abrigo y la nariz en la bufanda, Ophélie descendió detrás de él. La temperatura bajaba con cada escalón que descendía. Sus ojos aún estaban llenos de sol. Tenía la impresión de que se sumergía en un agua negra y glacial.

Ophélie se sobresaltó cuando la voz rasposa de su tío abuelo se expandió en ecos contra las paredes.

—No logro hacerme a la idea de que vas a marcharte. ¡El Polo está en la otra punta del mundo! —Se detuvo en la escalera para girarse hacia Ophélie. Ella aún no se acostumbraba a la penumbra y chocó contra él en seco—. Tú eres bastante hábil para atravesar espejos. ¿No podrías hacer, de vez en cuando, alguno de tus pequeños viajes desde el Polo hasta aquí?

—No es posible, tío. El paso de los espejos solo funciona a corta distancia. Es inútil soñar con superar el vacío entre dos arcas.

El tío abuelo maldijo en su viejo dialecto y retomó el descenso. Ophélie se sentía culpable de no ser tan hábil como creía.

—Intentaré venir a visitarlo con frecuencia —prometió en voz baja.

—De hecho, ¿cuándo te vas?

—En diciembre, según las Ancianas.

El tío abuelo maldijo otra vez. Ophélie se alegró de no comprender nada de su dialecto.

—¿Quién te va a reemplazar en el museo? ¡No hay nadie que sepa tanto de antigüedades como tú! —masculló el anciano.

Ante eso, ella no supo qué contestar. Que la separaran de su familia ya era una fractura en sí, pero de su museo, el único lugar donde se sentía ella misma, era perder su identidad. Ophélie solo era buena para leer. Si le quitaban eso, solo le quedaría su torpeza. No sabía cómo mantener una casa ni una conversación, ni llevar a cabo una tarea doméstica sin hacerse daño.

—Por lo visto, no soy tan irremplazable —murmuró dentro de su bufanda.

En el primer sótano, el tío abuelo se cambió sus guantes habituales por unos limpios. Bajo la luz de las lámparas eléctricas, abrió sus casilleros para buscar los archivos, los cuales estaban organizados, generación tras generación, en las frías bóvedas de los sótanos. El anciano expulsaba vaho por la boca con cada respiración.

—Bueno, estos son los archivos familiares; sin embargo, no esperes milagros. Sé que uno o dos de nuestros ancestros pusieron los pies en el Gran Norte, pero eso fue hace mucho tiempo.

Ophélie se secó una gota que le caía de la nariz. En ese lugar no debía hacer más de diez grados. Se preguntó si la casa de su marido sería aún más fría que la sala de archivos.

—Me gustaría ver a Augustus —dijo.

Claramente, lo decía en sentido figurado. Augustus había muerto mucho tiempo antes del nacimiento de Ophélie. «Ver a Augustus» significaba ver sus bosquejos.

Augustus fue el gran explorador de la familia, una leyenda en sí mismo. En el colegio les enseñaban Geografía a partir de sus diarios. Jamás escribió un renglón —no manejaba su alfabeto—, pero sus dibujos eran una mina de información.

Como el tío abuelo no respondió, sumergido en sus casilleros, Ophélie creyó que no la había oído. Retiró de su cara la bufanda que la envolvía y repitió con una voz más fuerte:

—Me gustaría ver a Augustus.

—¿Augustus? —masculló sin mirarla—. No es nada interesante. Tres veces nada. Solo son viejos garabatos.

Ophélie levantó las cejas. El tío abuelo jamás criticaba sus archivos.

—Oh, ¿tan mal está? —dejó escapar ella.

Con un suspiro, el tío abuelo emergió de la gran gaveta abierta que estaba frente a él. La lupa que había acomodado bajo su ceja daba la impresión de que tenía un ojo el doble de grande que el otro.

—Fila número cuatro, a tu izquierda, estante de abajo. No dañes nada, por favor, y ponte guantes limpios.

Ophélie bordeó los casilleros y se arrodilló en el lugar indicado. Allí estaban todos los diarios originales de Augustus, clasificados por arcas. Encontró tres de «Al-Ondaluz», siete de «Ciudad» y casi veinte de «Serenísimo». Sobre «Polo» solo encontró uno. Ophélie no podía permitirse ser torpe con documentos de semejante valor. Los puso sobre un pupitre de consulta y pasó con precaución las páginas de los dibujos.

Planicies pálidas, una flor en una roca, un fiordo prisionero del hielo, bosques de altos pinos, casas apretujadas en la nieve… Esos paisajes eran austeros, sí, pero menos impresionantes que la imagen que ella se había hecho del Polo. Incluso los encontraba bastante bellos, en cierta medida. Se preguntó dónde viviría su prometido en medio de toda esa nieve. ¿Cerca de ese arroyo bordeado de piedras? ¿En ese puerto de pescadores perdido en la noche? ¿O, tal vez, en esa planicie invadida por la tundra? ¡Esa arca parecía realmente pobre y salvaje! ¿En qué sentido podía ser un buen partido su prometido?

