Cronos | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 357 Seiten

Reihe: Historia

Cronos

Cómo Occidente ha pensado el tiempo, desde el primer cristianismo hasta hoy
1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-03-1262-5
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Cómo Occidente ha pensado el tiempo, desde el primer cristianismo hasta hoy

E-Book, Spanisch, 357 Seiten

Reihe: Historia

ISBN: 978-607-03-1262-5
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Cronos es la encarnación del tiempo. Quizá por omnipresente y escurridizo, por misterioso e inasible, desde siempre hemos querido dominarlo. O al menos comprenderlo, ir más allá de la célebre paradoja planteada por san Agustín: si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé, pero en cuanto alguien me lo pregunta ya no lo sé. El historiador francés François Hartog lleva buena parte de su vida académica averiguando cómo se ha concebido el tiempo en el mundo occidental y cómo esas ideas afectan lo que entendemos por historia, y en esta obra culmina su admirable esfuerzo. Así como el barón de Buffon imaginó que la naturaleza tuvo 'épocas', hoy podemos imaginar divisiones semejantes en el tiempo humano. Si la Grecia antigua distinguió entre el tiempo que fluye, ese que se asemeja a un río sobre el que navegamos, y el tiempo de las oportunidades, ese instante decisivo en que acontecen las cosas, hoy somos víctimas del presentismo, que nos hace celebrar el progreso y avanzar rápidamente hacia el futuro. Entre una concepción y otra, dominó el tiempo cristiano, con su parcial rechazo del pasado -entendido como anunciación- y su culto por el porvenir luminoso que nos aguarda. Esta transformación radical es expresión no sólo de unas creencias sino de una confianza en la capacidad de actuar, de transformar el universo, al punto de que somos ya una fuerza geológica, con todo y nuestra época: el Antropoceno, síntoma y consecuencia de una crisis de honda raíz. ¿Qué nos dicen hoy las viejas formas de lidiar con Cronos? ¿Qué nuevas estrategias debemos formular para afrontar un futuro amenazante e incierto? Este lúcido ensayo sobre las ideas del tiempo en Occidente es mucho más que una erudita exploración del cristianismo primitivo, de los debates medievales sobre el discurrir del tiempo, de la mecánica concepción de segundos y eones: es un llamado a entender, desde la historia, la carga que nuestras ideas sobre el tiempo le imponen a la realidad.

François Hartog es un historiador francés, miembro de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, de cuyo Grupo de Estudios sobre las Historiografías Modernas forma parte. Tras su paso por la parisina École Normale Supérieure, donde se interesó en el helenismo, se formó bajo la tutela del antropólogo francés Jean-Pierre Vernant y el historiador alemán Reinhart Koselleck. Ha hurgado en la historia de la antigua Grecia y en la naturaleza misma de la historia como actividad intelectual y social. Entre sus obras encontramos Memoria de Ulises (FCE, 1999) y El espejo de Heródoto (FCE, 2003), Regímenes de historicidad (Universidad Iberoamericana, 2007) -probablemente su obra más reconocida- y Evidencia de la historia (Universidad Iberoamericana, 2011).
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Prefacio. El presente indeducible

¿Para qué puede servir la historia? Solamente —y eso es mucho— para multiplicar las ideas; nunca para ver el presente original —indeducible.

PAUL VALÉRY

¿Quién o qué es Cronos? La pregunta no es nueva, pero regresa cada vez que nos interrogamos sobre el tiempo en que vivimos: nuestro presente. Pero también surge la advertencia de Paul Valéry, que no perdía la oportunidad de dar una lección a los historiadores que pretendían hacer ciencia y que realmente hacían literatura. En sus Cuadernos, donde anotaba sus pensamientos al despertarse, a primera hora, frecuentemente criticaba a la historia que, con mirada retrospectiva, predecía, un día después, lo que había sucedido la víspera. Una lección de historia, sin duda, pero de una historia que obviamente “multiplica las ideas”: lo que no es malo, o no muy malo. Dar ideas, multiplicando los puntos de vista, nos ayuda a ver lo que ya no vemos, lo que no queremos o no podemos ver, lo que nos ciega, nos fascina, nos atemoriza, nos horroriza, indudablemente, el presente “indeducible”.1

¿Es todo esto pura ocurrencia? No, en la medida en que no viene de la nada y no está hecho de nada, el presente es un objeto social, con su textura, como un tapiz en el que los hilos de trama y urdimbre se entrecruzan para mostrar sus colores y sus motivos propios. La interrogación sobre la textura del presente, que comenzó con mi reflexión sobre el tiempo en mi libro Regímenes de historicidad, se puede decir que persiste, ya que es la razón de ser de esta nueva investigación. Como siempre, el camino es un largo rodeo.2 Partir del presente para regresar de mejor manera a él, después de viajes lejanos en el tiempo. Esta vez no se trata de partir del doloroso encuentro de Ulises con la historicidad, cuando escuchaba al bardo de los feacios que lo festejaba sin saberlo, como si él no fuera el celebrado, sino de comenzar por transportarnos a los inicios mismos del cristianismo o incluso antes, para comprender la revolución en el tiempo que trajo la pequeña secta apocalíptica que se había apartado del judaísmo. Una revolución precisamente en la textura del tiempo, por la instauración de un presente inédito. ¿Por qué partir de tan lejos? Porque este nuevo tiempo ha dejado una marca duradera, tal vez incluso para siempre, en el tiempo de Occidente. Porque el tiempo moderno ha salido, en todos los sentidos, del tiempo cristiano: viene de ahí y se ha apartado de él.

Para los seres humanos, vivir siempre ha sido experimentar el tiempo: apasionante a veces, doloroso otras, a menudo trágico, pero, al final, ineluctable. Enfrentarse a Cronos siempre ha estado en el orden del día de los diferentes grupos sociales: esforzarse por aprehenderlo o buscar escapar de él, trabajar en ordenarlo, cortarlo, medirlo, en definitiva pretender dominarlo: creer en él y hacer que se crea en él. Múltiples, incluso innumerables, han sido, en el curso de los siglos, las maneras de proceder a partir de narrativas ordinarias o míticas, construcciones religiosas, teológicas, filosóficas o políticas, teorías científicas, representaciones artísticas, obras literarias, proyectos arquitectónicos, desarrollos urbanos, invenciones técnicas e instrumentos para medirlo y para marcar la vida, tanto de las sociedades como de los individuos. Nada de lo humano le es ajeno, es decir, nada escapa a sus efectos ni a su control.

Pero esta historia, la más conocida, no es más que una parte de la historia: la que los seres humanos se han contado, la que han querido recordar, porque Cronos —lo han olvidado o ignorado— excede con creces el tiempo de los hombres o ese tiempo del mundo que los modernos fabricaron para su uso y para su beneficio, hasta el punto de creer que podría reducirse, como la “piel de zapa” de la novela de Balzac, al puro presente: casi hasta abolirlo. A partir de nuestra muy reciente entrada a una nueva época que ahora se llama Antropoceno, un tiempo que es a la vez inmensamente antiguo y completamente nuevo, y que en realidad es el de la Tierra, ha alterado toda nuestra economía del tiempo. En efecto, hoy se encuentran dañadas, incluso socavadas, las diferentes estrategias del dominio del tiempo que, elaboradas y dispensadas a lo largo de los siglos, han ritmado y regido toda la historia en Occidente, comenzando por aquella que escindió a Cronos en tiempo de la naturaleza y tiempo de los seres humanos. ¿Cómo hacer frente a ese tiempo inédito para nosotros, más “indeducible” que nunca? ¿Qué transformación de la mirada, o simplemente qué transformación, necesitaríamos?

Cronos es lo omnipresente, lo inevitable, lo ineluctable, el “hijo de la finitud”, si retomamos las últimas palabras de la gran historia filosófica del tiempo que Krzysztof Pomian desplegó en El orden del tiempo.3 Pero, antes que nada, es el que no se puede apresar: el escurridizo Cronos. Éste es el calificativo que aparece, tan pronto como lo evocamos, desde los primeros relatos griegos hasta hoy, pasando por la célebre paradoja de Agustín en sus Confesiones: si nadie le pregunta qué es el tiempo, él lo sabe, pero en cuanto alguien se la plantea ya no lo sabe.