Ophélie llegó a un dibujo que no comprendió: se parecía a una colmena suspendida del cielo. Quizá era un boceto.

Pasó unas páginas más y encontró el dibujo de una cacería. Un hombre posaba con orgullo frente a una inmensa montaña de pieles. Con los puños sobre las caderas, se había remangado la camisa para mostrar sus fuertes brazos tatuados hasta los codos. Tenía la mirada dura y el pelo claro.

Las gafas de Ophélie se volvieron azules cuando comprendió que la montaña de pieles era en sí una misma piel: la de un lobo muerto. Era grande como un oso. Pasó la página. Esta vez, el cazador estaba en medio de un grupo. Posaban juntos frente a una pila de cuernos. Sin duda, cuernos de alce, solo que cada cráneo era del tamaño de un hombre. Todos los cazadores tenían la misma mirada dura, el mismo pelo claro, los mismos tatuajes en los brazos, pero ninguno sostenía un arma: parecía que hubieran matado los animales con sus propias manos.

Ophélie ojeó el diario y encontró a esos mismos cazadores posando frente a otros esqueletos: morsas, mamuts y osos, todos de un tamaño increíble.

Ophélie cerró lentamente el diario y lo puso en su lugar. Esas bestias… esos animales con gigantismo, ella los había visto en los dibujos para niños, pero no tenían nada que ver con los bosquejos de Augustus. Su pequeño museo no la había preparado para ese tipo de vida. Lo que le impactaba, por encima de todo, era la mirada de los cazadores: una mirada agresiva, arrogante, acostumbrada a ver la sangre. Ophélie esperaba que su prometido no tuviera esa mirada.

—¿Entonces? —preguntó el tío abuelo cuando la joven regresó a donde él estaba.

—Ahora comprendo mejor sus reticencias —contestó.

El anciano retomó su búsqueda.

—Buscaré algo más —murmuró—. Esos bosquejos son demasiado viejos, pueden tener hasta ciento cincuenta años. ¡Además, no muestran todo!

Justamente eso era lo que le inquietaba a Ophélie: lo que Augustus no mostraba. Sin embargo, no dijo nada y se contentó con encogerse de hombros. A pesar de que su tío pudiera confundir su aparente indiferencia con una cierta debilidad de carácter, Ophélie parecía realmente contenta detrás de sus gafas rectangulares y sus parpados a medio cerrar, tanto que era casi imposible adivinar las oleadas de emociones que se entrechocaban con violencia en su pecho.

Los bosquejos de cacería le habían dado miedo. Ophélie se preguntó si era eso lo que en realidad había venido a buscar a los archivos.

Una corriente de aire sopló entre sus tobillos, levantando con suavidad su vestido. Esta brisa provenía de la embocadura de la escalera que bajaba hacia el segundo sótano. Ophélie miró un momento el paso bloqueado por una cadena, sobre la cual se balanceaba un cartel de advertencia: «PROHIBIDO AL PÚBLICO».

Aún había una corriente de aire que se paseaba por las salas de los archivos, pero Ophélie no pudo evitar interpretarla como una invitación. El segundo sótano reclamaba su presencia de inmediato.

Tiró del abrigo a su tío abuelo, perdido en sus informes y aposentado en el taburete.

—¿Me autoriza a bajar?

—Sabes bien que no tengo permiso —refunfuñó el tío abuelo, peinando sus bigotes—. Es la colección privada de Artémis, solo los archivistas tienen acceso. Ella nos honra con su confianza, de la cual no debemos abusar.

—Tenga la seguridad de que no tengo la intención de leer con las manos desnudas —prometió Ophélie, mostrándole sus guantes—. Además, no le estoy pidiendo permiso como su sobrina nieta, se lo pido como la responsable del museo familiar.

—Sí, sí. ¡Ya conozco tu cantinela! Es mi culpa también, he influido mucho en ti —suspiró.

Ophélie quitó la cadena y bajó la escalera, pero las lámparas no se encendieron.

—Luz, por favor —pidió entonces, sumergida en la oscuridad.

Tuvo que repetirlo varias veces. El edificio de los Archivos desaprobaba esta nueva falta al reglamento, pero terminó encendiendo las lámparas de mala manera. Ophélie tuvo que contentarse con una iluminación intermitente.

La voz del tío abuelo siguió golpeando cada muro hasta que ella llegó al segundo sótano.

—¡Toca únicamente con los ojos! ¿Me has oído? ¡Desconfío de tu torpeza como de la sífilis!

Con las manos en el...



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