Así, a principios de la década de 1920, un tranquilo relojero suizo, autor de un tratado sobre relojes eléctricos, todavía se sentía obligado a escribir que “uno no puede definir la sustancia del tiempo que es, metafísicamente hablando, tan misterioso como la materia y el espacio”.4 Su comentario, que ciertamente no pretende sembrar dudas, es sólo un recordatorio de una evidencia compartida que, por lo demás, no impide mejorar la precisión de los relojes, que es lo que obviamente le interesa en primer lugar. En El orden del tiempo, Pomian escudriña lo que él designa como la “notoria polisemia” de la palabra tiempo. Así que, en virtud de la “presuposición fundamental” de que hay una “pluralidad del tiempo”, recomienda un “enfoque estratigráfico” del tiempo.5 Éste es un método para asegurar una captura, no de Cronos en sí, sino de las formas y los procedimientos por los cuales se ha buscado atraparlo.6

El físico Carlo Rovelli, en El orden del tiempo, su propia obra, no duda en hablar, por su parte, del “misterio” del tiempo. En la primera parte del libro muestra cómo, cuanto más se “refina” nuestro conocimiento científico, más se “desintegra” la noción de tiempo; en la segunda parte, lleva al lector al “mundo sin tiempo” de la gravedad cuántica, mientras que, en la tercera parte regresa al tiempo perdido, “el tiempo con el que estamos familiarizados”. De modo que al final, “el misterio del tiempo atañe a lo que somos más de lo que atañe al cosmos”.7 Incapaz de pronunciarme sobre la gravedad cuántica como un mundo sin tiempo, me quedo, al menos, con su enfoque del problema y con su itinerario. En el interminable debate lanzado desde los griegos y dramatizado por Agustín, entre el tiempo cosmológico, por un lado, y el tiempo psicológico, por otro, este físico contemporáneo nos refiere claramente al tiempo psicológico.8 El libro incluso termina con una cita del Eclesiastés que evoca la proximidad de la muerte.

Las siguientes páginas no son una filosofía del tiempo en Occidente, ni una historia del tiempo desde la Antigüedad hasta nuestros días, ni un inventario de las técnicas cada vez más precisas para su medición; semejante labor, suponiendo que nos arriesgáramos a emprenderla, sería, probablemente interminable.9 Además, pienso, no sería necesariamente esclarecedor: sabríamos más, pero ¿comprenderíamos mejor? Se trata, aquí, de una travesía por Cronos, de un ensayo que inicia con una pregunta y organiza un hilo conductor. Como en mis libros anteriores, que se pueden leer como tantas otras paradas sobre las crisis del tiempo, la cuestión, repito, es la de una interrogante siempre abierta sobre el tiempo presente. ¿Qué es? ¿Dónde estamos con respecto al tiempo? Nuestro presente, que muy pocos describirían espontáneamente como “hermosa actualidad”, ¿de qué está hecho? El hilo conductor de este ensayo de historia conceptual es el operador del régimen de historicidad, cuyo objetivo siempre ha sido arrojar luz sobre las crisis del tiempo, esos momentos en que los puntos de referencia se tambalean y gana la desorientación, cuando las formas de articular pasado, presente y futuro se nublan.

Como siempre, es el viaje lo que me interesa: las crisis del tiempo, o esas “brechas”, como las llamó Hannah Arendt. Esos momentos en que aquello que ayer todavía estaba allí, en la evidencia, llega a oscurecerse y a desintegrarse, mientras que, en ese mismo movimiento, lo nuevo, lo inédito, busca ser dicho, aun sin tener (todavía) las palabras para poder formularlo. Durante mucho tiempo me acompañó esta frase de Michel de Certeau: “parece que toda una sociedad dice lo que está en proceso de construir con las representaciones de lo que está en proceso de perder”.10 Tocamos aquí el inevitable desfase o retraso entre lo que sabemos y lo que vemos. ¿Cómo ver lo que nunca antes hemos visto y cómo decir lo que nunca se ha dicho? ¿Cómo dar a las palabras de la tribu no un sentido “más puro”, como buscaba Stéphane Mallarmé, sino un sentido capaz de significar lo inédito? A su manera, Valéry planteó la misma pregunta. Pero ¿acaso hoy la brecha entre aquello que nuestras sociedades están “en proceso de perder” y aquello que está aconteciendo se ha vuelto tan...



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